SERVICIO CATÓLICO
El amor es más fuerte que la muerte  

SOPHIE CALDECOTT

La hija del notable católico británico, Stratford Caldecott, quien falleció de cáncer de próstata en julio de 2014, afirma una verdad que le enseñó su padre a lo largo de toda su vida.

Cuando niña, mi padre muchas veces me decía que yo era hermosa.

A pesar de las dificultades con que tropecé mientras maduraba, en las relaciones, en la escuela y en los trabajos, siempre me sentí protegida, en cierta medida, por una sensación de autoestima.

Cuando intento identificar todas las cosas que mi padre me ha dado a lo largo de estos años, caigo en la cuenta de que su sabiduría y amor se han entrelazado en mi esencia.  Tal vez sea difícil precisarlo específicamente, pero sé por experiencia que su tierna afirmación sobre mi belleza ha sido uno de los regalos más maravillosos que he recibido.  Su amor es una voz suave y firme contra el clamor de un mundo que me dice constantemente que debo verme o actuar diferente; me ayuda a aceptarme a mí misma.

Cuando era joven, lo que más me gustaba era escuchar los cuentos que me leía mi padre.  Cuando me acostaba, abría los libros como si fueran tesoros mágicos que en su interior tenían mundos enteros. Así fue como me dio a conocer las obras de J.R.R. Tolkien, C.S. Lewis, George MacDonald, Hans Christen Andersen y Jane Austen, entre muchos otros.  Los héroes y heroínas tenían las mismas imperfecciones que yo, pero al final sabían cuál era la diferencia entre el bien y el mal y, lo que es más importante, sabían cómo amar.  Con el modo tranquilo propio de él, esto ha sido lo que mi padre siempre me ha enseñado.

Un día de este último otoño, se despertó con tanto dolor que casi no podía caminar y lo trasladaron de urgencia al hospital para hacerle unos estudios.  No estuvo sintiéndose bien desde la primavera y fue a ver al dentista y luego al médico por una hinchazón que tenía en la mandíbula, pero todos los análisis de sangre y otros estudios le salieron mal. Le dijeron que el bulto probablemente se debía a la hinchazón de una glándula después de la extracción de una muela.  Sentía dolor en la parte baja de la espalda, pero luego de más análisis, aún nadie sabía cual era su origen.  Evaluamos la posibilidad de consultar a especialistas en columna, esperando que el dolor pudiera desaparecer con masajes.

Los estudios que le hicieron de urgencia finalmente develaron lo que mantuvo desconcertados a los médicos por tanto tiempo: un tipo de cáncer avanzado.  A medida que las primeras hojas comenzaban a caer y a revestir el suelo y aparecieron las primeras heladas, con mi familia recorríamos los pasillos del hospital, sintiéndonos intrusos en la pesadilla de otros.  Mi mente aturdida buscaba una situación paralela, algo que haya vivido y que pudiera orientarme. Fue así que tropecé con el recuerdo de la primera vez que tuvimos un perro.  En ese momento, me sentí fuera de mi cuerpo, mirando a mi familia.  "Es tan gracioso", dije a mis hermanas, "es tan gracioso.  Ahora somos una de esas familias con perros".

Es tan gracioso, me repetía a mí misma en la sala de oncología, ahora somos una de esas familias con cáncer.

La medicina hizo que su aliento fuera dulce, como flores.  Los doctores hicieron un molde de su rostro y atacaron los tumores con radiación hasta que su cuerpo ya hubiera recibido lo máximo que podía.  Sentía menos dolor a medida que pasaban las semanas y empezó a recibir el tratamiento hormonal.  ¿Cómo matar el cáncer, tan profundamente entrelazado, sin matar a las otras células?  La más chica de mis hermanas tomó a regañadientes el tren de vuelta a la universidad para continuar con el trimestre que había interrumpido.

La espera comenzó.

Cuando era pequeña, mi padre solía decirme "No te ensimismes preocupándote por lo que podría venir.  Mira al mundo y ámalo, ama los detalles; busca un dibujo en las nubes o en un pedazo de musgo".  Este consejo me ayudó en las rachas infantiles de añoranza y en las luchas más adultas mientras intentaba hacerme camino en el mundo del trabajo.  Sin embargo, nunca resonó tan profundamente como en estos últimos meses.

Luego del primer miedo y shock, la vida se volvió más o menos normal.  Hoy en día, algunas veces olvido que tiene cáncer y el único signo de que algo está atacando al corazón de nuestra familia es la relación cada vez más íntima y honesta que estamos teniendo.  El afecto y el apoyo manifiesto que nos damos los unos a los otros, que siempre estuvo, ahora es una prioridad constante .  No es necesario desear que hayamos hecho las cosas de otro modo.  Nos estamos absorbiendo el uno al otro, alimentándonos de sonrisas y bromas y momentos mundanos como siempre lo hicimos, yendo contra la misma oscuridad que nos amenaza.

Los héroes y heroínas tenían las mismas imperfecciones que yo, pero al final sabían cuál era la diferencia entre el bien y el mal y, lo que es más importante, sabían cómo amar. Con el modo tranquilo propio de él, esto ha sido lo que mi padre siempre me ha enseñado.

No se trata tanto de ser fuertes por el otro -una frase que las personas muchas veces dicen cuando intentan manotear algo de sabiduría reconfortante.  Se trata más de que necesitamos ser nosotros mismos, débiles y fuertes, todos unidos.  No hablamos demasiado sobre ello, lo llevamos con la mayor normalidad posible, pero cuando las cosas están mal, no es la fortaleza la que nos ayuda a seguir, sino la empatía.

Sufrir codo a codo no significa que seamos negativos todo el tiempo.  Cuando le hacían una ecografía de los tumores, mi padre bromeaba diciendo que le iba a preguntar al médico si era un niño o una niña.  Nos reíamos porque quería que le dieran el alta para llegar a casa a tiempo para ver su programa de televisión favorito el domingo por la noche.  Esto quiere decir que no debemos ocultar las lágrimas el uno del otro si tuvimos un mal día, que podemos acurrucarnos en la cama del otro y tan sólo quedarnos así sin necesidad de explicar porqué lo hacemos.

El tipo de fortaleza más profundo, después de todo, es la empatía, aunque no pareciera que fortaleza sea la palabra más adecuada para describirla.  Implica estoicismo, rigor, cuando en realidad lo que más necesitamos en esos momentos difíciles es blandura, flexibilidad, apertura para avanzar contra viento y marea y para ceder, pero sin quebrarnos.

La vida parece ser tan frágil en la sala de espera de un hospital, pero caí en la cuenta de que de hecho es resistente, incluso de cara a la muerte.  Cuando la vida se construye rodeada de amor, puede sobrevivir a la muerte, porque la muerte no es el final.  El cáncer es una imitación enferma de lo real, multiplicándose desesperadamente porque no tiene verdadera sustancia o significado en sí mismo más que lo que él mismo destruye; esa es la naturaleza de lo malo.

Es prácticamente imposible describir exactamente la manera en que mi padre me formó. Su modo amable, su curiosidad infantil y el respeto por el mundo, su capacidad de escuchar y conectarse y de hablar directo al corazón sobre cómo son las cosas, con pocas palabras, son cualidades de él que amo y a las cuales aspiro.  Sin embargo, la lección más valiosa que un padre puede darle a su hija -una lección que la ayudará a saber cómo reaccionar ante la posibilidad de perderlo- es que el amor es más fuerte que la muerte.  Lo aprendí a través de los héroes y heroínas de los cuentos que mi padre compartía conmigo y, como ellos, nunca me desesperaré ni dejaré de creer que el mundo es bueno.  

 

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Agradecimiento

Verily-September-IssueSophie Caldecott. "Love is stronger than death" (El amor es más fuerte que la muerte). Verily (mayo de 2014).

Reimpreso con el permiso de Verily Magazine.

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Sobre El Autor

Sophie Caldecott es una escritora y periodista independiente con intereses en ética, moda, arte, política, feminismo y comida, entre otros. Creció en Oxford, estudió literatura inglesa en Durham University y luego obtuvo un Máster en periodismo para revistas en City University de Londres.

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