II. EL INSTANTE PRESENTE

 

 

 

1. LIBERTAD E INSTANTE PRESENTE

 

Una de las condiciones indispensables para conquistar la libertad interior es la capacidad de vivir el instante presente. Es este tema absolutamente fundamental el que nos disponemos a desarrollar ahora.

 

Primera observación: no podemos ejercer auténticamente nuestra libertad si no es en el instante presente. Carecemos de toda influencia sobre el pasado, del que no podemos cambiar ni una coma; cualquier escenario imaginario sobre el que intentemos revivir algún hecho pasado del que nos arrepentimos o que consideramos un descalabro (debería de haber hecho esto o aquello ... ) cae por su propio peso: no es posible echar marcha atrás en el tiempo. Sólo hay un acto de libertad que podamos plantear con respecto a nuestro pasado: aceptarlo tal como es y ponerlo confiadamente en manos de Dios.

 

Tampoco somos capaces de dominar nuestro futuro: sabemos muy bien que, independientemente de cuáles sean nuestras previsiones, planes y promesas, basta muy poco para que nada salga como pensábamos. Es imposible programar la vida; sólo nos queda acogerla un instante tras otro.

 

A fin de cuentas, lo único que nos pertenece es el momento actual: sólo en este medio nos podemos plantear actos libres; sólo en el instante presente establecemos un auténtico contacto con la realidad.

 

Existe la posibilidad de entender trágicamente el carácter fugaz del momento actual o el hecho de que ni el pasado ni el futuro nos pertenezcan. Pero, desde la perspectiva de la fe y la esperanza cristianas, el instante presente se revela ante nosotros como un tesoro de gracia y de inmenso consuelo.

 

En primer lugar, el «ahora» es el de la presencia de Dios: yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo'. Dios es el eterno presente. Tenemos que convencemos de que cada instante, sea cual sea su contenido, está lleno de la presencia de Dios y supone la posibilidad de la comunión con Dios. Nuestra relación con Dios no se establece en el pasado ni en el futuro, sino mediante la aceptación de cada instante como el lugar de su presencia, el medio en el que se da a nosotros. Cada segundo constituye un momento de comunión con la eternidad; en cierto sentido, contiene la eternidad. En lugar de proyectamos constantemente sobre el pasado o el futuro, deberíamos aprender a vivir cada momento como suficiente en sí mismo, como plenitud de existencia, porque en él está Dios; y, si Dios está en él, no nos falta nada. Nuestra sensación de vacío o frustración, esa impresión de que carecemos de esto o aquello, proviene a menudo del hecho de vivir en el pasado (entre lamentos y decepciones) o en el futuro (cargados de temores o vanas esperanzas), en lugar de habitar cada segundo acogiéndolo tal como es, es decir, lleno de una presencia de Dios que -si nos unimos a ella con fe- nos fortalece y sostiene. Como dice el salmo 145, todos los ojos se dirigen expectantes a ti, y tú les das su alimento a su tiempo. Abres tu mano y sacias a todo viviente a placer.

 

Desde una perspectiva cristiana, esta realidad de la gracia del instante presente es muy liberadora. Por muy desastroso que haya sido mi pasado, por muy incierto que parezca mi futuro, ahora, con un acto de fe, de confianza y abandono, puedo ponerme en contacto con Dios: Dios eternamente presente, eternamente joven, eternamente nuevo, a quien pertenecen mi pasado y mi futuro, y que puede perdonarlo todo, purificarlo todo, renovarlo todo... Te renovará en su amor'. En el momento presente, a causa de ese amor infinitamente misericordioso con que me ama el Padre, siempre cuento con la posibilidad de volver a empezar de cero, sin que el pasado (por lamentable que haya sido) me lo impida, y sin que el futuro (aunque parezca oscuro) me atormente. Mi pasado está en manos de la Misericordia divina, que puede sacar provecho de todo, tanto de lo bueno como de lo malo, y mi porvenir en manos de Su Providencia, que no se olvidará de mí. Esta actitud de fe es sumamente valiosa, pues evita que vivamos como tantas personas que sufren una permanente insatisfacción, sintiéndose «ahogados» entre un pasado que les pesa y un futuro que les inquieta. Por el contrario, vivir el instante presente ensancha el corazón.

 

2. EL VERBO AMAR SÓLO SE CONJUGA EN PRESENTE

 

En los tratados de espiritualidad se suele hablar de las etapas de la vida interior: los grados de la escala de virtudes o los peldaños de la escalera hacia la perfección; según el autor, se enumeran tres, siete, doce o cualquier otra cifra. Sin duda, hay mucho que aprender de estas consideraciones, sea de la descripción de las siete moradas de Santa Teresa de Jesús, sea de los doce grados de la humildad de la regla de San Benito.

 

Sin embargo, la experiencia me ha enseñado a ver las cosas de otra manera. Suelo decir en broma que la escalera hacia la perfección no tiene más que un peldaño: el que subo hoy. Sin preocuparme ni del pasado ni del futuro, hoy me decido a creer, hoy me decido a poner toda mi confianza en Dios, hoy elijo amar a Dios y al prójimo. E, independientemente del resultado de mis buenos propósitos, sean un éxito o un fracaso, al día siguiente -que es un nuevo hoy que me regala la paciencia divina- vuelvo a empezar. Y así incansablemente, sin intentar medir mis progresos y sin querer saber dónde me encuentro. Sin desanimarme por los reveses ni vanagloriarme de mis logros; sin contar únicamente con mis propias fuerzas, sino sólo con la fidelidad del Señor.

 

San Pablo describe así esta actitud fundamental de la vida espiritual: olvidando lo que queda atrás, persigo lo que está delante, lanzándome hacia la meta, hacia el premio de la excelsa vocación de Dios en Cristo Jesús... cualquiera que sea el punto al que hayamos llegado, caminemos en esa misma dirección'. Estas palabras dan cuerpo a un aspecto fundamental de la espiritualidad monástica. San Antonio de Egipto, padre de la vida monástica (que vivió 105 años y a los cien decía: «aún no he empezado a convertirme»), repetía sin cesar estas frases de San Pablo, según cuenta su biógrafo, San Atanasio, quien añade: «También recordaba las palabras de Elías: «El Señor vive en quien hoy está junto a mí»; y señalaba que, al decir hoy, Elías no tenía en cuenta el tiempo pasado. De tal modo que, manteniéndose siempre en los comienzos, se esforzaba cada día por presentarse ante Dios como hay que mostrarse ante El: con un corazón puro y dispuesto a obedecer su voluntad y ninguna otra»'. Todos los santos han puesto por obra esta actitud, de la que Santa Teresita es un claro ejemplo: «¡Oh, Jesús!, para amarte no tengo nada más que el hoy»-.

 

3. SÓLO SE PUEDE SUFRIR UN INSTANTE

 

Este empeño por vivir cada instante tal como se presenta, abandonando tanto el pasado como el futuro en las manos de la dulce misericordia de Dios -según expresión de Bernanos-, es más importante aún en momentos de sufrimiento. Esto es lo que decía Teresa de Lisieux durante su enfermedad: «únicamente sufro un instante. Sólo nos desanimamos y nos desesperamos si pensamos en el pasado y en el porvenir... »'. No podemos estar sufriendo toda la vida: sólo se puede sufrir un instante detrás de otro. Nadie posee capacidad para estar sufriendo diez o veinte años. Tenemos la gracia para sobrellevar el sufrimiento que nos corresponde hoy y ahora. Lo que normalmente acaba por hundimos es la proyección en el futuro: no el dolor, sino la representación que nos hacemos de él. «El gran obstáculo es siempre la representación, y no la realidad. Cargamos con la realidad y todo su sufrimiento, con todas las dificultades que comporta: la cargamos, nos la echamos a la espalda y es llevándola encima como aumenta nuestra resistencia. Sin embargo, con la representación del dolor -que no es el dolor, porque éste es fecundo y puede hacernos hermosa la vidasí hay que acabar. Y es acabando con esas representaciones que aprisionan la vida tras sus barrotes, como liberamos en nosotros mismos la vida real con todas sus energías y como nos hacemos capaces de soportar el auténtico dolor. tanto en nuestra propia vida como en la de la humanidad».

 

4. A CADA DÍA LE BASTA SU CONTRARIEDAD

 

A cada día le basta su contrariedades: son éstas unas de las palabras del Evangelio más llenas de sabiduría. Intentemos seguir esta enseñanza fundamental de Jesús no añadiendo a las penas de hoy, que ya son suficientes, las de ayer y las de mañana. Con frecuencia nos quejamos de sufrir demasiado, sin darnos cuenta de que a veces somos un poco masoquistas: como si no nos bastase el dolor de hoy, a éste le sumamos los pesares de ayer y las inquietudes con respecto al mañana. No es de extrañar que nos hundamos... Para que la vida se nos haga soportable, es fundamental ejercitarse en no cargar más que con las dificultades de hoy, entregando el pasado a la Misericordia divina, y el futuro a la Providencia.

 

Permitimos que el pasado pese sobre nosotros cada vez que nos detenemos en nuestros remordimientos por las antiguas faltas: cada vez que rumiamos nuestros fallos, nuestra sensación de derrota; cada vez que recordamos en vano nuestras elecciones de ayer como si nos fuera posible modificarlas. Es evidente que tenemos que pedir perdón a Dios de nuestros pecados, o -llegado el caso- aprender la lección que nos enseña la experiencia. pero sin volver sobre ellos repetidamente. Hacerlo una vez con total sinceridad es suficiente. Debemos procurar reparar el mal que hayamos ocasionado siempre que sea posible, pero en la mayoría de los casos lo que hay que hacer es dejarlo todo en las manos de Dios, confiando en su omnipotencia para reparar, y sacar fruto hasta de nuestros errores. No se trata, claro está, de volvemos indiferentes ante el mal cometido, o de ser superficiales e irresponsables, sino de prohibimos toda actitud o pensamiento que nos impidan vivir el instante presente o armamos de confianza y sentido positivo: esto es lo que ocurre cuando nos abruman los remordimientos y sentimientos de culpa, cuando rumiamos nuestros fracasos y nos dejamos invadir por el desaliento a causa de los errores pasados.

 

A veces tenemos la sensación de haber perdido mucho tiempo de nuestra vida, de haber desperdiciado multitud de ocasiones de amar y crecer. Si este sentimiento nos impulsa a arrepentirnos y a recomenzar con coraje y confianza pidiendo a Dios la gracia de recuperar el tiempo perdido mediante la renovación de nuestro fervor, bienvenido sea. Pero, si ese sentimiento nos abate, si nos da la impresión de que nuestra vida está irremediablemente perdida, y que las cosas buenas y positivas que habríamos podido disfrutar en adelante nos están vedadas, entonces es preciso rechazarlo. No tenemos derecho a dejamos acorralar por nuestro pasado: eso sería añadir un pecado más a los ya cometidos; sería una falta de confianza en la misericordia y el poder infinitos de Dios, que nos ama y está siempre dispuesto a ofrecemos una nueva oportunidad de alcanzar plenamente la santidad, sin que el pasado suponga jamás un impedimento. Cuando nos sentimos tentado s por el abatimiento al considerar nuestro pasado y el escaso camino recorrido, es necesario hacer un gran acto de fe y de esperanza, como el siguiente: te doy gracias, Dios mío, por todo mi pasado; creo firmemente que, de cuanto he vivido, Tú podrás sacar un bien; no quiero tener ningún pesar y desde hoy me decido a recomenzar desde cero con exactamente la misma confianza que si toda mi historia pasada no estuviera hecha sino de fidelidad y santidad. ¡Nada podrá agradar más a Dios que esta actitud!

 

5. EL MAÑANA SE PREOCUPARÁ DE Sí MISMO

 

Como acabamos de decir, tenemos el defecto de añadir al peso de hoy el del pasado, e incluso el del porvenir. El remedio contra esta actitud consiste en meditar (y pedir a Dios la gracia de vivir) las enseñanzas del Evangelio respecto al abandono en la Providencia: Respecto a vuestra vida, no os preocupéis acerca de qué comeréis, ni respecto a vuestro cuerpo, acerca de qué os pondréis. Mirad las aves del cielo que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros, y vuestro Padre celestial los alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellas? ¿Quién de vosotros, por mucho que se preocupe, puede añadir a su estatura un solo codo?... No andéis, pues, inquietos diciendo: ¿Qué comeremos?, o ¿qué beberemos?, o ¿con qué nos vestiremos ?.

 

No se trata de volverse irresponsables o faltos de previsión; tenemos obligación de trazar proyectos y pensar en el mañana. Pero es preciso hacerlo sin inquietud, sin esa zozobra que roe el corazón, que no resuelve absolutamente nada y que tan a menudo nos impide estar disponibles para lo que hemos de vivir en el instante presente. Hay que «procurar no añadir al peso de hoy el de la angustia que nos inspira el futuro» 10. El corazón no puede quedar atrapado por lo incierto del mañana y recibir al tiempo la gracia del momento presente: una cosa excluye a la otra. Así pues, debemos buscar el Reino, es decir, recibir la presencia de Dios que se nos entrega aquí y ahora, en la búsqueda amorosa y confiada de su voluntad para el día de hoy, y lo demás se nos dará por añadidura. Esto, evidentemente, no quiere decir que en el futuro no vayamos a sufrir más pruebas o dificultades; sino que, a medida que se vayan presentando, contaremos con la gracia para asumirlas.

 

Convenzámonos de una cosa: la gracia, al igual que el maná que alimentó a los judíos en el desierto, no se «almacena». No se pueden obtener reservas de ella; sólo se puede recibir instante tras instante. Forma parte de ese «pan de cada día» que pedimos en el Padrenuestro. El hecho de que hoy me sienta tan débil que me desmaye sólo de pensar en un pinchazo, no quiere decir que el día de mañana no vaya a obtener la gracia del martirio, si eso es lo que se me pide.

 

Para permanecer libre tanto del pasado como del futuro, es imprescindible obligarse a hacer un trabajo de «reeducación» de nuestra psicología. Ciertas observaciones de sentido común pueden ayudamos a ello.

 

Las cosas raramente ocurren como las prevemos; la mayor parte de nuestros miedos y aprensiones son totalmente imaginarios: todos tenemos experiencia de ello. Cosas que creíamos iban a resultar dificilísimas luego se revelan muy sencillas; y, por contra, se nos presentan obstáculos en los que nunca hubiéramos pensado. La correspondencia entre nuestra representación de los hechos futuros y lo que luego sucede realmente resulta tan pequeña que es preciso distanciarse de las obras de nuestra imaginación; vale más recibir las cosas tal como van viniendo una' tras otra, en la confianza de que tendremos la gracia en el momento preciso, que montar todo tipo de escenarios «en previsión de» y para protegemos de lo que pudiera venir; escenarios que, por lo común, suelen resultar inadecuados. La mejor manera de preparar el futuro no consiste en pensar en él sin descanso, sino en estar bien anclado en el instante presente. En el Evangelio, tras advertir a sus discípulos que serán llevados ante los tribunales, añade Jesús: Grabaos, pues, en vuestros corazones el no preocuparos por lo que habéis de responder, pues yo os daré tal elocuencia y sabiduría que no la podrán resistir ni contradecir todos nuestros adversarios .

 

La proyección en el futuro y la representación que imagina nuestra mente nos apartan de la realidad y acaban impidiéndonos «manejar» ésta de forma adecuada; absorben nuestras mejores energías, en definitiva. Citemos otro pasaje del diario de Etty Hillesum: «Cuando proyectamos de antemano nuestra inquietud sobre todo tipo de cosas por venir, impedimos que éstas transcurran orgánicamente. Tengo una inmensa confianza en mí: no la certeza de ver lo bien que se me presenta la vida, sino la de continuar aceptando la vida y encontrándola buena, incluso en los peores momentos» 12.

 

Como hemos señalado en un capítulo anterior, el miedo al sufrimiento nos hace más daño que el sufrimiento mismo. Y así es como debemos empeñamos en vivir: «Hay que eliminar a diario, como si fueran pulgas, las mil inquietudes que provocan en nosotros los días por venir y roen nuestras mejores fuerzas creadoras. Mentalmente tomamos toda una serie de medidas para los días siguientes, y nada -nada de nada- sale como habíamos previsto. A cada día le basta su propio afán. Hay que hacer lo que hay que hacer; y, en cuanto al resto, evitar dejarse contaminar por las mil pequeñas angustias que son otras tantas muestras de desconfianza en Dios. Todo terminará arreglándose... Nuestra única obligación moral es la de cultivar en nosotros vastos espacios de paz e ir ampliándolos progresivamente, hasta que esa paz irradie a los demás. Y, cuanta más paz exista entre las personas, más paz habrá en este mundo en ebullición»

 

6. VIVIR, Y NO ESPERAR A VIVIR

 

Así pues, es conveniente no proyectarse en el futuro y vivir el momento acogiendo la gracia particular y aceptándola como buena, sea de la naturaleza que sea, incluso si nos desagrada. La vida presente siempre es buena, pues el Creador ha derramado sobre ella una bendición que jamás retirará, ni siquiera aunque el pasado del hombre haya venido a complicar un poco las cosas. Y vio Dios que era bueno, dice el Génesis. Para Dios ver no es solamente constatar, sino dotar de realidad. Jesús también expresa esta verdad intrínseca de la existencia en los textos acerca del abandono en la Providencia a los que acabamos de aludir hace un momento: ¿Acaso no es la vida más que el alimento y el cuerpo más que el vestido?".

 

A veces lo que nos hace proyectamos en el futuro no es tanto la inquietud como la espera de circunstancias más felices. Quizá se trate de un hecho preciso: reencontramos próximamente con una persona a la que queremos, o la perspectiva de volver a casa después de un viaje largo y agotador .. ; o quizá no se trate de una espera de nada concreto, sino de una expectativa algo desvaída, o a veces imaginaria: esperamos confusamente el momento en que nos vaya mejor, o en que las circunstancias sean diferentes y nos permitan vivir cosas más interesantes. Aunque por el momento no vivamos plenamente, más tarde (¿cuándo?) «viviremos en serio». Por supuesto que este tipo de espera, sea precisa o inconcreta, es totalmente legítima, pero comporta cierto peligro al que se debe estar atento; porque podemos pasar nuestra existencia no viviendo, sino esperando a vivir Así pues, no resulta del todo indiferente «rectificar el tiro» por lo que respecta a esta actitud psicológica. En efecto, ésta nos despega de lo real, de la vida presente: como lo que estoy viviendo ahora no me satisface, tengo la esperanza de vivir --dentro de algunos días, o de unos cuantos meses- algo más agradable, y me proyecto sobre ello, deseando que el tiempo pase lo más rápido posible para encontrarme por fin en esa situación futura que anhelo. No obstante, existe un riesgo de falta de cohesión con la realidad o de adhesión a lo vivido ahora. Por otra parte, ¿quién me garantiza que, cuando llegue, ese momento tan esperado no me defraudará? Y -lo que es más importante- corro el peligro de adoptar una postura en la que, a la espera de ese futuro en el que «viviré en serio», pase junto a mí algo que debería vivir ahora. Si no me instalo debidamente en el hoy, dejo pasar determinadas gracias. Hay que vivir plenamente cada instante, sin preocuparnos por saber si el tiempo pasa demasiado deprisa o demasiado lento, y aceptando cuanto llega hasta mí un momento detrás de otro.

 

No olvidemos tampoco que, a la hora de vivir lo cotidiano, Dios no espera de nosotros más que una cosa a la vez. Nunca dos. Y poco importa que la tarea que he de desempeñar parezca secundaria (barrer la cocina) o importante (pronunciar una conferencia delante de 40.000 personas): es preciso hacer una y otra metido en ellas, sencillamente y con calma, y no intentar resolver más de un problema a la vez. Incluso cuando me dedico a algo insignificante, sería un error hacerlo a toda prisa, con la impresión de estar perdiendo el tiempo, para pasar lo antes posible a una actividad que considero más importante. Desde el momento en que una cosa, por banal que sea, es necesaria y forma parte de la vida, merece ser cumplida por sí misma, es decir, estando plenamente presentes en ella.

 

7. LA DISPONIBILIDAD HACIA EL OTRO

 

Es éste un aspecto fundamental en lo tocante a las relaciones de unos con otros. En cada encuentro con una persona, sea cual sea su duración, debemos transmitir la sensación de estar disponibles en ese momento al cien por cien, y de no tener ninguna preocupación ni otra cosa que hacer que estar con esa persona y vivir con ella lo que haya que vivir en ese instante, todo el tiempo que haga falta. Y no es una simple cuestión de cortesía, sino una verdadera disponibilidad del corazón. Esto es algo que cuesta mucho, porque tenemos un fuerte instinto de propiedad en lo relativo al tiempo, y el hecho de no poder dominarlo a nuestro antojo crea en nosotros cierta inseguridad. Pero el amor auténtico tiene este precio. Si Jesús nos pide que no nos dejemos inquietar, lo hace lleno de compasión y ternura, y sobre todo con el fin de salvaguardar la calidad de nuestras relaciones: un corazón habitado por la inquietud y la preocupación no se encuentra disponible para nadie y es incapaz de hacer de cada encuentro un momento de verdadera comunión del que el corazón salga contento. Los padres deben recordar que los niños pueden pasarse sin su presencia y sin reclamar constantemente su atención sólo si disponen habitualmente de algunos momentos durante los cuales perciben que papá y mamá no tienen otra cosa que hacer que dedicarse a ellos. Si en lugar de confiar a Dios nuestras inquietudes nos dejamos devorar por ellas, seremos incapaces de proporcionar calidad a nuestra presencia, y el niño sufrirá la inseguridad de no saberse querido con certeza, incluso aunque lo inundemos de regalos costosos.

 

8. EL TIEMPO PSICOLÓGICO Y EL TIEMPO NTERIOR

 

Si nos esforzamos por vivir así, si profundizamos en nuestra relación con Dios y en nuestra vida de oración de manera que percibamos su presencia en nosotros y vivamos cualquier cosa en la mayor comunión posible con esa presencia que habita en nosotros, acabaremos haciendo un descubrimiento maravilloso: el del tiempo interior, ese ritmo de la gracia que conduce nuestra vida a su más profundo nivel.

 

En efecto, podríamos decir que hay dos modalidades de tiempo: el tiempo de la cabeza y el del corazón. El primero es el tiempo psicológico, el tiempo cerebral; el que nos representamos, calculamos y repartimos en horas y días; el que intentamos manejar y programar. Ese tiempo que siempre nos falta y del que nunca tenemos suficiente; el tiempo que o bien pasa demasiado deprisa, o bien demasiado despacio. Pero existe también otro tiempo: ése que experimentamos en ciertos momentos de dicha o de gracia, pero que en el fondo existe siempre; el tiempo en el que deberíamos aprender poco a poco a instalarnos de modo permanente. Este tiempo es el tiempo de Dios, el de los hondos ritmos de la gracia en nuestra vida. No es un tiempo desmenuzado ni repartido en pedazos, sino hecho de una sucesión de instantes que se encadenan unos con otros armoniosa y apaciblemente. Cada uno de esos momentos es un todo en si mismo y conlleva una plenitud que lo colma y hace que no falte nada, que sea suficiente porque está lleno. Lleno porque hago lo que he de hacer en comunión con la voluntad divina y siendo dócil al Espíritu Santo. Lleno de nuestra presencia ante Dios o de nuestra presencia ante tal o cual persona con la que nos encontramos, hablamos o coincidimos; lleno de nuestra presencia ante esta o aquella tarea que desempeñamos con calma y poniendo toda nuestra atención y nuestro corazón. Este tiempo es comunión con la eternidad; no lo programamos (de hecho, no podemos vivirlo a menos que procuremos desprendemos de nuestros planes); más bien, lo acogemos.

 

Si nos mantuviéramos siempre en este tiempo, le daríamos menos oportunidades al mal. El demonio se infiltra en los tiempos vacíos o mal vividos por rechazar esto o buscar aquello otro con avidez...

 

Creo que los santos han descubierto este tiempo interior, logrando asumirlo. Para ello es necesaria una inmensa libertad, un total desprendimiento de cualquier plan o voluntad personal. Es preciso estar dispuestos a hacer en el segundo siguiente lo contrario de lo que habíamos previsto; vivir el más completo abandono, sin inquietud y sin temor; no tener otro anhelo que cumplir la voluntad de Dios; estar siempre disponibles a personas y acontecimientos. Es preciso también haber experimentado en la oración lo que es la comunión con la presencia de Dios en nosotros y la escucha interior del Espíritu Santo para seguir sus mociones.

 

Cuando vivimos de acuerdo con este tiempo interior, experimentamos cómo nada está dejado al azar. Aunque caminemos a menudo en la oscuridad y lo desconocido, presentimos y constatamos que nuestra vida transcurre según un ritmo que nos excede y no dominamos, pero en el que nos abandonamos gustosos; que nos lleva más allá de nosotros mismos, pero en el que todos los acontecimientos discurren de acuerdo con una sabiduría infinita.