III. EL DINAMISMO DE LA FE, LA ESPERANZA Y LA CARIDAD

 
 

 

1. LAS VIRTUDES TEOLOGALES

 

En nuestras reflexiones anteriores hemos mencionado a menudo la importancia de la fe, la esperanza y la caridad, que se conocen comúnmente como «virtudes teologales», es decir, las virtudes que nos unen a Dios. De hecho, la tesis fundamental de esta obra es la siguiente: sólo podremos adquirir la libertad interior en la medida en que desarrollemos el ejercicio concreto de estas virtudes.

 

Lamentablemente, en el lenguaje actual la palabra «virtud» ha perdido mucho de su significado. Para entender éste correctamente, es preciso acudir a su sentido etimológico: en latín «virtus» quiere decir «fuerza». La virtud teologal de la fe es la fe en tanto que es para nosotros una fuerza. La epístola a los Romanos nos dice a propósito de Abraham: Ante la promesa de Dios no dudó dejándose llevar de la incredulidad, sino que confortado por la fe, dio gloria a Dios, persuadido de que poderoso es Él para cumplir lo que prometió.

 

De igual modo, la virtud teologal de la esperanza no es una vaga espera difuminada y lejana, sino esa certeza respecto a la fidelidad de Dios, que cumplirá sus promesas; una certeza que confiere una inmensa fuerza. En cuanto a la caridad teologal, podríamos decir que es la valentía de amar a Dios y al prójimo.

 

Estas tres virtudes teologales constituyen el dinamismo esencial de la vida cristiana. Es indispensable conocer el papel que desempeñan, llamar la atención sobre ellas y convertirlas -a ellas, y no a otros aspectos secundarios, como ocurre en ocasiones- en el centro de toda la vida espiritual. La madurez. del cristiano es su capacidad para vivir de fe ' de esperanza y de caridad. Ser cristiano no es frecuentar tal o cual práctica, ni seguir una lista de mandamientos y deberes; ser cristiano es, ante todo, creer en Dios, esperarlo todo de Él y querer amarle a Él y al prójimo de todo corazón. Todos los demás aspectos de la vida cristiana (la oración, los sacramentos, todas las gracias que recibimos de Dios -incluidas las experiencias místicas más sublimes-) no persiguen más que un solo fin: aumentar la fe, la esperanza y la caridad. Si no es éste su resultado, no sirven absolutamente para nada.

 

El Nuevo Testamento -y especialmente las cartas de San Pablo- esclarece mucho el dinamismo de la fe, la esperanza y la caridad, estableciéndolas como el centro de la existencia cristiana. Dirigiéndose a los cristianos de Tesalónica, el Apóstol confiesa acordarse sin cesar ante nuestro Dios y Padre, del ejercicio de vuestra fe, del esfuerzo de vuestra caridad y de la constancia de vuestra esperanza en nuestro Señor Jesucristo2 . En la lucha interior (otro tema muy querido de San Pablo) las armas del cristiano son fundamentalmente estas mismas virtudes teologales: seamos sobrios, revestidos con la coraza de la fe y de la caridad, y con el yelmo de la esperanza de salvación l.

 

Hagamos notar que las virtudes teologales desempeñan un papel clave en la vida espiritual, pues constituyen un medio privilegiado de colaboración entre nuestra libertad y la gracia divina. Todo cuanto hay de positivo y de bueno en nuestra vida procede de la gracia divina, de la acción gratuita e inmerecible del Espíritu Santo en nuestros corazones. Pero esta gracia sólo puede ser plenamente fecunda en nosotros si cuenta con la cooperación de nuestra libertad. «Os he creado sin vosotros, pero no os salvaré sin vosotros», decía el Señor a Santa Catalina de Siena.

 

Así pues, las virtudes teologales son a la vez, misteriosa pero realmente, un don de Dios y una actividad del hombre. La primera cita extraída de la carta a los Tesalonicenses que acabamos de mencionar así lo manifiesta claramente. La fe es un don gratuito de Dios: nadie puede decir «Jesús es el Señor» sin que el Espíritu Santo se lo conceda. Pero, al mismo tiempo, es también una decisión del hombre, un acto de adhesión voluntaria a la verdad que proponen la Escritura y la Tradición de la Iglesia. Este aspecto voluntario aparece más marcado aún en momentos de duda y tentación. «Creo lo que quiero creer», decía Santa Teresita del Niño Jesús en la prueba final de su vida, y sobre el corazón llevaba escrito con su sangre el Credo. Habrá ocasiones en que la fe sea espontánea, pero no debemos olvidar que se trata de un acto, una adhesión voluntaria de nuestra voluntad a la palabra de Dios, que a veces exige un gran esfuerzo. Creer no siempre «sale solo»: hay momentos en que es preciso armarse de valor para cortar por lo sano con dudas y vacilaciones. No obstante, no olvidemos que, cuando hacemos un acto de fe, éste sólo es posible porque el Espíritu Santo ayuda nuestra debilidad

 

Igualmente, también la esperanza constituye una elección que a menudo requiere un esfuerzo. Es más fácil inquietarse, temer o desanimarse, que esperar. Esperar es dar crédito: una expresión que indica claramente cómo en la esperanza no hay pasividad, puesto que implica un acto.

 

En cuanto al amor, también éste es una decisión: quizá cuando el deseo nos empuja a ello, el amor surja de modo espontáneo, pero muy a menudo amar significa «elegir» amar o «decidir» amar. De otro modo, el amor sólo sería emoción, superficialidad o egoísmo, y no lo que esencialmente es, es decir, algo que compromete nuestra libertad.

 

Dicho esto, es siempre con la mediación de un acto de Dios (oculto o perceptible) como la fe, la esperanza y la caridad se hacen posibles. La cuestión de fondo que recorre estas reflexiones es la siguiente: ¿cómo un acto humano (el acto de creer, de esperar o de amar) puede ser un acto plenamente humano, libre y voluntario, a la vez que un don gratuito de Dios, un fruto de la acción del Espíritu Santo en el corazón del hombre? En este punto tocamos el profundo misterio de la «interacción» entre la actividad de Dios y nuestra libertad, un problema espinoso tanto en el plano filosófico como en el teológico. Sin adentramos en él, diremos simplemente que no existe contradicción entre el obrar de Dios y la libertad humana: Dios es el Creador de nuestra libertad y, cuanto más influye Él en nuestro corazón, más libres nos hacemos. Los actos que realizamos bajo la acción del Espíritu Santo provienen de Dios, pero son también actos plenamente libres, plenamente queridos y plenamente nuestros. Porque Dios es más íntimo a nosotros que nosotros mismos. Las virtudes teologales nacen y crecen en el corazón del hombre gracias a la obra y a la pedagogía del Espíritu Santo. Sin embargo, esta pedagogía divina resulta a veces muy desconcertante. Con objeto de ilustrar este último aspecto y facilitar nuestra cooperación a la obra de la gracia, nos gustaría decir unas palabras acerca de la manera en que el Espíritu Santo obra en nosotros.

 

2. LAS TRES EFUSIONES DEL ESPÍRITU SANTO

 

Obviamente, no es posible descifrar del todo la acción del Espíritu Santo en la Vida del hombre, ni establecer leyes algunas sobre ella, y mucho menos programarla: El viento sopla donde quiere y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va'.

 

Sin embargo, en el modo en que el Espíritu Santo conduce nuestra existencia y acrecienta en nosotros la fe, la esperanza y la caridad, existen ciertas grandes constantes que podemos describir. Nos gustaría intentar hacerlo basándonos para ello en la meditación de los misterios del Rosario.

 

El Rosario y sus diferentes misterios (gozosos, dolorosos y gloriosos)* es una hermosa oración a través de la cual nos confiamos a la Virgen para entrar en comunión con los sucesos de la vida de Cristo, misterios siempre vivos y vivificadores. No obstante, el Rosario constituye también un símbolo de toda la existencia humana. Decía Marthe Robin: «Toda vida es una Misa»; de forma análoga, podría decirse también que toda vida es un Rosario. Indudablemente, no lo descubriremos hasta el final, cuando haya sido desgranado del todo y nuestra existencia halle su forma y su armonía definitivas, una vez superado cuanto pueda resultar aparentemente caótico en su desarrollo visible.

 

Al igual que el Rosario con sus misterios gozosos, dolorosos y finalmente gloriosos, por lo que se refiere a la obra del Espíritu Santo en nuestra existencia podría decirse que ésta posee también «efusiones» de gozo, de dolor y de gloria. El orden en que aparecen enumeradas tiene su importancia, incluso aunque las cosas discurran de una manera más cíclica que lineal.

 

Existen efusiones del Espíritu que iluminan y revelan; efusiones del Espíritu que expolian y empobrecen; efusiones del Espíritu que confirman y fortalecen. Las tres son necesarias: las primeras para hacer brotar la fe, las segundas para enseñar la esperanza, las terceras para comunicar la valentía de amar.

 

Tomemos como ejemplo la vida de San Pedro, un personaje muy familiar para lectores del Evangelio como nosotros y cuyo itinerario es muy significativo.

 

En el ámbito de la Renovación carismática, en el que se habla con frecuencia del Espíritu Santo, a la pregunta «¿Cuándo recibió San Pedro la efusión del Espíritu Santo», generalmente obtendremos esta respuesta: «En Pentecostés». Sí, en efecto; pero siempre me gusta añadir que no es ésa la única vez; personalmente, creo que San Pedro experimentó otras «efusiones del Espíritu Santo» antes que la mencionada en los Hechos de los Apóstoles. Concretamente suelo mencionar dos.

 

3. LA VOCACIÓN Y EL DON DE LA FE

 

Sin duda, la primera efusión del Espíritu Santo en la vida de San Pedro está relacionada con el momento de su vocación, cuando se siente empujado a dejarlo todo (oficio, redes, barca, familia ... ) para seguir a Jesús. En Pedro tanto el mensaje como la persona del Señor provocan una fuerte conmoción: Jamás hombre alguno ha hablado como él. Impresionado por el profeta de Galilea y lleno de entusiasmo, Pedro presiente que sus palabras son palabras de vida eterna, y al mismo tiempo adivina que, con su respuesta a la llamada que Jesús le dirige -ven y sígueme, su vida emprende un destino completamente nuevo, pues a partir de ahora vivirá consagrado a un proyecto extraordinario. A la vez que revela a Pedro quién es Jesús, el Espíritu Santo le revela también el sentido nuevo de su propia existencia, suscitando en él una alegría y una dicha enormes. En ese momento comienza esa maravillosa aventura espiritual en la que Pedro se ve de alguna manera embarcado.

 

Es ésta una de esas «efusiones gozosas» del Espíritu Santo que abren el corazón y los horizontes, que revelan la belleza del misterio de Cristo y nuestra vocación a seguirle. El Espíritu enriquece nuestra existencia con una nueva presencia de Cristo y una nueva comprensión de cuál es el destino de nuestra vida. En momentos como éste, el principal papel del Espíritu Santo es el de iluminar y despertar en el corazón del hombre una respuesta que constituya la adhesión de la fe.

 

4. LAS LÁGRIMAS DE PEDRO Y EL DON DE LA ESPERANZA

 

Pero el Espíritu Santo no es solamente el que enriquece, sino también el que hace pobre; no solamente el que amplía los horizontes y el corazón, sino también quien nos conduce a través de puertas estrechas... Algo que Pedro experimentará sobre todo en el momento más terrible de su vida: el de su traición. No obstante, en virtud de la misericordia divina, ésta se convertirá en ocasión de una profunda efusión del Espíritu Santo, manifestada a través de sus lágrimas. Lágrimas con las que el primero entre los Apóstoles sentirá toda su miseria y su pecado, pero con las que también recibirá la esperanza del perdón.

 

Para Pedro, esta traición supone una terrible caída. Pocas horas antes, se había declarado ante todos dispuesto a seguir a Jesús hasta la prisión, e incluso hasta la muerte. Era el jefe de los Apóstoles y, como tal, consciente de su obligación particular de guiar al grupo y dar buen ejemplo ante él. Para eso lo había elegido Jesús y, por supuesto, su elección no pudo ser equivocada: Pedro estaba totalmente entregado a su misión. Y es entonces cuando sus bellas confesiones, y el agudo sentido que posee de su responsabilidad para con el resto de los discípulos, todo eso se viene abajo en pocos segundos; basta con que, en el patio del Sumo Sacerdote, un humilde criado le plantee esta pregunta: ¿No eras tú también discípulo de este hombre? Y por tres veces renegará Pedro de su Maestro, jurando no tener nada que ver con Él... ¡Qué vuelco se produce! ¡El primero convertido en el último! Sin embargo, el Espíritu Santo, que es el Padre de los pobres, se sirve de tan lamentable caída para volver a remover en lo más hondo el corazón del Apóstol: Pedro cruza su mirada con la de Jesús, y en esa mirada descubre el horror de su traición y toda su miseria; pero, al mismo tiempo, se da cuenta de que no está condenado, que es más tiernamente amado que nunca y que existe para él la esperanza de levantarse y ser salvado. Y Pedro se funde en lágrimas, en las cuales su corazón está ya purificado. La fortuna de Pedro es la de haber aceptado cruzar su mirada con la de Jesús... ¿Y tú, Judas?, ¿por qué huiste de esa mirada y te dejaste cercar por la desesperación? ¡También para ti hubo, hasta el último momento, la esperanza del perdón y la salvación! Tu pecado no fue peor que el de Pedro...

 

En esa mirada del Maestro, Pedro ha vivido una efusión del Espíritu Santo. Una de esas efusiones dolorosas que empobrecen, que despojan de forma radical, pero que acaban revelándose infinitamente beneficiosas, porque muestran al hombre su impotencia, su absoluta miseria y su nada, y le obligan desde ese momento a no apoyarse en sus solas fuerzas, ni en sus pretendidas cualidades o en las virtudes que cree poseer; que le obligan a contar exclusivamente con la misericordia y la fidelidad divinas, penetrando así en la auténtica libertad.

 

Los Padres del desierto no dudaban en afirmar: «El que ve su pecado es mayor que el que resucita, a los muertos». El Espíritu Santo ha hecho que se opere en Pedro un cambio decisivo: ha pasado de la confianza en sí mismo a la confianza en Dios, de la presunción a la esperanza. Se puede decir que, con motivo de su negación, Pedro ha perdido cuantas virtudes practicaba hasta el momento y creía poseer: su fervor, su fidelidad al Maestro, su valor, etc. En pocos segundos, todo ha estallado en pedazos. Por el contrario, Pedro ha comenzado a practicar, por primera vez en su vida, otra virtud que antes no conocía: la virtud de la esperanza. Mientras contamos con nosotros mismos y con nuestras propias fuerzas, mientras no somos radical-' mente pobres, no podemos ejercitar la virtud de la esperanza. Porque esta virtud es la que practica quien se sabe infinitamente débil y frágil; quien no se apoya solamente en sí mismo, sino que cuenta confiadamente con Dios; quien lo espera todo de Él, y únicamente de Él, con inmensa confianza. Al encontrarse con la mirada de Jesús, conmovido hasta las lágrimas, Pedro ha hecho el primer auténtico acto de esperanza de su existencia: lo que yo no soy capaz de hacer por mis propias fuerzas, lo espero de Ti, Dios mío, y no en virtud de mis méritos, ya que no poseo ninguno, sino en virtud de Tu sola misericordia.

 

Este episodio de la vida de Pedro contiene una enseñanza fundamental: la verdadera esperanza, la teologal (que nos une a Dios), sólo puede proceder de una experiencia de profunda pobreza. Mientras somos ricos, contamos con nuestras riquezas; no podemos hacer otra cosa, pues es algo «grabado» en nosotros. Para aprender a esperar, que consiste en contar solamente con Dios, es preciso pasar por algunos empobrecimientos radicales, que son la fuente de la felicidad por constituir la etapa previa a una extraordinaria experiencia de la bondad, la fidelidad y el poder de Dios. Bienaventurados los pobres en el espíritu --que podríamos traducir como los expoliados por el Espíritu- porque de ellos es el reino de los cielos.

 

5. PENTECOSTÉS Y EL DON DE LA CARIDAD

 

Continuando con el simbolismo del rosario para finalmente acabar en los misterios gloriosos, diremos que Pentecostés fue para Pedro y los demás discípulos una «efusión gloriosa» del Espíritu Santo: una efusión que llena a la persona de la presencia divina, que une íntimamente con Cristo y cuyo más bello fruto lo constituye la valentía para amar En el Cenáculo Pedro recibe, según la promesa de Jesús, una fuerza venida de lo alto8. Es la fuerza de la caridad, el fuego del amor, la valentía de amar a Dios sobre todas las cosas, de confesarlo audazmente delante de los hombres y de consagrar toda su vida al servicio del prójimo mediante el anuncio del Evangelio. Abrasado de esta caridad derramada en su corazón por el Espíritu Santo, a partir de ese momento Pedro será un apóstol infatigable a quien hacen feliz las ocasiones que se le presentan de sufrir por el nombre de Jesús', entregado por entero al servicio de sus hermanos y hermanas, apacentando la grey de Dios... de corazón.

 

6. EL FUEGO QUE ILUMINA, ABRASA Y TRANSFIGURA

 

Se puede establecer un interesante paralelismo entre estos tres aspectos de la vida interior, estas efusiones gozosas, dolorosas y gloriosas del Espíritu Santo, y la imagen del fuego y el leño arrojado a las llamas que emplea San Juan de la Cruz para ilustrar algunos sucesos de nuestra vida espiritual y hacer comprender que, independientemente de cuáles sean las circunstancias que atraviesa nuestra alma -felices o penosas, oscuras o llenas de luz, es siempre el mismo amor el que actúa, la misma luz la que la rodea.

 

Cuando el fuego se acerca al leño, en primer lugar lo ilumina, lo alumbra y lo aviva; esta fase correspondería a un misterio gozoso: el amor divino que se nos revela también a nosotros nos da luz y calor. Si el fuego se aproxima aún más, en un primer momento los efectos son aparentemente inversos: en contacto con la llama, el leño comienza a oscurecer, a despedir humo, a oler mal y a desprender brea y otras sustancias desagradables. Se trata de la efusión dolorosa: el alma, penetrada más hondamente por la implacable luz divina, experimenta su miseria, su pecado y su absoluta impureza. Esta etapa dura el tiempo necesario hasta que el fuego purificador haya concluido su tarea y el alma en su totalidad sea iluminada y abrasada, transformada en fuego de amor, como el leño quemado que, en lo sucesivo, también él ha quedado convertido en fuego. Es la efusión gloriosa, en la cual el alma se ve fortalecida en la caridad, ese fuego que Jesús ha venido a traer a la tierra.

 

A mi entender, la principal enseñanza que se extrae de esta imagen va acompañada de un gran optimismo: no debemos tener miedo a esos momentos en que la experiencia de nuestra miseria nos anonada; no debemos desesperar, sino continuar entregándonos a Dios confiadamente, convencidos de que -antes o después- esta miseria nuestra se transformará en ardiente caridad. Santa Teresita del Niño Jesús escribe a su hermana María del Sagrado Corazón: «Alejémonos de todo lo que brilla, amemos nuestra pequeñez... entonces seremos pobres en el espíritu y Jesús vendrá a buscarnos. Por muy lejos que estemos, nos transformará en llamas de amor»

 

7. DINAMISMO DE LAS VIRTUDES TEOLOGALES Y PAPEL CLAVE DE LA ESPERANZA

 

San Serafín de Sarov afirma que el fin de la vida cristiana es la adquisición del Espíritu Santo. A lo que podríamos añadir (y los sucesos de la vida de San Pedro que acabamos de meditar así lo confirman) que el fin de la obra del Espíritu Santo en nuestra vida consiste en suscitar y hacer crecer las virtudes teologales de la fe, la esperanza y la caridad: éste es, por decirlo así, su «papel» principal, y todos los demás carismas, dones u operaciones de la gracia son sólo medios con vistas al crecimiento de la fe, la esperanza y la caridad.

 

Las tres virtudes teologales no se pueden separar; ninguna de ellas es capaz de existir realmente sin las otras. Nos gustaría exponer ahora algunas reflexiones sobre el modo en que las tres se articulan entre ellas. Todo cuanto digamos a este respecto posee consecuencias muy importantes y muy concretas en la vida interior.

 

La más importante de las tres es, por supuesto, el amor. «A la tarde te examinarán en el amor», dice San Juan de la Cruz. Es preciso releer el maravilloso «Himno a la caridad» de la segunda carta a los Corintios, en el que San Pablo deja muy claro su papel fundamental: «aunque tuviera tanta fe como para trasladar montañas, si no tengo caridad, nada soy» 12 ; para añadir un poco después: «Ahora permanecen la fe, la esperanza y la caridad, estas tres; pero la mayor de ellas es la caridad»". La fe y la esperanza son provisionales, sólo para este mundo, y enseguida pasarán: en el cielo, la fe será reemplazada por la visión, la esperanza por la posesión; sólo el amor no pasará jamás: nada reemplazará a la caridad porque ésta es el fin. Lo cual significa que en esta tierra el amor es la participación más plena en la vida del cielo, mientras que la fe y la esperanza se hallan al servicio de la caridad, la única que posee un carácter definitivo.

 

Dicho esto, es imprescindible comprender que aquí abajo el amor no puede existir sin sus «siervas», que son la fe y la esperanza: la caridad tiene una total necesidad de ellas para crecer y desarrollarse. Explicaremos por qué.

 

8. EL AMOR NECESITA DE LA ESPERANZA; LA ESPERANZA SE FUNDAMENTA EN LA FE

 

No puede existir caridad sin esperanza. La caridad, fruto último de la vida teologal, sólo se desarrolla en condiciones favorables. El amor necesita espacio para expandirse y crecer; es una realidad maravillosa, pero en cierto sentido también frágil ' pues sin su «espacio vital» acaba fácilmente ahogada, comprimida e infecunda. Y el «medio» concreto que precisa para desplegarse se halla constituido por la esperanza. Si estamos atentos a lo que ocurre en nosotros, nos daremos cuenta de que, cuando el amor se enfría o deja de crecer, a menudo se debe a que nuestros anhelos, nuestros miedos, nuestras inquietudes y nuestro desánimo lo están ahogando. En un diálogo con Santa Faustina, Jesús afirma que «los mayores obstáculos para la santidad son el desaliento y la inquietud».

 

De alguna manera, el amor es connatural al hombre: éste ha sido creado para amar y lleva dentro de sí una aspiración profunda a entregarse. Aunque pocas veces seamos conscientes de ello, la necesidad más profunda del hombre es sin duda la de entregarse. Como explica una parábola del Evangelio, el amor podría crecer solo en el corazón como el trigo que, una vez sembrado, brota de sí mismo, vele o duerma el labrador`. Pero la realidad es que, muy a menudo, el amor no crece: su desarrollo se ve bloqueado por algo. Puede tratarse del egoísmo, el orgullo o, en palabras del Evangelio, los cuidados del siglo y la seducción de la riqueza`; o bien cualquier otra traba. Sin embargo, la mayoría de las veces el problema radica en la falta de esperanza.

 

A causa de esta falta, no creemos realmente que Dios pueda hacernos dichosos y construimos una felicidad con nuestras propias recetas: la codicia egoísta. No esperamos que Dios nos haga vivir en plenitud y nos creamos una identidad artificial: el orgullo. 0 bien (y ésta es la situación más común entre personas de buena voluntad) nos gustaría mucho amar y ser generosos en ese amor y en la entrega de nosotros mismos, pero nos vemos atenazados por el miedo, la duda o la intranquilidad. La falta de esperanza y la falta de confianza en lo que la gracia divina puede obrar en nosotros y en lo que nosotros podemos hacer con su ayuda, trae como inevitable consecuencia un estrechamiento del corazón y una mengua de la caridad. Y, por el contrario, la con fianza -como dice Teresa de Lisieux- conduce al amor.

 

El hecho de que una persona pierda su fervor, su impulso y su generosidad en el amor a Dios y al prójimo, obedece muy a menudo al desaliento, es decir, a una especie de desesperanza oculta que ha comenzado a invadir el corazón con un efecto desmovilizador. A causa de los fracasos, las decepciones, las dificultades, la experiencia de nuestra miseria y las inquietudes que nos desasosiegan, perdemos nuestra energía y «bajamos los brazos». En este caso, el remedio (es decir, el modo de hacer rebrotar el amor) no reside en un esfuerzo voluntarista, sino en reanimar la esperanza, en reencontrar una nueva confianza en lo que Dios, por grande que sea nuestra miseria, puede hacer por nosotros y en lo que nosotros podemos realizar con la ayuda de la gracia.

 

Mi experiencia como director espiritual me lleva a creer que la mayoría de las faltas de amor, de fervor y de generosidad proceden en realidad de un desaliento más o menos consciente. «Es el desánimo lo que pierde a las almas», decía Libermann. En ese momento, la terapia apropiada es la de descubrir la raíz del desaliento, ese «punto de desesperanza», y poner el remedio espiritual, que consiste en volver a dotar a la persona de una mirada esperanzada sobre este aspecto concreto de su vida.

 

Todo esto responde a una realidad psicológica muy sencilla, pero importantísima (El dinamismo de la fe, la esperanza y la caridad está arraigado en nuestra estructura psicológica.): para que nuestra voluntad sea fuerte y dispuesta, necesita verse alimentada por el deseo. Y ese deseo no puede ser poderoso si lo que se desea no se percibe como posible y accesible; porque, si nos representamos algo como inaccesible, dejamos de desearlo y quererlo con fuerza. No se puede querer nada de modo eficaz si psicológicamente tenemos la sensación de que "no llegaremos"

 

Cuando la voluntad desfallece, para volver a despertarla se necesita una labor de «remodelación» de nuestras representaciones que nos permita percibir de nuevo lo que queremos como accesible y deseable.

 

La esperanza es la virtud que pone en práctica esa remodelación; gracias a ella, sé que lo puedo esperar todo de Dios con total confianza. Todo lo puedo en aquel que me conforta, dice San Pablo`. La esperanza nos cura del miedo y el desaliento, dilata el corazón y permite que el amor se expanda.

 

Pero, a su vez, también la esperanza, para constituir una auténtica fuerza, necesita de una verdad en la que apoyarse. Este fundamento le es conferido por la fe: puedo esperar contra toda esperanza porque sé a quien he creído. La fe hace que me adhiera a la verdad trasmitida por la Escritura, la cual no cesa de mostrarme la bondad de Dios, su misericordia y su absoluta fidelidad a sus promesas. A través de la Palabra de Dios, nos dice la epístola a los Hebreos, tenemos firme consuelo los que buscamos refugio en la posesión de le esperanza propuesta., la cual tenemos como segura y firme ancla de nuestra alma, que penetra hasta el interior del velo, donde Jesús entró como precursor.

 

La Escritura nos revela el amor absolutamente in---, :condicional e irrevocable de Dios hacia sus hijos ,manifestado en Cristo, nacido, muerto y resucitado por nosotros. Él me amó y se entregó a sí mismo por mí". Por la fe el corazón se adhiere a esta verdad y encuentra en ella una esperanza inmensa e indestructible.,!«La fe es la madre del amor y de la esperanza, así como de la confianza y de la certeza».

 

9. PAPEL CLAVE DE LA ESPERANZA

 

Las anteriores consideraciones demuestran el papel clave de la esperanza en la vida cristiana. Podríamos decir que, si la caridad es en sí misma la mayor de las tres virtudes teologales, en la práctica la esperanza es la más importante. Mientras hay esperanza, el amor se desarrolla; si la esperanza se extingue, el amor se enfría. Un mundo sin esperanza enseguida se convierte en un mundo sin amor. Pero también la esperanza tiene necesidad de la fe, de la que es auténtica expresión. No existe fe viva sin obras y la primera obra producto de la fe es la esperanza. San Juan Climagne, un Padre del siglo VII, dice que «la fe pone a nuestro alcance lo que parecía sin esperanza», y añade: «El hombre de fe no es solamente el que cree que Dios lo puede todo, sino el que cree que lo puede obtener todo de Dios».

 

Nunca habría que dejar de meditar esas palabras de San Juan de la Cruz que fueron decisivas para conducir a Teresa de Lisieux por su «caminito de confianza y de amor»: «De Dios obtenemos tanto como esperamos»15. Dios no nos da según nuestras cualidades o nuestros méritos, sino según nuestra esperanza. Esta verdad es extraordinariamente liberadora: aun suponiendo que todos nuestros recursos humanos y espirituales entren en bancarrota, siempre nos quedará la -invencible- esperanza.

 

Sin embargo, como ya hemos dicho antes, la esperanza sólo puede nacer en la pobreza. Lo cual demuestra en qué medida la pobreza en el espíritu es la clave de todo verdadero crecimiento en el amor. Bienaventurados los pobres en el espíritu porque de ellos es el reino de los cielos 26.

 

10. DINAMISMO DEL PECADO Y DINAMISMO DE LA GRACIA

 

Ya antes hemos llamado la atención sobre este dinamismo propio de la vida teologal: la fe engendra esperanza, y la esperanza posibilita y favorece el despliegue del amor. Este dinamismo es fruto de la gracia y obra del Espíritu Santo, pero sin ninguna duda precisa de la cooperación de nuestra voluntad; y ese aspecto positivo se opone frontalmente al dinamismo negativo del pecado:

 

Fe Esperanza Amor

 

Duda Desconfianza Pecado

 

Si analizamos qué es el pecado y cómo toma posesión del corazón del hombre --- en concreto, conviene leer el relato del pecado de Adán y Eva en el segundo capítulo del Génesis-, podemos comprobar que en la raíz del pecado se halla la duda, la sospecha sobre Dios: ¿Es tan bueno como dice? ¿Podemos fiamos de su palabra? ¿Es verdaderamente Padre? De la duda nace la desconfianza: no esperamos de Dios que nos pueda colmar y hacer felices. Entonces intentamos arreglárnoslas por nuestra cuenta en la desobediencia, y de ahí nacen el egoísmo, la codicia, la envidia, el miedo, el conflicto, la violencia y todo el cortejo del mal.

 

Esto nos lleva a comprender la importancia de la fe: ella es la raíz de nuestra salud y liberación; de ella nace todo un proceso de vida que constituye la curación del proceso, de muerte creado por el pecado. Todo ello es el motivo de que Jesús insista tan a menudo en la fe: Si tenéis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: «Trasládate de aquí allá», y se trasladará y nada os será imposible 27. La fe es 21 una convicción de las cosas que se esperan ' dice la carta a los Hebreos.

 

11. ESPERANZA Y PUREZA DE CORAZÓN

 

Hemos destacado el papel clave de la esperanza en nuestra vida: fundamentada en la fe, es ella la que permite que el amor se expanda y crezca; podríamos decir que se trata de la virtud cristiana por excelencia. La esencia de la lucha del cristiano está en mantener -gracias a la fuerza de la fe- una mirada de esperanza hacia cualquier circunstancia, hacia nosotros, hacia los demás y hacia la Iglesia y el mundo; una mirada de esperanza que nos ayuda a reaccionar ante cualquier situación amando... Por el contrario, si la esperanza disminuye, automáticamente el amor se enfría y nos replegamos en medio de estrategias temerosas y egoístas. Gracias a la esperanza podemos recomenzar todas las mañanas y decidimos a amar; es como una fuente que renueva y purifica sin cesar el corazón y, más allá del cansancio y el hastío, nos proporciona un nuevo vigor para amar.

 

Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios19: esta bienaventuranza contiene una de las más bellas promesas del Evangelio. Siempre me ha impresionado el lazo que el Apóstol San Juan establece en su primera carta entre la esperanza y la pureza de corazón. En los dos primeros versículos del capítulo 3 hace un maravilloso resumen del contenido de la esperanza cristiana: Ved qué amor nos ha tenido el Padre para llamamos hijos de Dios, y que lo seamos. Por eso el mundo no nos conoce, porque no lo conoció a Él. Carísimos, ahora somos hijos de Dios y todavía no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos como es. Y continúa diciendo: Todo el que tiene esta esperanza en él, se purifica, así como él es puro. La esperanza -parece decir el Apóstol- tiene la facultad de purificar el corazón.

 

En realidad, esta sorprendente afirmación concuerda perfectamente con la gran tradición profética del Antiguo Testamento, según la cual el corazón puro no es tanto el que se halla libre de toda falta u ofensa como el que pone toda su esperanza en Dios y está seguro del cumplimiento de sus promesas. El corazón puro no cuenta consigo mismo ni con cálculos humanos, sino que lo espera todo de Dios con absoluta confianza, y sólo de El. La impureza de corazón es esa actitud de duplicidad del hombre -tan denunciada por los profetas- que, al carecer de plena confianza en Dios, recurre también a los ídolos y mendiga fuera una salvación que no está del todo seguro de obtener de Dios. El corazón impuro duda y vive dividido.

 

Quien tiene un corazón puro verá a Dios, lo contemplará en la eternidad- pero ya en este mundo verá también actuar a Dios: Él responderá a su esperanza e intervendrá en su favor. Quien en Dios espera, no será defraudado.

 

A propósito del papel purificador de la esperanza, no podemos dejar de citar un fragmento del gran poeta Charles Péguy. En La porche du mystére de la deuxiéme vertu hace hablar en estos términos a Dios, sorprendido de ver cómo la esperanza renace sin cesar en el corazón del hombre:

 

Se preguntan, se dicen: Pero cómo es posible

Que esta fuente de la Esperanza fluya eternamente,

Brote eternamente, mane eternamente

Fluya eternamente.

Eternamente joven, eternamente pura.

Eternamente fresca, eternamente fluida

Eternamente viva.

 

De dónde toma esta criatura tanta agua pura, tanta agua clara.

Tanto caudal, tanta corriente.

¿Acaso lo crea ella? ¿Constantemente?

-No --dice Dios-. Sólo Yo creo.

 

-Entonces, de dónde toma tanta agua.

Para esta fuente viva.

Cómo es posible que esta fuente eterna

Mane eternamente.

Que este manantial eterno

Corra eternamente.

Algún secreto ha de encerrar.

Algún misterio.

Para que a esta fuente no la enturbien eternamente las fuertes y densas lluvias del otoño.

Para que no la agoten eternamente los ardientes ardores de julio.

-Buenas gentes --dice Dios-, no es tan difícil.

El misterio no es tan complicado, su secreto no es tan difícil.

Si hubiera querido formar manantiales puros con agua pura,

Manantiales de agua pura,

Nunca habría hallado suficiente en (toda) mi Creación.

Porque no hay suficiente.

Pero son precisamente las aguas malas con las que forma manantiales de agua pura. Y por eso nunca falta.

Y por eso también es la Esperanza.

Entonces cómo se las ingenia para hacer agua pura con aguas malas Agua joven con agua vieja,

Días jóvenes con días viejos. Agua nueva con agua usada.

Fuentes del agua vieja. Almas frescas con almas viejas.

Fuentes de alma con el alma vieja. Agua fresca con agua tibia.

Ay del que sea tibio.

Mañanas jóvenes con noches viejas. Almas claras con almas turbias.

Agua clara con agua turbia. Agua, almas niñas con almas gastadas.

Almas que se levantan con almas que se acuestan. Almas que manan con almas estancadas.

Cómo lo consigue, cómo se las ingenia, Ése es, hijos míos, mi secreto. Porque Yo soy su Padre.

Almas nuevas con almas ya usadas

Días nuevos con días ya usados.

Almas transparentes con almas turbias.

Almas que se levantan con almas que se acuestan.

Días transparentes con días turbios.

Si fuese con días transparentes con los que hace días transparentes.

Si fuese con las almas, con el agua clara con la que hace fuentes.

Con agua clara con la que hace agua clara.

Si fuese con el alma pura con la que hace agua pura,

Entonces no sería difícil. Todo el mundo podría hacer lo mismo. Y no habría secreto.

Pero es con un agua impura, un agua envejecida, un agua cualquiera.

Pero es con un alma impura con la que hace un alma pura y es el más hermoso secreto que existe en el jardín del mundo.