Compromiso y responsabilidad. La “Caridad política” - Servicio Católico

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Compromiso y responsabilidad. La “Caridad política”

Compromiso y responsabilidad. La “Caridad política”
Autor:Francesco Gagliardi / Director Eptaforum / Mauro Magatti Profesor de Sociología General en la Universidad Católica del Sagrado Corazón de Milán
Luigi Manconi / Presidente de la Comisión Extraordinaria para la Tutela y la Promoción de Derechos Humanos del Senado de la República italiana
Eugenio Mazzarella / Docente de Filosofía Teórica en la Universidad de Estudios Federico II de Nápoles / Costantino Espósito (moderador) Profesor de Historia de la Filosofía en la Universidad de Estudios de Bari
fecha:2016-08-24fuente:Impegno e responsabilità: la “Carità politica”acontecimiento:Meeting per l’amicizia tra i popoli: "Tu sei un bene per me", Rimini, Italia
(Meeting para la amistad entre los pueblos: "Tú eres un bien para mí")traducción:María Eugenia Flores Luna


COSTANTINO ESPÓSITO:

Abrimos esta jornada afectados por las dramáticas noticias del terremoto de esta noche. Nuestro pensamiento como Meeting está con las víctimas y sus familias, deseamos estar cerca de ellos y prepararnos para este encuentro aún con mayor seriedad. Por eso los invito a guardar un minuto di silencio, asociándonos, de pie, a las oraciones de esta mañana del Papa.

Bienvenidos a este momento de reflexión y de trabajo sobre el tema “compromiso y responsabilidad: la caridad política”. Me gusta el hecho de que este encuentro caiga después de haber vivido juntos ya cinco días plenos de Meeting, porque nos dará la posibilidad de repetir ciertas palabras, reabrir ciertas perspectivas, teniendo en los ojos también hechos, encuentros, rostros que han ocurrido, se han desarrollado y nos han sorprendido en estos días. Como tantas veces ha sido dicho desde el discurso del Presidente Mattarella, luego también en el mensaje del Santo Padre y en tantos encuentros, pareciera que decir “Tú eres un bien para mí” sea, hoy la cosa más extraña en el campo de la política, porque pareciera que la política sea aquel campo en el que entrado ya no se pueda decir “Tú eres un bien para mí”. Y aunque se hubiera dicho antes, precisamente hay un confín, aquel de la política, atravesado el cual hay que hacer cuentas con otras de las personalidades entre nosotros que pueden seguramente ayudarnos a hacer este trayecto.

Partiendo de mi izquierda, les presento al profesor Francesco Gagliardi, que es periodista y que enseña Media Relations en la Pontificia Universidad de la Santa Cruz y es director de este think tank, de este centro de estudios, centro de cerebros sobre economía, sobre política, sobre las reformas constitucionales que se llama Eptafocum, le damos con gusto nuestra bienvenida. A mi izquierda, Eugenio Mazzarella, que es ya una presencia de casa, ha participado ya siete veces en el Meeting de Rímini, es bien conocido por tantos, recuerdo que Eugenio Mazzarella es Profesor Ordinario de Filosofía Teórica en la Università Federico II de Nápoles, ha hecho también vida parlamentaria y que está particularmente atento a la fundación antropológica de la política, gracias por haber participado. Y continúo saludando aún a otro gran amigo del Meeting que es el senador Luigi Manconi, que enseña Sociología de los Fenómenos Políticos en el IULM de Milán, es senador de la República, y se ocupa precisamente de cuáles sean las historias personales de la gente que está detrás de la aventura de la política: gracias Luigi por haber participado también este año.

Por último, saludo a Mauro Magatti, muy conocido por muchos de nosotros, sociólogo, economista, Profesor de la Universidad Católica de Milán, a la cabeza de tantas organizaciones nacionales e internacionales, editorialista del Corriere della Sera que siempre, con sus ensayos y sus contribuciones periodísticas, ha dado una perspectiva aguda para entender qué sucedía en nuestros tiempos, muchas gracias.

Haremos dos rondas de preguntas, comenzaría con Mauro Magatti. Esta primera ronda de preguntas es un poco personalizada porque parte de la cultura de procedencia, historia, publicaciones, temas, intereses de cada relator. Y quisiera partir preguntando a Mauro Magatti - cito sólo su último libro, Prepotencia, Impotencia y Deponencia, pero quizá el más conocido al gran público es el escrito con Chiara Giaccardi, ¡Generativos de todo el mundo, ¡únanse! Manifiesto para la sociedad de los libres. En tus estudios hay como una tensión siempre subrayada, que delinea un factor dinámico y a menudo dramático de nuestras sociedades contemporáneas. De una parte lo que llamas el "tecno-nihilismo", un equilibrio socio-económico-político que gira en torno al consumismo y al individualismo, y que ha colapsado por decir así en sí mismo, involucrando instituciones, representaciones, mercados y significados simbólicos. Una crisis que significa miedo, inseguridad y homologación. Por otra parte una siempre mayor aceleración de la libertad, o mejor de las libertades, que arriesga sin embargo, paradójicamente, no liberar la experiencia del ser humano, sino de esclavizarlo a una "voluntad de potencia" inducido de manera exponencial por quien retiene las diversas levas del poder. El nexo entre estos dos factores va pues repensado, no sólo para re-centrar la vida social, económica y política sobre el valor fundamental de la libertad (la "libertad generativa" respecto a la simplemente "performativa"), sino también para dar nuevo sentido a la democracia. ¿Cómo es posible este nuevo encuentro entre sociedad política y libertad personal?

MAURO MAGATTI:
Gracias, Costantino, se ve que eres un filósofo porque has logrado hacer una pregunta que ha recogido, digamos así, años y años de estudio.

COSTANTINO ESPOSITO:

Te la propongo luego como tu carpeta de prensa.
MAURO MAGATTI:

Gracias. Estoy muy contento también de regresar aquí a Rímini, y agradezco a los organizadores por la posibilidad de tomar la palabra. Esta es una mesa redonda, por tanto nos hemos puesto de acuerdo para hacer intervenciones breves, y como es conocido quien dice “hablaré poco” es temible. Por tanto no lo digo, pero trataré de recordar esta invitación. El tema que ha propuesto Costantino Esposito es aquel en torno al cual, junto a tantas otras personas aun más autorizadas que yo, se está trabajando desde hace tiempo, y es decir que todo, los problemas de nuestra sociedad contemporánea, de nuestro tiempo - los podremos ver en varios niveles de nuestra familia en el condominio, en la ciudad, en la nación, en el continente, en el mundo entero – tienen que ver con la libertad. La libertad está en cuestión.

No es una novedad, naturalmente, pero creo que tendemos a dar mucho por descontado este término. En cambio la libertad, que para un creyente cristiano es uno de los rasgos que nos hace similares al Creador, y para un laico es lo que nos da la dignidad y la calidad de persona humana, debe ser siempre puesta en discusión porque tiene un trecho abismal, en el bien como en el mal. La libertad tiene que ver con una liberación, por así decir, de energía, y esto creo que sea la razón fundamental para que el 1900 haya sido un siglo tan desastroso, porque más libertad puede decir más felicidad, más gozo, más humanidad, pero puede querer decir también más desastres, más destrucción, más aniquilamiento, y las dos cosas no son separadas tan fácilmente. Y creo que esta crisis, tenga que ver con nosotros personalmente, con la idea de libertad que hemos elaborado y nos esté planteando preguntas fundamentales. Sobre esta matriz de pensamiento, añado sólo dos elementos y luego comento el título de este Meeting. Y osamos decir, lo hemos sentido todos, que con el 1989, la caída del muro de Berlín, ha sido el final de las ideologías; ahora no tengo tiempo de justificar esta afirmación: dado que estamos en una mesa redonda, les pido escucharla y meditarla, pero creo que el 1989 marque realmente una estación de transición, un cambio histórico relevante, porque con el 1989 se concluye un largo ciclo histórico - luego en la historia todo continúa y todo cambia - en que la política, en el bien y en el mal, ha sido el lugar de la liberación humana.

Con el 1989 la política, así como la religión, se deben redefinir en relación a los cambios que vienen de otra matriz, que digamos es la matriz tecno-económica. Hoy nadie, casi ninguno, francamente, sí, hay siempre algún veterano, ninguno piensa ya que su salvación venga de la revolución política. Por algún siglo, a través de la nación, la idea de clase, la revolución, este ha sido el pensamiento de muchos. La política ha perdido aquella centralidad que ha tenido por algunos siglos, y al mismo tiempo es del todo evidente que necesitamos de la política, porque quedamos hombres y mujeres políticos, evidentemente tenemos cuestiones que conciernen a nuestro estar juntos.

Por tanto estamos en una estación en que la política está en crisis, la política se debe repensar, la política ya no se puede concebir como ha sido concebida en los últimos siglos, como el fundamento, digamos así, de nuestra convivencia. Era una pretensión exagerada de la política, bien, la pretensión hoy ya no se lee. Termino esta brevísima alusión diciendo, ustedes lo ven muy bien, de una parte tenemos la tecno-ciencia, de la otra parte tenemos la gran cuestión de las religiones, que en el bien y en el mal entran en la esfera pública. Y en medio, está ésta política que no sabe bien para dónde ir. ¿El riesgo cuál es? El riesgo de que la política vuelva al campo, sobre todo después de la crisis del 2008, en una forma regresiva. ¿Y cuál es la forma, para mí, disculpen también esta afirmación que ahora dejo allí, regresiva, muy problemática de la política? Cuando tú concibes la política en un esquema amigo-enemigo. Y por tanto tú reescribes un bonito esquema amigo-enemigo y tienes la sensación de que la política vuelva a ser capaz de decidir los destinos de la historia de las poblaciones. Aquí, en este contexto, en mi segunda intervención seré más positivo y me concentraré en este tema, “caridad”, que parece un poco una rareza, en este contexto de crisis de transformación. El título del Meeting, que desde un cierto punto de vista hace reír un poco a esta gente, “tú eres un bien para mí” es una bella frase, de Besos Perugina, estamos todos contentos, no, yo les propongo leerla con respecto al encuentro de hoy, con respecto a la crisis de la que estoy hablando, es decir de leerla al contrario de cómo nos viene natural leerla.

La cuestión política contemporánea es que yo, Mauro Magatti, debo tener a otro que piense “tú, Mauro Magatti, eres un bien para mí”: ésta es la cuestión de la ciudadanía hoy. El problema de la política hoy es que la ciudadanía siempre la hemos visto como cualquier cosa - un conjunto de derechos – de la que como ciudadanos estamos tutelados y es justo porque tenemos que conquistar, estos derechos, y no nos hemos dado cuenta de que nuestro problema contemporáneo es que los derechos no se sostienen si (como habrían dicho mi mamá y mi abuela, por tanto nada de nuevo bajo el sol) el derecho no tiene nada que ver tampoco con el deber. Y si alguien más piensa que yo sea un bien para él, lo debe decir él, no lo tengo que decir yo: este es el principio de la democracia y de un sistema político nuevo que es exactamente lo que nos falta. Es decir, el desbaratamiento nihilista, individualista, tecnocrático, conductista de nuestras democracias es evidente, porque la política, a partir del 1989, ha claramente cedido el paso al sistema tecno-económico y ya no ha tenido nada que decir respecto a la idea de libertad. Entonces, si no se recupera discutiendo, cuestionando, confrontándose, si no recuperamos este tema de la libertad que nos concierne a todos como personas humanas, como ciudadanos, creo que tendremos problemas. Entonces, digámoslo, la tira del Beso Perugina se vuelve una cosa un poco más seria, se vuelve una cuestión relevante para el tiempo que vivimos.

COSTANTINO ESPOSITO:

Gracias, Mauro. Luigi, hay un aspecto que conmueve, no sólo en tu biografía sino también en tu bibliografía, y es que el motor de la política - como concepción y como acción - está constituido siempre por personas de carne y hueso, porque es allí, en la "carne", que se entienden las ideas y los ideales, las injusticias y las esperanzas. Y que ésta es, simplemente, la real y única motivación por la cual hacer política. Frente a toda una reflexión muy difundida en ámbito filosófico, por la que la política contemporánea sería necesariamente una "biopolítica", como sistema para el control de la vida y de los cuerpos, tú reivindicas la posibilidad y la necesidad de reiniciar de las vidas y los cuerpos (como los prófugos, los que requieren asilo, los inmigrantes, los encarcelados…) para entender qué sean los "derechos", la justicia y la solidaridad. ¿Qué tipo de trayecto es llamada a hacer hoy la política para comprender su verdadero objetivo ideal y pragmático, partiendo de estos casos siempre "singulares" e irrepetibles, es decir partiendo de las personas?

LUIGI MANCONI:

Gracias y buenas tardes. Y gracias al Meeting por haberme invitado aquí también este año. Partiré de un asunto público y por tanto para mí también privado y privadísimo y de algunas palabras públicas pronunciadas hace algunos meses por Paola Regeni, madre de Giulio. “El rostro de mi hijo se había vuelto pequeño pequeño. He podido reconocerlo sólo de la punta de la nariz y en su rostro he visto todo el mal del mundo”. Con palabras que expresan una fuerza literaria y si puedo decir una potencia política raras, la madre de Giulio Regeni, muerto a los veintiocho años al final de enero y primeros de marzo de 2016 en Egipto, nos hablan de un extraordinario trayecto humano que aquellas palabras revelan: el tormento personal, el más atroz que se pueda vivir, la muerte y aquella muerte del hijo, y combinada con el dolor, la consciencia de que aquel martirio haga parte, y al mismo tiempo, evoque todo el mal del mundo.

Y aquí, en esta frase, todo el mal del mundo, hay una referencia a una cuestión que en un instante retomaré, quizá la más feroz entre las que son puestas a nuestra atención, la de la tortura y al mismo tiempo la participación de la madre a la suerte que cientos y cientos de egipcios anónimos han sufrido y sufren, tan similar a la de Giulio Regeni. ¿Por qué considero las palabras y el asunto como la respuesta que puedo dar hoy a la pregunta que se me hace? Porque vean, creo que los escenarios internacionales, la geopolítica, el análisis del contexto mundial nosotros lo podemos considerar a través de muchos enfoques y a través de muchos puntos de vista. Y sin embargo el escenario, aquel del Medio Oriente, en el caso concreto que aquí consideramos, tiene algunos progresos que es posible leer a través de un asunto personal, un nombre y apellido, una biografía, un cuerpo y un alma y un sufrimiento imborrable.

¿Por qué digo esto? Porque piensen, temáticas siempre vivas y siempre incandescentes como en las relaciones entre un Estado democrático, un Estado de derecho como Italia y un régimen despótico como el de Al-Sisi que domina ahora Egipto, ¿cuál puede ser el rol de la tutela de los derechos fundamentales de la persona? Podemos considerarla como temática politológica, como temática del derecho internacional, o podemos verla a través de esta historia dolorosa tan cerca de nosotros, la de un compatriota nuestro de veintiocho años. Y aún, incluso más dramático e inquietante, otro dilema.

Egipto hoy juega un rol estratégico en la lucha contra el califato y por tanto nos viene restituida una cuestión que tiene siglos de vieja pero que en época contemporánea ha asumido una intensa tragedia. ¿En la lucha contra el enemigo principal, es lícito optimizar cualquier medio y es deseable cualquier alianza y por tanto Egipto de Al-Sisi, obligatoriamente nuestro aliado según las lógicas geoestratégicas, según las relaciones de fuerza, según las exigencias de estabilidad de aquella Región, es un partner al cual tenemos que dirigirnos como un aliado confiable o aquel régimen presenta, conjuntamente en aquel lugar militar político, en la región, problemas enormes que hoy tenemos que afrontar, sin postergarlos, cuando la lucha contra el califato habrá terminado? Y por consecuencia, ¿cuál es el espacio que en las relaciones entre Italia y Egipto, entre Europa y Egipto, atribuimos a la tutela de los derechos humanos en aquel País?

Porque vean, no se pone en discusión en modo alguno la importancia de las relaciones institucionales, diplomáticas, económicas, comerciales militares. ¿Pero la tutela de los derechos humanos de los egipcios es prioridad entre las prioridades del sistema de relaciones que Europa tiene con Egipto o está fatalmente destinada a representar el último punto de una agenda política, de un sistema de relaciones que fatalmente llevará a descuidar la calidad democrática de aquel sistema, que hoy ve a Al-Sisi reforzar siempre más su rol despótico?
Y aún, decía antes, en las palabras de Paola Regeni existe aquella referencia realmente atroz porque está hecho por quien ha visto un cuerpo que ha sufrido tortura, mutilaciones, crueldad. Y hay en el fondo, incumbencia, amenazante como un mal absoluto, como el mal absoluto, la cuestión de la tortura. Es decir no sólo de la violencia física en cuerpos físicos, en los organismos humanos, en las extremidades. Sino lo que la violencia ejercida en el cuerpo representa: una voluntad de degradación del otro. Porque, vean, este es el sentido de aquella palabra terrible, tortura. Es voluntad de opresión que se convierte en degradación del cuerpo del otro. Y a través de la degradación del cuerpo del otro, mortificación, aniquilamiento de su personalidad.

Y entonces, lo digo sólo pudorosamente, dentro de un paréntesis, ¿será o no será un problema real y pesado el hecho de que en el orden del Estado italiano, en nuestros códigos, a los veintiocho años de la ratificación de parte de Italia de la Convención de las Naciones Unidad contra la tortura, aquel caso penal no está aún presente, no es aún delito en nuestros códigos? ¿Será un problema o no es un problema, y grande? Realmente, no me atrevo a botarlo en la política tan actual porque es un tema de debate parlamentario exactamente de estas semanas y del mes pasado, pero lo quiero citar dentro de esta dimensión humana, dentro de este análisis sintético, como es obligatorio hacer por respeto al tiempo que se me ha concedido, de los procedimientos de mortificación del otro, de humillación de la identidad del otro a través de la violencia contra su cuerpo.

Aún, otra temática, que a través de la historia de Julio Regeni, por tanto respondiendo a lo que Costantino me proponía afrontar: nombre, apellido, historia individual, biografía.

Aún. Aquella madre ha dicho de su hijo - piensen, quizá, llegarán a compartir conmigo lo que he dicho de la potencia literaria y política de aquella mujer -: “Mi hijo era un joven contemporáneo”. Pienso que aquí ante mí, por lo que logro ver en mi ceguera, haya tantos jóvenes contemporáneos. Tantos jóvenes profundamente dentro del propio tiempo, inmersos en su propio tiempo y en la sociedad del propio tiempo, llenos de curiosidad, con ganas de hacer, con ganas de conocer. Julio Regeni, veintiocho años, estudios brillantes, conocimiento de idiomas, gusto por la aventura, del movimiento, capacidad de cruzar fronteras, de buscar nuevos espacios, que va a Egipto como muchos de ustedes. Puedo adivinarlo sin conocer personalmente a nadie. Matilde, pienso que Matilde sea una joven contemporánea, como una joven contemporánea Federica, la que colabora conmigo Personas es decir que han hecho de unas ganas de libertad - aquí lo que decía antes Mauro Magatti, que comparto casi incondicionadamente - no un placer privado, sin que el placer privado tenga que ser desaprobado, condenado, penalizado, sancionado moralmente o mucho menos penalmente, sino han hecho de estas ganas de libertad una formidable capacidad de movimiento, una formidable demanda de conocimiento. Aquí, aún tenemos que indagar mejor esto, es una tarea de sociólogos, de filósofos. Lo hago transitoriamente a través de la política, lo he hecho y lo quiero hacer a través de mi actividad de sociólogo. ¿Qué es realmente la libertad? Cierto es una pregunta imperiosa y prepotente que según yo continúa a ser, como lo ha sido a partir del 1800, la primera y fundamental razón de la política.

COSTANTINO ESPOSITO:

Francisco Gagliardi ha publicado el año pasado un libro a varias voces titulado Una buena estación para Italia. Ideas y propuestas para la reconstrucción del país de Europa, con un focus en particular que son los setenta años, además de la República, del llamado Código de Camaldoli, que era un documento en que algunos hombres de cultura, de pensamiento, de acción, de política, de historia y de práctica católica habían desarrollado, precisamente para comprender en un momento crucial de la historia de nuestro País, en qué modo el corpus de la Doctrina Social de la Iglesia fuera llamado a verificarse y a ponerse a la prueba en la construcción del bien común. Desde siempre, aunque con formas expresivas y éxitos diversos, en el mundo católico italiano se ha prestado particular atención a la Doctrina Social de la Iglesia como motivación ideal de una responsabilidad social compartida. Sin embargo eso no ha impedido (más bien, según algunos incluso la ha favorecido) un proceso de progresivo desinterés, si no de prejuicio y de desconfianza difundida en los políticos y en la política en cuanto tal. Tanto que Papa Francisco, en el reciente convenio de la Iglesia italiana en Florencia, casi ha tenido que rogar: “Por favor, no miren la vita desde el balcón, sino comprométanse, sumérjanse en el amplio diálogo social y político”. ¿Cómo ha podido ocurrir esta desconexión? La visión cristiana de la sociedad y del compromiso político, que para muchos es vista como expresión de una precisa posición ideológica, si no de determinados intereses políticos, ¿en qué modo puede ser comprendida y relanzada hoy como respuesta adecuada a los desafíos sociales a las inseguridades personales de los hombres de nuestro tiempo? ¿En qué modo en ella puede encontrar nuevas aguas para crecer la planta de la democracia?

FRANCESCO GAGLIARDI:

Gracias a los organizadores por haberme invitado a participar en el Meeting. Pruebo a dar alguna respuesta. Creo que las razones por las que haya habido un alejamiento, un desinterés, quizá una repulsión frente a la política, aun por parte de los católicos, obviamente no sólo, porque de otra manera no se explicarían los números de la abstención, sean tantas razones, seguramente, por lo que concierne a nosotros, ha habido una escasa atención a la formación por lo que concierne a la moral social, se ha dado mucha atención a la moral de la vida y a la moral sexual, poca atención a la moral social, si no hubiera sido, afortunadamente, por muchos Papas, que han escrito muchas encíclicas sociales, quizá no hubiera habido todo este desinterés. Recuerdo que han nacido en el curso del tiempo tantas escuelas de formación política, sin embargo en el curso del tiempo otras tantas han sido cerradas, algunas han sobrevivido y esto ha determinado de algún modo una subvaloración de parte de muchos de este elemento, es decir de la atención a esta necesidad.

Probablemente otro motivo habrán sido las condiciones históricas que citaba Magatti antes, quizá otro motivo ha sido la incapacidad de la política para responder a necesidades reales de las personas, de lograr hacer de tal manera que, entre los diversos intereses, tutelando aquellos de los más débiles, se realizase el fin propio de la política que es el bien común. Creo que las personas, los ciudadanos, lo hayan percibido, también los católicos, y es por eso que si quien es diputado a tutelar los intereses de todos no es capaz de hacerlo, a lo mejor tutela sólo los intereses de algunos, que a menudo son los más fuertes, entonces no sirve, más bien, a menudo la impresión que ha dado la política es haber sido gobernada por pequeñas oligarquías, cuando no por jefes individuales. Y cuando es así, cuando se transforma en tiranía, ya no es democracia.

Esta mañana, no me acuerdo si era Casavola que citaba un pasaje de la Constitución donde se decía que la soberanía reside en el pueblo, ¿pero de verdad pertenece al pueblo la soberanía? ¿O estamos en un régimen de democracia formal donde los ciudadanos cuentan poco o nada, como los parlamentarios igualmente cuentan poco, y a golpe de confianza se hace pasar a cualquiera y los ciudadanos se sienten simplemente espectadores? Comparto profundamente la afirmación de Papa Francisco: “No se puede estar en la ventana, no se puede sólo mirar”, sin embargo sirven las condiciones para poder participar.

La calidad de la democracia depende de la tasa de participación, si no hay participación es evidente que logran determinar incidir sobre los procesos los poderes más fuertes o aquellos mejor organizados. Hannah Arendt escribe que “el poder reacciona en los hombres cuando viven juntos y actúan juntos y se desvanece apenas se dispersan”: es precisamente así, es decir si no queremos estar en la ventana, no tenemos alternativa más que probar a incidir en los procesos de manera colectiva participando en política. No hay otro camino, luego es también legítimo elegir desinteresarse, sin embargo no hay que lamentarse si las cosas no van en la dirección que quisiéramos.

La segunda pregunta era si la visión de la sociedad cristiana, la visión cristiana de la sociedad es vista de manera ideológica: a mí me parece que sea vista y descrita de manera ideológica por aquellos que se han embebido en ideologías anticlericales, a menudo fracasadas, y en cambio podría realmente constituir, aquella visión cristiana, un fertilizante excepcional para la democracia, porque podría influir en algunas tendencias que están en marcha como la excesiva verticalización del poder que anula la democracia, como el empobrecimiento de la clase media, de las familias que son la espina de cualquier sistema democrático, y digamos podría ser el carburante para la buena política, en el sentido que podría llevar a la política, reorientarla hacia el bien común, hacia el bien de todos, cosa que al momento no parece que sea justo así. Termino aquí, así trato de respetar los tiempos, espero haber respondido a tus preguntas.

COSTANTINO ESPOSITO:

Mazzarella, a la luz de tu reflexión (acompañada por un cierto periodo también a la práctica en primera persona) sobre la política como lugar en que se trasmite, se tutela y se comunica la vita, y aún más un posible significado de la vida, quisiera preguntar: ¿cómo se encuentra "al otro" en política? ¿Y qué es el otro en política? En el compromiso político, el otro no es sólo la otra persona presente - único o colectividad -, del cual busco el consenso y que quiero representar en sus intereses, necesidades esperanzas. Sino es también el otro al pasado y al futuro: y aquí entran la identidad y la historia de la que me hago cargo, pero también el futuro de quien vendrá, y las condiciones (sociales, materiales, ambientales) en que en un futuro quien venga podrá tener. En resumen, ¿qué significa asumirse la responsabilidad de representar a alguno en política del que afirmo querer hacer el “bien”? ¿Qué significa la política como servicio y responsabilidad? ¿Y la distancia siempre en acecho entre las palabras y las cosas en este terreno?

EUGENIO MAZZARELLA:

Gracias, a Constantino, que me ha dado la posibilidad de continuar una gratitud, es decir estar aquí con ustedes razonando un poco juntos. ¿Qué es el otro en política, el otro que se quiere representar? Del cual se busca el consenso. Partiría de aquí, del consenso, lo que en democracia se legaliza para representar, los intereses, las necesidades, las esperanzas de los demás. Como pretenden, siempre, los “políticos” interrogados sobre su rol. Incluso cuando hacen cualquier cosa, alimentando una crisis del representar, en democracia el corazón mismo de la política, que genera la crisis, hoy así evidente a la deriva populista en que está empantanada. Porque la política es, debería ser, esto: capacidad y vocación de representar, de hacer que los demás sean presente en la construcción de las decisiones políticas que comprometen a todos, como si fueran ellos los que toman parte de las decisiones que conciernen su vida.

Pienso que el punto sea justo esto: ¿qué relación tiene un político con el consenso que busca, con la confianza política en mí, que pretendo representarlo, de quien me da su consenso? El consenso es por lo demás interpretado como un patrimonio de consensos, de un delegar político, por conquistar para gestionar el “poder”. Es el objeto de las campañas electorales, de la lucha política, cuyo éxito en las urnas legaliza pro tempore la acción del gobierno. El problema es sin embargo, muy a menudo con una política muy reducida al marketing, a pura comunicación, antes que anclada a visiones y propuestas de interés público, que no basta conquistar el consentimiento de los demás para representarlos realmente. Para tener realmente, el consenso de los demás, más que tenerlo, conquistarlo, hay que estar en consentimiento con los otros. Me explico: consentimiento significa cum-sentire, sentir junto a los demás, consentir, ídem sentir en cuanto a algo. Mantener este sentir común, también después de su “conquista” en las urnas, y quizá partir de este sentir común, sin perderlo por el camino, hace la diferencia entre un buen político y un político malo. Sin esta capacidad de tener el consenso, de tenerse en un común sentir con quien se representa, el consenso cae en un mero capital de like obtenido en las urnas, por lo demás gestionado a propia ventaja.

Consenso viene del latín consénsus que es participio pasado de consentir, concordar, adhesión a la voluntad de otro, lo mismo que consentimiento: una adhesión a la voluntad del otro que parte del corazón, un sentir con el mismo corazón; sobre todo cuando te lo han entregado, confiándose en ti para representarlo en sus intereses, en sus necesidades en sus esperanzas. Creyendo en ti, como se dice. Y una vez más, creer significa poner el propio corazón en algo, o alguien. Como se ve en el léxico sustancial del consenso, bajo la necesaria corteza de los procesos políticos con sus durezas y sus artes que se aprenden y que hacen al “político”, rasca rasca resurge la necesidad del humano, el otro como un bien. Resurge, en el encargo político y en la lucha por conquistarlo, un léxico relacional, fiduciario, un léxico de confianza humana, que pide ser honrado.

Incluso con justos compromisos entre diversos intereses representados, que son - como recordaba Ratzinger en un famoso discurso de 1981 a los diputados católicos del Parlamento alemán en la Iglesia de San Winfried en Bonn – el arte de la política como capacidad de mediación política de los intereses legítimos al cual se compromete coram populo, pueblo ante al cual se comprometen juntos, se com-promete (cum-promissio), el compromiso con el bien común. Imagino que aquellos que en política están desde hace tiempo, este discurso podrá parecer emotivamente bueno, veleidoso, con cualquier préstamo de filología moralista que al final pide a la política que representa a los demás algo como un sentimiento, una simpatía, una empatía con los que representa, mientras política es otra cosa: capacidad de análisis, competencias, “soluciones”. La empatía con los demás de los que gobiernas las vidas es cosa de convenios, a lo mejor de quien de política entiende poco. No pienso que sea así, y precisamente esta falta de empatía hace a menudo la “mala” política. Lo ilustro con una polémica estiva, que me ha indignado mucho. El modo en que ha sido tratada en los medios de comunicación la protesta de los profesores meridionales por las transferencias al Norte, fundamentalmente ligada a cualquier obvia posibilidad de error del algoritmo ministerial usado para la asignación de las cátedras. En un País políticamente civilizado, al menos como yo lo entiendo, la cuestión tenía que ser limitada a una rápida verificación para sanar eventuales errores.

Y a lo mejor, en perspectiva, en cualquier medida de apoyo a las transferencias en la Administración Pública, en un régimen conocido a todos de bajos sueldos, que a una cierta edad, sobre todo con una familia en sus hombros, es ciertamente un peso importante para la vida de quien tiene que hacerse cargo de eso para trabajar. Y en cambio ha terminado con páginas autorizadas, con comentaristas del rédito anual igual a diversas decenas de profesores, que era el lloriqueo habitual de los profesores meridionales, porque era un dato de hecho que de diez profesores a transferirse ocho eran meridionales sólo tres puestos de diez son al Sur; por tanto ¿qué querían?, que agradecieran al gobierno que finalmente los organizaba, y callaran con maletas listas. En resumen el trabajo casi como favor del Estado, y no como derecho.

Pero la cosa más indecente ha sido la aparición de artículos como hongos en los periódicos que recordaban que los jóvenes meridionales en el examen final tienen 100 en mayor porcentaje que los jóvenes del Norte, y este resultado en el examen coincide con los test Invalsi. No entro aquí en el mérito a la cuestión, que luego ha sido disuelta con lucidez, números en la mano, por un sociólogo de valor, Viesti, pero ha partido el acostumbrado circo de juicios y prejuicios para deslegitimar la escuela del Sur y sus profesores que se quejaban. A suscitar mi indignación ha sido un encuentro humano, unos días antes de estas polémicas de agosto, con un joven trabajador que ha pasado por casa a arreglar una lavaplatos, que había tenido que dejar los estudios para consentir a la esposa graduarse y enseñar. Habían tenido un matrimonio apurado por así decir, para tener al niño. Y ahora después de años de precariedad la mujer había tenido una cátedra en una ciudad del Norte, y él había quedado en casa con el niño de seis años que había comenzado a mojar la cama, y tenía ante sí el dilema de cómo llevar adelante la familia que había elegido sacrificando sus estudios. Me ha venido del corazón un comentario en un diario de mi ciudad para pedir a muchos comentaristas del domingo, y a lo mejor a la política que quieren secundar, que cambien lugar por un año con un profesor, del que condenaban las inmotivadas quejas contra el algoritmo ministerial; por un sólo año, no una vida, con sueldos y sistema de relaciones, sin embargo, incluidos.

Y luego regresar a comentar dentro de un año. En resumen que antes de hablar, hicieran por un año como enviados especiales en la vida de los demás. Habrían arriesgado con volverse mejores en “sentimientos” que tendría que animar la rigurosa “inteligencia” de sus análisis. No sé si he dado la idea de qué entiendo por sentimiento en la acción política: la búsqueda quizá, aun cuando los algoritmos son necesarios, de un algoritmo de rostro humano; la capacidad de tener ante los ojos a las personas de las que se deciden las vidas. Si se hace, como que se decida, se decidirá de mejor modo.

Aun las situacione
s más complejas y escabrosas, la política, aquella pedida y no sólo técnicamente capaz, absolverá en su oficio, también cuando, casi siempre, no todo puede resolver, de “limitar el deshonor”, para usar una bella citación con la que Luigi Manconi cierra un reciente libro suyo. Sabiendo por último que empeñarse en el bien común significa comprometerse con el bien común no sólo en el presente. Que el bien común no es la caja trimestral por presentar a quién votará en las próximas elecciones; sino es también el pasado de los valores, de una historia, de un ambiente por tutelar y el futuro de las nuevas generaciones; el bien de quien ya no vota y hasta que nunca ha votado e incluso ha dejado el pueblo y la historia que vivimos y el bien de quien aún no vota. Una política empática con el ser humano que quiere representar, tiene que saber representar esto.

COSTANTINO ESPOSITO:

Estamos en una rapidísima segunda vuelta. En los últimos años, muchas veces el Papa Francisco ha retomado la visión de la política propuesta por Pablo VI como "la forma más elevada de caridad". Un ideal que ha relanzado en el reciente discurso para la entrega del Premio Carlo Magno (6 de mayo de 2016), afirmando que hoy Europa es llamada por su propia memoria histórica a vivir su crisis (crisis de las migraciones, de las emergencias económicas y ocupacionales, de las instituciones político-administrativas, de los reduccionismos culturales, de la explotación ambiental etc.) sin caer en el “cansancio” o ceder en la “resignación”, sino “aprendiendo a integrar en síntesis siempre nuevas las culturas más diversas y sin relación aparente entre ellas. La identidad europea es, y ha sido siempre, una identidad dinámica y multicultural”.
El encuentro y el diálogo con el otro no son apenas un movimiento compasivo, sino una posibilidad de encontrarnos a nosotros mismos, que nuestra identidad nos sea restituida, como un talento por traficar y hacer fructificar en el mundo. En esta perspectiva la apertura a lo diverso – cualquiera que sea el connotado de esta diversidad, de los extranjeros y los migrantes a los jóvenes sin trabajo y a los "residuos" de la economía de la mera ganancia financiera -, no sólo no compromete la identidad y la historia de nuestras personas y de nuestras naciones, sino es incluso la única posibilidad de reconquistarla: “El rostro de Europa no se distingue en efecto en el contraponerse a los otros, sino al llevar impresos los rasgos de varias culturas y la belleza de lograr abrirse”. ¿Cómo resuena hoy en su sensibilidad esta política como "caridad"?
Cierto, es una palabra difícil y candente, para todos, para quien es cristiano pero pienso también para quien no lo sea. Porque sugiere precisamente que en juego en la política está ante todo el reconocer un bien común y compartido por todos, un bien recibido y de algún modo siempre más grande que nosotros y que nuestros esfuerzos; pero implica aun reconocer a cada uno como un bien irreducible para sí mismo y en relación con los otros seres humanos. ¿Qué significado tiene para ustedes, hoy, en una sociedad tan despedazada y atravesada por diferencias y desigualdades, este "bien" de todos? Y comenzamos por Francesco Gagliardi.
FRANCESCO GAGLIARDI:

Para mí es indudable la atención a aquellos residuos de la economía de la que habla el Papa. Donde hay tantos, inmigrantes, jóvenes sin trabajo. Pienso que la visión cristiana es la política como caridad, tendrían precisamente que volcar algunas concepciones. Sobre todo la de la económica que está al servicio del dinero, de la acumulación del dinero y no al servicio de la persona, del bien de las personas. Antes me conmovía lo que ha dicho Manconi sobre la mamá de Regeni, muy justo, de verdad, es la peor cosa que le pueda ocurrir a un padre, sin embargo me pregunto cuántos padres están tranquilos y serenos teniendo hijos en casa que no tienen trabajo, que no tienen la perspectiva de un rédito y por consecuencia no tienen la perspectiva de crearse una familia, de llegar a la felicidad de la persona. Porque esta cosa prolongada en el tiempo es de verdad una mortificación para las personas.

Como veo yo la situación actual, es posible para nosotros aceptar - no quiero personalizar y no quiero criminalizar a nadie - que para mantener retribuciones altas a los top manager de algunas empresas, en mi sector, el periodismo, hay cosas que…, colegas que son desempleados por mantener retribuciones millonarias de periódicos nacionales importantes, basta leer los diarios y se entiende inmediatamente cuáles son, ¿es posible aceptar una cosa de este tipo? ¿Es posible aceptar que sociedades con nombres anglófonos se dediquen a maximizar las ganancias de los accionistas, optimizando la rentabilidad, saben que quiere decir? Despedir personas, reducir el costo del trabajo, aumentar los dividendos para los accionistas. ¿Es posible aceptarla? Tengo algunas dudas. Pienso que lo que dice el Papa, de encontrarse con el otro, para acogerlo, tendría que empujar a la política, como decía antes Mazzarella, aunque no puedas dar todo el paso que querrías dar, pero al menos das uno, o al menos prueba a darlo en la dirección justa. Otra pregunta: ¿el reciente procedimiento sobre las hipotecas es una ventaja para los hipotecarios, que pierden el trabajo por consecuencia pierden también la casa, porque si no tienen modo de pagar las cuotas la banca interviene directamente sin pasar por el oficial de justicia y pone en venta la casa, o bien es un regalo para las bancas? Repito, no quiero criminalizar a nadie, sin embargo a las bancas no les ha faltado apoyo, ¿no? Draghi ha sido tipo papá Noel para las bancas, las bancas son importantísimas en la economía de un País, depende de cómo son usadas. Si son usadas para mejorar la vida de las personas, todas - las empresas, las pequeñas empresas, si les viene dado el crédito, si el crédito es dado a las familias, si viene dado a los jóvenes que a lo mejor quieren casarse -, o si son utilizadas como ha sido para hacer especulación financiera, y enriquecer a los que ya son ricos. Pienso que, sobre todo la política como caridad, la caridad, tiene que resonar sobre todo como justicia social. Si no resuena así, no veo el significado de caridad. Gracias.

LUIGI MANCONI:

Me gusta pensar como estrechamente e íntimamente integrados el uno con el otro, la frase de Pablo VI, retomada por el Papa Francisco, y el título de este Meeting.
A la primera afirmación, la pontificia, respondo inmediatamente sí, estoy incondicionalmente de acuerdo y no pongo en juego precaución y prudencias e hipocresías, como quizá al menos una de las culturas de las cuales son expresión sugeriría, preguntando: sí, ¿pero de qué caridad se habla aquí? ¿Qué se entiende por caridad? ¡No! Acepto incondicionalmente esa fórmula sólo pensando en cómo la fuente de aquella afirmación piensa en la caridad. La caridad es, si no me equivoco, una virtud teologal, algo, es decir, fundamental de todo un universo de pensamiento y de acción en el mundo. Pero nos interesa poco, en consecuencia, considerar los malos usos que es posible hacer de una frase como aquella. Personalmente desde hace 25 años practico en el criticar la categoría de solidaridad que es en algún modo interpretada como versión laica, mundana, secularizada de caridad, sólo porque se corre el riesgo frecuente de una retórica de la solidaridad, así como de una retórica de la caridad. Pero si en cambio vamos al núcleo esencial, al cuerpo vivo, al corazón pulsante, bien, caridad y “tú eres un bien para mí”, es decir el acento, el énfasis, la entera elaboración está concentrada en la caridad como relación, y por tanto como reciprocidad, no como dádiva sino como intercambio que es lo que ha dicho luego Costantino, retomando las palabras de Papa Francisco a propósito del encuentro, la atención, la disponibilidad hacia el otro y hacia el otro como riqueza, no como objeto de nuestra tolerancia, sino como oportunidad ofrecida a nuestra identidad, a su enriquecimiento.
Pues, aquí probablemente me encuentro en una condición singular porque la definición que he elaborado en estos últimos tiempos para una autodefinición es la de decirme ni agnóstico, ni ateo, ni creyente sino soy un pococreyente, todo pegado, pero me jacto en el sentido de que es un itinerario del que no conozco el resultado, sino es, como decir, una adquisición, una experiencia que estoy haciendo. Y entonces, cuando son reportadas las palabras del Papa Francisco, a mí me viene en mente una experiencia humana, intelectual y política. Precisamente a partir de mi condición de pococreyente, tengo una orientación sobre la cuestión del final de la vida que no son aquellas compartidas mayormente, agregaría por la mayoría de la cultura católica e insisto en usar estos términos indicando mayoría porque, por ejemplo, el filósofo Giovanni Reale ha dicho cosas que no son pues tan infinitamente diversas de lo que digo, sino, aquí el punto, ¿qué me ha enseñado la idea tan fuerte de “tú eres un bien para mí”, si lo consideramos en el ámbito del final de la vida, de las terapias para los enfermos terminales, de la dignidad del morir? Me ha enseñado que existe un valor de la persona, de su irreductibilidad, de su ser irrepetible, que no puede ser evaluado ni según criterios y parámetros económicos-consumistas, ni menos trámite parámetros rígidamente sanitarios, rígidamente terapéuticos, y pues que hay una dignidad de la persona que puede sobrevivir más allá del dolor imborrable, más allá del dolor indecible, más allá del decaer de su cuerpo, más allá del agotarse de su capacidad de relación y de sentimiento.

Bien, esto es algo que a mí me ha enseñado, no sé bien cómo llamarlo, la cultura católica, tengo que usar esta fórmula porque es la más simple de entender. Bien, si esto es verdad, ¿ven a qué consecuencias se puede llegar, pensando que “tú eres un bien para mí” y pues que tu persona me puede enseñar algo, puede enriquecerme en cualquier momento del trayecto, en cualquier momento de la existencia, de su fatiga, de su dolor, y su sufrimiento? Aquí, sobre esto, teniendo rigurosamente en cuenta un hecho, que la política luego no sólo no es todo sino es una cosa parcial, una cosa pequeña, una cosa que no puede resolver los males del mundo, ni garantizar la felicidad, sin embargo es un instrumento útil. Bien, si esto es la política, esta idea de reciprocidad y por tanto pensar que ser un bien para mí tiene un significado jurídico, social, normativo, por ejemplo bajo el perfil de la inclusión al interno del sistema de la ciudadanía, pero también tiene un significado filosófico al interno de una idea de comunidad, por cómo la evocaba antes Mazzarella, me parece un fundamento muy importante de la política. Sólo una anotación, permíteme pero sólo por curiosidad, no he entendido si antes tú has citado al Papa Francisco a la letra: si así fuera es muy divertido que Papa Francisco, con una chispa anticonformista que aprecio infinitamente, haya utilizado una palabra que hoy es dañada, incluso, la de “multiculturalismo”, que en el discurso público, quizá por qué, se ha vuelto una mala palabra, algo de que avergonzarse y que en la palabra del Papa Francisco ha sido restituida a su autenticidad. Gracias.

COSTANTINO ESPOSITO:
Gracias. La citación era literal. Mauro Magatti.

MAURO MAGATTI:

Naturalmente la pregunta es qué tiene que ver la caridad con la política moderna que después de Maquiavelo significa alcanzar el fin de la política usando los medios necesarios. Tenemos que plantearnos, esta cuestión. Si somos gente extraña porque son algunos siglos que Maquiavelo nos ha dicho: “hacer política significa dotarse de los medios necesarios para alcanzar el fin que la política se da”. En esta expresión de Maquiavelo hay un punto que es el fin de la política. ¿Dónde estamos hoy? Estamos en un momento en que el esquema político está dividido entre la tecnocracia y el populismo. En todo el mundo occidental, impresionante. El resto del mundo está en guerra. Después de los grandes veinte años de la globalización, hay medio mundo en guerra donde está sucediendo de todo, en los países occidentales existe la tecnocracia de una parte, que quiere ir adelante como ha ido adelante en los últimos treinta años, el populismo, es decir una genérica evocación de algo diverso que no se sabe bien qué sea. No tenemos un fin. Entonces aquí, según yo, salta fuera la cuestión de la caridad. En el sentido que la caridad, es decir la interrogación que nos viene del rostro de los demás, para citar a Levinas, que no podremos jamás satisfacer completamente, es el fin de la política en última instancia, en sus tantas formas. Es el único fin que la política moderna, aun la laica de Maquiavelo, en el fondo puede probar a decir, si quiere legitimarse en democracia.
Esto según yo es muy valioso, porque si desconectan la democracia, la política, las instituciones de este fondo, de esta instancia que nos supera, atentos, porque tenemos que trabajar los próximos diez siglos para construir de democracias decentes capaces de crear contextos donde la instancia que nos viene del rostro del otro, de la marginalidad, de los Giulio Regeni, de la tortura, de la injusticia social, de todo lo que quieran ustedes, no podrá ser satisfecha sino de cualquier modo precisamente nos empujará siempre adelante. Aquí mi reflexión es ésta, que en un momento en que claramente arriesgamos con salir del camino, porque en los últimos treinta años hemos pensado que fundamentalmente la política fuera una técnica, entonces tenemos necesidad de regenerar las bases de la democracia, reclamando nuestro sentido de ciudadanía a esta instancia que no poseemos pero que es la única instancia, aquella de la caridad, que puede poner en movimiento procesos históricos.
EUGENIO MAZZARELLA:
Hablar de “bien” de todos, de un sentimiento universal de benevolencia humana que tendría que animarnos, traduciendo, un poco a la buena, la caridad política que estamos invitados a ejercitar, parece un primer comienzo, y en efecto lo es, un proyecto temerario. En una sociología que nos describe empantanados en una sociedad del miedo, que no es sólo una impresión, sino un hecho – por el perder el trabajo por la crisis económica, el perder la vida por un atentado por razones que ni siquiera sabemos bien, salvo que, como nos dicen, “aquellos nos odian” y somos cobardes si no les repagamos con la misma moneda, poniendo en peligro nuestra civilización-, un paisaje social real y perceptivo conjunto que empuja a una respuesta general segura, a clausuras individuales y colectivas, cuando no de Estados y de políticas nacionales; en un paisaje social de este tipo se requiere mucho coraje para hablar del “bien de todos”, estar dispuestos a decir no a todos y a ninguno, sino a todo el que encuentres, a todo otro real - de quien te puede “robar” el trabajo, compatriota o extracomunitario que sea, los meridionales del mundo son tantos, a quien duerme en harapos en un jardín de la zona residencial donde vives, a quien desembarca de los botes y viene alojado donde estás de vacaciones -, “tú eres un bien para mí”.

Decirlo a cada Tú, aun a los tantos Tú de los que te sientes fastidiado o amenazado, a la segunda persona concreta de encuentros reales, y no al Tú de categorías filosóficas incluso beneméritas; y proponérselo como línea de conducta individual, social y política. Se requiere mucho coraje. Francisco lo ha notado en el título del Meeting de este año. Animándonos a tener este coraje en un ejercicio - que se haga historia, pensamiento y acción, praxis cotidiana y enfoque estratégico a los problemas sociales y geopolíticos del mundo globalizado - de caridad política. Una invitación, también aquella del Papa, bastante temeraria. Caridad, benevolencia, acogida. Es una palabra, en un contexto en que también en las sociedades más ricas uno se siente, y para muchos grupos sociales efectivamente lo es, empobrecido; y se vive en la evanescencia de normas sociales vividas como benévolas, o cuanto menos capaces de garantizar un cuadro de referencia sostenible a los propios proyectos de vida. Con efectos macro sociales de inmediata relevancia política en el conflicto social y en la colisión entre culturas que así se genera en una sociedad siempre más multicultural.

E incluso unirse a los propios miedos pidiendo seguridad, clausuras, en nombre de una identidad por defender de los “demás”, no sólo no responde a la historia de Europa, que la ha hecho la que es (Europa ha sido hecha con todos sus dramas por recíprocamente otros que al final se reconocen, y si Europa algo puede dar, con sus raíces cristianas, a la historia in fieri del mundo es justo la lectio magistralis que al final la solución es la acogida, la capacidad de acogerse y convivir, no obstante los tantos demonios de división que incluso ha conocido y conoce), sino no es siquiera eficaz. Es como luchar contra el viento. Un error de lugar, de tiempo, de acción. Un error que arriesga con ser trágico. ¿Nos salvará de este error la caridad, la caridad política?

Ésta es la pregunta. Puede parecer el atajo de una palabra. Una exigencia moral que dice a la vez mucho y muy poco, admitido que quiera escuchar, una política, que quiere absolver su oficio tiene que buscar un diagrama legible del futuro, donde la “sociedad del riesgo” (Ulrich Beck) no venga vivida, y gestionada políticamente, como una “sociedad del miedo” (Zygmunt Bauman). ¿Puede bastar la caridad, un apelo general a la benevolencia los uno a los otros, para afrontar el desorientación cognitiva y de valor de un presente que corre muy adelante a las capacidades de aferrarlo? Un presente que tiene el rostro de futuro ignoto y temible, mucho más fácil de gestionar con soluciones de seguridad, que de captar como oportunidad de descubrir en una presunta “naturaleza” humana - como ha indicado Francisco en el mensaje al Meeting - la más larga comunidad necesaria del nosotros al presente de una sociedad que se ha hecho global, y que no tornará “local”; donde es siempre más urgente una necesidad de comunión, de un nosotros más ancho del nosotros a nosotros prójimo al que estamos acostumbrados.

Cierto, si por caridad se entiende una benevolencia general que todo resolvería, la objeción tendría sentido; el sentido de la realidad, que luego las cosas van de otro modo, un poco más complejo de una incluso loable exhortación moral. En resumen la caridad es una bella palabra, pero no conoce la realidad de la política, y en definitiva la realidad del hombre, de la cual la política es expresión. Y en cambio no es así: muy fácil esta reducción moralizadora de la caridad. La caridad sabe muy bien de que se trata el hombre, y la política.

Y lo sabe en su misma palabra. Caridad viene del latín caritas, que deriva a su vez del adjetivo carus. En origen este adjetivo tenía el significado de costoso, que cuesta mucho, en el sentido de que aún hoy se dice que un objeto es muy caro. Sin embargo ya en latín carus tenía asumido también un valor más amplio, indicando no sólo lo que objetivamente tenía un alto precio, sino también, subjetivamente, un gran valor: cosa o persona cara, particularmente estimada y amada; y como hoy los seres queridos eran sobre todo los parientes más cercanos, los miembros de la propia familia hacia los cuales se nutre mayor afecto. Hace falta recordar que en el cristianismo el término "caridad" como amor en relación a los demás, también de quien no me es prójimo, representa la más alta perfección del espíritu humano, que refleja y glorifica la naturaleza de Dios, y en sus formas más extremas puede alcanzar el sacrificio de sí mismo.

Y quien la caridad cristiana la ha traído al mundo en este sacrificio, como es conocido, se ha elevado, además de haberlo predicado. Esto para decir que la caridad es costosa, que la fe y la esperanza en el hombre tienen un precio, y un precio caro, difícil de pagar. Pero si queremos continuar teniendo confianza y esperanza en los hombres que somos, tenemos que estar dispuestos a pagar este precio. La caridad no es benevolencia sentimental pietista. Cierto es mejor que nada. Pero sería poca cosa. La caridad es el trabajo de la mente, de la inteligencia, del corazón para permanecer humanos al encuentro con el otro, aun cuando no es querido a nosotros, no es el prójimo fácil de los “míos”, del “nosotros” nativo. La caridad es la apuesta de la “familia humana”: hoy la empatía inteligente de una necesidad histórica.

COSTANTINO ESPOSITO:

En resumen en una frase final, es claro que para muchos hoy la política es algo incomprensible e insoportable, es la técnica que pensaba poder producir la liberación y la felicidad del ser humano, ha perdido, ha fracasado. Los hombres, encerrados en este horizonte, por este horizonte no llegan a su realización sino son de cualquier modo jugados por el poder y este poder, una cosa importantísima en la vida de los hombres, en su más amplio sentido, se reduce a hegemonía. No a lo que debería ser, es decir la capacidad de auto realización, que ya el viejo Aristóteles decía y que es la mirada con la que Cristo mira las cosas, entonces es interesante porque tenemos que botar la política a la basura, deleted, ¿no nos interesa? ¿O es posible iniciar un proceso de liberación, no por la política, sino de la política, es decir, que pueda convertirse de nuevo no como una utopía, o un desideratum, sino como una necesidad de nuestro estar juntos? Pero creo que la política pueda ser liberada sólo si hay ya un hombre libre que hace política, que no espera ser liberado por la política, sino que la pueda reabrir porque hay un pequeña semilla de liberación, que es el hecho de que cualquiera, que él, que cada uno de nosotros acepte ser un bien para alguien más, antes aún del hecho que nosotros generosamente decimos a otro: te considero un bien para mí, esto es posible, porque acepto ser querido, amado por alguien

Me ha asombrado mucho, girando en las muestras de estos días, leer esta frase de Dostoevskij, con lo que quisiera terminar: “Me siento responsable apenas un hombre posa su mirada en mí”. Es porque me siento objeto de una preferencia que descubro que entre nosotros hay algo, el misterio es la cosa más política que hay, porque reconociendo que hay algo que no hago yo, que me es dado, que me une a ti, puedo construir contigo. Gracias a todos, hasta la próxima.
 
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