"Las Grandes Herejías”. La Fase Moderna
Hilaire Belloc

 

 

 

Nos acercamos al mayor momento de todos.

 

La Fe no está ahora en la presencia de una herejía particular – como lo estuvo en el pasado ante la herejía arriana, la maniquea, la albigense o la mahometana – ni tampoco está en presencia de una especie de herejía generalizada como lo estuvo cuando tuvo que enfrentar a la revolución protestante hace trescientos o cuatrocientos años atrás. El enemigo al cual la Fe tiene que enfrentar ahora, y que podría ser llamado “El Ataque Moderno”, constituye un asalto integral a lo fundamental de la Fe – a la existencia misma de la Fe. Y el enemigo que ahora avanza sobre nosotros está cada vez más consciente de que no existe la posibilidad de ser neutrales. Las fuerzas que ahora se oponen a la Fe están diseñadas para destruir. De aquí en más la batalla se librará sobre una bien definida línea divisoria y lo que está en juego es la supervivencia o la destrucción de la Iglesia Católica. Y toda su filosofía; no una parte de ella.

 

Sabemos, por supuesto, que la Iglesia Católica no puede ser destruida. Pero lo que no sabemos es la medida del área en la cual habrá de sobrevivir. No conocemos su poder para revivir ni el poder del enemigo para empujarla más y más hacia atrás hasta sus últimas defensas, hasta que parezca que el Anticristo ha llegado y estemos a punto de decidir la cuestión final. De tal envergadura es la lucha ante la cual se halla el mundo.

 

A muchos que no sienten simpatía por el catolicismo, a quienes heredaron la antigua animosidad protestante contra la Iglesia (aún cuando el protestantismo doctrinario ya está muerto), y a quienes piensan que cualquier ataque contra la Iglesia tiene que ser de alguna manera una buena cosa, a todos ellos la lucha ya les parece como un ataque, actual o inminente, contra lo que ellos llaman el “cristianismo”.

 

Por todas partes es posible hallar personas diciendo que el movimiento bolchevique (por ejemplo) es “decididamente anticristiano” – “opuesto a toda forma de cristianismo” – y debe ser “resistido por todos los cristianos, sin importar la iglesia particular a la que cada uno pueda pertenecer”, y así sucesivamente.

 

El discurso y los escritos de esta clase son insubstanciales porque no significan nada definido. No existe una religión que se llame “religión cristiana”. Nunca existió una religión así.

 

Existe y siempre existió la Iglesia y varias herejías procedentes del rechazo de algunas de las doctrinas de la Iglesia por parte de personas que seguían queriendo retener el resto de sus enseñanzas y de su moral. Pero nunca hubo, nunca podrá haber y nunca habrá una religión cristiana general, profesada por todas las personas dispuestas a aceptar algunas importantes doctrinas centrales y poniéndose de acuerdo en disentir respecto de otras. Desde el principio siempre estuvo, y siempre estará, la Iglesia por un lado y, del otro, una variedad de herejías condenadas ya sea a decaer, o bien, como el mahometanismo, a crecer y convertirse en una religión aparte. Nunca hubo y nunca podrá haber una definición de una religión cristiana común porque algo así no existió jamás.

 

No hay una doctrina esencial de una característica tal que, habiéndonos puesto de acuerdo sobre ella, podamos diferir en cuanto al resto. Por ejemplo, no es posible aceptar la inmortalidad pero negar a la Trinidad. Una persona podría autodenominarse cristiana aún negando la unidad de la Iglesia Cristiana; podría autodenominarse cristiana aún negando la presencia de Jesucristo en el Sagrado Sacramento; podría autodenominarse alegremente cristiana aún negando la Encarnación.

 

No; la lucha es entre la Iglesia y la anti-Iglesia; entre la Iglesia de Dios y el anti-dios; entre la Iglesia de Cristo y el Anticristo.

 

La verdad se está volviendo cada día más obvia y dentro de unos pocos años será universalmente admitida. Al ataque moderno no le he puesto la denominación de “Anticristo”, aunque en mi fuero interno creo que ése sería el término adecuado. No le he puesto ese nombre porque, por el momento, parecería exagerado. Pero el nombre no importa. Sea que lo llamemos “Ataque Moderno” o “Anticristo”, es la misma cosa: hay una clara cuestión establecida entre el mantenimiento de la moral, la tradición y la autoridad católicas por un lado, y el esfuerzo activo orientado a destruirlas por el otro. El ataque moderno no nos tolerará. Tenemos que intentar destruirlo porque es el enemigo, totalmente equipado y apasionado, de la Verdad por la cual viven los seres humanos. El duelo es a muerte.

 

A veces las personas se refieren al ataque moderno llamándolo “un retorno al paganismo”. Esa definición es cierta si por paganismo entendemos una negación de la verdad católica: si por paganismo entendemos la negación de la Encarnación, de la inmortalidad, de la unidad y personalidad de Dios, de la responsabilidad directa del ser humano ante Dios y de todo ese cuerpo de pensamiento, sentimiento, doctrina y cultura que se resume en la palabra “católico”. Entonces, y en ese sentido, el ataque moderno es un regreso al paganismo.

 

Pero hay más de un paganismo. Hubo un paganismo del cual todos provenimos: el noble y civilizado paganismo de Grecia y de Roma. Existió el paganismo bárbaro de las salvajes tribus externas, los germanos, los eslavos y todos los demás. Está el paganismo degradado del África; el foráneo y desesperanzado paganismo del Asia. Ahora bien, desde el momento en que de todos estos paganismos fue posible atraer a personas hacia la Iglesia universal, cualquier nuevo paganismo que rechace a la Iglesia ciertamente sería bastante distinto de los paganismos para los cuales la Iglesia fue, o es, desconocida.

 

Una persona subiendo una montaña puede estar al mismo nivel que otro bajándola; pero ambos caminan por sendas diferentes y tienen destinos finales distintos. Nuestro mundo, al salir del antiguo paganismo de Grecia y de Roma para dirigirse hacia la consumación de la Cristiandad y de la civilización católica de la que todos derivamos, es la negación propiamente dicha del mismo mundo que abandona la luz de su religión ancestral y se desliza hacia atrás para llegar a la oscuridad.

 

Siendo así las cosas, examinemos al Ataque Moderno – al avance anticristiano – y distingamos su naturaleza especial.

 

Para empezar, hallamos que es, al mismo tiempo, materialista y supersticioso.

 

Hay aquí una contradicción racional pero la fase moderna, el avance anticristiano, ha abandonado a la razón. Está enfocada en la destrucción de la Iglesia Católica y la civilización creada por ella. No le preocupan las aparentes contradicciones en su propio organismo mientras la alianza general esté dirigida a terminar con todo aquello por lo cual hasta ahora hemos vivido. El ataque moderno es materialista porque, en su filosofía, considera solamente causas materiales. Es supersticioso sólo como una consecuencia secundaria de este estado mental. Alimenta superficialmente las tontas extravagancias del espiritualismo, el vulgar sinsentido de la “Ciencia Cristiana”, y sólo el cielo sabe cuantas fantasías adicionales. Pero estas tonterías no están alimentadas por un hambre de religión sino por la misma raíz que ha convertido al mundo en materialista: por la incapacidad de comprender la verdad primordial de que la fe está en la base de todo conocimiento; por pensar que la verdad no se puede apreciar sino por experiencia directa.

 

Así, el espiritualista presume de sus manifestaciones demostrables y sus variados rivales presumen de sus claras pruebas directas; pero todos están de acuerdo en que la Revelación tiene que ser negada. Ha sido muy correctamente destacado que no hay nada más notorio que la forma en que todas las prácticas modernas cuasi-religiosas están de acuerdo en este punto: en que la Revelación debe ser negada.

 

Podemos dejar por sentado, pues, que el nuevo avance contra la Iglesia – en lo que quizás resulte ser el avance final contra ella siendo que constituye el único enemigo moderno relevante – es fundamentalmente materialista. Lo es en la lectura que hace de la Historia y, por sobre todo, en sus propuestas de reforma social.

 

Característico de la ola que avanza es que, siendo atea, repudia a la razón humana. Una actitud semejante parecería ser, a su vez, una contradicción en los términos, puesto que si negamos el valor de la razón humana, si afirmamos que no podemos llegar a ninguna verdad mediante la razón, pues entonces ni siquiera esa afirmación puede ser verdadera. Si eso es cierto, nada es verdadero y no hay nada que valga la pena expresar. Pero ese gran Ataque Moderno (que es más que una herejía) es indiferente ante la auto-contradicción. Se limita a afirmar. Avanza como un animal, confiando exclusivamente en la fuerza. Más aún, quizás valga la pena señalar de pasada que esto puede muy bien convertirse en la causa de su derrota final; porque hasta ahora la razón siempre ha vencido a sus opositores y el hombre domina a las bestias en virtud de su razón.

 

De cualquier manera que sea, éste es el carácter principal del Ataque Moderno. Es materialista y ateo; y siendo ateo, necesariamente es indiferente ante la verdad. Porque Dios es Verdad.

 

Pero existe (como descubrieron los más grandes entre los antiguos griegos) cierta indisoluble Trinidad constituida por la Verdad, la Belleza y la Bondad. No se puede negar o atacar a una de ellas sin, simultáneamente, negar o atacar a las otras dos. En consecuencia, con el avance de este nuevo y tremendo enemigo de la Fe y de toda la civilización que la Fe produce, lo que se viene no es tan sólo un desprecio por la belleza sino un odio hacia ella; e inmediatamente después, pisándole los talones, aparece el desprecio y el odio a la virtud.

 

Los tontos menos malos, los menos viciosos conversos que ha hecho el enemigo, hablan vagamente de “reajustes”, de “un nuevo mundo” y de un “nuevo orden”; pero no comienzan diciéndonos – como por razones elementales deberían hacerlo – sobre qué principios habrá de levantarse este nuevo orden. No definen el fin que tienen en vista.

 

El comunismo (que es tan sólo una de las manifestaciones, y probablemente sólo una manifestación pasajera, de este Ataque Moderno) proclama que está dirigido hacia cierto bien; vale decir: hacia la abolición de la pobreza. Pero no nos dice por qué esto habría de ser bueno; no admite que su esquema incluye también la destrucción de otras cosas que son buenas según el consenso común de la humanidad: la familia, la propiedad (que garantiza la libertad y la dignidad individuales), al humor, a la misericordia y a todas las formas que consideramos como propias de una vida recta.

 

Se le puede poner el nombre que se quiera. Se lo puede llamar, como lo hago yo aquí, “el Ataque Moderno”; o bien “Anticristo”, como creo que las personas pronto tendrán que llamarlo; o bien se lo puede denominar con el término temporalmente prestado de “Bolcheviquismo”. Al fenómeno en si lo conocemos aceptablemente bien. Y no es la revuelta de los oprimidos; no es el alzamiento del proletariado contra la injusticia y la crueldad capitalista. Es algo que viene de afuera; como un espíritu maligno que se aprovecha de la desesperación de las personas y de su enfado por condiciones injustas.

 

Esa cosa está ante nuestras puertas. En última instancia, por supuesto, constituye la consecuencia del quiebre original de la Cristiandad por la Reforma. Comenzó con la negación de una autoridad central y terminó diciéndole al hombre que es autosuficiente instaurando por todas partes grandes ídolos para que fuesen adorados como dioses.

 

No es tan sólo por el lado comunista que esto aparece; lo hace también en las organizaciones que se oponen al comunismo; en las razas y naciones en dónde la fuerza bruta está colocada en el lugar de Dios. Aquí también se instauran ídolos a los cuales se les ofrecen espantosos sacrificios humanos. También en estos lugares se niega la justicia y el correcto orden de las cosas.

 

Esa es la naturaleza de la batalla en la que ahora nos encontramos y contra semejantes enemigos la posición de la Iglesia Católica hoy parece ser por cierto débil.

 

Pero existen ciertas fuerzas que están a su favor y que pueden conducir, después de todo, a una reacción que podría hacer resurgir el poder de la Iglesia sobre la humanidad.

 

En las próximas páginas consideraré cuales pueden ser los resultados inmediatos de esta nueva gran idolatría y, en las siguientes, discutiré la cuestión principal; que es la de establecer si el proceso apunta a convertir a la Iglesia en una fortaleza aislada que se defiende de grandes adversidades – en un arca en medio de un creciente diluvio que, si bien no hunde a la nave, tapa y destruye todo lo demás – o bien si la Iglesia puede quizás restaurar en algo su antiguo poder.

 

El Ataque Moderno contra la Iglesia Católica – el más universal de todos los que ha sufrido desde que fuera fundada – ha progresado tanto que ya ha producido consecuencias sociales, intelectuales y morales. Estas consecuencias, combinadas, le dan cierto sabor a religión.

 

Este Ataque Moderno, como ya he señalado, no es una herejía en el antiguo sentido de la palabra; ni una síntesis de herejías que tienen en común el odio a la Fe (como lo fue el movimiento protestante). A pesar de ello, sin embargo, es mucho más profundo y sus consecuencias son más devastadoras que las anteriores herejías. Es esencialmente ateo, aún cuando su ateísmo no sea abiertamente predicado. Considera al hombre como un ser autosuficiente, a la oración como una autosugestión y – esto es fundamental – a Dios como nada más que un producto de la imaginación; como la propia imagen del ser humano arrojada al universo; como un fantasma y no como una realidad.

 

Entre sus muchas sabias declaraciones, el Papa actual [*4*] pronunció una frase cuyo profundo sentido fue por demás notable en su momento y, desde entonces, ha sido poderosamente confirmado por los acontecimientos. Lo que dijo fue que, mientras que en el pasado la negación de Dios había estado confinada a un número comparativamente reducido de intelectuales, esa negación ahora ha ganado a las multitudes y se halla actuando en todas partes como una fuerza social.

 

Éste es el enemigo moderno; éste es ese diluvio en progreso; ésta es la mayor lucha, y puede ser la final, entre la Iglesia y el mundo. Debemos juzgar a este enemigo por sus frutos y los mismos, si bien aún no están maduros, ya se han hecho reconocibles. ¿Cuáles son esos frutos?

 

En primer lugar, estamos siendo testigos del renacimiento de la esclavitud; un resultado necesario de la negación del libre albedrío cuando dicha negación avanza un paso más allá de Calvino y niega tanto la responsabilidad ante Dios como la limitación del poder del ser humano. Las dos formas de esclavitud que están apareciendo gradualmente y que, por el efecto del ataque moderno a la Fe, se harán cada vez más maduras a medida en que pase el tiempo, son la esclavitud respecto del Estado y la esclavitud respecto de corporaciones e individuos privados.

 

Los conceptos se emplean con tanta ambigüedad actualmente; existe tal parálisis en el poder de la definición, que casi cualquier frase en la que se emplean giros actuales puede llegar a ser malinterpretada. Si fuésemos a decir “esclavitud bajo el capitalismo”, el término “capitalismo” significará distintas cosas para diferentes personas. Para un grupo de escritores significará (y debo confesar que significa para mí cuando lo empleo) “la explotación de masas de personas aún libres por parte de unos pocos propietarios de los medios de producción, transporte e intercambio.” Cuando la masa de las personas está desposeída – vale decir: cuando no posee nada – los individuos se vuelven completamente dependientes de los propietarios; y cuando esos propietarios están envueltos en una activa competencia para bajar los costos de producción, las masas de personas a las que explotan no sólo carecen del poder de ordenar sus propias vidas sino que, además, sufren carencias e inseguridades.

 

Pero para otra persona el término “capitalismo” podría significar simplemente el derecho a la propiedad privada; para algún otro designará al capitalismo industrial que trabaja con máquinas y que contrasta con la producción agrícola. Lo repito: a fin de que la discusión tenga sentido en absoluto tenemos que tener nuestros términos claramente definidos.

 

Cuando el Papa actual se refirió en su Encíclica a personas reducidas “a una condición no lejana de la esclavitud”, lo que quiso dar a entender es justamente lo que se ha dicho más arriba. Cuando la masa de las familias de un Estado carecen de propiedades, quienes antes eran ciudadanos se convierten en esclavos. Mientras más interviene el Estado para imponer condiciones de seguridad y abastecimiento; mientras más regula los salarios, provee seguros compulsivos, atención médica, educación y, en general, mientras más se hace cargo de las vidas de los asalariados en beneficio de las compañías y las personas que emplean a estos asalariados, tanto más se acentúa esa condición de semi-esclavitud. Si continuara por, digamos, unas tres generaciones, se volverá tan firmemente establecida como hábito social y como esquema mental que ya no habrá escapatoria de ella en aquellos países en dónde un socialismo de Estado de este tipo ha sido forjado e impuesto sobre el organismo político.

 

En Europa, particularmente Inglaterra (pero también muchos otros países en un grado menor) se ha adherido a este sistema. Por debajo de cierto nivel de ingresos, a una persona se le garantiza la mera subsistencia en caso de que se quede sin empleo. El subsidio le es abonado por funcionarios públicos al precio de la pérdida de la dignidad humana. Cada circunstancia de su familia es examinada; está más en las manos de estos funcionarios cuando pierde su empleo que en las manos de su empleador cuando lo tiene. El sistema se encuentra todavía en transición; las personas aún no perciben hacia qué fines conduce la tendencia, pero el desprecio por la dignidad humana, la negación – al menos potencial, cuando no concreta – del la doctrina del libre albedrío han conducido por consecuencia natural a instituciones que ya son semi-serviles. Se volverán completamente serviles a medida en que pase el tiempo.

 

Ahora bien, en contra del mal de la esclavitud asalariada , existe cierto remedio propuesto desde hace largo tiempo y que hoy trabaja duro y se encuentra en funciones. El nombre más breve para el mismo es comunismo: la esclavitud estatal; mucho más avanzada e integral que la primera forma de esclavitud capitalista

 

De la “esclavitud asalariada” sólo podemos hablar en forma de metáfora. La persona que trabaja por un salario no es plenamente libre como lo es una persona poseedora de una propiedad. Tiene que hacer lo que su patrón le ordena y, cuando su condición no es la de una minoría, ni siquiera la de una minoría limitada sino virtualmente la de la totalidad de la población, a excepción de una comparativamente pequeña clase capitalista, la proporción de la libertad real en su vida se reduce por cierto. No obstante, legalmente, sigue estando allí. El empleado todavía no ha caído en la condición de esclavo aún en las comunidades más altamente industrializadas. Su status legal sigue siendo el de un ciudadano. En teoría sigue siendo una persona libre que ha convenido por contrato con otra persona el realizar cierta cantidad de trabajo por una cierta cantidad de salario. La persona que firma contrato y paga puede obtener, como puede no obtener, un beneficio con ello. La persona que firma contrato y trabaja puede recibir en forma de salario un valor equivalente, o un valor no equivalente, al valor del trabajo que realiza. Pero, técnicamente, ambos son libres.

 

Esta primera forma del mal social producida por el espíritu moderno es más bien una tendencia a la esclavitud que la esclavitud misma. Si se quiere, se la puede llamar semi-esclavitud allí en dónde está relacionada con enormes empresas, grandes fábricas, corporaciones monopólicas, etc. Pero sigue no siendo una esclavitud total.

 

Ahora bien, el comunismo es esclavitud total. Es el enemigo moderno trabajando abiertamente, sin disfraz y a alta presión. El comunismo niega a Dios, niega la dignidad y por lo tanto la libertad el alma humana y abiertamente esclaviza a las personas a lo que llama “el Estado” – que en la práctica no es sino un conjunto de funcionarios privilegiados.

 

Bajo un comunismo pleno no habría desempleo, así como no hay desempleo en una prisión. Bajo un comunismo pleno no habría miseria ni pobreza, excepto allí en dónde los amos de la nación eligieran adrede dejar que las personas se mueran de hambre, o darles una vestimenta insuficiente, u oprimirlas de cualquier otra manera. Un comunismo aplicado honestamente por funcionarios carentes de debilidades humanas y comprometidos exclusivamente con el bien de sus esclavos tendría ciertas manifiestas ventajas materiales si se lo compara con el sistema asalariado de proletarios en el cual millones viven al borde de la inanición y muchos millones más en un terror permanente a caer en ella. Pero aún administrado de esta manera el comunismo sólo produciría sus beneficios imponiendo la esclavitud.

 

Estos son los primeros frutos del Ataque Moderno en el aspecto social; los primeros que aparecen en la región de la estructura social. Antes de que se fundara la Iglesia veníamos de un sistema social pagano en el cual la esclavitud estaba por todas partes, en el que toda la estructura de la sociedad descansaba sobre la institución de la esclavitud. Con la pérdida de la Fe estamos volviendo a esa institución de nuevo.

 

Junto al fruto social del Ataque Moderno a la Iglesia Católica se encuentra el fruto moral que, por supuesto, se extiende a toda la naturaleza moral del ser humano. En este campo y hasta el presente, el esfuerzo del ataque ha consistido en socavar toda forma de limitación impuesta por la experiencia humana a través de la tradición.

 

Y digo “hasta el presente” porque en varios aspectos morales esta rápida disolución de los límites tiene que conducir a una reacción. La sociedad humana no puede coexistir con la anarquía; surgirán nuevos límites y nuevas costumbres. Por ello probablemente se equivocan quienes señalarían el colapso de la moral sexual como el efecto principal del Ataque Moderno a la Iglesia Católica, ya que esto no producirá los resultados más permanentes. Algún código, algún conjunto de normas morales, deberá surgir por la misma naturaleza de las cosas; aún si en este punto el viejo código resulta destruido. Pero hay otros efectos adversos que pueden volverse más permanentes.

 

Para hallar cuales pueden ser estos efectos, tenemos una guía. Podemos considerar cómo las personas de nuestra sangre se las arreglaron antes de que la Iglesia creara a la Cristiandad. Lo que descubrimos de modo principal es lo siguiente:

 

En el mundo no bautizado y en el campo de la moral hay una cosa que se destaca: la indiscutida vigencia de la crueldad. Esa crueldad será la consecuencia principal del Ataque Moderno en el campo moral así como un renacer de la esclavitud lo será en el campo social.

 

Aquí el crítico puede preguntar si la crueldad no será más bien una característica de las personas cristianas del pasado. ¿No es acaso toda la Historia de nuestros dos mil años una Historia de conflictos armados, masacres, torturas judiciales, horribles ejecuciones, saqueos de poblados y todo lo demás?

 

La respuesta a esta objeción es que hay una diferencia capital entre la crueldad como excepción y la crueldad como regla. Si las personas aplican castigos crueles, si utilizan el poder físico para obtener sus fines, si liberan las pasiones de la guerra, y si todo esto lo hacen en violación de sus propias normas morales aceptadas, entonces es una cosa. Otra muy diferente es que lo hagan como parte de toda una actitud mental en la que estas cosas se dan por sentadas.

 

En esto reside la diferencia radical entre esta nueva, moderna, crueldad y la crueldad eventual de los anteriores tiempos cristianos. La consecuencia de una filosofía perversa no es la venganza cruel, ni la crueldad en medio de la excitación, ni la crueldad del castigo por males reconocidos. Aún cuando todas estas cosas son excesos, o pecados, no provienen de una falsa doctrina. Pero la crueldad que acompaña al abandono de nuestra religión ancestral es una crueldad innata del Ataque Moderno; es una crueldad que forma parte de su filosofía.

 

Y la prueba de ello es que las personas ya no se escandalizan por la crueldad sino que les resulta indiferente. Las abominaciones de la revolución en Rusia, extendidas a las de España, son un ejemplo que viene al caso. No sólo las personas involucradas reaccionaron ante el horror con indiferencia sino que hasta los observadores lejanos tienen la misma actitud. No hay un clamor universal de indignación, no hay suficientes protestas, porque ya no rige la concepción de que el ser humano, como ser humano, es algo sagrado. La misma fuerza que ignora a la dignidad humana ignora también al sufrimiento humano.

 

Lo repito: el Ataque Moderno a la Fe tendrá en el campo moral miles de consecuencias perversas y muchas de ellas ya son visibles en la actualidad, pero la consecuencia característica, la que presumiblemente será la más permanente, es la instauración en todas partes de la crueldad acompañada de un desprecio por la justicia.

 

La última categoría de consecuencias por la que podemos juzgar el carácter del Ataque Moderno está formada por los frutos que produce en el campo de la inteligencia; en lo que le hace a la razón humana.

 

El asalto a la razón comenzó cuando el Ataque Moderno se hallaba en gestación hace algunas generaciones atrás, por los tiempos en que estuvo confinado a un pequeño número de intelectuales. Pareció que iría a progresar poco fuera de un círculo restringido. El hombre común con su sentido común (y ambos constituyen los baluartes de la razón) no se vieron afectados. Hoy lo están.

 

Hoy en día la razón está desacreditada por todas partes. El antiguo proceso de convicción por medio de argumentos y pruebas ha sido reemplazado por la afirmación reiterativa; y casi todos los términos que otrora fueron la gloria de la razón conllevan ahora una atmósfera de desprecio.

 

Véase, por ejemplo, lo que ha sucedido con la palabra “lógica”, con la palabra “controversia”. Nótense frases populares tales como: “Nadie se ha convencido todavía mediante argumentos”; o bien: “Se puede demostrar cualquier cosa”; o bien: “Todo eso podrá estar muy bien según la lógica pero en la práctica es muy diferente”. El idioma corriente de las personas se está saturando con expresiones que en todas partes muestran una connotación de desprecio por la utilización de la inteligencia.

 

Pero la Fe y la utilización de la inteligencia están inextricablemente unidas. La utilización de la razón es una parte principal – o más bien el fundamento – de toda investigación de las cosas más elevadas. La Iglesia proclamó el misterio precisamente porque a la razón se le había dado esta autoridad divina; esto es: la Iglesia admitió que la razón tenía sus límites. Tenía que ser así ya que, de otro modo, los poderes absolutos adjudicados a la razón podrían conducir a la exclusión de verdades que la razón puede aceptar pero no demostrar. La razón fue limitada por el misterio tan sólo para aumentar la soberanía de la razón en su propia esfera.

 

Cuando se destrona a la razón no es sólo la Fe la que también resulta destronada (ambas subversiones van juntas). Cuando ello sucede toda moral y toda actividad legítima del alma humana resultan destronadas al mismo tiempo. No hay más Dios. De modo que las palabras “Dios es Verdad”, que la mente de la Europa Cristiana utilizó como postulado en todo lo que dijo, cesan de tener significado. Nadie puede analizar ya la justa autoridad del gobierno ni ponerle límites. En la ausencia de la razón, la autoridad política que descansa sobre la mera fuerza se convierte en ilimitada. Y la razón se convierte así en víctima porque lo que el Ataque Moderno está destruyendo con su falsa religión de la humanidad es a la humanidad misma. Al ser la razón la corona del ser humano y, al mismo tiempo, su carácter distintivo, los anarquistas marchan contra la razón y ven en ella a su principal enemigo.

 

De este modo el Ataque Moderno opera y se desarrolla. ¿Qué es lo que presagia para el futuro? Ésa es la cuestión práctica, inmediata, que todos tenemos que enfrentar. El ataque ya está lo suficientemente desarrollado como para que hagamos algunos cálculos acerca de cual puede ser la siguiente fase. ¿Qué desgracia caerá sobre nosotros?

 

O bien y de nuevo: ¿de qué reacción positiva nos beneficiaremos? Concluiré con estas dudas.

 

El Ataque Moderno está mucho más avanzado de lo que generalmente se aprecia. Siempre es así con los grandes movimientos de la Historia de la humanidad. Es otro caso más de un “desfase temporal”. Un poder que se encuentra en la víspera de la victoria parece estar tan sólo a medio camino de su objetivo – incluso puede parecer que está en condiciones todavía controlables. Un poder en la plena primavera de sus energías iniciales aparece ante sus contemporáneos como un pequeño y precario experimento.

 

El ataque moderno a la Fe (el último y más formidable de todos) ya ha avanzado tanto que podemos afirmar una cosa importantísima con bastante claridad: una de dos cosas tiene que suceder; uno de dos resultados tiene que volverse definitivo a través del mundo moderno. O bien la Iglesia Católica (que se está convirtiendo hoy rápidamente en el único lugar en dónde las tradiciones de la civilización son entendidas y defendidas) quedará reducida por sus enemigos modernos a la impotencia política, a la insignificancia numérica y – en lo que hace a la opinión pública – al silencio; o bien la Iglesia Católica, en este caso al igual que en el pasado, reaccionará contra sus enemigos con más fuerza de la que éstos pudieron emplear contra ella, se recuperará y extenderá su autoridad y surgirá una vez más tomando el liderazgo de la civilización que construyó, para recuperar y restaurar al mundo.

 

En una palabra: o bien nosotros, los de la Fe, nos convertiremos en una pequeña isla, perseguida y desdeñada, en medio de la humanidad; o bien seremos capaces de hacer oír al final de la contienda el antiguo grito de batalla: “¡Christus Imperat!”

 

La conclusión humana normal en semejantes conflictos – la de que uno de los combatientes será aplastado y desaparecerá – no puede ser aceptada. La Iglesia no desaparecerá puesto que no está hecha de materia mortal; es la única institución entre los seres humanos que no está sujeta a la ley universal de la mortalidad. Por consiguiente no podemos decir que la Iglesia puede ser eliminada, pero puede ser reducida a un pequeño grupo casi olvidado entre el enorme número de sus opositores que despreciarán a la institución derrotada.

 

Y la alternativa a la anterior tampoco puede ser aceptada. Porque, aún cuando este gran movimiento moderno (que tan singularmente se parece al avance del Anticristo) pueda ser rechazado y hasta puede perder sus características y morir como lo hizo el protestantismo ante nuestros propios ojos, ello no significará el fin del conflicto. Éste puede ser el conflicto final. También es posible que haya una docena más por venir, o cien más. Pero ataques a la Iglesia Católica siempre habrá y nunca la disputa entre las personas conocerá una unidad completa, ni la paz y la alta nobleza a través de una completa victoria de la Fe. Porque si eso fuese posible, el mundo no sería lo que es y Jesucristo no habría confrontado con el mundo.

 

Pero aún cuando no en forma total, en lo esencial uno de los dos destinos tiene que concretarse: o bien una victoria católica o bien una victoria anti-cristiana. El Ataque Moderno es tan universal y se mueve con tanta rapidez que las personas muy jóvenes de hoy seguramente vivirán para ver algo así como una decisión en esta gran batalla.

 

Algunos de los más agudos observadores de la generación pasada y de la actual han utilizado su inteligencia para tratar de descubrir hacia qué lado se inclinará el destino. Uno de los católicos franceses más inteligentes, un judío converso, ha escrito una obra para sugerir ( o demostrar) que la primera de las dos posibilidades constituirá nuestra suerte. Imagina a la Iglesia en sus últimos años viviendo aparte. Ve a una Iglesia del futuro reducida a muy pocos miembros y dejada de lado por la corriente general del nuevo paganismo. Según su visión, en el interior de la Iglesia del futuro habrá, por cierto, una devoción intensa pero será una devoción practicada por un organismo pequeño, aislado y olvidado en medio de sus semejantes.

 

El fallecido Robert Hugh Benson escribió dos libros, notables cada uno de ellos, y ambos previendo posibilidades opuestas. En el primero de ellos – “El Señor del Mundo” – presenta el cuadro de una Iglesia reducida a una banda trashumante, como regresando a sus orígenes, el Papa a la cabeza de los Doce, y una conclusión al día del Juicio Final. En el segundo libro, avizora la restauración plena del organismo católico, con nuestra civilización restablecida, reforzada, asentada una vez más y revestida de su mentalidad correcta, porque en esa nueva cultura – aún cuando llena de imperfecciones humanas – la Iglesia habrá recuperado su liderazgo entre las personas e ilustrará al espíritu de la sociedad otra vez con equilibrios y con belleza.

 

¿Cuales son los argumentos a esgrimir por cualquiera de las dos partes? ¿Sobre qué bases deberíamos afirmarnos para establecer una tendencia en un sentido o en otro?

 

En cuanto a la primera cuestión (la disminución de la influencia católica, la reducción de nuestro número y de nuestro poder político hasta el borde de la extinción), lo que hay que destacar es la cada vez mayor ignorancia del mundo acerca de nosotros, y eso unido a la pérdida de aquellas facultades mediante las cuales las personas podrían apreciar el significado del catolicismo y favorecer su salvación. El nivel cultural, incluyendo el sentido del pasado, está disminuyendo visiblemente. Con cada década ese nivel es más bajo que en la década pasada. En esa declinación, la tradición se está interrumpiendo y diluyendo como la nieve al final del invierno; grandes fragmentos se caen en distintos momentos para disolverse y desaparecer.

 

En nuestra generación se ha perdido la supremacía de los clásicos. Por todas partes es posible hallar personas en posiciones de poder que han olvidado de dónde venimos; personas para las cuales el griego y el latín – los idiomas fundamentales de nuestra civilización – son incomprensibles; o bien y en el mejor de los casos, meras curiosidades. Los ancianos actualmente vivos pueden recordar vagamente una rebelión contra la tradición; pero los jóvenes, por su parte, sólo perciben cuan poco queda de aquello en contra de lo cual podrían rebelarse y muchos temen que, antes de que estos jóvenes mueran, el cuerpo de la tradición haya desaparecido.

 

Esa clase de fe ha sido, en su mayor parte, desmantelada; al menos para la mayor parte de las personas, como todos admitirán. Tan cierto es esto que ya una mayoría (y yo afirmaría que es una mayoría muy grande) ya ni sabe qué significa la palabra “fe”. Para la mayoría de las personas que la escuchan (en relación con la religión) significa, o bien una aceptación ciega de afirmaciones irracionales y de leyendas que la experiencia común condena, o bien un simple hábito heredado de imágenes mentales que nunca han sido puestas a prueba y que, ante el primer contacto con la realidad, se disuelven como los sueños que son. Para la gran masa de las personas modernas ha cesado de existir todo el extenso cuerpo de la apologética y toda la ciencia teológica (la reina exaltada que se halla por sobre cualquier otra ciencia). Basta con mencionar esas disciplinas para dar una impresión de irrealidad y de insignificancia.

 

Hemos arribado ya a esta extraña situación en la cual, mientras el conjunto católico (que en la práctica ya es una minoría incluso en la civilización blanca) entiende a sus opositores, estos opositores no entienden a la Iglesia Católica.

 

Un historiador podría trazar un paralelo entre el conjunto católico actual y el decreciente conjunto pagano de los Siglos IV y V. Los paganos, especialmente los educados y cultivados cuyo número se reducía cada vez más, conocían muy bien las altas tradiciones a las que adherían, y entendían (aún odiándolo) a ese nuevo fenómeno que era la Iglesia, que había crecido entre ellos y que estaba a punto de desplazarlos. Pero los católicos que suplantarían a los paganos comprendieron cada vez menos al estilo pagano; descuidaron sus obras de arte y tomaron sus dioses por demonios. Así en la actualidad la antigua religión de los paganos es respetada pero ignorada.

 

Aquellas naciones que por tradición son anti-católicas, que otrora fueron protestantes y ahora ya no tienen tradiciones establecidas, han estado en auge por tan largo tiempo que consideran a sus opositores católicos como definitivamente derrotados. Y aquellas naciones que retuvieron la cultura católica se hallan ahora ya en la tercera generación de educación social anti-católica. Sus instituciones podrán tolerar a la Iglesia, pero nunca en una alianza activa con ella y con frecuencia en aguda hostilidad.

 

A juzgar por todos los paralelos de la Historia y por las leyes generales que gobiernan el surgimiento y la caída de los organismos, se podría concluir en que ha terminado el papel activo del catolicismo en los asuntos del mundo; que en el futuro, quizás en un futuro cercano, el catolicismo habrá de perecer.

 

El observador católico negaría la posibilidad de una extinción completa de la Iglesia. Pero también él tiene que seguir los paralelos históricos; también él debe aceptar las leyes generales que gobiernan el crecimiento y la decadencia de los organismos. En vista de todos los cambios que han ocurrido en la mente de las personas, también él deberá tender a sacar la trágica conclusión de que nuestra civilización que ya ha cesado de ser cristiana en gran medida, terminará perdiendo por completo su carácter general cristiano. El futuro a avizorar es un futuro pagano, y un futuro pagano con una nueva y repulsiva forma de paganismo, pero aún así poderosa y omnipresente a pesar de su repugnancia.

 

Ahora bien, por el otro lado, existen consideraciones menos obvias pero que llaman fuertemente la atención de los que piensan y que son versados en las cuestiones del pasado y poseen experiencia en cuestiones relacionadas con la naturaleza humana.

 

En primer lugar está el hecho que, a lo largo de los siglos, la Iglesia ha reaccionado con fuerza impulsando su propia resurrección en los momentos de mayor peligro.

 

El conflicto mahometano estuvo muy cerca. Casi nos empantana. Sólo la reacción armada de España, seguida por las Cruzadas, evitó el triunfo completo del Islam. La agresión del bárbaro, la de los piratas del Norte, la de las hordas mongoles, llevaron a la Cristiandad al borde de la destrucción. Y, sin embargo, los piratas del Norte fueron contenidos, derrotados y bautizados a la fuerza. La barbarie de los nómadas del Este fue eventualmente derrotada; en forma muy tardía pero no tan tarde como para que no fuese posible salvar lo que podía ser salvado. El movimiento que se llamó la Contrarreforma enfrentó el avance hasta entonces triunfal de los herejes del Siglo XVI. Incluso el racionalismo del Siglo XVIII fue, en su momento y lugar, controlado y rechazado. Es cierto que engendró algo peor, algo de lo cual ahora padecemos. Pero hubo una reacción contra él y esa reacción bastó para mantener viva a la Iglesia y hasta para que recuperara elementos de poder que se creían perdidos para siempre.

 

Siempre habrá una reacción y, respecto de la reacción católica existe cierta vitalidad, una cierta forma de aparecer con fuerza inesperada a través de nuevos hombres y nuevas organizaciones. La Historia y la ley general del surgimiento y la decadencia, en sus lineamientos principales conducen a la primera conclusión: a un rápido agotamiento del catolicismo en el mundo. Pero la observación, tal como se aplica al caso particular de la Iglesia Católica, no conduce a esa conclusión. La Iglesia parece tener una vida, orgánica e innata, bastante inusual; un modo de ser único y poderes de resurgimiento que le son peculiares.

 

Además, destaquemos este punto por demás interesante: las mentes más vigorosas, más agudas y más sensibles de nuestro tiempo se están inclinando claramente hacia el lado católico.

 

Por su propia naturaleza constituyen, por supuesto, una pequeña minoría; pero son una minoría muy poderosa en materia de asuntos humanos. El futuro no se decide por votación pública; se decide por el desarrollo de ideas. Cuando las personas que mejor piensan, que sienten con mayor intensidad y que dominan las formas de expresión comienzan a mostrar una nueva tendencia hacia algo determinado, ese algo tiene buenas probabilidades de dominar el futuro.

 

No puede haber duda de esta nueva tendencia a simpatizar con el catolicismo – y, en el caso de personalidades fuertes, de aceptar el riesgo, de aceptar la Fe y de proclamarse sus defensores. Incluso en Inglaterra, dónde el sentimiento tradicional contra el catolicismo es tan universal y tan fuerte, y dónde toda la vida de la nación está impregnada de hostilidad hacia la Fe, las conversiones que tanto llaman la atención del público son constantemente conversiones de personas que lideran el pensamiento. Y nótese que por cada uno que abiertamente admite su conversión hay al menos diez que se inclinan hacia el estilo católico, que prefieren la filosofía católica y sus logros, pero que se resisten a aceptar los pesados sacrificios involucrados en una declaración pública.

 

Por último, está la siguiente muy importante y quizás decisiva consideración: a pesar de que el poder social del catolicismo está declinando en el mundo, ciertamente en forma cuantitativa y también en la mayoría de los demás factores, el conflicto entre el catolicismo y el por completo nuevo fenómeno pagano (la destrucción de toda tradición, el rompimiento con nuestra herencia), está ahora claramente marcado.

 

Ya no existe – como existía hasta hace poco – un margen de penumbra confuso y heterogéneo desde el cual se podía hablar confiadamente bajo el ambiguo rótulo de “cristiano” y perorar con aplomo de una religión imaginaria llamada “cristianismo”. No. Hoy ya existen dos bandos bastante diferentes que se disputan el terreno y pronto se contrapondrán tanto como el blanco y el negro: la Iglesia Católica de un lado y los otros opositores de lo que hasta aquí fue nuestra civilización.

 

Las filas están formadas como para una batalla y, si bien la clara división arriba señalada no significa que triunfará uno u otro de los antagonistas, sí significa que, por fin, ha quedado definida una cuestión concreta y en materia de cuestiones concretas tanto una causa buena como una mala tienen mejores probabilidades de triunfar que en una confusión.

 

Aún las personas más desorientadas, o las más ignorantes, cuando hablan de “iglesias” usan hoy un lenguaje que suena a hueco. La última generación podía hablar, al menos en los países protestantes, de “las iglesias”. La generación actual ya no puede. No hay varias iglesias; hay una sola. Es la Iglesia Católica de un lado y su mortal enemigo del otro. Las listas están cerradas.

 

De este modo nos hallamos ante el más tremendo de los interrogantes que hasta ahora se le ha presentado al intelecto humano. Estamos ante una encrucijada de la cual depende todo el futuro de nuestra raza.