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La ‘banalidad del mal’

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Hannah Arendt escribió un libro memorable, Eichmann en Jerusalén: Un estudio sobre la banalidad del mal, cuyo título es la síntesis de su tesis, la ‘banalidad del mal’, y que le valió una fuerte enemistad por una parte de la comunidad judía, que no entendía que el mal podía ser banal, y menos referido a los nazis. Pero Haren tenía razón, porque si bien en sus consecuencias el mal nunca es una banalidad, ¿cómo iba a serlo?, si lo puede ser en su origen, en los mecanismos que impulsan a hacerlo, y sobre todo en la actitud interior de la persona que lo hace. Podríamos utilizar otro término, la trivialidad en el origen. La tesis de la filósofa judía es terrible pero pensamos que exacta, porque no solo no excusa con aquel nombre el origen del daño, sino que nos dice que cualquier persona, aparentemente normal, puede hacer mucho mal sin, al menos inicialmente, una excesiva conciencia de ello. Internet es la mejor verificación de ello.

Hay en este país miles, algunos millones en el mundo, que lo utilizan para dañar a otras personas, las difaman, mienten, deforman los hechos, engañan, para conseguir que su tesis prospere sin reparar en los medios. Son agentes destructivos por naturaleza. Claro que no matan -al cuerpo- pero persiguen destruir algo sin lo que ninguna persona consciente puede vivir, la dignidad, la honorabilidad. Es increíble que, en una sociedad tan intervencionista como esta, no existan medidas que protejan con eficacia estos atributos humanos imprescindibles para ser persona.

Entre los malhechores de internet, los mamporreros de la palabra, los que la utilizan como la porra de las bandas fascistas en la Alemania nazi, puede haber en el origen del mensaje una plena conciencia del mal, y aun no en todos, pero en los que realmente multiplican su efecto a base de reenviarlo, tal condición es presumible que no exista, simplemente lo que se dice cuadra con su a priori, sin necesidad de mayores razones, y si atender -todo lo contrario- al daño que pueda causar.

En el fondo, todo esto es una constatación más de la gran debilidad autodestructiva de nuestra sociedad. Su desarrollo técnico, su poder, no está equilibrado con su ética. Nunca como ahora hemos necesitado de la ética de la virtud, de la capacidad práctica de las personas para hacer el bien, servir a la verdad y evitar el mal, huir de la mentira y la maledicencia. Es la misma causa que nos amenaza a través del progreso en biotecnología, en la acción sobre la naturaleza.

Desde que la sociedad perdió a Dios, el bien en la gente común resulta un recurso natural escaso.