AFECTIVIDAD Y SENSIBILIDAD EN EL SER HUMANO - Servicio Católico

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AFECTIVIDAD Y SENSIBILIDAD EN EL SER HUMANO

AFECTIVIDAD Y SENSIBILIDAD EN EL SER HUMANO
Conferencia mayo de 2011
por Pedro López García




1.- INTRODUCCIÓN
¿Qué es el hombre? Siguiendo la definición de Aristóteles, es un animal racional (zoon logon). Un espíritu encarnado; o un cuerpo espiritualizado.

La espiritualidad del hombre, el poseer alma inmortal, que es lo mismo -como muestra Platón, en Fedón- supone una doble consecuencia:

a) el hombre posee raciocinio. Conoce, y conoce que conoce;
b) es volitivo: quiere, y quiere querer (libre).

Esta doble dimensión –racional y volitiva- le distingue netamente del animal, porque éste:

a) no sabe que conoce;
b) no es libre: está determinado por su entorno circundante (umwelt; von Uexküll) y su organismo está determinado, como explica la Biología, tanto internamente (Genética), como externamente (Etología).

Pero el hombre es también animal: esto supone una similitud con el animal. Tiene entorno, pero lo trasciende: abierto al mundo (welt; Scheller). Está condicionado, pero no determinado (el hombre es un ser ético).

La animalidad nos resulta evidente: mamíferos; familia: primatae; género: homo; especie: sapiens. Nuestra similitud con el chimpancé es asombrosa: 98,80 % de identidad genética.

Esta esencialidad animalesca nos sitúa también en la escena de la naturaleza: formamos parte de ella. A diferencia del ángel que no necesita conquistas, y a diferencia del simio que no está interesado en ellas, el hombre se apoya en conquistas que son fruto de una misteriosa unión de materia y mente en él”. Stanley Jaki (Angels, Apes and Man). El trabajo –el raciocinio- y lo que conlleva (innovación) es la condición humana.


2.- LAS PASIONES DEL HOMBRE COMO ANIMAL
Cuando hablamos de corporeidad, tenemos que tener en cuenta que:

a) ser vivo: con movimiento autónomo;
b) animal: con sensibilidad, que le da la organización de un sistema nervioso.

En el caso del hombre, el sistema nervioso central –como en los mamíferos y primates- está dotado fisiológicamente por movimientos eléctricos –diferencia de potencial de membrana- que son de dos tipos: eferentes y aferentes; y también hormonales. Es decir, una transmisión casi instantánea que pone en alerta: por ejemplo, retirar la mano de la llama cuando siente el calor penetrante.

El hombre, como todo animal, tiene dos instintos muy desarrollados e intensos:

a) el de conservación del individuo;
b) el de conservación de la especie.

Son instintos básicos. El primero es primario con relación al segundo, pues sin individuo no hay reproducción.

La animalidad se va a reflejar en estos instintos, pero que no agotan la afectividad, es decir, su sensibilidad. No hay que olvidar que el hombre es un ser inespecífico (Louis Bolk), y que el espíritu lo libera del anclaje a la materia.

Tampoco se circunscribe a la res extensa cartesiana, sino que lo integra en la persona, en un yo, libre y amoroso; y por tanto, con capacidad para autoposeerse y autodonarse. Yo no tengo cuerpo, sino que soy cuerpo y manifiesto mi espíritu a través del cuerpo (G. Marcel): la cara es el espejo del alma.

El cuerpo nos da sensibilidad: la passio de Aristóteles (en griego, pathos) la describe en la Ética a Nicómaco (Ethica Nic., 2c. 5). Para Aristóteles, la passio es contrapuesta a la actio: es decir, lo que se siente, o es sentido. Lo que se “padece”: capacidad de placer o de sufrimiento.

Si no tuviéramos cuerpo, no tendríamos “passio”. Y en esto, nos parecemos a los animales. Cuando el animal está satisfecho, está “feliz”; cuando está, por ej., hambriento o sediento, tiene una insatisfacción.

El ser animales, nos hace ser seres “pasionales”. Vivimos, conocemos y amamos a través del cuerpo.

La passio no es algo que se “busca”, sino que acontece. El sujeto es pasivo; y sólo se pone en “acción” al carecer de la adecuada satisfacción y, en consecuencia, sufrir la “passio”.

La passio, o acontecer, se manifiesta inicialmente en las necesidades corporales que tienen las siguientes características:

a) apetito concupiscible: aquel apetito más básico, que busca la satisfacción del principio de conservación y de reproducción.

b) Apetito irascible, de quien ha de compartir necesariamente recursos y, por tanto, ha de ser “competitivo”, y poner en acción su capacidad de agresividad para lograr aplacar la insatisfacción o huir del peligro.

En el animal, estos dos apetitos o movimientos se dan de forma autónoma, necesaria y armoniosa. Cuando el equilibrio, individual o “social” se rompe, el animal no controla los acontecimientos, porque a la passio no hay correspondencia con una actio. Y roto el equilibrio, el sujeto queda a merced de las fuerzas de entropía del entorno, que le destruyen. El animal que no es capaz de alimentarse, de nutrirse, morirá; el que no sea capaz de reproducirse, no dejará descendencia. Es un hecho, no una hipótesis. El concepto de “selección natural” está basado en este factum empírico; y no es, por tanto, una teoría. No explica más que lo que es evidente y, si el hecho es explicado por el mismo hecho, estamos ante una tautología: no explica, sino que constata.

El animal tiene este equilibrio en su passio: cuando el instinto está saciado, hay placer, y cesa la actio (satisfacción); cuando hay insatisfacción, hay displacer y se activa (agresividad; fase actio).

En la Naturaleza hay una armonía entre el placer y el displacer (anhedonia): es decir ese equilibrio, como tal, está en constante devenir, inestable, y la sensibilidad se pone en funcionamiento para restituir el orden, el equilibrio, la armonía (Kosmos).

En la filosofía oriental (confucionismo) se describe el yin-yang. El yin es el principio femenino (pasivo). El yang es el principio masculino (activo). Vienen a ser, como la passio y la actio de Aristóteles. Son las fuerzas pasivas y activas que mutuamente se contrarrestan para lograr ese continuo equilibrio.

Pero la naturaleza es, de por sí, un sistema en constante desequilibrio que, a su vez, se equilibra continuamente.

En el hombre –como en todo animal- la sensibilidad ha de reflejar esto: si no, está al borde del colapso (muerte). El cadáver, nunca se pone nervioso (no padece). En el ser vivo hay passio y actio en equilibrio:

-el hambre, es síntoma de falta de alimento;
-la sed, es síntoma de falta de hidratación;
-el sueño, es síntoma de falta de descanso;
-la fiebre, es síntoma de enfermedad;
-el dolor, es síntoma de lesión; etc.

Los síntomas son “buenos” pues nos hacen reaccionar para recuperar el equilibrio. En la sensibilidad actúan esas dos fuerzas que reequilibran: malo es estar sediento, pero peor es no sentir la sed.

3.- LA AFECTIVIDAD HUMANA EN ARISTÓTELES Y TOMÁS DE AQUINO
En relación a la sensibilidad, hay que decir también que el hombre es un ser sensible, y no puede dejar de serlo: evitar el sufrimiento o buscar continuamente el goce, comporta anomalías en la conducta y en la propia identidad.

En el hombre, los instintos han de ser dominados, no de forma despótica, sino política (ética): las pasiones deben seguir las directrices de la razón y tendentes al amor. De ahí que las pasiones puedan integrarse en la moralidad del hombre, que tiende a la felicidad, su fin natural, a través de la virtud (areté, virtus), sabiendo que para ser feliz el hombre necesita del amor (principio axiomático).

Pero en el hombre hay también otras pasiones no orgánicas, que proceden de su racionalidad y voluntad, que son los deseos racionales: el amor a la verdad; y la tendencia natural del hombre hacia el amor (eros y benevolencia)

«Entiendo por pasiones –escribe Aristóteles–, apetencia, miedo, ira coraje, envidia, alegría, amor, odio, deseo, celos, compasión y, en general, todo lo que va acompañado de placer o dolor» [Ética a Nicómaco, II: 1105 b].

«El alma –dice- no hace ni padece nada sin el cuerpo, por ejemplo, encolerizarse, envalentonarse, apetecer, sentir en general […] parece que las afecciones del alma se dan con el cuerpo: valor, dulzura, miedo, compasión, osadía, así como la alegría, el amor y el odio. El cuerpo, desde luego, resulta afectado conjuntamente en todos estos casos» [Sobre el alma, I: 403 a].

Aristóteles no considera las “pasiones” como malas en sí mismas, sino que, al contrario, acepta plenamente la bondad de las pasiones cuando están reguladas por la razón y contenidas en un justo término medio alejado de todo extremo, sea por exceso o por defecto.

Santo Tomás de Aquino, sigue en este punto, como en tantos otros, el pensamiento de Aristóteles [Teológica, I-IIae (Prima Secundae), q. 24], pero ahondando y completando al Estagirita:

En el hombre, ¿cómo se dan las pasiones? No es igual que en el animal, aunque no se puedan dar más que, precisamente, por su animalidad.

De acuerdo con Aristóteles, comencemos a decir que el conocimiento se da por medio de los sentidos, pues el hombre al nacer es “quam tabula rasa”. En consecuencia, la sensibilidad está afectada por los dos principios espirituales de la racionalidad y voluntariedad (libertad).

Tomás de Aquino va a introducir un elemento original: su teoría de los apetitos tiene una gran riqueza reflexiva:

a) Nivel ontológico: origen y finalidad del deseo. El hombre es una criatura creada a imagen y semejanza de Dios (origen), por puro amor y liberalidad; y que tiende a Dios (tendencias): deseo de perfección hacia el bien. Esto explica la “insatisfacción” continua del hombre: causado por Dios y dirigido a él, el hombre no se satisface con nada de lo creado: “Nos hiciste Señor para Ti y nuestro corazón está inquieto hasta que no descanse en Ti”, afirma San Agustín en las Confesiones. El hombre creado por amor, tiende al amor (a los demás y a Dios), porque es su perfección absoluta.

El amor es la pasión radical del hombre que lo transforma todo y conduce a la infinitud del deseo. Este carácter infinito no se sacia con ciclos repetitivos de necesidad/satisfación (ni en número ni en cantidad), pues sólo generaría ansiedad, pero no gozo.

La pasión humana permite experimentar la estrecha unión entre alma y cuerpo en la unidad del yo. Este yo es sujeto de deseos que, o bien se alimentan indefinidamente (epicureísmo; hedonismo); o bien, se destruyen (estoicismo; budismo) o bien se integran en la propia personalidad haciéndose virtuosos (Aristóteles/Aquinate; fenomenólogos).

b) Nivel psicológico: el hombre es libre, y tiene que reflexionar sobre el amor natural: a los animales, les basta el conocimiento sensible, por lo que no trasciende el nivel concupiscible e irascible; al hombre, no: ha de aplicar su inteligencia, captar su razón de bien y quererlo (apetito intelectivo):

- apetito epthymia (concupiscible);
- apetito thymos (irascible);
- apetito boulesis (intelectivo)

A estos apetitos corresponden básicamente los pares: placer/dolor, deseo/aversión y amor/odio

El deseo racional es ad infinitum. El deseo racional repercute en el cuerpo del hombre.

Es imposible separar en el hombre lo que es puramente sensible de lo que es racional. Esto se ve muy bien en las pasiones de la alegría y la tristeza. El hombre es animal de risa. Sólo el hombre se alegra (riéndose y sonriéndose, de sí y de sus circunstancias). Y sólo el hombre es capaz de estar “alegremente triste” (cfr. San Josemaría, Forja, n. 252).

El apetito irascible tiene también sus manifestaciones en el hombre: la esperanza y la ira ante lo injusto. La esperanza se origina en el amor y lo hace crecer.

La racionalidad hace que el hombre sea capaz de prever: de ver con anticipación y, por tanto, de trascender su entorno natural. El hombre es ser de futuro. Esto hace que no sea sólo su entorno, el que nos encontramos aquí y ahora, el que nos afecte únicamente, sino la previsión de futuros entornos que, lógicamente, se escapan ontológicamente: podemos vislumbrar, pero no podemos asir. Esto supone una apertura antropológica: biográfica (Julián Marías), identidad narrativa (Macintyre, Ricoeur)

La primera cualidad de la racionalidad será la de desarrollar miedo/esperanza al futuro: estrés sostenido, que puede conducir al agotamiento de las fuerzas y a un estado de depresión (o viceversa). Esto no sólo se da ante el mero “futuro”, sino ante el acontecer complejo que se nos escapa y que no depende de uno mismo.

c) Nivel espiritual:

Comunicación entre personas: el amante y el amado. Unión afectiva: esencia de la amistad. El otro querido –y sentido- como otro yo.

Por ejemplo, una característica de la sensibilidad humana es la vergüenza. La vergüenza –y su manifestación externa, el rubor- es típicamente humano (los animales no se “ruborizan”, ni se avergüenzan). Se desarrolla en forma de CULPA, por el pasado. Lo sucedido no lo podemos restablecer, hacer que no sea; y esto produce sonrojo, rubor: es el pasado que se recuerda como CULPA y que produce en la sensibilidad “DESASOSIEGO”, “INTRANQUILIDAD” (no confundir con ansiedad: adelantar al presente situaciones futuras).

Estas manifestaciones del pasado (culpa) y del futuro (ansiedad) pueden producir trastornos psicofisiológicos que repercuten negativamente en el juicio o raciocinio al que sometemos nuestra conducta pasada o futura. En el primer caso, puede llevar aparejada la autolesión: no quiero vivir, no querer ser yo. Suele ser destructiva bien con uno, bien con los otros. Surgen los complejos, las conductas ignorantes del propio yo, en formas de transmutación (trastornos de personalidad: no se reconoce el yo viviente). Suelen ser trastornos de identidad.

Del miedo al futuro, surgen las conductas evasivas que producen numerosos trastornos de personalidad (el no querer ser): de alimentación –anorexia, bulimia, etc.-, de relación con los demás: fobias, TOC, etc., en el que el yo no quiere llegar a ser el que se prevé que va a ser, con las responsabilidades correspondientes. Un típico ejemplo, es el síndrome de Peter Pan (la inmadurez).

4.- AFECTIVIDAD Y PERSONALIDAD. FINALIDAD Y PROYECTO VITALY el hombre ¿cómo padece? Es el “yo” sufriente. Kierkegaard lo señala muy bien en la “angustia” del hombre viviente. La vida tiene algo de angustia vital; es un continuo fluir en el tiempo y en la necesidad; a la vez que se experimenta la precariedad, la vulnerabilidad y la indigencia. Pero también puede ser, al mismo tiempo, esperanza y gozo, contemplación y amor.

Los instintos humanos se configuran en tendencias: apertura al mundo e interiorización. No obstante, las tendencias las puedo sentir y, sin embargo, no consentir. Las tendencias constituyen estados de ánimo disposicionales que cuajan en hábitos y que dan lugar a estimaciones valorativas de la realidad propia –autoestima- o ajena –amor/odio-. La afectividad, en todas sus formas, es la manifestación de la conveniencia o inconveniencia de la realidad respecto a la subjetividad tendente (Antonio Malo). Por eso, la afectividad hay que educarla e integrarla en armonía con la propia personalidad intelectual y volitiva: en el yo.

También el hombre es zoon politikon. Esto nos sitúa en el contexto social en el que el ser humano necesita para poder desplegar su biografía (ser y florecer como persona). Necesitamos de los demás. Si no, experimentamos la angustia de la carencia del cariño. Y especialmente de Dios, puesto que el hombre es un ser religioso: homo religiosus. Necesita amar y sentirse amado: la familia, el círculo íntimo de amistad, y la religión.

La destrucción de los lazos del pasado –tradición cultural, familia, etc.- y de las raíces lleva a no saber quién soy yo –identidad-; la destrucción del pre-ver, del futuro (sentido y finalidad), lleva a no desear lo que voy a ser: a quedarme quieto. “Nada” es el título de un reciente libro de Janne Teller en el que un niño se sube a un árbol, y ahí se queda, porque no hay nada que hacer, nada a adonde llegar, nada tiene sentido. No hay proyecto, futuro.

Un último apunte. Razonar, querer y sensibilidad. La sensibilidad lleva a razonar y a querer de modo auténticamente humano: a ver a los demás como otros yo. La desligación de la sensibilidad nos hace inhumanos: insensibles a las necesidades de los demás. Falta empatía.

Pero una sensibilidad sin razón y sin amor, tampoco es humana, porque nos lleva a un comportamiento “infrahumano”: a valorar todo –y todos- en función del placer o del displacer. Nuestro yo carece de pasado –raíces- y de futuro –proyecto- y queda fragmentado en un discontinuo continuo, en un “actualismo” o en un “”intansteísmo” que conlleva la ruptura interior en mi yo; y con el exterior, con los demás

Quedo solo, al arbitrio de lo que “me gusta”, “me mola”, “me apetece”. No hay yo: me he descuajeringado. Y cuando no hay nada, sólo queda el suicidio. La tasa de suicidios en España es ya la segunda causa de muerte de los jóvenes españoles de 15 a 25 años. En Finlandia, es el triple.

5.- CONCLUSIÓN: AMOR Y AFECTIVIDAD

En el hombre hay finalidad: hacemos las cosas con vistas a un bien. Hay por tanto elección. Y la finalidad del hombre es la de ser feliz: amar y ser amado.

Toda la afectividad humana (instintos, emociones, pasiones, tendencias, sentimientos, etc.), todo ese conglomerado casi indescifrable y muchas veces “inexplicable” de lo que nos pasa es que NECESITAMOS AMAR Y SER AMADOS. De ahí, que, a veces, a muchos les pasa que no saben lo que les pasa. No hay que olvidar que la autopercepción del yo es posterior a la percepción del tú. Pero para amar hay que autoposeerse y donarse: esta es la clave de la felicidad. El hombre se manifiesta no sólo en la volición –querer- sino también en la afectividad –querer querer-: en el gozar en el amado, y también sufrir con el doliente. El sentimiento no es pues el único criterio para actuar y vivir auténticamente. La estructura más íntima del hombre es la de salir de sí mismo para entregarse al amado (y ser recibido). Y quizá, la fruición más íntima de la persona sea la del perdón: acoger y sentirse acogido. Acoger el don de Dios y donarse a Él –bien infinito, bien que sustenta todos los demás bienes- supone el acto radical del hombre que sabe no sólo que ama, sino que, sobre todo, se sabe amada de modo infinito. Pero para acoger a Dios, es necesaria la libertad del hombre. "Dos amores fundaron dos ciudades: el amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios, la terrena; y el amor de Dios hasta el desprecio de sí, la celestial. La primera se gloría en sí misma; la segunda se gloría en el Señor", etc. (San Agustín, De civitate Dei, 14, 28).

BIBLIOGRAFÍA:

1.- ANTROPOLOGÍA DE LA AFECTIVIDAD. Antonio Malo Pé. Ed. Eunsa. 2004. Ensayo de antropología filosófica centrada en la afectividad humana. Hace un estudio de la antropología cartesiana, conductista (Skinner), aristotélica-tomista y fenomenológica.

2.- EL CORAZÓN. Von Hilldebrand (1977). Estudio del corazón, como asiento de la personalidad. Se pone de manifiesto la importancia de la vida afectiva para la riqueza humana y espiritual de la persona humana. Se trata de un clásico.

3.- LA INTELIGENCIA EMOCIONAL. Daniel Goleman. Ensayo empirista de tipo divulgativo, que se apoya en una cierta visión aristotélica-tomista de los sentimientos humanos.

4.- ¿QUIEN ERES?: DE LA PERSONALIDAD A LA AUTOESTIMA. Enrique Rojas. Se trata de un ensayo sobre la personalidad y sus trastornos afectivos, en clave clínica, aunque divulgativa.
 
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