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Apología del límite

Apología del límite
por Stefano Cazzanelli
democresia.es



El límite es aquello que define cualquier cosa, convirtiéndola en determinable. Si no lo hubiese, sería imposible comprenderla, como mucho podríamos intuirla pero, en ningún caso, dominarla. Así es lo infinito, lo eterno, el ser, el tiempo, lo omnipotente, la divinidad, la libertad y, antes que todo ello, la existencia humana.

Las preguntas fundamentales nos provocan crisis porque son, al fin y al cabo, indefinibles: ¿qué es el tiempo? ¿la eternidad? ¿el ser? ¿la libertad? Cualquier fórmula con que uno intente decir de una vez por todas estos conceptos, le deja siempre insatisfecho, testificando así la propia impotencia intelectual.

El hombre construye su existencia a base de limitaciones, definiciones, determinaciones, leyes y pactos: todos ellos proyectos arquitectónicos con los que tratamos de dar un sentido a la materia informe de nuestra vida. Como el demiurgo plasmaba la materia originaria, creando el mundo, así nosotros modelamos nuestros días dándoles un sentido, un objetivo.

Hay quien se contenta con poco y vive recluido en los muros de su rutina; sus jornadas están vertebradas perfectamente por lo “ya sabido”: levantarse a las 8.00, desayunar, llevar a los niños al colegio, trabajar, hacer la compra, cenar, ver una película y acostarse a las 22.00. Otros osan proyectarse más allá y el horizonte de sus proyectos vitales desfonda las paredes de lo cotidiano para hallar otras: el sentido de su vida no queda circunscrito a la tarde del sábado o al estipendio de fin de mes, sino, por ejemplo, a la obra perfecta (si son artistas), a la solución de un problema científico, al amor a la familia, a la búsqueda de una sociedad más justa, etc.

Para estos segundos, el alcance de sus dominios es mucho más vasto que el de quienes lo fían a la noche del sábado: el muro de su conformismo, el límite que define su vivir, trasciende lo conocido y se aventura en lo ignoto. Como pioneros que familiarizan y convierten en habitables las tierras salvajes, así ellos urbanizan el misterio que está siempre más allá de nuestro conformismo.

Limitados y, por ello, humanos

Para ser humana, la existencia debe ser definida, debe de tener un ideal, y la medida de este ideal determina el horizonte de sus valores. El ideal es el muro, la valla, que delimita nuestra vida dándole una forma: no hay existencia sin ideales, así como no hay figura sin extensión. El hombre sin ideales y el hombre sin valores, sin cualidad, es un ente informe que sobrevive al paso del tiempo como un árbol en un bosque. Como un terreno aumenta su valor cuanto mayor es su extensión, así nuestra existencia crece en humanidad cuanto más lejos proyectamos nuestro límite. En una frase: el hombre verdadero es aquel que tiene un gran ideal.

Y, no obstante, siempre hay un límite: el hombre sin límites, el hombre absuelto de tener confines, el hombre absoluto, es una utopía. No existe. Para bien o para mal, los hombres sufren de agorafobia y el infinito no está hecho para ellos. Ciertamente el infinito divino define la existencia del hombre religioso, pero, en todo caso, la define. Es decir, que determina y acentúa su tiempo mortal, es decir, finito. Solo el místico naufraga en el infinito pero, cuando lo hace, se desnuda de su humanidad y se funde en el ser divino.

La tarea del común de los mortales, llenos de fe, es mucho más ardua: descubrir en el tiempo los signos de lo eterno. Para eso surjen los rituales, las funciones religiosas, las oraciones, las letanías, etc. La forma en que el hombre plasma el discurrir informe del tiempo para volverlo habitable en lo eterno es el ritual, la repetición cíclica: el círculo es la figura clásica con la que el hombre se representa lo eterno. Pero incluso eso es una forma, una representación, una interpretación: el hombre, sin forma, sin tiempo, sin límites, se sofoca.

Todo consiste entonces en un proyectarse lo más lejos posible, en fijar el objetivo donde acaba nuestra mirada y tender a ello, colonizando el tiempo que se abre entre mi presente y mi futuro ideal, en el que el objetivo se habrá realizado. Es así, en el tender al ideal, en el proyectarse hacia adelante, como el tiempo adquiere un sentido: el ahora no es ya más ese instante imperceptible que separa el pasado y el futuro, sino que se dilata abrazando todo el arco de la existencia, mientras persiste la búsqueda del ideal. Pasado, presente y futuro están ahora ligados por la tensión hacia el límite establecido. Soy determinado por algo, en algo, y este algo guía ahora mis pasos, significa mi tiempo, lo unifica y le da un sentido, una dirección. Como la cumbre de la montaña da un sentido al ascenso del escalador, así el límite que fijamos a nuestras vidas (el ideal) ordena el tiempo de nuestra existencia.

La fidelidad al ideal es, entonces, el gesto ético primario, porque es el gesto con el que el hombre se convierte en tal, se humaniza. El compromiso con el propio límite, con el objetivo establecido, la fidelidad a la promesa hecha a uno mismo u a otro, plasma la existencia haciéndola habitable, le da continuidad. El venir a menos, la infidelidad, es, antes que un pecado, una derrota respecto de uno mismo, de la propia humanidad (y es por eso que es un pecado). Traicionar el ideal significa trocear la unidad del tiempo que hasta ese momento nos ha acompañado, abandonar el sentido que hasta ahora sostenía nuestros pasos y nos permitía levantarnos por las mañanas mirando más allá del cansancio y de los muros angostos e insoportables de la rutina. No se trata de ser moralistas, de mantenerse fieles al ideal por la vía del valor de la fidelidad o de la presunta sacralidad del ideal: se trata más bien de mantenerse fieles en virtud del amor a nosotros mismos, a nuestra existencia o, en términos negativos, por el rechazo de aceptar la nada como consistencia de nuestro ser.

Solo en virtud de esta fidelidad al ideal este es capaz de, en cierto punto del recorrido, hacernos cambiar de camino o ser sustituido por otro ideal: acercándonos a la meta podemos tal vez descubrir que nuestro camino no era justo o que, más allá de este que hasta ahora era nuestro límite, hay un idea que nos corresponde todavía más. Sin fidelidad al ideal estamos condenados a recomenzar siempre desde el principio: don Juan se descubre siempre en el punto de partida, cada noche está todo por hacer. La mujer cambia pero la historia es siempre la misma. Él gira en círculos como una peonza, que cuanto más rápidamente gira, más estable se mantiene, inmóvil en el mismo punto.

Pero volvamos al límite: el límite nos proyecta y da sentido a nuestro vivir, lo humaniza. Sin límite la vida es un vegetar, no es humana, no es existencia sino mero estar. El hombre vive verdaderamente cuando tiene un proyecto que realizar y se mantiene firme en su propósito. El hombre es aquella vía intermedia entre Dios y el animal: tiene la mortalidad de uno y el deseo infinito del otro. Es un umbral que reúne en sí la materialidad de las funciones corpóreas y de sus placeres y la inmaterialidad de sus pensamientos y deseos más excelsos. Vive estando en equilibrio sin precipitarse en el embrutecimiento materialista o perderse en el infinito espiritualista. El animal no es humano porque está condenado a permanecer inscrito en el horizonte de sus propios instintos; Dios no es el hombre porque Él mismo es su propio horizonte. En los dos casi no hay superación de algún límite: en el primero porque es imposible, en el segundo porque es superfluo. El hombre es extraordinario, particularmente porque en él está el límite (como en el animal) pero en él subsiste una transformación radical: de límite imposibilitante se torna en ideal. En el hombre, el límite se convierte en ideal, es decir, ocasión de posibilidad de dar un sentido a la propia vida, de ordenar los propios pasos y el propio tiempo. Por otra parte, el límite es aquí superable y, así, el hombre es tanto más hombre en la medida en que fija el propio límite para alcanzarlo y superarlo, ampliando cada vez más el propio horizonte. En este movimiento constante más allá del límite, en esta tensión hacia lo ilimitado, el hombre se acerca a la divinidad.

En este movimiento de determinación, superación y renovación del ideal, el hombre realiza un movimiento hacia la comprensión de sí mismo. Mientras el animal y Dios son aquello que son, pueden ser definidos (uno, positivamente –definitum–, y el otro solo por vía negativa –indefinitum–), el hombre en cambio está en constante vía de definición (definiendum). Por paradójico que pueda parecer, el hombre no es nunca propiamente sí mismo sino cada vez más sí mismo, un “no todavía”, un trámite, algo que debe ser constantemente superado.

La autenticidad de la existencia, por tanto, se da en la búsqueda constante de sí mismo, sabiendo que nunca podrá haber una meta definitiva: el hombre se define en el exceder cualquier definición. El hombre auténtico es aquel que “no se siente nunca en su casa”, no se acontenta, no se conforma, no se deja nunca circunscribir a los límites que él mismo ha fijado, sino que los excede, los profundiza. La vida del hombre se configura así como un viaje hacia sí mismo, un viaje hacia casa, en el que el hogar es aquel sitio en el que nunca habíamos estado antes.

El límite es aquello que nos constituye sin determinarnos nunca, porque nos define solo temporalmente, es decir, mientras no sea sustituido por otro límite, edificado –se espera– más allá, obligándonos a profundizar en la existencia, a intensificarla. Todas las características esenciales del hombre están marcadas por este límite.

Si se piensa, por ejemplo, en la libertad: esta posee como condición de posibilidad la existencia de un límite. Solo en la medida en que existe algo que se opone a la libertad, esta se vuelve posible. En caso contrario, de hecho, tendríamos solamente el caos, la anarquía, que es la concepción adolescente de la libertad: una exasperación por ser libre que se desembaraza de todo límite y que precipita al hombre a la esclavitud de los instintos (la animalidad) o de la irracionalidad (del hombre que juega a ser Dios).

Dios hizo libres a Adán y Eva solo cuando les dio un límite: «del árbol del conocimiento del bien y del mal no debéis comer».  Así, la libertad entre hombre y mujer se juega en la tensión constante con la fidelidad, con el límite. Destruida la fidelidad, la libertad cede paso al libertinaje, que esconde con una máscara de libertad su tremenda condición de esclavitud.

El límite que duele, el dolor que se torna en sacrificio

Evidentemente, si el límite, por una parte, atrae, por el otro frustra. Tanta es la alegría de la superación como el dolor de la caída. Así, el hombre se alterna entre la alegría del más allá y el dolor del más acá. De este modo, así como la acepción correcta del límite humano es el ideal, la del dolor es el sacrificio. El dolor, se concibe, de hecho, siempre en relación con el ideal. Solo de este modo adquiere un sentido, transformándose en sacrificio, es decir, en pasaje, en tarea o, si se quiere, en inversión para el futuro.

La fidelidad, el respeto de la ley, el estudio, el trabajo, son en verdad dolorosos, pero en la medida en que se convierten en sacrificio, en un trabajo para el cumplimiento del ideal, entonces se vuelven humanos. Humanizar la fidelidad, la legalidad, el estudio, el trabajo,en último término el dolor, significa asumirlos como una función en vista del ideal establecido. No se trata de caer en el viejo refrán “no hay mal que por bien no venga”: esta frase es irracional porque para comprobar su veracidad haría falta ser Dios y el hombre que juega a ser Dios, normalmente es ridículo, y siempre es irracional.

Se trata, más bien, de darse cuenta de que el mal y el dolor, si bien tienen un origen que rehuye en último término a nuestra comprensión, pueden, aún así, ser humanizados si se los ve desde el punto de vista del ideal. El dolor que se torna en sacrificio es aquel que pone en camino hacia el ideal; el dolor que queda como tal, el dolor sin sentido, paraliza y lleva a la desesperación.

Entonces, el dolor puede convertirse en un noble carburante de la existencia humana. Lo es en la medida en que abre a la pregunta sobre el sentido de la existencia. ¿De dónde nace, por ejemplo, la lucha por un mundo mejor sino de la sensibilidad en la confrontación del sufrimiento del otro? ¿En cuántos hombres el dolor físico ha despertado la pregunta sobre el sentido de la existencia?

Ante la obtusidad de nuestro conformismo y de nuestra mezquindad, tal vez solo el dolor nos despierta. Es decir, nos obliga a no dar por descontado aquello que tenemos: la guerra puede enseñarnos que la paz no se da sola; la enfermedad y la soledad, que no hay que dar por descontadas la salud o la amistad. Todo consiste en saber hacer fructificar la circunstancia presente, sea esta feliz o dolorosa, con la mirada puesta en el ideal. Solo de esta forma, como ya hemos dicho, la existencia adquiere un sentido.

La alternativa es abandonar el mal y el dolor a la irracionalidad, sea mediante el engreímiento de la metafísica o mediante la mezquindad de quien mira hacia otro lado. Pero peor que el dolor es un dolor sin sentido: resulta insoportable, porque es inhumano.

De generación en generación, o degeneración

La vida se hace humana cuando el límite se convierte en ideal. Una consecuencia de esto es que el dolor se torna en sacrificio. Todo esto, evidentemente solo es posible gracias a la educación: de generación en generación, la humanidad transmite aquel saber que permite al hombre convertirse en tal. La humanidad, de hecho, no es un concepto primariamente biológico, sino cultural: el hombre verdadero no se mide por su ADN, sino por su ideal. Y el ideal se transmite y transmitiéndose se lega a la responsabilidad de cada uno de nosotros. Tanto así, –y es terrible caer en la cuenta– que podría perderse en los meandros de la historia.

Nada de aquello que, política y socialmente, tenemos está garantizado. Es más que plausible imaginarse un mundo hecho de hombres deshumanizados y no es siquiera necesario consultar un libro de historia para darse cuenta: hoy mismo, en tantísimos lugares del mundo, el hombre no es ya un hombre.

La educación, no obstante, no es mera repetición. No es aprenderse de memoria las fórmulas: podemos llenarnos la boca de bellas palabras sin ponernos en movimiento. La verdadera educación tiene las mismas características de la vida auténtica: es dinámica, se mueve, nos mueve, nos pone en movimiento, produce un cambio radical que se mide en las acciones, en las actitudes, en las palabras, en los pensamientos.

La educación moralísta, rígida, autoritaria, es una aberración en la medida en que transforma la novedad en costumbre, vacía de significado los contenidos que transmite y, como consecuencia, produce una masa informe, fácilmente controlable por parte del poder, que tiene como ideal su propia autoconservación o poco más. Esta falsa educación se llama adoctrinamiento y tiene la mágica propiedad de transformar en palabras vanas todo aquello que toca.

El peligro de transformar el ideal en un bello discurso alcanza a todos, jóvenes y viejos, y nadie puede librarse de él definitivamente. Es una suerte de pecado original que la mayor parte de las veces ignoramos. El antídoto es uno solo: ponerse siempre en cuestión nuevamente, preguntarse constantemente las razones de nuestro actuar, vivir críticamente cada día.
 
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