Aportes de un metafísico
 

 

liberalismo-8El Progresismo es el trasfondo del evidente estado de decadencia que sufre la ciudad cristiana; y es, a su vez verdadera piedra angular de este sistema perverso que mantiene en la oscuridad a la inmensa mayoría de cristianos. Uno de sus síntomas se respira en los ámbitos eclesiales con esa ingenua preocupación por mantener “relaciones de amistad” con el mundo;  preocupación pueril que lleva a muchos buenos hombres a perderse en un caos de equivocidad doctrinal bajo la creencia tonta de que el “amor cristiano” lo exige.

De fondo hay una evidente tergiversación de la esencia del verdadero amor o caridad cristiana, consecuencia directa del “naturalismo religioso” que va disecando la verdadera religiosidad. Pues la caridad cristiana no comulga en absolutamente nada con este mundo ni con la manera demasiado “humana” de entender el amor.

Sería necesario hacer algunas distinciones para referirse al tema. El amor en su aspecto “meramente humano”, – consideración arbitraria si se pretende separar lo que está unido en la realidad sustancial del amor; tal separación no sería posible más que “en cierto sentido” o secundum quid-; decimos, el amor en su “naturalidad”, o en su condición inmanente, es puro apetito; se ordena a las pasiones no llegando a ser, en principio, “tocado” por la inteligencia, sino sólo por la razón, llegando a ser apenas “racional”, en cuanto que puede ser “regulado” por la misma facultad de pensar. Es el amor volitivo o, en términos modernos: sensual, sensitivo, afectivo. Así es como se habla del amor a una dama bella, que como condición natural, la razón puede regular para ordenarlo a la virtud, es decir al Bien. Operación de la razón más que auspiciosa y saludable por la que un hombre íntegro puede encausar el flujo natural del apetito hacia un objeto más elevado realizándose así latransferencia de la que hablan los psicólogos, o como la llamaba Freud, con menos precisión y más propaganda: sublimación. Lo mismo pasa con el amor fraterno, que como exigencia inicial sólo supone el deseo, y por eso mismo su término operativo es referido a un aspecto pasional por el cual el amante se impone racionalmente tratar bien, con respeto, simpatía y ademanes de hombre virtuoso a su prójimo, tratando de ser cordial. Noten ustedes que la palabra “cordial” hace referencia directa a lo “entrañable”, o lo “visceral”. Donde algunos filósofos como Platón creían que residía el “alma pasional” o irascible. El latín lo expresa de modo inmejorable: Cor, cordis, el corazón; de donde los antiguos entendían que el corazón era como el centro de la personalidad o de la persona, donde residen los pensamientos, deseos, afectos o la “vida psíquica” en general por lo que se comprende mejor el concepto de hombre “cuerdo” o con “cordura”. Tendríamos así una forma horizontal o inmanente del amor: lo que se llama hoy día el “amor humano”.

Amor humano ideal o “platónico”, si no se desvela su verdadera hondura metafísica. Amor humano ciertamente digno pero de inferior condición si se niega su referencia a la verdad íntegra del amor; la virtud teologal llamada Caridad.

Hay que decir también que esta forma de argumentar “separando” lo que en la realidad no se separa es propia de la mentalidad moderna, naturalmente divorcista. Debiéndose aclarar a todo esto que el amor como totalidad sustancial no se cierra de manera alguna a su objeto propio trascendente, aunque con insistencia se lo pretende negar de manera cobarde.

Puesto que el amor mismo, el real, es de suyo “tocado” por la inteligencia siendo en su verdadera naturalidad un amor “espiritual” o “espiritualizado” si se quiere; pero es esta realidad del amor la que se oculta o se quiere tergiversar reduciéndolo a un plano mucho menor. “Sentimental” sería un vocablo más romántico para mencionar de alguna manera la mezquina forma moderna (progresista) de entender el amor mismo.

Pero el amor verdadero, el esencial simpliciter o “a secas”, es la Caridad. El amor de Caridad no lo conoció en modo alguno la tradición pagana. Apenas sospechado por Platón en el Fedón y entrevisto por Aristóteles (cfr. L. VIII de la Ética) habiendo permanecido oculto o incógnito para la civilización pre-cristiana.

La Caridad cristiana es un amor de profunda raigambre metafísica. Que está en la sima de los Bienes Honestos indicados por el Aquinate puesto que corona y trasciende la cadena causal de bienes particulares por los que el hombre ha de esforzarse en alcanzar y procurar. 

Nótese que se destaca la palabra “procurar”, dándole a la misma la idea de que el amor (ágape) no es de patrimonio individual; volitivo, pasional o afectivo, sino más todavía común. El amor, puesto que participa de la misma Esencia Divina, en manera alguna se corresponde con un objeto particular sino que trasciende per se todo plano finito o temporal. Su satisfacción plena está en la contemplación de Aquel que es su misma causa, Acto de toda forma creada digna de amor y Fin Último de toda complacencia posible.

Por esto se entiende mejor cuando se dice que el amor al prójimo es el primer mandamiento, porque su objeto mira a la plenitud del bien amable, pero más elevado es el amor cuando su objeto se ordena a unos bienes mayores en dignidad (qualitas) como mayores en cantidad (quantitate). Así, el amor a la Patria es mayor en dignidad puesto que ella es la comunidad de los prójimos y su objeto es el Bien Común Trascendente. Así pues,  enseña la metafísica que es más perfecto es el amor a muchos (común – universal) que el amor a uno (individual –  particular).

Hasta aquí no he aportado nada que ustedes no sepan.

Pero habrá que notar a partir de un ejemplo común las consecuencias que se derivan de errar en la interpretación del amor. Error en el que recae grotescamente toda pastoral progresista.

Cuando el progresismo habla del “amor a los pobres” dice algo y no hace nada. Porque oscurece la verdadera dimensión del amor. No considera al pobre más que en una simple mirada sociológica-temporal-horizontalista, Ideológica diría el gran maestro Carlos Sacheri. El progresista que habla de la Opción Preferencial por los Pobres, vuelve confuso lo inteligible. Porque se usa la “bandera” de la opción preferencial para ir en contra de lo que la Doctrina Social de la Iglesia enseña y ha enseñado constantemente. Erigiéndose así en verdadera postura herética.

Herética por varios motivos más. Pero algo mucho más grave sucede actualmente en la iglesia de Cristo, y hay que decirlo: que el progresismo-liberal-democrático con el que comulga todo católico medio, subordina el orden de la moral a la política y subrepticiamente al derecho, para dejar de lado al hombre mismo al real, al verdadero, al de carne y hueso, aniquilando su propio intellectus; defendiendo de obra y de palabras un sistema de gobierno que de suyo (simpliciter) es perverso. Son aquellos católicos que creen defender la noble causa de la justicia sin ver el principio erróneo con el cual se la quiere aniquilar, a saber: el absurdo, mitológico y homicida “pricipio” (ya me da cosa llamarle principio) de la Igualdad.

Versión anti-cristiana de la Justicia, inventada por el liberalismo francés del siglo XVIII, y más vigente que nunca en la sociedad contemporánea de todo el redondo mundo y muy tristemente en esta pobre e infectada argentina; Principio falluto por el cual se aniquiló el católico concepto de Justicia que enseñara la equitativa escolástica.

No sería necesario mencionarlo pero sólo por si algún lector no lo entiende, a saber: el Aquinate distingue dos modos de la Justicia; la Justicia distributiva y la Justicia Conmutativa, toda vez que la regla de oro es la equidad (aequitas) la justicia distributiva consiste en dar a cada uno el adecuado orden del bien debido (el derecho objeto de la justicia), pero la justicia conmutativa agrega una noción que para el liberalismo es piedra de escándalo: “dar a cada uno lo que se merece“. Anclado en la verdadera naturaleza del derecho y respetuosa del Orden Natural, pues consagra la natural condición humana de no-ser-iguales ante la ley puesto que no existe una sociedad en la cual la uniformidad sea la regla común sino sólo la equidad.

Cualquier forma de ideología actual, llámese LiberalismoNeo-liberalismoComunismo y aún el llamado Liberalismo Católico tropieza con la contundente tergiversación de la justicia real por la justicia legal; hija dilecta del igualitarismo liberal-francés que en nuestro medio nacional, lejos de haber podido ser corregido, multiplicó su prole decadente e infecciosa a todo el orden público de noble e hidalgo origen como ser las instituciones naturales de la sociedad, familia, escuela, ayuntamientos, asociaciones intermedias, sindicatos, etc.. En este error se dan la mano todos los sistemas políticos actuales que se hermanan amorosamente entre sí con un único denominador común: la negación subrepticia o explícita de lo sobrenatural, aún de lo directamente natural.

Para la doctrina social católica no hay otro medio de de combatir la pobreza (sin necesidad de opciones preferenciales) que impugnado todo sistema político que la fomente de manera directa. Democracia Liberal. Ningún cristiano clérigo o laico podrá sustraerse a esta verdad. Puesto que se mira al hombre real en su plenitud ontológica. Tomo la pobreza como ejemplo aunque ejemplo muy sugerente para esta época.

No habrá verdadero amor cristiano si sólo se busca redimir a la persona en una parte que simplíciter no se puede fraccionar; a saber: aquellos que ingenuamente intentan evangelizar el “corazón” (voluntad) sin conquistar la inteligencia. Y peor aún será el fracaso para aquellos que con mayor ingenuidad impugnan el efecto sin atacar la causa, esto no es otra cosa más que el catolicismo-Liberal.

Firmado: El monje de La Huida.