SERVICIO CATÓLICO
Blasfemia

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Para un creyente la blasfemia es un acto terrible. Este es un común denominador de todas las creencias, también las seculares. La diferencia radica en lo que establece el marco de referencia de cada una como respuesta posible, qué establece y cuáles son los limites. En el cristianismo estos son el amor y la restitución de la gloria de Dios. El amor, que es incompatible con la violencia y con el miedo, porque como nos dice San Pablo el que ama no teme. La restitución de su Gloria, que surge de promover la rectificación y siempre de la oración. Desbordar el mal con el bien. Esto no significa que el cristiano no deba responder a las blasfemias deliberadas, pero sí que lo ha de hacer en aquel marco -que sea dicho de paso, exige mucho más a la inteligencia que la respuesta visceral.

 

En el mundo liberal la burla, el maltrato a las creencias religiosas, especialmente las cristianas, es una norma. Pero nadie, nunca, nadie ha pensado ni por asomo que este maltrato, la ofensa a lo mas sagrado como método, justifique la menor violencia y mucho menos la abominación del terrorismo, porque esta es, y una parte no pequeña del Islam no lo reconoce, la mayor blasfemia contra el Creador, matar por iniciativa propia y nada menos que en su nombre. Estos servidores de Alá que así actúan y quienes les inducen a ello habrán de asumir su culpa en el juicio de Dios. Y, en esa teología de la blasfemia radical del que mata en nombre de Dios, es donde el Islam que condena tales desmanes debe basar su fe y anunciar su palabra.

 

Pero, dicho todo esto, hay que afirmar al mismo tiempo que la barbarie de unos no da la razón a otros que en nombre de la libertad de expresión maltratan lo más querido por una parte de sus conciudadanos. Hay un laicismo excluyente, lascivo, que practica el orgullo y la supremacía -no racial, pero tan deleznable como ella- de las ideas. Uno puede creer que sus valores son superiores, incluso absolutos, ese no es el problema, sino que la cuestión radica en qué espacio de libertad real deja a los que no comparten su punto de vista. Baste constatar la dictadura del relativismo, una ideología excluyente en la que toda afirmación o negación es relativa, excepto la del relativismo, que esta sí es un absoluto.

 

Quien afirma no creer en los "mitos" cristianos, haría bien en dejarlos tranquilos, como escribía Jordi LLovet en su columna en catalán de El País: "Como pasa con todas las religiones, es necesario tener mucho respeto a los cristianos. Pero, por las mismas razones que las leyendas cristianas son respetadas, han de serlo todas las relativas a cualquier otra religión: el mundo está lleno de ellas, y uno cree en lo que cree". Esa es la actitud intelectual y política correcta que encontramos a faltar, como lo demuestra la obra teatral El Testamento de María, de Colm Tóibín, pensada para atacar los fundamentos de la fe cristiana. La actriz que desempeña el papel, Blanca Portillo, para estar a tono con la obra, se despachaba en unas declaraciones en El País de este modo: “Los amigos de Jesús no son más que una panda de descerebrados que proclaman una religión monoteísta y que el hijo de María dice que es el hijo de Dios. Es como para pensar que están completamente locos y no van a llegar a ningún lado”. Locos, descerebrados, en otro momento de la entrevista, “fanáticos, excitados, inadaptados, ninguno de ellos es normal”. Eso es lo que somos los cristianos para un puñado de gente dotada de poder político y mediático.

 

Ellos invocan la libertad de expresión para convertir a los cristianos en unos seres deleznables, lo que justifica siempre la ulterior exclusión. Esa es la supremacía a la que nos referíamos antes, y al mismo tiempo proclaman sus dogmas, silencian, censuran, intenta ocultar con el grito y la prohibición toda broma o discrepancia con ellos, con sus ideas. Es un dogma la excelencia de la homosexualidad, y cuidado con la carcajada, y debe ser prohibida toda idea y acto que proclame su reversibilidad de tal conducta, está prohibido negar la ideología de género y proclamar su irracionalidad, es una blasfemia demostrar que la familia formada por un hombre y una mujer, estable con hijos y capacidad educativa, que es la clave del crecimiento económico y el bienestar por las externalidades positivas que genera, y por este beneficio único a la sociedad debe ser incentivada y no puede confundirse con otros tipos de unión y familia.

 

Estos, los que piensan y actúan así, tienen responsabilidad en la crispación que invade nuestra sociedad, porque solo el respeto a la dignidad del otro, que implica también sus ideas, el debate racional sobre las discrepancias y la amistad civil, puede construir lo que nos debería unir a todos, la construcción de una sociedad convivencial y pacifica.