La misericordia pone un límite al mal, pero no lo disimula


 

 

 

Disimular el mal no es misericordia, es falsedad. “Disimular” es tolerar o disculpar algo, afectando ignorarlo o no dándole importancia. Es algo así como lo que expresa el refrán: “ojos que no ven (que no quieren ver), corazón que no siente”. Si lo que no se quiere ver es una injusticia manifiesta, una afrenta contra la dignidad del hombre y un grave pecado contra Dios, disimularlo es hacerle el juego al Diablo, el maestro por antonomasia en todo tipo de engaños y fingimientos.

En medio del mal, bajo el peso del mal, Dios no nos va a abandonar nunca. No solo el mal se autodestruye, sino que, también, Dios mismo le pone freno. Ese freno, ese límite, es la misericordia. El exceso de bondad y de amor que limita el poder del mal viene de Dios: es su misericordia. Esta “ley”, por decirlo así, está inscrita en la misma lógica del ser y, esta misma ley, caracteriza la Redención y el Evangelio. No es una fuerza abstracta, sino muy concreta. Tiene rostro y manos y voz: Esta fuerza es Jesucristo, que “desequilibra”, así lo expresaba Benedicto XVI, el mundo hacia el bien.

En un pasaje del Evangelio, el Señor se encuentra con una mujer adúltera (cf Jn 8,1-11). El Señor no disimula nada, sino que enfrenta a cada uno con la verdad de su propia existencia. Y es a ese juicio de la verdad, a ese espejo de lo que somos, a lo que no se pueden resistir quienes, con razón, pero sin piedad, acusaban a la mujer: Se fueron todos, “comenzando por los más viejos”.

Verdad y piedad. Amor y perdón. Justicia y misericordia se unen en Jesucristo: “Vete y en adelante no peques más”. El Señor condena el pecado, no al pecador. Él es realmente el que puede condenar – Él está libre de pecado – y, de hecho, condena, pero no al pecador – a quien le da la ocasión de cambiar de vida - , pero sí el pecado. No cubre el pecado con el manto de la mentira, sino que lo expone en la realidad de lo que es: un mal.

Quizá hoy podemos sentirnos tentados de banalizar la misericordia, de considerarla insustancial, porque algunas palabras – centrales en la fe – como “pecado”, “culpa” y “redención” ya no nos dicen nada o casi nada. Quizá tengamos que profundizar en la realidad de nosotros mismos y en la realidad del plan salvador de Dios para que estas palabras – y lo que ellas significan – emerjan desde el olvido interesado de una vida que prefiere la frivolidad a la verdad, el disimulo a la misericordia.

En la misericordia se expresa la santidad de Dios, su divinidad, “el poder de la verdad y del amor”, decía San Juan Pablo II. La misericordia es una síntesis de verdad y de amor. Jamás la misericordia pondrá entre paréntesis la ley moral. Jamás la misericordia cambiará la naturaleza del pecado. Pero si hay, por parte del hombre, en esa “fides qua” por la que acepta ser salvado, un reconocimiento del mal, unido al arrepentimiento y al propósito de la enmienda, Dios quemará el pecado en el fuego de su amor. Nada es más fuerte que el amor de Dios, pero el amor de Dios no nos fuerza, sino que solicita nuestra aceptación.

Cuando la Iglesia recuerda la verdad – que, muchas veces, la razón por sí misma puede conocer, si no se deja arrastrar por intereses menos claros - , no es inmisericorde, sino leal a Dios y a los hombres. La Iglesia no puede engañar, como un trilero en una feria, y por eso puede seguir proclamando hoy la esperanza  - la única esperanza - que viene de Dios.

En el sacramento de la confesión se unen, como en el encuentro de Cristo con aquella mujer adúltera, la miseria del hombre y la misericordia divina. Reconocer lo que somos ante Dios es la parte que nos toca para que su amor sobreabundante aniquile nuestro pecado; eso sí, sin disfraces, sin máscaras y sin engaños.