Dicha

PETER KREEFT

La dicha es más que la felicidad, del mismo modo que la felicidad es más que el placer.
 

 

El camino hacia el placer es el poder y la prudencia. El camino hacia la felicidad es el bien moral. El camino hacia la dicha es la santidad, amando a Dios con todo tu corazón y al prójimo como a ti mismo.

Todos desean el placer. Más íntimamente, todos desean la felicidad. Y mucho más íntimamente, todos anhelan la dicha.

Freud dice que la dicha espiritual sustituye al placer físico y que las personas se convierten en santos a partir de frustraciones sexuales.

Esto es justamente lo opuesto a la verdad. Santo Tomás de Aquino dice: "Nadie puede vivir sin dicha. Es por ello que quien está privado de la dicha espiritual se vuelca a los placeres carnales". La santidad nunca reemplaza al sexo, sino que el sexo muchas veces reemplaza a la santidad.

La prueba más simple e irrefutable de que Santo Tomás de Aquino está en lo cierto y de que Freud está equivocado es la experiencia. No es solo una cuestión de fe. Muchas personas lo han demostrado por la experiencia en innumerables ocasiones. Puedes repetir el experimento y probarlo tú mismo. Puedes estar completamente seguro de que es cierto, tan cierto como que el fuego es caliente y el hielo frio.

Millones de personas durante miles de años han probado el experimento y ninguna de ellas ha sido engañada. Todos los que buscan, encuentran. Esto no es sólo una promesa para la vida futura, en la que deba creerse a través de la fe, sino una promesa para esta vida, que debe probarse con la experiencia, que debe confirmarse a través de experimentos.

Nadie que alguna vez haya dicho a Dios "que se haga Tu voluntad" y que realmente lo sintiera de corazón, dejó de encontrar la dicha, no sólo en el cielo o más adelante a lo largo del camino de la vida en la tierra, sino que en este mundo y en este mismo momento, aquí y ahora.

En el mismo acto de abandono a Dios hay dicha, una dicha que no es posterior, una consecuencia, sino que se experimenta en ese mismo momento. Es exactamente igual a la entrega voluntaria de una mujer a un hombre para mantener relaciones sexuales. Los místicos suelen decir que todas las almas son femeninas para Dios; éste es un motivo por el que Dios siempre está simbolizado como un hombre. Es evidente que es sólo un símbolo, pero es un símbolo verdadero, un símbolo de algo verdadero.

El simbolismo tampoco es "sexista", ya que también abarca el alma del hombre. Solo cuando los amantes dejan de controlarse y sus cuerpos y espíritus se funden sin poder contenerse, solo cuando superan el miedo que requiere control, encuentran la dicha más profunda. La frigidez, tanto sexual como espiritual, proviene del egoísmo.

Todas las veces que dije sí a Dios, incluso con algo aproximándose levemente a la totalidad de mi alma, cada una de las veces que no sólo pronuncié las palabras "que se haga tu voluntad" sino que realmente las quise decir, las amé y las deseé, sentí dicha y paz en ese mismo momento.

Todos hemos conocido personas frías, suspicaces, desconfiadas, obsesivas. Estas personas están tristes y son desdichadas. No pueden alcanzar la dicha porque no pueden confiar, no pueden tener fe. Necesitamos de la fe para amar y necesitamos del amor para encontrar la dicha. Fe, amor y dicha forman parte del mismo paquete.

Todas las veces que dije sí a Dios, incluso con algo aproximándose levemente a la totalidad de mi alma, cada una de las veces que no sólo pronuncié las palabras "que se haga tu voluntad" sino que realmente las quise decir, las amé y las deseé, sentí dicha y paz en ese mismo momento. De hecho, encontré la dicha con la misma intensidad con que pronuncié y quise decir esas palabras.

Los demás cristianos de todos los tiempos encontraron exactamente la misma respuesta a partir de su propia experiencia. Es un experimento que se llevó a cabo una y otra vez, miles de millones de veces, y siempre con el mismo resultado. Es tan cierto como la gravedad.

Es demasiado bueno para ser cierto. Suena como una exageración piadosa, el discurso de un vendedor. ¿Dicha instantánea? Todo lo que tienes que hacer es entregarte a Dios. ¿Cuál es el truco?

Hay un truco. Es un gran truco, pero simple: deben hacerlo realmente, no sólo pensarlo.

Para hacerlo íntegramente necesitamos algo que no nos gusta demasiado: la muerte. No la muerte del cuerpo. El cuerpo no es el obstáculo, sí lo son el ego y la obstinación. Tememos que renunciar a eso incluso más de lo que tememos renunciar al cuerpo para entregarnos a la muerte. Sin embargo, ese ego, que San Pablo denomina "el hombre viejo" en nosotros, o el Adán en nosotros, es la causa de toda nuestra miseria.

El hombre viejo se vendió al diablo. Es su micrófono. Se sienta detrás de nuestros oídos para hablar mucho y decir poco. Cuando estamos a punto de abandonarnos a Dios, instantáneamente nos dice al oído: "Ten cuidado. Debes detenerte. No te acerques demasiado a él. Es peligroso. De hecho, es un asesino".

Esa voz dice algunas verdades. Incluso el diablo debe comenzar diciendo algo verdadero para torcerlo y transformarlo en una mentira. Es verdad, Dios es un asesino. Si lo dejas, matará a tu yo viejo, egoísta, infeliz, aburrido, desdichado, confiado y desamorado.

Sin embargo, lo hará sólo si tú quieres que lo haga y en la medida que tú se lo permitas. Dios es un caballero. Nunca violará tu alma, sólo la cortejará.

Y cuando lo hace, puedes comprender uno de los motivos por los que el sexo es tan diferente, tan especial, tan sagrado: es una imagen de esto, del cielo, el sentido último y el destino y propósito de tu vida.

Incluso el pequeño anticipo del cielo que podemos experimentar aquí en la tierra entregándonos a Dios nos hace sentir mucha más dicha que el mayor éxtasis del sexo, del mismo modo que estar con el ser que amas es más dichoso que estar con su fotografía.

Hay dos opciones: creer o no creer. Si crees, ¡hazlo! Si no crees, entonces inténtalo. Te gustará.