La abuela del dragón

G.K.CHESTERTON.
Publicado en Enormes Minucias.

 


Encontré el otro día un hombre que no creía en los cuentos de hadas. No me refiero en que no creyese en los incidentes que en ellos se narran: que no creyese que una calabaza confitera pudiera convertirse en una carroza. Desde luego, padecía esa curiosa incredulidad. Y como todas las demás personas que yo he conocido y a quienes los cuentos entretenían aquel era enteramente incapaz de darme una razón inteligente de su escepticismo. Intentó aludir a las leyes de la naturaleza, pero pronto desistió. Luego dijo que en las habituales condiciones de la experiencia ordinaria, las calabazas confiteras son inmutables y que todos contamos con su infinitamente prolongada calabacidad. Pero yo le hice notar que semejante actitud no es la que adoptamos especialmente hacia las maravillas imposibles, sino simplemente la actitud que adoptamos hacia todo lo desusado. Si estuviéramos seguros de los milagros no contaríamos con ellos. Las cosas que suceden muy rara vez, quedan fuera de nuestros cálculos, sean o no milagros.

Yo no espero que un vaso de agua se convierta en un vaso de vino, pero tampoco espero que un vaso de agua este envenenado con ácido prúsico. Yo no procedo en el curso de mis tratos corrientes sobre la base de que el redactor jefe del periódico es un hada; pero tampoco procedo sobre la base que es un espía ruso o el ignorado heredero del sacro imperio romano. Lo que en la vida habitual asumimos no es que el orden natural es inalterable, sino que es mucho mas seguro apostar sobre la probable que sobre lo improbable. Lo cual no afecta a la incredulidad de cada historia que se alegue sobre un espía ruso o una calabaza confitera convertida en carroza. Si yo hubiera visto con mis propios ojos una calabaza confitera convertida en un torpedo panhard, esto no me inclinaría mas a dar por hecho que volvería a ocurrir otra vez la misma cosa. No se me ocurría invertir gruesas sumas de dinero en calabazas confiteras con un propósito financiero con la producción de automóviles. Cenicientas obtuvo del hada un traje de baile; pero no me figuro porque ese suceso dejase despeas de cuidar, como antes su propia ropa.


Pero la opinión de que los cuentos de hadas no pueden en realidad haber sucedido, aunque disparatada, es corriente. El hombre del que hablo era escéptico sobre los cuentos de hadas en un sentido aun más absurdo y perverso. Creía en realidad que los cuentos de hadas no se les deben contar a los niños. Este es uno de esos errores intelectuales que pueden clasificarse extraordinariamente cerca de los pecados mortales ordinarios. Hay alguna negativas que aunque pueden realizarse, pudiera decirse por motivos de conciencia, acarrean en el mismo acto de ejecutarlas tal abundancia de su propio horror, que un hombre, al perpetrarlas, no solamente ha de enmudecer, sino de corromper ligeramente su corazón. Una de esas negativas fue la de conceder leche a las madres jóvenes cuando sus maridos estaban en el campo opuesto a nosotros. Otra es negarse a que se les cuenten a los niños cuentos de hadas.

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Aquel hombre que había venido a verme a propósito de cierta sociedad tonta de la que soy miembro entusiasta, era un joven de lozanos colores y corto de vista. Levaba una singular corbata verde y tenía el cuello larguísimo; he observado que los idealistas suelen tener larguísimo el cuello. Quizás es que su eterna aspiración eleva poco a poco sus cabezas más y más cerca de los astros. O quizás tiene algo que ver con el hecho de que mucho de ellos son vegetarianos: quizá evolucionan lentamente hacia el pescuezo de la jirafa para poder así ramonear en las copas de los árboles en los jardines de Kensington. Estas cosas están por encima de mí en todos los sentidos. Sea como quiera, así era el joven que no creía en los cuentos de hadas, y por curiosa coincidencia entro en la habitación cuando yo acababa de dar un vistazo a una pila de libros de literatura amena contemporánea y había empezado a leer los cuentos de Grimm como natural resultado.


Las novelas modernas se alzaban de todos modos ante mí en un rimero; y el lector puede imaginar por si mismo sus títulos. Había una “Instigación suburbana: relato psicológico”, y otra “Psicología instigación: relato psicológico”. Había otra: "Trixy, o un temperamento” y otra. “Odio viril: monocromo” y otra porción de lindezas semejantes. Las leí con real interés, pero, cosa curiosa, acabe por cansarme de ellas y cuando vi los cuentos de Grimm que reposaban accidentalmente sobre la mesa, lance una exclamación de indecorosa alegría. Aquí, aquí por fin podía uno encontrar un poco de sentido común. Abrí el libro y mis ojos cayeron sobre esas esplendidas y satisfactorias palabras: “La Abuela del Dragón”. Por último encontraba algo razonable; por ultimo encontraba algo comprensible; por ultimo encontraba algo verdadero. “¡La Abuela del Dragón!” Mientras estaba paladeando con delicia este primer atisbo de realidad humana corriente, alcé de pronto los ojos y vi a aquel monstruo de la corbata verde plantado en la puerta.

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Confío en que escuché con una simple cortesía lo que me dijo acerca de la sociedad; pero cuando incidentalmente aludió a que no creía los cuentos de hadas, explote enteramente fuera de mí.
- ¿Y quien en usted, que no creen los cuentos de hadas? Es mucho más fácil creer en Barba Azul que creer en usted. Una barba azul es una desventura. Pero hay otras corbatas verdes que son un pecado. Es muchísimo más hacedero creer en un millón de cuentos de hadas que creer en un hombre al que no le gustan los cuentos de hadas. Yo besaría a Grimm en lugar de besar la Biblia para jurar por todos sus cuentos como si fueran 39 artículos, antes que decir en serio y con el corazón en la mano que puede existir un hombre como usted; que usted no es una tentación del diablo, o algún embaimiento brotado del vacío. Observé estas sencillas, hogareñas, prácticas palabras: "La abuela del dragón". Esto está bien; esto esta dentro del orden; esto es racional casi hasta la linde del racionalismo. Si hubo un dragón, hubo de tener una abuela. Pero usted, ¡usted no tiene abuela!, si la tuviese le hubiera enseñado a amar los cuentos de hadas. Usted no tiene padre, usted no tiene madre; no puede haber causas naturales que puedan explicar su existencia. Usted no puede existir. Yo creo muchas cosas que no he visto. Pero de cosas tales como usted puede decirse: ¡bienaventurados los que vieron y no creyeron!

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Me parece advertir que no me seguía suficiente sensibilidad, y en vista de ello modere el tono.
-¿No comprende usted -dije- que los cuentos de hadas en su esencia son perfectamente sólidos y rectos, y todas estas interminables novelas sobre la vida moderna son por su naturaleza esencialmente increíbles? Según la fantasía popular, el alma es cuerda, pero el universo es un agitado conjunto de maravillas. El realismo sostiene que el mundo es una cosa obtusa y cuajada de rutina, pero que el alma está enferma y se queja. El problema del cuento de hadas es este: ¿Que hará un hombre sano con un mundo fantástico? El problema de la novela moderna es: ¿Que hará un hombre loco con un mundo tardo e insípido? En los cuentos de hadas, el cosmos enloquece, pero el héroe no enloquece. En las novelas modernas, el héroe está loco antes que comience el libro, y sufre por la firmeza inconmovible y la cruel cordura del cosmos. En el excelente cuento “La abuela del dragón” y en todos los demás cuentos de Grimm, se da por sentado que el joven lanzado a sus peripecias tendrá en sí mismo todas las verdades sustanciales; que será valeroso, lleno de fe, razonable, que respetará a sus padres, cumplirá su palabra, socorrerá o rescatará a algunas gentes, retará a otras, “parcere subjectis et debellare”, etc., y luego una vez colocado en este centro de cordura, el escritor se divierte imaginando qué sucedería si todo el mundo circunstante se volviese loco, si el sol se volviese verde y la luna azul, si los caballos tuvieran seis patas y dos cabezas los gigantes. Pero esa moderna literatura se coloca en la insania como centro. Por consiguiente, pierde hasta el interés de la demencia. Un lunático no es interesante para si mismo, porque es enteramente serio; eso es lo que le hace ser lunático. Un hombre que piensa ser un huevo pasado por agua es ante sí mismo una cosa tan sencilla y corriente como huevo pasado por agua. Un hombre que cree ser una res vacuna, es para sí mismo cosa tan corriente y vulgar como una res vacuna. Sólo la cordura es la que puede ver en la insania incluso una violenta poesía. Por tanto, esos sabios viejos cuentos hacen al héroe corriente y moliente, y extraordinaria a la propia narración. Pero esa otra literatura moderna hace extraordinario al héroe y ordinaria la narración; ordinaria, si, tan extraordinariamente ordinaria…


Vi que me con hablaba con los ojos fijos. Alguno de mis nervios dio en mí un chasquido bajo aquella mirada hipnótica. Me alcé sobre los pies y exclamé:
-¡En el hombre de Dios y de la democracia y de "La abuela del dragón" y en nombre de todas las cosas buenas, te conmino a huir y no volver a frecuentar esta casa!


Fuese o no efectivo resultado del exorcismo, lo cierto es que se marchó definitivamente.