SERVICIO CATÓLICO
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Amor a carcajadas

 

                              

 

 

El célebre himno a la caridad escrito por san Pablo sigue siendo el texto favorito para las bodas. Es tal su popularidad que la Iglesia anglicana, a fin de hacerlo más asequible, lo ha edulcorado un poco: ya nos se habla de ‘caridad’ (charity), sino de ‘amor’ (love). Como señala un ensayo de Will Self publicado en Prospect, la anécdota cobra mayor relieve si reparamos en algunos otros cambios: el pastor ya no dice a la asamblea que los fines del matrimonio son la procreación y la ayuda mutua de los esposos. En su lugar, solo dice que “el don del matrimonio une al marido y la mujer en el deleite y la ternura de la unión sexual y del compromiso gozoso hasta el final de sus vidas”. No me sorprendería que, siguiendo la tónica de sumar cucharaditas de azúcar, la referencia a la muerte desapareciera en uno o dos años.

El ejemplo ilustra bien qué es lo que se celebra en muchos matrimonios “a la moda”: el simple enamoramiento o lo que Self refiere como “amor romántico”. La mención a la procreación, a la entrega total de los cónyuges o al sufrimiento parecen cada vez más prescindibles. ¿Para qué hablar de ellos? A fin de cuentas, el amor romántico poco tiene que ver con estos huéspedes inquietantes. Tal y como afirmaba C.S. Lewis en Los cuatro amores, hemos convertido “el hecho de ‘estar enamorado’ en una especie de religión”. El deseo de transcendencia implícito en la unión matrimonial es sustituido, cada vez más, por el anhelo romántico.

“El eros invita a eso. Entre todos los amores él es, cuando está en su culmen, el que más se parece a un dios y, por tanto, el más inclinado a exigir que le adoremos”, escribe Lewis. Así, la palabra “amor” del himno de san Pablo deja de expresar caridad –entrega, don–, para designar otra cosa. “Ya no rendimos culto frente al altar de un Dios todopoderoso y benéfico”, sostiene Will Self, “sino que nos inclinamos frente a una deidad caprichosa que se burla de nosotros con nuestros mismos deseos inalcanzables”. Una broma del todo siniestra ya que, como señalaba Lewis, “este eros, cuya voz parece hablar desde el reino eterno, no es ni siquiera necesariamente duradero”.

Digamos que el problema no es que nos hayamos tomado el amor demasiado a la ligera, sino demasiado en serio o, al menos, como decía Lewis, “con un tipo de seriedad equivocada”. Por eso, sostenía, los cónyuges modélicos no deberían ser Tristán e Isolda de Wagner, los amantes del corazón desgarrado, sino los chistosos Papageno y Papagena de La flauta mágica de Mozart. “Al desterrar el juego y la risa del lecho del amor, se abre la entrada a una falsa diosa”, por la cual estamos dispuestos a todo. El propio Self, que se confiesa víctima de esta idolatría del enamoramiento, dice irónicamente: “He estado románticamente enamorado seis veces en mi vida, tres veces con mujeres, dos con un hombre, y otra con un perro”. Tal vez Lewis lleve razón: “Hemos llegado a un punto en que nada sería tan necesario como una buena carcajada”.

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