SERVICIO CATÓLICO
Acerca del amor romántico 
Aquilino Polaino
Catedrático de Psicopatología. Universidad CEU San Pablo  
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Hoy se exalta el amor romántico. Aunque las parejas lo buscan con anhelo muy pocas veces lo encuentran o enseguida se esfuma. Desde luego, el amor romántico está de acuerdo con nuestro tiempo y hasta puede que sea su consecuencia. Cuando una cultura pasa de las convicciones al relativismo, el emotivismo conforma el caldo de cultivo generalizado donde se acuna el deseo de la experiencia amorosa. El corazón es la divisa que caracteriza a la actual sociedad.

La exaltación de la libertad, como si se tratara de algo absoluto, enciende la mecha de las pasiones. Especialmente en quienes, siendo dispares, exigen su derecho a ser distintos. La persona romántica huye de cualquier modelo normativo y se arroja en los brazos de lo plural y excepcional, a pesar de que intuya lo pasajero de la situación. Lo importante es sentir (la afectividad), sentir todo lo nuevo para embriagarse con ello y dar al traste con la razón.

Hastiados por el descrédito de la razón se refugian en la imaginación, con tal de que las fantasías concebidas conmuevan su corazón. El corazón es la divisa que caracteriza a la actual sociedad. A lo que parece, poco importa que esos sentimientos que anidan en el corazón humano se tornen pronto en afectos desdichados, terribles, patéticos o insoportables. No, no parece haber seguridad alguna respecto de la posible protección indolora ante estas experiencias afectivas. Lo que en definitiva importa es sentir, sentirse vivo, salir de la indiferencia, abandonar la rutinización de la vida aunque se desagarre el corazón.

Hoy como ayer, el romanticismo siempre ha sido posible en las relaciones humanas: a veces de forma visible (cuando está de moda), a veces de forma latente, subterránea e invisible. Pero, de una u otra forma, siempre ha estado presente en las relaciones de ciertas parejas, como una constante histórica.

“En principio era el sentimiento”, este es el único criterio por el que se rige el romántico, con desprecio de cualquier otro. Aunque esto suponga un fatal reduccionismo: la reducción de la entera persona (el ser) a solo lo que siente (los sentimientos). Y como los sentimientos no saben razonar, ni discernir, ni anticipar, y son tan versátiles y mudables, fiarse solo de ellos es igual que arrojarse en los brazos de un seguro y patético sufrimiento. No, no basta con hacer circular el mundo y la persona amada alrededor del propio yo.

Los afectos nos afectan. Un mero cambio en lo que se siente —un sentimiento que deja de ser sentido, un desengaño amoroso— es suficiente para que el yo se fragmente. Porque la convicción de lo que el yo vale viene dada por la experiencia afectiva de sentirse querido. Un yo fragmentado es un yo erosionado y arruinado; en ocasiones muy difícil de recomponer. Al fin, lo que a una persona le hizo elegir una actitud romántica —la huida del dolor—, a la postre le ha conducido al dolor que evitaba, solo que aumentado y sin anestesia.

En el romanticismo la afectividad es tomada como una simple experiencia interior que se interpreta subjetivamente; los sentimientos son aquí reducidos a un particularismo que no se vincula con nadie ni a nadie se abre. Se ha amputado la dimensión cognoscitiva de la afectividad, algo que desnaturaliza a la misma afectividad. La represión cognoscitiva del amor está hoy tan asumida culturalmente que ni siquiera se sabe identificar. La reducción y marginación de los afectos a un marco de interpretación privado corta la cabeza (a los sentimientos) y da la primacía a solo el corazón (emotivismo).

Sin duda, algunas personas ponen el corazón por encima de cualquier otra cosa. Al ser humano parece importarle más —en lo que se refiere a su felicidad— los sentimientos que los pensamientos, las emociones que las ideas, el sentirse querido que el querer, el placer sensible e instantáneo que la especulación intelectual. El amor romántico se comporta como un amor descabezado, por cuanto no solo prescinde de la razón y se deja arrastrar por su única cabalgadura, los sentimientos, sino que además aniquila el Logos (el conocimiento y la comprensión empática) que caracteriza y forma parte del Eros.

cabeza y corazón, Logos y Eros

El Eros dice relación a la afectividad, al descubrimiento del tú, al encuentro con el otro, al conocimiento de sí mismo en el otro. En el ámbito de la pareja, Eros es sinónimo de ternura, pasión, cuidado, solicitud, amor, admiración, compasión, etc. Eros es el modo en que se hace patente la afectividad, como un modo de ser de la persona. Pero al Eros le compete también un cierto conocimiento: la forma de conocimiento que es la comprensión empática.

Los afectos han sido marginados y reprimidos (sobre todo, en su dimensión cognoscitiva) y se muestran apenas como emociones instantáneas sin dirección alguna, cuya vida es muy corta y muy grande su versatilidad. De aquí la necesidad de reflexionar acerca de las relaciones entre cabeza y corazón.

Las relaciones entre corazón (Eros) y cabeza (Logos) tienen un largo pasado, que se remonta a casi treinta siglos. A lo que parece, el conocimiento —aunque no todo conocimiento— depende del Logos, la razón. Lo propio de la razón es apresar, con claridad y certeza, la esencia de las cosas, desentrañar su verdad, discernir entre lo que es verdadero y falso, posibilitar una cierta identidad entre el sujeto que conoce y la cosa conocida. Pero, la racionalidad también puede emplearse mal, en especial cuando emerge con un cierto afán dominador, decidido a imponer a la relación su monopolio hegemónico y relativamente tiránico. Entonces, la racionalidad del Logos deviene en irracionalidad deshumanizante, y surge la rigidez, la ordenación asfixiante, la inflexibilidad, el afán de control, la tiranía de la norma. Esa hegemonía del Logos así entendido no se funda en la razón sino en la irracionalidad y, en consecuencia, hace inviable la vida de la persona a la que ama.

Eros, en cambio, dice en relación al sentimiento, a un sentimiento inteligente por cuanto sirve para apresar el valor significado por el otro. La aprehensión de esos valores en el otro —por vía empática— es lo que hace que el otro valga, lo que avala su persona en lo que vale, lo que de su valiosa dignidad nos atrae y hace que se desborden nuestros sentimientos hasta el entusiasmo. Aquí asienta la dimensión cognoscitiva del Eros, que no debiera silenciarse ni omitirse. La afinidad “simpática” que se articula entre hombre y mujer tiene su origen en esta forma de conocimiento afectivo, a cuyo través se manifiesta tanto el conocimiento de sí mismo como del otro. Gracias a este modo de conocer empático es como se llega a la identificación entre quien siente y la otra persona como realidad sentida y conocida.

Ni Logos ni Eros pueden entenderse como instancias separadas y monopolizadoras de la relación de pareja, ni siquiera en el sentido de que son formas inmodificables de ser de las personas. Constituiría un grave error suponer que la vida de pareja es apenas el resultado de que en cada persona y en la misma relación predomine la cabeza o el corazón. Lo que suele acontecer en las parejas que son felices es que su relación esté amasada por estas dos instancias de la condición humana, y de forma equilibrada. De hecho, ambas se necesitan y ninguna de ellas puede excluirse.

Cuando Eros se independiza de Logos y se abandona a sí mismo, el sentimiento se transforma en sentimentalismo, la pasión en violencia, la emoción en tiranía, la atracción en pulsión, y el placer en orgía que deshumaniza a las personas. Cuando Logos se independiza de Eros, el orden se transforma en rigidez, la norma en absolutismo, la disciplina en rigor, el conocimiento de la verdad en falseamiento de la realidad, y la racionalidad en irracionalidad.

Si el amor no está transido por la racionalidad se muda en emotivismo. Si la racionalidad no está entreverada de amor, deviene en manipulación. De una u otra forma, cabe concluir que razón y sentimiento, cabeza y corazón, Logos y Eros, constituyen piezas de ese mismo y único tejido unitivo que es el amor humano. Que un hombre y una mujer se den la propia intimidad —y la acepten tal y como es—, se conozcan y se quieran, desvela el misterio del amor conyugal, un amor que emerge de la irreprimible necesidad de ser felices que ambos experimentan y que va más allá del mero amor romántico.

Así parece ser la estructura dinámica del amor conyugal (el todo), un modo de relación anterior y superior al amor romántico (una parte), al que, no obstante, puede subsumir e integrarlo sin renunciar por ello a su plenitud. Es probable que este modo de entender el amor conyugal pueda evitar algunos conflictos conyugales, además de prevenir a los cónyuges contra la separación y el divorcio. ¿Es que acaso, muchos de los cónyuges no han experimentado alguna vez como suyos los siguientes anhelos afectivos?: “Todavía no amaba y ya amaba ser amado… Buscaba a quien amar, deseando ser amado”. Cabeza y corazón. Querer y ser querido.