Abuelos y nietos - Servicio Católico

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Abuelos y nietos

Abuelos y nietos
Julián Marías




Es un hecho notorio la reciente y creciente inestabilidad del matrimonio -o su ausencia- y por tanto de las relaciones familiares. Adelantaré mi impresión de que el predominio numérico de situaciones que se pueden llamar normales, de familias compuestas de un padre y una madre con hijos de ambos es abrumador. Pero las «excepciones» son tantas, que lo que puede llamarse crisis es evidente, y sus consecuencias de una gravedad que todavía no se ha medido bien.

Pero hay un factor nuevo, de los últimos decenios, y también creciente, y que viene a modificar la situación. Se trata de que el aumento de la longevidad hace que las últimas generaciones, los que son niños o jóvenes, tengan abuelos en proporción desconocida en tiempos pasados. Yo no he tenido abuelos. Vi una sola vez, recién cumplidos los dos años, a mi abuela paterna, y tengo un recuerdo sorprendente, vivo y preciso, de ese fugaz encuentro. Esto es todo.

Los abuelos, los que llegaban a tener relación con sus nietos, eran casi siempre «viejos». Ahora no lo son; llegan a esa relación en buen estado, vivos y despiertos, y con gran frecuencia duran mucho, es decir, conviven con los nietos, no sólo en la infancia sino ya entrada la juventud y aun en los comienzos de la madurez. Esto es algo nuevo, nunca existente, y puede alterar la configuración de la vida humana.

Cuando tuve la primera nieta, alguien me preguntó si se quería a los nietos como a los hijos; respondí que no, y no porque no fuese hija mía, sino porque no lo era de mi mujer. Luego se quisieron mutuamente de tal manera, con tal entusiasmo, en el breve tiempo que convivieron, que la quise tanto como a mis hijos, aunque con un matiz diferente.

No creo demasiado en los genes más allá de su función estricta, es decir, la transmisión de los caracteres genéticos. En lo que se refiere a la vida personal -que es lo que verdaderamente importa- el papel de la vocación y la libertad es lo decisivo; he tenido demasiadas decepciones al considerar las descendencias que parecían «probables» para no reducir lo genético a sus límites propios.

En cambio, le doy gran importancia a la convivencia, al trato, al influjo personal. Es evidente que la relación entre padres e hijos está expuesta a muchas cosas inquietantes. No solo las rupturas matrimoniales -o la ausencia de matrimonio-, los trueques y reajustes, las familias resultantes de diversas uniones con hijos de varias procedencias. Incluso en condiciones normales, que son las más, hay falta de tiempo, de comidas en común, de conversación, de contar y recibir cosas, experiencias, modos de hablar. Se está produciendo una «desamortización» del pasado reciente, cuyas consecuencias ya se advierten.

Y aquí intervienen los abuelos. Vienen del pasado, pero están en el presente, y en muchos casos tienen porvenir. Siempre recuerdo que se cuenta desde los proyectos, es decir, desde el futuro, y esto es válido tanto para la historia como para los recuerdos individuales. Los abuelos tratan con sus nietos «desde» un nivel cronológico pretérito, pero están instalados en el presente y miran hacia el futuro. Su papel involuntario es restablecer la continuidad histórica, hacer que el presente de los nietos tenga mayor «espesor» que el de las personas anteriores a esta situación de longevidad lúcida.

Han vivido en tiempos que se van alejando. Han asistido a sucesos que se han olvidado o que muchos se dedican a deformar y falsificar. Es posible que los abuelos también lo hagan por error o con mala voluntad, pero en todo caso aportan una instancia diferente y es probable que se sientan obligados a la veracidad para con sus nietos.

Un aspecto de singular importancia es el lingüístico. Me preocupan las variaciones del léxico, la sintaxis, hasta la fonética. Hay palabras que no se usan, o muy rara vez, o giros de la lengua que eran usuales y han dejado de serlo. Procuro averiguar a qué niveles de edad afectan esos cambios. Los abuelos ponen ante los oídos y la mente de sus nietos la lengua viva de hace algún tiempo, que ha empezado a estar en desuso, sustituida por otras expresiones -por lo general empobrecida, no lo olvidemos-.

Hay un hecho notorio y es que los campesinos -los que quedan y no están demasiado afectados por la televisión- hablan mejor que los semicultos urbanos nutridos de los medios de comunicación más que de conversaciones. Esto sorprende a los que oyen hablar a personas sencillas de Hispanoamérica, más próximas a la convivencia efectiva y directa. Sería interesante indagar el nivel lingüístico de los jóvenes según su trato con los abuelos.

Pero queda el otro lado de la cuestión: los nietos mismos. Interviene decisivamente el azar en la existencia de abuelos y la relación efectiva con ellos. Pero hay algo de mayor alcance: la actitud de los nietos. Ante todo, el grado de «interés» por los abuelos:¿Los tienen en cuenta? ¿Esperan algo de ellos? ¿Sienten curiosidad, estimación, desdén, indiferencia? La relación afectiva con ellos puede presentar enormes diferencias. Y en ello se interponen los padres, que tienen con los suyos una relación llena de diferencias y matices. Los padres presentan a los abuelos a una luz determinada, que condiciona la visión de los nietos. Y, para no simplificar demasiado las cosas, los padres son dos, uno que es hijo o hija, otro que es yerno o nuera, lo que añade nuevos matices.

A última hora, lo que cuenta es la actitud personal del nieto, su capacidad de curiosidad, recepción, afecto. Y, por supuesto, el horizonte en que se mueve. Quiero decir lo que de verdad le importa. He hablado de lo que el abuelo cuenta, de cómo habla, de su uso de la lengua. Pero no es esto lo más importante. Lo que podría servir al nieto es quién es. El tipo de hombre o de mujer que es «de otro tiempo» pero también de este. Cuando el viejo dice «en mi tiempo» a veces olvida que también lo es el día que señala el calendario. Ante el abuelo, el nieto hace la experiencia inmediata de la historia. Asiste a la variación mínima y accesible de unos cuantos decenios. Si lo percibiera adecuadamente, recibiría un enriquecimiento que le permitiría comprender nada menos que la historicidad de la vida humana, que va a condicionar la suya.

Y todavía hay algo más. Hay abuelo y abuela, varón y mujer. Presentan ante los ojos del nieto y la nieta dos formas de instalación sexuada, de vida humana personal, fácilmente comprensibles, pero que no son iguales a las de sus padres ni a las que van a realizar ellos mismos después. Veo en la persistencia de los abuelos, que no se deciden a morir demasiado pronto, una posibilidad para los nietos, con la única condición de que tengan la generosidad de aprovecharla.

 
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