AMAR EN TIEMPOS ULTRAMODERNOS

 
 

 

“Resulta de gran utilidad trazar un contraste entre el nuevo ideal romántico exaltado por la industria mediática y el ideal de matrimonio que prevale desde el siglo XVIII. Según Lawrence Stone, en esa época casi todos coincidían […] en que el deseo físico y el amor romántico no eran fundamentos sólidos para un matrimonio próspero, ya que ambos representaban perturbaciones mentales violentas que inevitablemente tendrían poca duración. Incluso en la segunda década del siglo XX se detecta todavía una concepción parecida del matrimonio, como podemos ver en el siguiente fragmento de la revista Good Housewife:

La amistad es algo espiritual, no es una exuberancia sentimental ni una ebullición pasional. Es una comunión de intereses en las realidades del carácter. Las relaciones construidas sobre esta base [del matrimonio concebido como una amistad] son propensas a durar. […] En el mejor de los casos, el matrimonio es un sacramento de la amistad. […] Más profundo que la pasión, más profundo que el sentimiento, es ese vínculo más intelectual y ético que con razón denominamos amistad.

Según se observa en esta cita, el ideal tradicional del matrimonio pretende dejar afuera los sentimientos ardientes pero inestables de la pasión. En el párrafo reproducido, la idea del matrimonio como una amistad resulta menos significativa que la exclusión de todas esas emociones que, a partir de 1920, aparecerían precisamente como los elementos esenciales de un matrimonio feliz. Las publicidades que expresaban las nuevas actitudes y expectativas de las parejas casadas reafirmaban, al mismo tiempo, la noción de que la intensidad inicial del romance podía y debía mantenerse mediante el consumo de bienes y servicios. Llegada la década de 1930, los avisos y las películas ya insinuaban que el matrimonio, además de cumplir con su función tradicional como marco para la reproducción de la especie, debía reunir los requisitos de la pasión, la diversión y las emociones intensas.

Todos estos cambios afectan no sólo a las definiciones del matrimonio propiamente dicho, sino también a los mecanismos mediante los cuales las personas se enamoran y forman pareja. En la época victoriana, aunque los pretendientes declararan su amor y compromiso desde el principio, el cortejo se concebía como un proceso delicado y extenso, salpicado con una serie de pruebas impuestas por las mujeres a sus candidatos para que éstos demostraran la profundidad y la persistencia de sus sentimientos. Ahora bien, la nueva importancia de la intensidad y la búsqueda de la diversión dejan sin efecto ese sistema de pruebas, a la vez que alteran la percepción del tiempo dedicado al encuentro romántico. El proceso lento, extenso y gradual del cortejo victoriano se ve reemplazado por una perspectiva más orientada hacia el presente.

Es más, como los obstáculos formaban parte integral de dicho cortejo, el dolor se consideraba intrínseco al proceso de conocimiento y a la construcción de la pareja, casi por definición. De hecho, los hombres y las mujeres del siglo XIX con frecuencia reconocían que el dolor era fundamental e incluso inevitable en el amor romántico (Lystra). Y el dolor es precisamente aquello que se elimina de manera lenta pero segura del lenguaje correspondiente al amor hedonista. En la medida en que el placer y las emociones intensas se transforman en características supremas de la experiencia romántica, el dolor, los obstáculos y las dificultades, asociados hasta entonces de modo inevitable y necesario con el amor, se convierten en elementos inaceptables y, sobre todo, incomprensibles. La densidad del amor comienza a disolverse en el aire del consumo, el ocio y el placer.

Por último, a diferencia de los relatos victorianos sobre el amor, las experiencias románticas del modelo hedonista no suponen un objetivo de autoconocimiento. La idea de que el amor invita a la introspección, a la apertura gradual de la intimidad y al delicado esfuerzo de conocer al otro se ve reemplazada por una visión más extrovertida del romance, orientada hacia un ideal de participación compartida en la esfera pública del ocio. Durante la era victoriana, la introspección y las revelaciones de la intimidad se entrelazan en la trama compleja del amor, mientras que en el período siguiente el conocimiento de sí mismo y del otro se ve cada vez más pautado por los nuevos discursos de la psicología y de las ciencias sociales. Como se verá más adelante, esto escinde la experiencia del amor dentro del yo y la torna inteligible sólo en términos derivados del mercado o de la psicología. Aunque este fenómeno no preanuncia necesariamente una decadencia del sentimiento amoroso, sí le abre la puerta a la concepción posmoderna del amor. En la segunda parte de este libro se verá que a la condición romántica posmoderna le allanan el camino diversos elementos, como el predominio de las imágenes visuales (capítulo 3), la visión hedonista del consumo (capítulo 4) y la comprensión del tiempo lineal en un presente signado por la intensidad (capítulo 5).”

El consumo de la utopía romántica. El amor y las contradicciones culturales del capitalismo, de Eva Illouz; Katz, 2009; pgs. 77-79.

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