Cómo gobernar si el bien es relativo - Servicio Católico

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Cómo gobernar si el bien es relativo


¿Cómo gobernar si el bien es relativo?

por Josep Miró i Ardèvol
sociedaddesvinculada.com




La indeterminación colectiva sobre el bien y su substitución por las preferencias personales comportan, simple y llanamente, que el bien no existe.

• Solo son posibles fatigosos y cambiantes procedimientos para llegar a acuerdos sobre las preferencias guiadas, sobre todo, por el deseo/ significado de la concepción del deseo

• En cuestiones contingentes el método procedimental puede tener una validez, aunque limitada, Esta limitación se vuelve general e insuperable cuando se trata de bienes constitutivos, como la vida, o de compromisos a largo plazo, cuando se adoptan decisiones que afectan a las generaciones futuras o a dependientes que carecen de toda posibilidad de estar representadas en los procedimientos de acuerdo.

• Nuestro sistema democrático tiene dificultades crecientes para regular acuerdos entre las distintas preferencias dado que se  encumplen por sistema los compromisos electorales, que constituyen su base. Las actuales elecciones tienden cada vez más a constituirse como mandatos de confianza que luego los gobiernos interpretan según su criterio y necesidad.

• Esta forma de proceder ha degradado la idea de lo que es la política y ha convertido la democracia en lo opuesto a la participación

• Para que todo resulte más difícil, la cultura desvinculada ha construido dos mitos, el de la tolerancia y el de lo políticamente  correcto. La tolerancia funciona en un doble sentido. En el relato formalizado consiste en no imponer a unas personas los valores de otras. En la práctica significa que nadie debe inmiscuirse en mis actos, siempre y cuando no vulneren la ley o bien pueda prescindir de ella.

• El resultado es una sobrevaloración de lo legal, porque define lo que «se puede hacer» y, al mismo tiempo, una proliferación de ilegalidades. El problema radica en que la ley no suele decir nada de lo que «debe ser». Lo legal substituye a lo moral y el bien se confunde con la ley aunque la equiparación sea falsa.

• La ley solo nos dice de una obligación o prohibición, pero no necesariamente debe estar ligada a lo que es bueno, dado que tal categoría no existe en el orden liberal de la razón instrumental;

• La tolerancia y su articulación con lo políticamente correcto favorece en la práctica el desarrollo desmesurado de los grupos de presión que tienen como objetivo influir en la ley porque ella establecerá lo que es el «bien» trasmutado ahora en un pretendido interés general.

• Si la idea del bien fuera clara y se correspondiera con la virtud, la tolerancia tendría una significación marginal, porque lo importante no sería «tolerar», sino realizar el bien del otro

• Cuando en términos populares se dice que los políticos no tienen «principios», en realidad se está enunciando que carecen de una idea adecuada del bien que los obligue, que constituya el «deber ser»..

• Pero volvamos al núcleo de la cuestión, el de la tolerancia ¿Por qué debe prevalecer la libertad de elección y la tolerancia sobre otros valores en juego? El argumento liberal de que no se debe legislar sobre cuestiones morales carece de sentido, puesto que la tolerancia y la libertad de elección son, asimismo, valores de aquella naturaleza, del mismo grado o inferior al que puede significar por ejemplo el respeto a la vida humana.

• Es difícil entender que la primacía de libre elección conduzca a privar de la vida a un ser humano dependiente, porque entraña la destrucción irreparable de un bien necesario, a expensas de otro bien, el de la decisión de la mujer, que, restringido en un caso y momento concreto, continuará existiendo después de él.

Individualismo atomizado

Uno de sus componentes fundamentales. Se trata del individualismo atomizado, cuyo origen nos conduce a Hobbes y su Leviatán1 último proporciona la concepción económica que dinamiza el proceso desvinculado; básicamente la idea de que existe un mercado que siempre se autorregula, donde todo es mercancía y en el que basta con el deseo de enriquecerse para que todo funcione bien y se alcance la prosperidad colectiva.

, y también a Adam Smith. Este • La economía liberal conduce a una determinada concepción de la persona del ser humano realizado que, librada solo a su propia lógica, ha generado la sociedad desvinculada.

• El pensamiento que expone Hobbes en el capítulo sexto de Leviatán puede condensarse en una idea precursora:

• el bien es aquello que es objeto del deseo de cualquier hombre. El desarrollo histórico de esta ideología ha conducido a lugares que Hobbes probablemente rechazaría, y que en lo básico son:

o primero, como el bien es lo que hay que procurar, y se confunde con el deseo y su satisfacción, este es el que señala la realización del ser humano.

1

T. Leviatán, Fondo de Cultura Económica 2004.

o En segundo lugar, y dado que el deseo es algo subjetivo, propio de cada persona, los individuos constituyen la sociedad al servicio de sus propios fines. Bajo esta idea, la sociedad ha terminado siendo concebida como un valor instrumental que debe responder a las perspectivas de la realización de los deseos de cada individuo.

• La concepción individualista adquirió una dimensión y agudización tan grandes que ha necesitado una respuesta de las instituciones políticas para contrarrestar la atomización social mediante la ley y la capacidad de coacción del estado.

• Con posterioridad se añadió una segunda función, muy fuerte en el caso europeo, consistente en una actividad benefactora por parte del propio estado que cubre las necesidades vitales del ser humano. La salud, educación, jubilación, prestación económica por desempleo, dependencia y muchas otras situaciones de marginación social y carencias de necesidades básicas.

• Dado que la desvinculación crece, ambas funciones tienden a acentuarse hasta un umbral a partir del cual o bien son incapaces de ser costeados o ya han llegado al límite en su capacidad de contrarrestar los efectos atomizadores. Ya no basta la coacción porque no puede situarse un juez, un fiscal y un policía al lado de cada persona. Ni tampoco es posible, ni resulta una solución, enviar a la cárcel a todos los que delinquen. Al mismo tiempo el sistema de bienestar se colapsa porque quiebran sus fundamentos basados en el matrimonio estable, una descendencia igual o superior a la tasa de remplazo, y una capacidad educadora acorde con las exigencias de una sociedad que necesita una productividad a largo plazo tal que le permita unos ingresos fiscales suficientes para sufragar el sistema. Estas son premisas imposibles de alcanzar en la sociedad desvinculada. Estas situaciones críticas suceden al tiempo que crecen las demandas de orden y de bienestar. El individuo miembro de una comunidad atomizada es muy frágil y necesita cada vez más del estado porque su resilencia es pequeña.

El estado liberal. Una breve recapitulación

o El estado liberal se presenta a sí mismo como el fin de la historia

o Nuestro modelo de organización política se ha basado en la premisa de fórmula definitiva y más lograda de filosofía política y quehacer humano y esto, unido al grado de desarrollo y bienestar que ha alcanzado Occidente, le han otorgado la categoría de incuestionable. Hoy casi toda opción política se define implícitamente como «liberal», y unas pocas además lo hacen con carácter explícito.

Que para lograr la paz política el gobierno no debía de tomar partido entre las distintas reivindicaciones de la religión y la cultura tradicional. La Iglesia y el estado se mantendrían separados; habría libertad de opinión para expresar el pluralismo sobre las cuestiones morales y éticas, incluidas las más importantes referidas a los fines primordiales del ser humano, sobre la sociedad y sobre la naturaleza del bien. La tolerancia se convirtió en virtud cardinal. En lugar de consenso moral habría un marco transparente de leyes e instituciones que producirían orden político. La ventaja teórica de este sistema es que no necesitaría que la gente fuera demasiado virtuosa, solo que fuera racional y cumpliera la ley por su propio interés.

o De modo parecido el sistema económico liberal basado en el mercado, que acompañaba al liberalismo político, solo exigía que la gente tuviera en cuenta su propio interés a largo plazo, para lograr una producción y distribución de bienes socialmente óptimas. El mercado se autorregulaba y todo era mercancía, también el trabajo, la tierra, todo, incluidos los deseos. Solo lo susceptible de comprarse o venderse tenia valor y debía ser computado en la contabilidad nacional. Bajo este esquema cualquier forma de trabajo fuera del mercado, el doméstico, la solidaridad, la vida en comunidad, carecía de interés. Jugaba en otra división inferior. Era un plus, un adorno, nada más. Todo esto desde el punto de vista del bienestar material ha funcionado muy bien, y Occidente se ha desarrollado en una medida extraordinaria desde finales del XVIII hasta finales del XX.

 
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