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Contra pesimismo, esperanza

Contra pesimismo, esperanza
“La esperanza no defrauda” (Rom 5, 5).

Estanislao Martín Rincón en Homo Gaudens



La salud de nuestra sociedad está plagada de síntomas preocupantes. Tanto la realidad presente como el futuro que cabe esperar son de lo más negro y de lo más estremecedor. Muchos y graves son los problemas que nos atenazan y que razonablemente empujan al pesimismo en cualquier dirección que se mire. Da igual el área o el sector: la familia, la cultura de la vida, la educación, la religión, la economía, la ecología, la juventud, la ancianidad, la unidad nacional, el mundo laboral… Cuando el barco se hunde no hay camarote que se salve. Y lo más problemático no es lo mal que nos encontramos, sino que pasan los años y la situación no tiene visos de recomponerse, sino de seguir agravándose. Tómese un problema cualquiera (en el momento de redactar esto, estamos muy ocupados con los casos de abusos o asesinatos protagonizados por muchachos muy jóvenes, algunos de ellos niños). Cuando se destapa, los medios de información (verdaderos directores de la mirada y de la atención de los individuos) se vuelcan con él, despliegan cámaras y micrófonos con fruición y jalean el asunto concentrando allí toda su actividad y todo el interés del público. Pasado un tiempo relativamente corto, aquello, por sabido, deja de tener notoriedad y, como globo que se desinfla, va perdiendo tensión para ser sustituido por otro asunto nuevo, con el que volver a empezar el ciclo. Con las lacras sociales pasa como con los conflictos bélicos repartidos por todas las regiones del planeta, que parece que solo existen cuando se habla de ellos. Y en cambio, sean o no noticia, ahí están, malogrando vidas y arruinando el cuerpo social entero. El resultado es que amontonamos problemas sin dar solución a ninguno, vamos solapando las llagas de siempre con llagas nuevas sin curar ni unas ni otras, con lo cual son muchas las que se enconan sin saneamiento de ningún tipo.

En algunos de ellos, la cosa empeora cuando se contemplan las medidas de solución que se adoptan (cuando se adoptan). La incapacidad para curar estas heridas es tan manifiesta, que no sin razón cabe pensar que es preferible que los problemas no se toquen, porque las “soluciones” que se nos ocurren solo contribuyen a empeorar lo que ya está mal. Piénsese, por ejemplo, en problemas como el acoso escolar o los desgarros familiares por violencia doméstica. El acoso escolar no desparecerá mientras familia y escuela obedezcan a sus actuales patrones organizativos. Dicho a modo de simple pincelada: mientras el estado general de las familias sea el que se ha impuesto como normal (familia de uno o dos hijos, con ambos cónyuges trabajando fuera del hogar, o bien matrimonios rotos donde él o ella han contraído nuevas uniones) y la escuela carezca, como carece, de objetivos formativos serios, limitándose a ser un lugar de encerramiento de niños y adolescentes donde se les entretiene con algo de instrucción (más bien poco), no habrá manera de acabar con el acoso escolar.

Y algo parecido puede decirse de los casos de violencia doméstica. Si para atajar esta calamidad, los únicos remedios son los que vienen de la mano del feminismo o de la perspectiva de género, seguiremos acumulando víctimas. Con tales “soluciones” no hace falta tener dotes de adivino para pronosticar que la violencia doméstica -me niego a aceptar el nuevo tópico de “violencia machista”- seguirá aumentando sin remisión. Estas generalizaciones que acabo de hacer necesitan ser matizadas, y además, de ellas hay que salvar a un buen número de familias, colegios y otras instituciones que no se ajustan a lo establecido, pero lo mayoritariamente establecido sí está siguiendo esos patrones errados.

Me he referido a estos graves problemas actuales solo como botón de muestra de este panorama social calamitoso en el que estamos instalados, pero ninguno de los señalados es en mi opinión el más acuciante. El más grave y a la vez el más urgente es el que se ha denominado, con toda propiedad, el suicidio demográfico. Suicidio porque sin españoles España se acaba, por más que las fronteras no se muevan. Una nación no es su territorio, ni el conjunto de sus símbolos, aunque el territorio sea parte esencial y los símbolos sean poderosos aglutinantes para sus habitantes. Una nación no es siquiera el conjunto de los hombres que en ella viven, porque en un momento dado podría estar habitada mayoritariamente por extraños. Una nación es la comunidad de sus hijos, de los que se saben hijos y actúan como tales. La expresión Madre Patria hoy no goza de ningún favor, ni está de moda, ni cabe pensar en que pueda estarlo, pero encierra un significado real y profundo, que liga, con lazos de filiación, a cada hombre en primer lugar con sus connacionales, y segundo lugar, con todos los elementos culturales propios de esa sociedad.

No estaría de más señalar para el lector católico que no lo sepa (y recordar para el que lo haya olvidado) que el concepto “hijo” referido a la Patria, además de ser un concepto de filosofía política, es una expresión recogida por el Catecismo de la Iglesia Católica. En el punto 2212 se habla, literalmente, de “nuestros conciudadanos, los hijos de nuestra patria” para señalar los deberes patrios a que nos obliga el Cuarto Mandamiento.

Aunque pueda parecer lo contrario, el objetivo de este artículo no es ahondar en lo mal que estamos, ni dejar caer sobre el lector un manto de oscuridad. El objetivo es lanzar un toque de atención para no dejarnos atrapar por una realidad morbosa, por muy mal que esté la cosa pública, que, objetivamente, lo está. Porque corremos el riesgo de no tener ojos sino para el mal. Quien alimente su espíritu de las noticias habituales que nos sirven los informativos y las redes sociales lo tiene muy difícil para no caer en las redes del mal cuya estrategia parece no ser otra que convencernos de dos cosas: una, que todo es un inmenso y poderoso basurero que se agiganta día a día, y dos, que la basura siempre es de los otros, como decía Sartre del infierno. De este modo no queda tiempo para que cada uno se mire a sí mismo, pues bastante tiene con la avalancha de desmadres ajenos y además puede justificar sus zonas oscuras, pues nunca llegan a ser tan negras como las de los informativos.

Digo todo esto sin tener un ápice de optimismo. Personalmente no soy nada optimista, pero pienso, además, que colectivamente no debemos serlo. Diré más, no necesitamos serlo. Lo que sí necesitamos, más que el aire para respirar, es ser hombres de esperanza (de esperanza teologal), que no es lo mismo que el optimismo ni la esperanza natural. El optimista confía en un devenir próspero o halagüeño porque así lo desea, o mejor aún, porque midiendo sus fuerzas, se ve capacitado y se fía de con ellas logrará aquello con lo que sueña. El hombre de esperanza, en cambio, aunque emplee todas sus fuerzas, no es en ellas en las que pone su confianza, sino en la bondad y el poder de Dios, Uno y Trino, que, como aprendimos muchos de mi generación, “no puede engañarse ni engañarnos” y que sabemos que nunca abandona a sus hijos. El mundo está muy mal (creo que está incluso peor de lo que podemos constatar con nuestros ojos o por las informaciones que nos llegan), pero “Deus semper maior”. Dios siempre es más y no ha soltado, ni soltará jamás las riendas del curso de la historia, que sigue en sus manos. Para llevar adelante sus designios no necesita restringir la libertad del hombre, pero sus designios se cumplen inexorablemente. Y si no fuera así, Dios no sería Dios. Cómo se puede armonizar esa libertad, tantas veces dirigida contra Él, con la acción de la gracia y la voluntad de Dios es una cuestión que está sin resolver a pesar de haber sido debatida hasta la saciedad a lo largo de los siglos.

Ahí está la fuente de esperanza para el hombre de fe. España no necesita optimistas sino gentes de esperanza firme, que solo puede salir de una fe activa. Esto no significa que las personas de fe podamos dormitar porque precisamente por estar dormitando es por lo que nos toca sufrir muchos de nuestros males; al contrario, debemos emplearnos a fondo, obedientes a nuestra fe, a nuestra razón y a nuestra conciencia, aunque no veamos visos de solución a corto ni a medio plazo. No podemos dejar de denunciar un estado social que para muchos es insufrible porque están heridos por estos males en sus propias carnes, pero no podemos dejar de trabajar para poner remedio, si es que lo hay. ¿Lo hay? Haberlo, sí lo hay, pero no podrá hacerse efectivo mientras sigamos fundamentando la vida social en los mismos pilares en los que ahora nos apoyamos. ¿Qué pilares son esos? Para no enredarme en explicaciones incompletas y en análisis que siempre son parciales, y para ser lo más breve posible, responderé con palabras reveladas del apóstol San Juan: “La concupiscencia de la carne, y la concupiscencia de los ojos, y la arrogancia del dinero” (1ª Jn 2, 16).

El corolario es evidente. El remedio, que sí existe, está en luchar a una con las fuerzas de la gracia y con las de la naturaleza (fe y razón, gracia y libertad), individual y colectivamente, para vencer y reducir al mínimo esa triple concupiscencia de la que habla el apóstol virgen. Y eso está al alcance de todo el que quiera ponerse manos a la obra, empezando por él mismo y animando a los que tenga a su lado. El que además pueda tener alguna capacidad para actuar en la sociedad, o tenga alguna ascendencia sobre la juventud, que se implique hasta donde le lleguen las fuerzas. El problema del llamado suicidio demográfico es grave y urgente, pero aún no nos hemos muerto del todo, aún estamos vivos, aún somos muchos “los hijos de nuestra patria”. A muchos de nosotros, por diversos motivos, no se nos concederá traer españolitos a esta tierra, pero sí podemos ayudar de varias maneras para facilitar que otros los traigan, empezando por entusiasmar a los que pueden hacerlo, los jóvenes. No hace falta detenerse en considerar los obstáculos que hay que vencer para que un matrimonio joven sea fecundo porque están a la vista de todos, pero para arrugarse ante los obstáculos valemos cualquiera, para vencerlos están los esforzados, los valientes, los convencidos. A fin de cuentas no estoy hablando de nada que sea irrealizable. Los ejemplos son escasos, pero los hay. En medio de este mundo languideciente, donde la cultura de la muerte se ha estandarizado, brillan, para quien quiera ver su luz, matrimonios que rebosan vida y que contando con las dificultades propias de las grandes empresas humanas, están llevando a feliz término familias espléndidas, muy pobladas, que son verdaderas escuelas de formación de personas y verdaderos oasis de vida.

Contra pesimismo, esperanza, que para algo estamos en Cuaresma. “Cimentados y estables en la fe, e inamovibles en la esperanza del Evangelio” (Col 1, 23).

 
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