IV. DE LA LEY A LA GRACIA: GRATUIDAD DEL AMOR
 
 

 

1. LA LEY Y LA GRACIA

 

San Pablo es uno de los autores del Nuevo Testamento que con más frecuencia menciona el tema de la libertad cristiana. En Cristo, el creyente pasa de la esclavitud a la libertad, y en sus epístolas el Apóstol se convertirá en ardiente defensor de la gloriosa libertad de los hijos de Dios'.

 

Tomemos como punto de partida de nuestras reflexiones el capítulo cinco de la Carta a los Gálatas, y más concretamente la afirmación del primer versículo: Con esta libertad nos liberó Cristo. Manteneos, pues, firmes y no os dejéis oprimir de nuevo por el yugo de la esclavitud. A San Pablo le preocupa el riesgo de que el creyente pierda de una u otra manera esa libertad tan preciosa obtenida por Cristo, lo que explica el enérgico tono empleado en esta epístola: Me sorprende que abandonéis tan deprisa a quien os llamó por la gracia de Cristo, para ir a otro evangelio'. Oh gálatas insensatos, ¿quién os ha fascinado a vosotros, a cuyos ojos fue presentado Jesucristo crucificado?3.

 

Según San Pablo, ¿cómo puede el cristiano ver amenazada su libertad? En el capítulo mencionado el Apóstol denuncia las dos «trampas» que podrían motivar su pérdida: la ley y la carne.

 

2. ALLÍ DONDE REINA EL ESPÍRITU ESTÁ LA LIBERTAD. LIBERTAD Y LIBERTINAJE.

 

La trampa de la carne (aquí la carne no designa el cuerpo, sino la naturaleza humana herida y pecadora, es decir, cuanto en el hombre se resiste a Dios) aparece expuesta en los versículos 13 a 25 y es de fácil comprensión: escudándose en la libertad, en lugar de seguir los impulsos del Espíritu y servimos por amor unos a otros, viendo así manifestarse los frutos del Espíritu (caridad, alegría, paz, longanimidad, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, continencia), nos entregamos a las pasiones, al egoísmo, al pecado en todas sus formas: fornicación, impureza, lujuria, idolatría, hechicería, enemistades, disputas, celos, iras, peleas, disensiones, divisiones, envidias, embriagueces, orgías y cosas semejantes a estas. San Pablo nos recuerda una enseñanza clásica, pero que no está de más repetir en estos tiempos de confusión: el libertinaje no es la libertad, sino-hablando en propiedad- una esclavitud por la cual el hombre se hace prisionero de lo que hay en él de más superficial: sus codicias egoístas, sus miedos, sus fallos, etc. El cristiano debe ser consciente de ello y no ahorrar nada en su lucha incesante contra las tendencias descritas por San Pablo, abriéndose permanentemente a las gracias salvíficas que nacen de la cruz de Cristo para ir haciéndose poco a poco cada día más libre, de modo que pueda seguir las inspiraciones interiores del Espíritu hacia el bien, porque en esto consiste la verdadera libertad. El hombre libre es aquel que, con la gracia de Cristo, escapa a esta maldición: No hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero... ¡Pobre de mí!, para hacerse capaz de cumplir el bien.

 

La cuestión de fondo que anida en la enseñanza de San Pablo es el rechazo de la idolatría que recorre todo el Antiguo Testamento. Se invita al fiel a preservar su libertad, a no entregar su alma a los ídolos, es decir, a no esperar de cualquier realidad de este mundo (el placer sensible, el poder, la honra, el trabajo, una amistad ... ) la plenitud, la paz, la felicidad o la seguridad que sólo Dios puede dar, so pena de acabar totalmente decepcionado o de infligir un gran daño tanto a uno mismo como a los demás.

 

Para el lector de hoy en día quizá fuera conveniente completar la enseñanza de San Pablo añadiendo que, si queremos que esa lucha por apartarnos de cualquier mala inclinación obtenga su fruto, hay que tener en cuenta dos cosas. La primera, que no bastará con nuestros esfuerzos; que sólo la gracia de Dios podrá lograr la victoria; y que el principal combate será el de la oración, la paciencia y la esperanza. En segundo lugar, que no nos podemos curar de una pasión más que con otra pasión; un amor desviado con un amor mayor; un comportamiento negativo con un comportamiento positivo que no niega, sino que asume el deseo subyacente al primero. Cualquier esfuerzo que se contente con enfrentarse directamente a una conducta negativa sin darse cuenta de que detrás de ella existe alguna esperanza o alguna necesidad positiva que se ha de reconocer, jamás conseguirá su objetivo. Una ascesis «en bruto» que no haga un esfuerzo de inteligencia y comprensión para tener en cuenta lo que una correcta antropología puede enseñarnos acerca del hombre; que no distinga detrás de esas conductas erróneas cuáles son las necesidades que --de modo más o menos inconsciente buscamos colmar; que no proponga una satisfacción legítima o un trueque compatible con la vocación de la persona, una ascesis así está condenada al fracaso.

 

3. LA TRAMPA DE LA LEY

 

Hay que resaltar que, por encima de esta enseñanza clásica sobre el peligro de volvernos esclavos de nuestros pecados y nuestras tendencias egoístas, San Pablo quiere hacernos comprender que existe otra trampa para la libertad del cristiano más sutil, más difícil de detectar y, por lo tanto, más peligrosa: la trampa de la ley. Se trata de otra manifestación de la carne que no se expresa mediante el desorden moral (de hecho, puede adoptar la apariencia de la moralidad más estricta), sino en la que el régimen de la gracia es sustituido por el de la ley, lo cual constituye una perversión del Evangelio. Explicaremos por qué.

 

La circunstancia histórica que motiva que San Pablo se exprese en estos términos es de sobra conocida: en la comunidad en la que ha anunciado el Evangelio, algunos «rectifican» sus enseñanzas afirmando ante estos cristianos neófitos que no podrán salvarse sin la circuncisión y sin la práctica de multitud de prescripciones de la ley de Moisés. Pablo reacciona enérgicamente y avisa que, obrando así, habéis roto con Cristo los que queréis ser justificados por la ley; habéis quedado separados de la gracia. La ley en sí misma es buena: prescribe cosas buenas; ayuda a discernir el bien del mal y lo que construye al hombre de lo que lo destruye; y desempeña una necesaria función pedagógica. Pero su trampa es la siguiente: al hacer de la práctica de la ley condición para la salvación, nos instalamos en una lógica según la cual la salvación no proviene del amor gratuito de Dios manifestado en Cristo, sino de las obras realizadas por el hombre. Las dos lógicas se oponen mutuamente: por la de la gracia ' el hombre recibe de forma gratuita e independientemente de sus méritos la salvación y el amor de Dios a través de Cristo, y responde a este amor de forma gratuita mediante las obras buenas que el Espíritu Santo le concede realizar; por la de la ley, es en premio a sus buenas obras como el hombre merece la salvación y el amor de Dios. Lógicas, pues, opuestas, ya que la una se fundamental en el amor gratuito e incondicional de Dios, y la otra en el hombre y sus capacidades.

 

A causa sobre todo de su experiencia personal, San Pablo es especialmente sensible al carácter gratuito de la salvación recibida de Cristo y así lo pone a menudo de relieve, como ocurre en su carta a Tito: Pues también nosotros fuimos algún tiempo insensatos, desobedientes, descarriados, esclavos de las pasiones y placeres de toda clase, consumiendo la vida en la maldad y en la envidia, aborrecibles, odiándonos unos a otros. Pero cuando se manifestó la bondad y la benevolencia de Dios, nuestro Salvador, él nos salvó, no por las obras de justicia que nosotros hicimos, sino según su misericordia, por medio del baño de regeneración y renovación del Espíritu Santo'. 0 en su carta a los Efesios: Dios, que es rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, aunque estábamos muertos por el pecado, nos dio vida en Cristo -por gracia fuisteis salvados- y con él nos resucitó y nos hizo sentar en los cielos con Cristo Jesús.

 

La ley (no en cuanto a lo que prescribe, que es bueno, sino como «lógica de vida» o manera de situarse frente a Dios) es perversa y conduce a la muerte, pues contradice esta verdad de la gratuidad de la salvación y acaba por matar el amor.

 

La ley puede llevamos al orgullo: como soy capaz de cumplir sus prescripciones, me creo justo y desprecio a quienes no hacen como yo. Es el pecado de los fariseos denunciado con energía por Jesús en el Evangelio, porque nada hay que mate el amor y la misericordia hacia el prójimo con más facilidad que el orgullo espiritual. Por otro lado, la lógica de la ley puede llevarme también a la desesperanza: puesto que soy incapaz de cumplir plenamente sus exigencias, caigo en la desesperación y en la culpabilidad y me siento condenado de forma irremediable.

 

Me gustaría añadir que, quien toma el camino del orgullo, quien se vanagloria de sus éxitos espirituales, antes o después acaba cayendo en la desesperación: inevitablemente, llegará el día en que deba enfrentarse a sus limitaciones, o en que sufra un sonoro fracaso, o en que sus logros espirituales -basados en sus propios esfuerzos- vuelen en pedazos.

 

Esta lógica de la ley que conduce bien al orgullo, bien a la desesperanza, puede adoptar distintas variantes: la rígida piedad de quien lo hace todo «por obligación», como si tuviera una deuda que pagar a Dios, cuando Cristo en la cruz redimió cualquier deuda del hombre con Dios, llamándolo a devolverle todo por amor y agradecimiento, y no en virtud de ninguna deuda; el temor de quien siempre se siente culpable y tiene la sensación de no hacer jamás lo suficiente por Dios; la mentalidad mercantilista del que calcula sus méritos, mide sus progresos, se pasa la vida esperando la recompensa de Dios a sus esfuerzos y se queja en cuanto las cosas no salen como él querría; la actitud superficial de quien, en cuanto ha hecho algo bien, cree haber «llegado» ya y se desanima o se rebela al enfrentarse a sus limitaciones; o la pequeñez de espíritu del que lo mide todo con el rasero de estrictas prescripciones, de frágiles y pobres elementos', de preceptos y enseñanzas de los hombres' del tipo: no toméis, no gustéis, no toquéis, en lugar de vivir con el corazón ensanchado por el amor; o del que con su legalismo o su perfeccionismo hace la vida imposible a los demás y se convierte en un ser inmisericorde.

 

En la misma medida en que esta «lógica de la ley» es causa de muerte (porque el orgullo, la desesperación, el legalismo, el mercantilismo y las restantes actitudes que acabamos de describir matan el amor); en esa misma medida, es fuente de vida la «lógica de la gracia», que permite el crecimiento del amor. La razón estriba en que se trata de una lógica de «gratuidad», y la gratuidad es el único régimen por el que puede existir el amor, que no tolera ningún otro. Creo que estas palabras de Jesús, gratis lo recibisteis, dad1o gratis", se cuentan entre las más importantes del Evangelio. El amor de Dios es absolutamente gratuito; no se puede merecer, ni conquistar: hay que limitarse a acogerlo mediante la fe, que -según San Pablo- constituye la única vía de acceso. Es esta disposición interior la que permite al hombre recibir ese amor gratuito otorgándole plena confianza. Un amor recibido gratuitamente que nos invita a su vez a amar gratuitamente. Es más, mediante la renovación de nuestro corazón por la gracia del Espíritu Santo, nos confiere de forma progresiva la posibilidad de hacer obras de amor y nos da la fuerza necesaria para cumplirlas.

 

Vivir en lo posible de acuerdo con está «lógica de la gracia» nos cura al mismo tiempo del orgullo (mis obras no son así por ser mías, sino porque Dios me da la posibilidad de cumplirlas) y de la desesperanza, pues, sean cuales sean mis fallos, para levantarme siempre podré recurrir al amor absolutamente gratuito e incondicional de Dios.

 

Por el contrario, la lógica de la ley nos mantiene en una dependencia negativa: en lugar de vivir sujetos al amor y a la misericordia divina (y de ser, por tanto, libres, pues ambos nos son dados gratuitamente y sin medida), dependemos de nosotros mismos: nuestro aprecio a la vida, la percepción que tenemos de nosotros, nuestra paz, nuestra sensación de seguridad y todo lo demás se ven condicionados por nuestros resultados, nuestros éxitos o nuestro fracaso en el cumplimiento de determinadas prescripciones. Todo esto nos impide gustar la gloriosa libertad de los hijos de Dios que se saben incondicionalmente amados, con independencia de sus méritos o de su «boletín de notas», sea éste bueno o malo.

 

4. APRENDER A AMAR: DAR Y RECIBIR GRATUITAMENTE

 

Estamos en este mundo para aprender a amar en la escuela de Jesús. Y aprender a amar resulta muy sencillo: es saber dar gratuitamente y saber recibir gratuitamente. Sin embargo, a nosotros, a quienes el pecado nos ha vuelto bastante complicados, una cosa tan simple como ésta se nos hace muy difícil.

 

En nosotros dar gratuitamente no es algo natural: tenemos una fuerte tendencia a dar para recibir a cambio. La entrega de nosotros mismos está motivada siempre, en mayor o menor medida, por la espera de una gratificación. El Evangelio nos invita a superar dicha limitación para practicar un amor tan puro y desinteresado como el de Dios, que es libre porque puede existir y prolongarse en el tiempo sin hallarse condicionado por la respuesta o los méritos de aquel a quien se dirige: Amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada a cambio; así será grande vuestra recompensa y seréis hijos del Altísimo, porque él es bueno con los ingratos y con los perversos. Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso...

 

Tampoco es fácil recibir gratuitamente. A todos nos encanta recibir una cosa cuando la consideramos una recompensa a nuestros méritos. Pero recibir gratuitamente significa también confiar en quien da y mantener el corazón abierto y disponible para acoger ¡También acoger es ser libre! Recibir gratuitamente requiere mucha humildad. No podemos recibir gratuitamente si no reconocemos y aceptamos que somos pobres, algo contra lo que se rebela nuestro orgullo. Somos capaces de reivindicar y de exigir, pero pocas veces de acoger.

 

Pecamos de falta de agradecimiento cada vez que, en nuestra relación con Dios o con los demás, el bien que hacemos se transforma en un pretexto para reivindicar un derecho o para exigir de la otra parte reconocimiento o compensación; o también -aunque de modo más sutil- cada vez que, a causa de tal limitación o fallo por nuestra parte, tenemos miedo a no recibir amor, como si el amor tuviera que pagarse o merecerse. El Evangelio intenta por todos los medios acabar con esta lógica. Recordándonos, por ejemplo, que somos siervos inútiles (Lc 17, 10), pero también que los obreros de la undécima hora reciben el mismo salario que los de la primera. Aunque nos cuesta reconocer este hecho (que crea en nosotros una terrible inseguridad), resulta vital, porque jamás encontraremos la felicidad si nos quedarnos en una lógica de regateos, de derechos y deberes: una lógica que puede tener su razón de ser en nuestra sociedad terrena, pero que debemos ir superando poco a poco para penetrar en la del amor.

 

Aprender a dar y a recibir gratuitamente requiere una reeducación larga y laboriosa de nuestra psicología, que no se halla «estructurada» para ello, sino que lleva varios milenios condicionada por la necesidad de luchar para sobrevivir. A pesar de nuestros progresos tecnológicos, en realidad nuestra psicología es la de -podríamos decir- el hombre prehistórico; o, dicho de otro modo, su misma estructuración se basa en gran parte en mecanismos de defensa, supervivencia, etc., y no es capaz de una relación confiada y gratuita o de un amor libre y desinteresado. Así pues, la obra del Espíritu Santo estaría encaminada a reestructurar nuestra «psique» con objeto de hacerla apta para funcionar de este modo. La oposición que establece San Pablo entre el hombre psíquico y el hombre espiritual, entre el «hombre viejo» y el «hombre nuevo» podría interpretarse en estos términos. Se podría decir que la irrupción de la Revelación divina y del Evangelio en el mundo es como un fermento evolutivo que tiene como fin «modificar» nuestro psiquismo hacia una lógica de gratuidad que será la del Reino, porque es la del amor. Se trata de un proceso de divinización, pues su fin consiste en llegar a amar a Dios como Dios ama: Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto". ¡Una divinización que es verdadera humanización! Esta maravillosa y liberadora evolución necesita de la cooperación de nuestra libertad y sólo se puede producir mediante dolorosas refundiciones de la psique que a veces son vividas como un auténtico duelo. No se puede llegar a una nueva manera de ser más que a costa de la «muerte» -algo así como una agonía- de muchas de nuestras conductas naturales. Pero, una vez franqueada la «puerta estrecha» de esta conversión de nuestra mentalidad, penetramos en un universo espléndido: el del Reino, el mundo donde el amor es la única ley, un paraíso de gratuidad en el que el amor se intercambia sin límites y se da y se recibe sin restricciones; en el que no existen los «derechos» ni los «deberes», ni nada que defender o conquistar; donde no existe oposición entre «lo tuyo» y «lo mío»; donde el corazón se ensancha hasta el infinito. En este mundo nuevo reina el amor, un amor terriblemente exigente (porque lo pide todo: mientras no se ama totalmente, no se ama verdaderamente), pero soberanamente libre, pues no tiene otra ley que él mismo.