«Tu rostro, Señor, buscaré»: la fe en el Dios personal - Servicio Católico

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«Tu rostro, Señor, buscaré»: la fe en el Dios personal

«Tu rostro, Señor, buscaré»: la fe en el Dios personal

La fe cristiana es una fe con Rostro, una fe que dice: no estás solo en el mundo… hay Alguien que ha querido que existas, que te ha dicho «¡vive!».



«De ti piensa mi corazón: “Busca su rostro”. Tu rostro, Señor, buscaré» (Sal 27,8). Este verso del salmista responde a un motivo que recorre la Sagrada Escritura, desde el Génesis hasta el Apocalipsis[1]: toda la historia de Dios con los hombres, que sigue hoy su curso, entre los pliegues de sus páginas. En este anhelo se expresa, pues, algo que late también —de un modo más o menos explícito— en el corazón de los hombres y mujeres del siglo XXI. Porque si durante años podía parecer que el declive de la religión en el mundo occidental era imparable, que la fe en Dios era ya poco más que un mueble obsoleto frente a la cultura moderna y el mundo científico, de hecho sigue viva la búsqueda de Dios y de un sentido trascendente para la propia existencia.

Hoy se ha vuelto más difícil reconocer el rostro de un Dios personal, o advertir de modo vital su cercanía

En esta búsqueda de lo sagrado, no obstante, se ha dado un notable cambio cualitativo. El cuadro de las creencias es hoy más complejo y fragmentado que en el pasado. En la Iglesia católica ha caído la práctica y han aumentado quienes se declaran cristianos, pero no aceptan algunos aspectos de la doctrina de fe o de la moral. También se da una tendencia a mezclar libremente creencias diversas (por ejemplo, el cristianismo y el budismo). Ha aumentado el número de personas que dicen creer en una fuerza impersonal y no en el Dios de la fe cristiana, así como el de los miembros de las religiones no cristianas, especialmente orientales, o movimientos New Age. Para muchos, la imagen de lo divino se difumina en los contornos de una fuerza cósmica, de una fuente de energía espiritual o de un ser distante e indiferente. En definitiva, se puede decir que en la presente atmósfera cultural se ha vuelto más difícil reconocer el rostro de un Dios personal, considerar verdaderamente creíble el mensaje cristiano sobre el Dios que se ha hecho visible en Jesucristo, o advertir de modo vital su cercanía.

Si hay culturas en las que la visión impersonal de Dios se debe a que la fe cristiana ha tenido poco influjo sobre ellas, en el mundo occidental se trata más bien de un fenómeno cultural complejo: «un extraño olvido de Dios» por el que «parece que todo marche igualmente sin él»[2]. Este olvido, que no puede evitar un cierto «sentimiento de frustración, de insatisfacción de todo y de todos»[3], se manifiesta entre otras cosas en la tendencia a concebir la religión desde una óptica individual, como un “consumo” de experiencias religiosas, en función de las propias necesidades espirituales. Aunque desde esta óptica es difícil comprender que Dios nos llama a una relación personal, tampoco lo facilitaba una concepción bastante extendida tiempo atrás, que veía la práctica religiosa fundamentalmente como una “obligación” o un mero deber exterior hacia Dios. Resulta iluminante en ese sentido la mirada penetrante del beato John Henry Newman sobre la historia: «cada siglo es como los demás, aunque a quienes viven en él les parece peor que cualquiera de los anteriores»[4].

El contexto en el que la fe cristiana se desenvuelve en la actualidad reviste, ciertamente, una nueva complejidad. Pero también hoy ―como ayer― es posible redescubrir la fuerza arrolladora de una fe con Rostro, una fe que nos dice: no estás solo en el mundo; hay Alguien que ha querido que existas, que te ha dicho «¡vive!» (cfr. Ez 16,6) y que te quiere feliz para siempre. El Dios de Jesucristo, al que se ha criticado de «haber rebajado la existencia humana, quitando novedad y aventura a la vida»[5], quiere realmente que tengamos vida, y vida en abundancia (cfr. Jn 10,10), es decir, una felicidad que nadie ni nada nos podrá quitar (cfr. Jn 16,22).

El misterio de un Rostro y los ídolos sin rostro

De modo especial en Occidente, algunas personas perciben hoy la espiritualidad y la religión como antagónicas: mientras en la “espiritualidad” perciben autenticidad y cercanía ―se trata de sus experiencias, de sus sentimientos―, en la religión ven sobre todo un cuerpo de normas y creencias que les resulta ajeno. La religión aparece así, quizá, como un objeto de interés histórico y cultural, pero no como una realidad esencial para la vida personal y social. Junto a otros factores, esto puede deberse a ciertas carencias en la catequesis, porque, de hecho, la fe cristiana está llamada a hacerse experiencia en la vida de cada uno, como lo son los encuentros interpersonales, la amistad, etc. «La vida interior ―escribía san Josemaría― si no es un encuentro personal con Dios, no existirá»[6]. En esa misma línea, ha escrito el Papa Francisco: «invito a cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso. No hay razón para que alguien piense que esta invitación no es para él»[7].

El encuentro con Dios no responde a la lógica inmediata de lo automático: no se accede a una persona como se accede a una web, siguiendo sencillamente un link

Este encuentro, sin embargo, no responde a la lógica inmediata de lo automático. No se accede a una persona como se accede a una web, siguiendo sencillamente un link; ni se descubre verdaderamente a una persona como se encuentra un objeto cualquiera. Incluso cuando parece que el hallazgo de Dios ha sido repentino, como sucede con algunas conversiones, los relatos de los conversos suelen mostrar cómo aquel paso se había venido preparando desde mucho tiempo antes, a fuego lento. El camino hacia la fe, y la vida misma del creyente, tiene mucho de espera paciente. «¡Debemos vivir a la espera de este encuentro!»[8]. Los vaivenes de la historia de la salvación ―tanto los que se relatan en la Escritura como los que vemos en la actualidad― muestran cómo Dios sabe esperar. Dios espera porque trata con personas. Pero también por eso, porque Él es Persona, el hombre debe aprender a esperar. «La fe, por su propia naturaleza, requiere renunciar a la posesión inmediata que parece ofrecer la visión; es una invitación a abrirse a la fuente de la luz, respetando el misterio propio de un Rostro, que quiere revelarse personalmente y en el momento oportuno»[9].

El episodio del becerro de oro en el desierto (Cfr. Ex 32,1-8) es una imagen perenne de esa impaciencia de los hombres con Dios. «Mientras Moisés habla con Dios en el Sinaí, el pueblo no soporta el misterio del rostro oculto de Dios, no aguanta el tiempo de espera»[10]. Se entienden así las advertencias insistentes de los profetas del Antiguo Testamento acerca de la idolatría[11], que atraviesan los siglos hasta hoy. Ciertamente, a nadie le gusta que le llamen idólatra: la palabra tiene una connotación de sumisión y de irracionalidad que la hace poco conciliadora. Sin embargo, es interesante observar que los profetas dirigían el término sobre todo a un pueblo creyente. Porque la idolatría no es solo ni principalmente un problema de «las gentes» que no invocan el Nombre de Dios (cfr. Jr 10,25): tiende a hacerse un lugar también en la vida del creyente, como una “reserva” por si Dios no fuera a llenar las expectativas del corazón, como si Dios no fuera suficiente. «Ante el ídolo, no hay riesgo de una llamada que haga salir de las propias seguridades, porque los ídolos «tienen boca y no hablan» (Sal 115,5). Vemos entonces que el ídolo es un pretexto para ponerse a sí mismo en el centro de la realidad, adorando la obra de las propias manos»[12]. Esta es, pues, la tentación: asegurarse un rostro, aunque no sea más que el nuestro, como en un espejo. «En lugar de tener fe en Dios, se prefiere adorar al ídolo, cuyo rostro se puede mirar, cuyo origen es conocido, porque lo hemos hecho nosotros»[13]. Se deja por imposible la búsqueda del Dios personal, del Rostro que quiere ser acogido, y se opta por rostros que elegimos nosotros: dioses “personalizados” ―con el sabor agridulce que a veces deja este adjetivo―; dioses «de plata y oro, de bronce y hierro, de madera y piedra, que ni ven, ni oyen, ni conocen» (Dn 5,23), pero que se prestan a nuestros deseos.

Dios espera porque trata con personas; pero también por eso,
porque Él es Persona, el hombre debe aprender a esperar

Podemos vivir aferrados a esas seguridades durante un tiempo, más o menos largo. Pero es fácil que un revés profesional, una crisis familiar, un hijo problemático o una enfermedad grave hagan derrumbarse esa seguridad. «¿Dónde están los dioses que te hiciste? Que se levanten, si es que pueden salvarte» (Jr 2,28). El hombre se da cuenta entonces de que está solo en el mundo; como Adán y Eva en el paraíso tras el pecado, cae en la cuenta de que está desnudo, suspendido en el vacío (cfr. Gn 3,7). «Llega siempre un momento en el que el alma no puede más, no le bastan las explicaciones habituales, no le satisfacen las mentiras de los falsos profetas. Y, aunque no lo admitan entonces, esas personas sienten hambre de saciar su inquietud con la enseñanza del Señor»[14].


El Dios personal

¿En qué sentido el cristianismo puede superar las insuficiencias de los ídolos y saciar esa inquietud? Mientras para otras religiones o espiritualidades «Dios queda muy lejos, parece que no se da a conocer, no se hace amar»[15], el Dios cristiano «se ha dejado ver: en el rostro de Cristo vemos a Dios, Dios se ha hecho “conocido”»[16]. El Dios cristiano es el Alguien por quien suspira el corazón humano. Y Él mismo ha venido a mostrarnos su rostro: «lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y han palpado nuestras manos a propósito del Verbo de la vida (…) os lo anunciamos» (1 Jn 1,3). Cuando todas las seguridades humanas fallan, cuando la vida y su sentido se vuelven inciertos, entra en escena el «Verbo de la vida». Quien le rechaza queda como prisionero de su necesidad de amor[17]; quien le abre las puertas, y decide no agarrarse a sus propias seguridades o a su desesperación, quien se reconoce ante Él como un pobre enfermo, un pobre ciego, puede descubrir su rostro personal.

Ahora bien, ¿qué significa que Dios es persona, que tiene rostro? Y sobre todo, ¿tiene sentido esta pregunta? Cuando Felipe pide a Jesús que les muestre al Padre, responde el Señor: «El que me ha visto a mí ha visto al Padre» (Jn 14,9). El hecho de que Dios se haya hecho hombre en Jesús, de que a través de su humanidad se haya manifestado Dios en persona ―evento que es el centro mismo de la fe cristiana―, muestra que esta pregunta no designa una quimera sino que tiene una meta real.

Sin embargo, si Dios tiene rostro personal, si se ha revelado en Jesucristo, ¿por qué se esconde a nuestra mirada? «¿No lo daría uno todo con tal de que se le permitiera verlo andar por la calle, oír el timbre de su voz, penetrar su mirada, sentir su “poder”, percibir con la experiencia más íntima quién es él?»[18] ¿Por qué, si Dios vino al mundo, ha vuelto ahora a esconderse en su misterio? En realidad, el Génesis ―que no solo versa sobre los orígenes, sino también sobre los ejes mismos de la historia― muestra que es más bien el hombre quien se esconde de Dios por el pecado (cf. Gn 3,9-10).

Con todo, imaginando que Jesús se hubiera quedado en la tierra, ¿verdaderamente sería más personal la relación con Él? Cada uno dispondría, en el mejor de los casos, de unos pocos instantes en la vida para estar con Él. Unas palabritas, y una foto, como con los famosos... Admitiendo, pues, que Dios «se esconda»... se puede decir que lo hace precisamente porque quiere entablar una relación personal con cada hombre y cada mujer: de tú a tú, de corazón a corazón. En la relación con Dios sucede, en el modo más intenso posible, algo que es propio todas las relaciones personales: que nunca acabamos de conocer al otro del todo; que es necesario buscarle. «Sí, por detrás de las gentes te busco. / No en tu nombre, si lo dicen, / no en tu imagen, si la pintan. / Detrás, detrás, más allá»[19].

«El que me ha visto a mí ha visto al Padre» (Jn 14,9). La Encarnación de Dios hace de la personalidad humana un camino apto para acercarse al misterio del Dios personal. De hecho se trata del único camino, porque no conocemos de modo directo ningún otro modo de existencia personal. Al recorrerlo, sin embargo, es necesario evitar el antropomorfismo: la tendencia a describir un Dios a la medida del hombre, algo así como un ser humano agrandado, perfeccionado. Ya el hecho mismo de que Dios sea una Trinidad de personas muestra cómo su Ser personal desborda los marcos de nuestra propia experiencia; pero no la hace por eso inútil para intentar acercarnos a su Misterio, con las alas de la fe y de la razón[20].

Retomemos, pues, la pregunta: ¿Qué significa ser persona? Una persona se distingue de los seres no personales en que «se posee a sí misma por la voluntad y se comprende perfectamente por la inteligencia: es la trascendencia de un ser que puede decir “yo”»[21]. Trascendencia, porque el “yo” de cada persona ―incluso de quienes no pueden decir “yo”― hace de ella una realidad irreductible al resto del universo; por así decir, cada persona es un abismo. «Un abismo llama a otro abismo» (Sal 42,8), dice el verso de un salmo, en el que san Agustín reconoce el misterio de la persona humana[22]. Pues bien, decir que Dios es persona significa que se trata de un “Yo” que es dueño de sí y que es distinto de mí, pero que a la vez no está junto a mí como cualquier otra persona humana. Dios es, como decía también san Agustín en una expresión de una profundidad y belleza difíciles de superar, interior intimo meo: Él está más profundamente dentro de mí que yo mismo[23], porque se encuentra en el origen más profundo de mi ser. Es Él quien ha pensado en mí, y quien ya nunca dejará de hacerlo.

Dios está más profundamente dentro de mí que yo mismo, porque se encuentra en el origen más profundo de mi ser

Precisamente aquí se dibuja una frontera decisiva entre nuestro ser personal y el de Dios. Nuestra existencia es radicalmente dependiente de Dios: somos porque Él ha querido; nuestro ser está en sus manos. «En el comienzo de la filosofía occidental aparece repetidamente la cuestión del arjé, el principio de todas las cosas, y se le dan variadas y profundas respuestas. Pero hay solo una respuesta que responda realmente: darse cuenta religiosamente de que mi principio está en Dios. Digámoslo mejor: en la voluntad de Dios, dirigida hacia mí, de que he de ser, y ser el que soy»[24]. Dios ha decidido que yo exista, y sea precisamente tal como soy; por eso puedo aceptarme y considerarme un bien. Es lo que sucede cada vez que el hijo se descubre amado por sus padres, cada vez que una mirada, una sonrisa, un gesto le dice: «¡Para mí es bueno que existas!»[25]: se reconoce enteramente dependiente… y al mismo tiempo querido sin reservas.

«Él nos hizo y somos suyos» (Sal 100,3). Esta dependencia radical ¿supone una forma de dominio? Para responder afirmativamente haría falta decir que, cuando una madre sonríe a su hijo pequeño, lo hace con afán de dominarlo. ¿Es el dominio el único modo de relación entre personas? Más aún, ¿es el principal? Frente a la lógica del dominio se nos presenta enseguida otra más poderosa: la lógica del amor. Frente a la posición de quien dice a otro: «Tienes que ser como digo yo», se alza el grito más hondamente personal: «¡Es bueno que existas… como eres!». Esa es la palabra que se dirige a la persona amada, al hijo enfermo, al padre anciano, cuando se le afirma tal como es… y se le quiere.

Reconocer que yo no soy mi origen, pues, no supone sin más aceptar mi finitud: esa es una conclusión que se queda en la superficie de las cosas. En realidad, significa abrirme a la infinitud de Dios; significa reconocer que «en cuanto yo existo, somos dos. Mi existencia es en su misma esencia, relación. Solo subsisto porque soy pronunciado por otro. Reconocer esa absoluta dependencia es simplemente ratificar lo que soy. Solo existo porque soy amado. Y existir será para mí amar a mi vez, responder a la gracia con la acción de gracias»[26]. La Revelación cristiana nos da a conocer a un Dios que se rige por esta lógica. Un Dios que crea por Amor, por una sobreabundancia de Amor. Más: un Dios que es Amor. Y precisamente en el encuentro con él descubrimos nuestro rostro personal: descubrimos quiénes somos.


El rostro de Dios

«No somos el producto casual y sin sentido de la evolución ―apuntaba Benedicto XVI al ser elegido para la sede de Pedro―. Cada uno de nosotros es el fruto de un pensamiento de Dios. Cada uno de nosotros es querido, cada uno es amado, cada uno es necesario»[27]. Esta realidad no es simplemente objeto de una captación intelectual. En otras palabras, no basta decir: «De acuerdo, ya lo entiendo». Es una chispa que enciende la vida entera: da una visión del cristianismo que supera en mucho la de un sistema intelectual y transforma la existencia desde su raíz.

Reconocer que yo no soy mi origen significa abrirme a la infinitud de Dios;
reconocer que solo existo porque soy amado

Desde esta nueva visión, la oración adquiere un lugar central en la existencia, tal como vemos en la vida de Jesús[28]. Lejos de algunas concepciones que desfiguran su sentido, la oración no consiste en un vaciamiento de sí, ni en un servil acatamiento de una voluntad ajena. Lo ilustra bien el Papa Francisco, al describir cómo reza: «siento como si estuviera en manos de otro, como si Dios me estuviese tomando la mano. Creo que hay que llegar a la alteridad trascendente del Señor, que es Señor de todo, pero que respeta siempre nuestra libertad»[29]. La oración es, entonces, en primer lugar, descubrir que estamos con Dios: Alguien vivo, real, que no soy yo mismo; Alguien en quien descubro realmente quién soy, en quien descubro mi verdadero rostro.

Al reconocernos creados por Dios, pues, no nos sentimos negados, sino precisamente afirmados. Alguien nos ha dicho: «¡Es bueno que existas!». Y ese Alguien, además, lo ha ratificado y lo ha definido para siempre al dar su vida por cada uno de nosotros. La alternativa ante Dios no es someterse o rebelarse, sino cerrarse al amor o, sencillamente, dejarse amar para responder amando. Nuestro Origen es el Amor, y para el Amor hemos sido elegidos y llamados por Dios. Por eso, cuando en el cielo «veamos el rostro de Dios, sabremos que siempre lo hemos conocido. Ha formado parte, ha hecho, sostenido y movido, momento a momento, desde dentro, todas nuestras experiencias terrenas de amor puro. Todo lo que era en ellas amor verdadero, aun en la tierra era mucho más Suyo que nuestro, y solo era nuestro por ser Suyo»[30].

Lucas Buch - Carlos Ayxelá
Opusdei.org

 
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