El Caso Galileo

GEORGE SIM JOHNSTON

 

 

El caso de Galileo es el argumento estándar que se utiliza para mostrar que la ciencia y el dogma católico son antagónicos. Si bien la condena final de Galileo fue ciertamente injusta, una mirada atenta a los hechos encauza casi cada aspecto de la leyenda reinante de Galileo.

Ningún episodio de la historia de la Iglesia Católica ha sido tan incomprendido como la condena de Galileo. Es, según la frase de Newman, el argumento estándar que se utiliza para mostrar que la ciencia y el dogma católico son antagónicos. Para la mentalidad popular, el caso Galileo es evidencia prima facie de que la búsqueda libre de la verdad se volvía posible solamente luego de que la ciencia se “liberase” de las cadenas teológicas de la Edad Media. El caso presenta una obra tan nítida de moralidad de la ciencia iluminada versus el oscurantismo dogmático que los historiadores rara vez se ven tentados de corregir el “giro” anticatólico que usualmente se le da. Inclusive muchos católicos inteligentes preferirían que todo el asunto sobre el perdón se barriese debajo de una alfombra.

Juan Pablo II y Galileo

Sin embargo, ésta no es la actitud del Papa Juan Pablo II. En 1979, expresó su deseo de que la Pontificia Academia de las Ciencias condujera un estudio a profundidad del célebre caso. Se reunió a una comisión de eruditos, y presentaron su informe al Papa el 31 de octubre de 1992. Contrariamente a los informes del The New York Times y otros conductos de desinformación sobre la Iglesia, la Santa Sede en esta ocasión no estaba tirando finalmente la toalla y admitiendo que la tierra gira alrededor del sol. Ese debate en particular, al menos en lo que a la Iglesia se refiere, se había cerrado desde al menos el año 1741 cuando Benedicto XIV ordenó al Santo Oficio otorgar imprimatur a la primera edición de Las Obras Completas de Galileo.

Lo que quería Juan Pablo II era una mejor comprensión de todo el caso tanto por parte de los científicos como de los teólogos. Se ha dicho que mientras los políticos piensan en relación a las semanas y los hombres de estado en años, el Papa piensa en siglos. El Santo Padre estaba tratando de curar la ruptura trágica entre la fe y la ciencia que ocurrió en el siglo XVII y de la cual la cultura occidental no se ha recuperado. Siguiendo los lineamientos del Concilio Vaticano II, deseaba aclarar que la ciencia tiene una libertad legítima en su propio ámbito y que esta libertad fue violada indebidamente por las autoridades en el caso de Galileo.

Pero al mismo tiempo — y aquí es donde los medios seculares se desconectaron — el Santo Padre señaló que “el caso Galileo ha sido una clase de ‘mito’, en el que la imagen fabricada sobre los hechos se había alejado bastante de la realidad. En esta perspectiva, el caso Galileo fue un símbolo del supuesto rechazo de la Iglesia al progreso científico.”  El pleito de Galileo con la Iglesia, según el Papa, implicó una “mutua incomprensión trágica” en la que ambas partes tuvieron culpa. Era un conflicto que nunca debió suceder, porque la fe y la ciencia, bien entendidas, nunca pueden estar en desacuerdo.

Dado que el caso de Galileo es una de las varas que se utiliza para golpear a la Iglesia — los otros dos son las Cruzadas y la Inquisición Española – es importante que los católicos entiendan exactamente qué pasó entre la Iglesia y ese gran científico. Una mirada cercana a los hechos aclara casi todos los aspectos de la leyenda reinante de Galileo.

El biólogo victoriano Thomas Henry Huxley, que no tenía favoritismo por el catolicismo, examinó una vez el caso y concluyó que “la Iglesia llevaba la ventaja en este caso”. El punto más notable sobre todo este caso es que hasta que Galileo forzó el asunto hacia el ámbito de la teología, la Iglesia había sido una defensora bien dispuesta de la nueva astronomía. Había alentado el trabajo de Copérnico y había refugiado a Kepler contra las persecuciones de los calvinistas. Los problemas surgieron solamente cuando el debate fue más allá de la mera cuestión de la mecánica celestial. Pero aquí necesitamos revisar algunos antecedentes históricos.

"Guardando las apariencias"

La Edad Moderna de la ciencia se inició en 1543 cuando Nicolás Copérnico, un clérigo polaco, publicó su obra de época Sobre las Revoluciones de las Esferas Celestes. La opinión popular es que Copérnico “descubrió” que la tierra giraba alrededor del sol. En realidad, la noción por lo menos data de los antiguos griegos. Pero la teoría geocéntrica respaldada por Aristóteles y que recibió la plausibilidad matemática de Tolomeo, era el modelo prevalente hasta Copérnico. Se le dio una credibilidad adicional gracias a ciertos pasajes de las Sagradas Escrituras, que parecían afirmar la movilidad del sol y la fijación de la tierra. La mayoría de los antiguos Padres de la Iglesia simplemente lo dieron por sentado pero realmente no estaban interesados en las explicaciones científicas del cosmos. Como lo escribió San Ambrosio, “Discutir la naturaleza y la posición de la tierra no nos ayuda en nuestra esperanza de la vida futura”.

Tan propensos como somos a lo que C. S. Lewis denominó el "esnobismo cronológico", debemos tratar de entender la actitud prevalente hacia la ciencia cuando Galileo inició su obra. Desde los tiempos de los griegos, el propósito de la astronomía era el de “guardar las apariencias” de los fenómenos celestiales. Esta frase famosa se usa a menudo para denotar el recurso desesperado a algo oportuno para “salvar” o rescatar el sistema de Tolomeo. Pero no significó precisamente eso. Para la mente griega y medieval, la ciencia era un tipo de formalismo, un medio para coordinar datos, que no tenía relación con la realidad última de las cosas. Se podían promover distintos artefactos matemáticos — tales como los ciclos de Tolomeo — para predecir los movimientos de los planetas, y no preocupaba al astrónomo medieval si tales artefactos aludían brevemente a la verdad física en realidad. El punto estaba en darle orden a los datos complicados, y que todo lo que importaba era qué hipótesis (una palabra clave en el caso Galileo) era la más simple y la más conveniente.

Juguetes para los virtuosos

La creencia casi universal sobre el hecho que el propósito de la ciencia no era dar un recuento final de la realidad, sino simplemente “guardar las apariencias” explica la ligereza con que la jerarquía de la Iglesia recibió inicialmente la teoría de Copérnico. La astronomía y las matemáticas eran vistas como aquello con lo que los virtuosos jugaban. Eran considerados aspectos que carecían de relevancia filosófica o teológica. Existía un desconcierto genuino entre los hombres de Iglesia sobre el hecho de involucrarse en una disputa acerca de las órbitas planetarias. Para ellos era cómo se “guardaban” las “apariencias”. Y, en efecto, Copérnico, un buen católico, publicó su libro ante el pedido de dos eminentes prelados y lo dedicó al Papa Pablo III, que lo recibió de manera cordial.

Que Copérnico creyese que la teoría fuera una verdadera descripción de la realidad pasó ampliamente desapercibido. Esto sucedió en parte porque aún utilizaba de manera reconfortante los ciclos y epiciclos de Tolomeo; también tomó prestada de Aristóteles la noción de que los planetas se deben mover en círculos porque esa es la única forma de movimiento perfecta. Además, estaba el famoso prefacio de Osiander, un protestante que supervisó la primera edición. Osiander sabía que Lutero y Melanchthon se oponían fuertemente a cualquier sugerencia de que la tierra girara alrededor del sol. Así que escribió un prefacio sin firmar, que todos tomaron como escrito por Copérnico, presentando la teoría como una mera estrategia matemática para trazar los movimientos de los planetas de una manera más simple que la del tedioso sistema de Tolomeo, sistema que no buscaba ser una descripción definitiva del cielo.

La Revolución de Copérnico

Pero en realidad el libro de Copérnico marcó un cambio enorme en el pensamiento humano, el mismo que tomó incluso a las universidades por sorpresa, más que a la Iglesia. Owen Barfield, en su fascinante libro Guardando las Apariencias lo llama “el verdadero punto de quiebre” en la historia de la ciencia: “Sucedió cuando Copérnico (probablemente – no se puede considerar como cierto) empezó a pensar, y otros, como Kepler y Galileo, empezaron a afirmar que la hipótesis heliocéntrica no solamente guardaba las apariencias, sino que era físicamente cierta… no era simplemente una nueva teoría de la naturaleza de los movimientos celestes que se temía, sino una nueva teoría de la naturaleza de la teoría; específicamente que, si una hipótesis guarda todas las apariencias, entonces es idéntica a la verdad”.

Copérnico había retrasado la publicación de este libro porque temía, no la censura de la Iglesia, sino las burlas de los académicos. Eran los aristotélicos más rígidos en las escuelas quienes ofrecían la más fiera resistencia a la nueva ciencia. Aristóteles era el Maestro de Aquellos que Saben; la escritura atenta de sus textos era casi superior al estudio de la naturaleza en sí misma. El universo aristotélico abarcaba dos mundos, el supralunar y el sublunar. El primero consistía en la luna y todo lo que está más allá; era perfecto e imperecedero. Y el último era el globo terrestre y su atmósfera, sujeto a la generación y al decaimiento, el montón de desecho del cosmos.

La sistematización de Aristóteles realizada por Tolomeo para explicar el movimiento de las estrellas era parte de este bagaje académico. Y tenía un sentido empírico perfecto; al usarlo, las naves podían navegar los océanos y los astrónomos eran capaces de predecir los eclipses. ¿Entonces, por qué renunciar a este sistema honrado a lo largo del tiempo a favor de otra cosmología no comprobada que no solo contradecía el sentido común (como afirmaba nada menos una autoridad como Francis Bacon), sino además el aparente significado de las Sagradas Escrituras?

El telescopio de Galileo

Esa era la mente científica de Europa cuando Galileo apareció en escena en 1610 con sus deslumbrantes descubrimientos telescópicos. Hasta ese punto, Galileo, de cuarenta y cinco años, había estado interesado principalmente en la física, y no en la astronomía. Su logro más famoso había sido la formulación de las leyes de los cuerpos en caída. (Contrario a lo que dice la leyenda, él nunca dejó caer nada desde la Torre de Pisa). Galileo fue un reparador talentoso, y cuando escuchó sobre la invención del telescopio en Holanda, se construyó inmediatamente uno para sí mismo, y como era característico en él, se tomó todo el crédito por la invención.

Mirando a través de su nuevo catalejo, hizo algunos descubrimientos que sacudieron los cimientos del cosmos aristotélico. Primero, vio que la luna no era una esfera perfecta, sino que estaba marcada con montañas y valles como la tierra. Segundo, y lo que fue más increíble, fue que Júpiter tenía por lo menos cuatro satélites. Ya no se podía decir que los cuerpos celestes giraban exclusivamente alrededor de la tierra. Finalmente, observó las fases de Venus, para lo cual la única explicación es que Venus gira alrededor del sol y no de la tierra.

Las respuestas ante estos descubrimientos variaban de entusiastas a categóricamente hostiles. El astrónomo jesuita líder de esos tiempos, Cristóbal Clavio, era escéptico; pero una vez que la facultad adquirió un telescopio mejorado, vio por sí mismo que Galileo tenía razón sobre las lunas de Júpiter, y como consecuencia de ello los jesuitas confirmaron las fases de Venus. Sin embargo, estos hombres no estaban preparados para unirse al grupo de Copérnico; adoptaron como medida intermedia el sistema de Tycho Brahe, que tenía a todos los planetas, excepto a la tierra, orbitando alrededor del sol. Esto explicaba de manera bastante satisfactoria los descubrimientos de Galileo. Aún así, Galileo era el hombre del momento; en 1611 realizó una visita triunfal a Roma, donde fue agasajado por cardenales y se le otorgó una audiencia privada con el Papa Pablo V, quien le aseguró su apoyo y buena voluntad.

Galileo regresó a Florencia, donde se podría haber esperado que continúe su investigación científica. Pero por dos décadas después de 1611, la ciencia pura dejó de ser su principal preocupación. Por el contrario, se volvió obsesionado por convertir a la opinión pública a favor del sistema copernicano. Fue un ejemplo temprano de ese tipo de personaje muy moderno, el político cultural. Toda Europa, empezando por la Iglesia, tenía que apoyar a Copérnico. Esta cruzada nunca habría acabado en las oficinas de la Inquisición si Galileo hubiera poseído una pizca de discreción, sin mencionar además, de caridad. Pero no era una persona con tacto; le encantaba mostrarse más listo ante las personas y hacerlas quedar en ridículo. Y no hacía concesión alguna con la naturaleza humana, que no se sacude con facilidad de una antigua cosmología para abrazar una nueva que parece contradecir tanto el sentido como la tradición.

El Cardenal Newman, que no era de los que pensaban que las verdades seculares estaban determinadas por el fíat eclesiástico, escribió sobre la cruzada de Galileo que, “si yo hubiera crecido con la creencia de la inmovilidad de la tierra como si fuera un dogma de la Revelación, y la hubiera asociado en mi mente con la dignidad incomunicable del hombre entre los seres creados, con los destinos de la raza humana, con la realidad del purgatorio y el infierno, y otras doctrinas cristianas; y luego por primera vez hubiera escuchado sobre la tesis de Galileo... Enseguida me hubiera indignado por su arrogancia y me hubiera espantado por que fuera tan ostentosa, como yo nunca podría serlo, con cualquier innovación paralela en otras ciencias humanas que están relacionadas con la religión”.

La beligerancia del astrónomo

Pero Galileo estaba decidido a imbuir a Copérnico por la garganta de la cristiandad. La ironía es que cuando empezó su campaña, gozaba de una buena voluntad casi universal entre la jerarquía católica. Pero se las arregló para enemistarse con casi todo el mundo con su estilo sarcástico y sus tácticas agresivas. Su posición no le dio espacio a las autoridades de la Iglesia para maniobrar: o bien tenían que aceptar el copernicanismo como un hecho (a pesar de no haber sido probado) y reinterpretar las Sagradas Escrituras de acuerdo a éste; o tenían que condenarlo. Él rechazó la tercera posición que la Iglesia le ofreció: que el Copernicanismo podría ser considerado una hipótesis, o incluso superior al sistema de Tolomeo, hasta que se pudieran citar pruebas más de fondo.

Sin embargo, dicha prueba no estaba próxima. La beligerancia de Galileo probablemente tuvo mucho que ver con el hecho que él sabía que no había una prueba directa del heliocentrismo. No podía responder el argumento más fuerte contra éste, que fue promovido por Aristóteles. Si la tierra efectivamente orbitaba el sol, escribió el filósofo, entonces las paralajes estelares podrían observarse en el cielo. En otras palabras, habría un cambio en la posición de una estrella observada desde la tierra a un lado del sol, y luego seis meses después del otro lado. Galileo no podía con el mejor de sus telescopios discernir el más mínimo paralaje estelar. Esta era una objeción científica válida, y no fue respondida sino hasta 1838, cuando Friedrich Bessel tuvo éxito en determinar el paralaje de la estrella 61 Cygni.

El otro problema de Galileo fue que insistió, a pesar de los descubrimientos de Kepler, en que los planetas orbitan el sol en círculos perfectos. Los astrónomos jesuitas podían ver claramente que eso era insostenible. No obstante, Galileo lanzó su campaña con una serie de panfletos y cartas que circularon por toda Europa. A lo largo del camino, recolectó peleas con una serie de clérigos sobre asuntos periféricos que ayudaron a acomodar la baraja en su contra. Y, a pesar de las advertencias de sus amigos en Roma, él insistió en mover el debate hacia los ámbitos teológicos.

No hay duda de que si el debate sobre el heliocentrismo se hubiera mantenido puramente en el ámbito científico, las autoridades de la Iglesia no le hubieran dado importancia. Pero en 1614, Galileo sintió que tenía que responder a la objeción acerca del hecho que la nueva ciencia contradecía ciertos pasajes de las Sagradas Escrituras. Estaba, por ejemplo, la orden de Josué de que el sol se quede quieto. ¿Por qué Josué haría eso si, como afirmaba Galileo, el sol no se movía del todo? Luego estaba el Salmo 92 ("Hizo el mundo firme e inamovible.") y el 103 ("Sobre sus bases asentaste la tierra, inconmovible para siempre jamás."), sin mencionar el famoso versículo del Eclesiastés. Estos no son pasajes oscuros y su sentido literal evidentemente tendría que ser abandonado si el sistema copernicano fuera cierto.

Las Sagradas Escrituras y la Ciencia

Galileo abordó este problema en su famosa carta a Castelli. En su enfoque frente a la exégesis bíblica, la carta irónicamente se anticipa a la encíclica de León XIII, Providentis-sumus Deus (1893), que señalaba que las Sagradas Escrituras a menudo hacen uso del lenguaje figurativo y no tienen la intención de enseñar ciencias. Galileo aceptó la infalibilidad de las Sagradas Escrituras; pero también tenía presente la ocurrencia del Cardenal Baronius sobre el hecho de que la biblia “tiene la intención de enseñarnos cómo llegar al cielo, y no cómo funciona el cielo”. Y señaló correctamente que tanto San Agustín como Santo Tomás de Aquino enseñaron que los escritores sagrados de ninguna manera tenían la intención de enseñar un sistema de astronomía. San Agustín escribió que:

Uno no lee en el evangelio que el Señor dice: Te enviaré al Paráclito que te enseñe sobre el curso del sol y la luna. Porque deseaba hacerlos cristianos, no matemáticos.

Lamentablemente, todavía existen hoy en día fundamentalistas bíblicos, tanto protestantes como católicos, que no entienden este sencillo punto: la biblia no es un tratado científico. Cuando Cristo dijo que la semilla de la mostaza era la más pequeña de las semillas (y es más o menos del tamaño de una mota de polvo) no estaba presentando un principio de botánica. De hecho, los botánicos nos dicen que existen semillas más pequeñas. Simplemente le estaba hablando a los hombres de su época en su propio lenguaje, y haciendo referencia a sus propias experiencias. Por ello, la advertencia de Pío XII en Divino Afflante Spiritu (1943), que el verdadero sentido del pasaje bíblico no siempre es obvio. Los autores sagrados escribieron con los modismos de su época y de acuerdo al lugar de procedencia.

Pero en 1616, el año del primer "juicio" de Galileo, había muy poca flexibilidad en la teología bíblica católica. La Iglesia acababa de atravesar las dolorosas batallas de la Reforma. Una de las principales disputas con los protestantes trataba la interpretación privada de las Sagradas Escrituras. Los teólogos católicos no estaban de humor para albergar los requerimientos hermenéuticos de un laico como Galileo. Su amigo el Arzobispo Piero Dini le advirtió que podía escribir libremente, siempre y cuando lo dejara “fuera de la sacristía”. Pero Galileo dejó de lado la prudencia, y fue en este punto – su aparente invasión del territorio de los teólogos — que sus enemigos pudieron finalmente pillarlo.

La oposición se arma de valor

En diciembre de 1614, un entrometido y ambicioso sacerdote dominico, Thomas Caccini, predicó un encendido sermón en Florencia denunciando el copernicanismo y la ciencia en general como contrarios a la fe cristiana. El ataque apuntaba claramente a Galileo, y una disculpa escrita de un Predicador General de los dominicos no tranquilizó el descontento de Galileo por haber sido el blanco de una homilía de domingo. Alrededor de un mes después, otro dominico, el Padre Niccolo Lorini, leyó una copia de la Carta a Castelli escrita por Galileo y entonces se turbó al encontrar que Galileo había emprendido por sí mismo la interpretación de las Sagradas Escrituras según sus propias luces. Envió una copia a la Inquisición en Roma: copia que además había sido manipulada indebidamente para hacer las palabras de Galileo más alarmantes de  lo que eran en realidad. El Consultor del Santo Oficio (o Inquisición) sin embargo, no encontró objeciones serias a la carta y el caso fue desestimado.

Un mes después, Caccini apareció en Roma sin ser invitado, suplicando al Santo Oficio que testifique contra Galileo. Arthur Koestler escribe que “Caccini encaja perfectamente en la satírica imagen de un monje ignorante, entrometido e intrigante del Renacimiento. Su testimonio ante la Inquisición fue una red de rumores, insinuaciones y falsedad deliberada”. Los jueces de la Inquisición no se compraron su historia, y el caso contra Galileo se volvió a caer. Pero la Carta a Castelli y el testimonio de Caccini se encontraban en los archivos de la Inquisición, y Roma estaba sintiendo el ruido de los rumores de que la Iglesia iba a condenar tanto a Galileo como al copernicanismo. Los amigos de Galileo en la jerarquía, incluyendo al Cardenal Barberini, el futuro Urbano VIII, le advirtieron que no forzara el asunto. Pero Galileo solamente intensificaba su campaña para hacer que la Iglesia acepte el copernicanismo como una verdad irrefutable.

Belarmino desafía a Galileo

A estas Alturas, uno de los grandes santos de esos días, el Cardenal Roberto Belarmino, entró en el drama. Belarmino fue uno de los teólogos más importantes de la Reforma Católica. Era un hombre íntegro y amable que poseía el tipo de mansedumbre y buen humor que es producto de toda una vida de lucha ascética. Como consultor del Santo Oficio y Maestro de Asuntos Controversiales, se le involucró reaciamente en la controversia copernicana. En abril de 1615, escribió una carta que llegó a ascender como una declaración no oficial de la postura de la Iglesia. Él señaló lo siguiente: 1) que era perfectamente aceptable sostener que el copernicanismo como hipótesis de trabajo; y 2) si hubiera una “prueba real” de que la tierra gira alrededor del sol, “entonces deberíamos proceder a explicar con gran prudencia pasajes de las Sagradas Escrituras que parecen enseñar lo contrario…”.

En efecto, Belarmino desafió a Galileo a probar su teoría o dejar de incomodar a la Iglesia. La respuesta de Galileo fue producir su teoría de las mareas, que pretendía mostrar que las mareas son ocasionadas por la rotación de la tierra. Incluso algunos de los simpatizantes de Galileo pudieron notar que esto era un sinsentido patente. Sin embargo, determinado a tener su momento decisivo, Galileo fue a Roma para confrontar al Papa Pablo V. El Papa, exasperado por todo este escándalo sobre los planetas, refirió el asunto al Santo Oficio. Los Calificadores (es decir, los expertos teólogos) del Santo Oficio pronto emitieron una opinión de que la doctrina copernicana era “tonta y absurda, herética filosófica y formalmente puesto que contradecía expresamente la doctrina de las Sagradas Escrituras en muchos pasajes...”.

Este veredicto afortunadamente fue rechazado bajo la presión de cardenales más cautos y no se publicó hasta el año 1633, cuando Galileo forzó una segunda confrontación. Se emitió un decreto más leve, que no incluía la palabra “herejía”, y se convocó a Galileo ante el Santo Oficio. Para ese día, 26 de febrero de 1616, se archivó un informe en el Santo Oficio que señala que a Galileo se le pidió renunciar al copernicanismo y se le ordenó “abstenerse del todo de enseñar o defender esta opinión y doctrina, e incluso de hablar de ella”.

Todavía existe una controversia sin resolver sobre si este documento es genuino, o fue falsificado y deslizado en los archivos por algún oficial inescrupuloso de la curia. A solicitud de Galileo, Belarmino le dio un certificado que simplemente le prohibía “sostener o defender” la teoría. Cuando, dieciséis años después, Galileo escribió su famoso “Diálogo sobre los Dos Grandes Sistemas Mundiales” técnicamente no violó el mandato de Belarmino, pero sí violó la orden registrada en el acta controversial, de la que no fue consciente completamente y que fue utilizada en su contra en el segundo juicio, en 1633.

El Papa abarca demasiado

Este segundo juicio fue nuevamente el resultado de la insistencia sin tacto de Galileo. Cuando en 1623, el amigo y defensor de Galileo, el Cardenal Barberini fue elegido Papa Urbano VIII, Galileo naturalmente pensó que se le podría levantar el decreto del año 1616. Urbano le concedió varias audiencias privadas a Galileo, durante las cuales hablaron sobre la teoría copernicana. Urbano era un hombre egoísta e irascible que, con las maneras de un antiguo príncipe del Renacimiento, pensó que estaba calificado para realizar pronunciamientos en todas las áreas del conocimiento humano. En una audiencia le dijo a Galileo que la Iglesia no definía el copernicanismo como herético y nunca lo haría, pero al mismo tiempo opinaba que toda esta discusión sin importancia sobre los planetas no tocaba la realidad: solamente Dios podía saber cómo estaba dispuesto realmente el sistema solar.

Como científico, Galileo hizo perfectamente lo correcto al rechazar esta manera de filosofar a medio cocer. Pero erró gravemente al calcular la tolerancia de Urbano al escribir el gran Diálogo. Ahí él no solamente dejó en claro que consideraba payasos intelectuales a los defensores de Aristóteles y Tolomeo, sino que dejó a Simplicio, uno de los jefes de los interlocutores del diálogo, como un tonto portavoz de los puntos de vista de Urbano sobre la cosmología. Galileo se estaba burlando de la misma persona que necesitaba como protector, un Papa cuya arrogancia no tomaba esas duras observaciones mordaces con ecuanimidad. Al mismo tiempo, Galileo se distanció de la orden de los Jesuitas con sus violentos ataques a uno de sus astrónomos, Horatio Grassi, sobre la naturaleza de los cometas (y, de hecho, el jesuita estaba en lo correcto: los cometas no son exhalaciones de la atmósfera, como lo suponía Galileo).

El resultado de estas tácticas poco recomendables fue el famoso Segundo juicio, que aún se celebra con canciones y mitos como la separación final de caminos entre la fe y la ciencia. Galileo, un hombre anciano y enfermo, fue convocado ante la Inquisición en Roma. En vano discutió que nunca le mostraron el documento que, sin saberlo él y Belarmino, se había escurrido en el archivo en 1616 prohibiéndole siquiera hablar, sobre el heliocentrismo. Contrario a lo que señalaban los relatos populares, Galileo no abjuró la teoría bajo la amenaza de tortura. Tanto él como los inquisidores sabían que la amenaza de tortura era pura formalidad. De hecho, Galileo fue tratado con gran consideración. Contra todo precedente, fue alojado con un ayuda de cámara personal en un apartamento lujoso desde donde tenía una vista a los jardines vaticanos. Y con respecto al juicio en sí, dada la evidencia del aparente mandato del año 1616, fue bastante justo en base a los estándares de la Europa del siglo XVII. El historiador Giorgio de Santillana, que no se inclinaba al lado de la Iglesia, escribe que "debemos, si hay algo que hacer, admirar la prudencia y los escrúpulos legales de las autoridades romanas" en un periodo cuando miles de "brujas" y otros desviados de la religión fueron sometidos a la muerte jurídica en el norte de Europa y Nueva Inglaterra.

Galileo finalmente fue condenado por el Santo Oficio por "vehemente sospecha de herejía". La elección de las palabras fue debatible, ya que el copernicanismo nunca había sido declarado herético ni por el Magisterio ordinario o extraordinario de la Iglesia. En cualquier caso, Galileo fue sentenciado a abjurar la teoría y a mantenerse en silencio sobre el tema por el resto de su vida, que se le permitió pasar en una casa de campo acogedora cerca de Florencia. Como escribió el filósofo Alfred North Whitehead, "En una generación que vio la Guerra de los Treinta Días y que recordaba a Alva en Holanda, lo peor que le pasaba a los hombres de ciencia, Galileo sufrió una detención honorable y una reprimenda leve, antes de morir pacíficamente en su cama". Y es destacable que tres de los diez cardenales que formaban parte de la Comisión no firmaran la sentencia, a pesar que no conocemos sus precisos motivos para abstenerse.

Condenación injusta

La condena de Galileo fue ciertamente injusta, pero en ningún caso impugna la infalibilidad del dogma católico. El heliocentrismo nunca fue declarado una herejía ya sea mediante un pronunciamiento ex cathedra o un concilio ecuménico. Y como lo señala la Comisión Pontificia, la sentencia del año 1633 no fue irreformable. Las obras de Galileo fueron retiradas eventualmente del Índice Expurgatorio y en 1822, a petición de Pío VII, el Santo Oficio le otorgó imprimatur al trabajo de Canon Settele, en el que el copernicanismo fue presentado como un hecho físico y ya no como una hipótesis.

La Iglesia Católica en realidad tiene poco de qué disculparse en lo que se refiere a sus relaciones con la ciencia. De hecho, Stanley Jaki y otros han argumentado que fue el marco metafísico del catolicismo medieval que hizo que la ciencia fuera posible en primer lugar. Según la vívida frase de Jaki, la ciencia era una “mortinata” en cualquier gran cultura – griega, hindú, china — excepto en el occidente cristiano. Fue la insistencia sobre la racionalidad de Dios y de su creación por parte de Santo Tomás de Aquino y otros pensadores católicos lo que allanó el camino para Galileo o Newton.

Hasta lo que concierne a la autoridad para enseñar de la Iglesia, es sorprendente cómo la física moderna va a la zaga del dogma católico. En 1215, el Cuarto Concilio de Letrán enseñó que el universo tenía un inicio en el tiempo: una idea que habría escandalizado tanto a un antiguo griego como a un positivista del siglo XIX, pero  que ahora es algo común en la cosmología moderna. Ciertamente, mientras más aprendemos sobre el universo, más cerca nos encontramos de los misterios ontológicos de la fe cristiana.