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La muerte y dos relatos de Tolstoi

Luis Fernando Hernández | analisis@arcol.org

 
 

                              

 

 

León Nikolaievich Tolstoi (1828-1910) fue el gran escritor ruso de su época. Era de ascendencia noble por los cuatro costados. Fue no solo un escritor muy humano, sino también muy religioso, a pesar de que no todas sus ideas fueran aceptadas por la Iglesia Ortodoxa. Fue padre de trece hijos. Su matrimonio con Sophia Andreevna Bers, en un inicio dichoso, terminó por convertirse en un tormento; tanto le pesaba el vivir en medio de lujos, que intentó en múltiples ocasiones huir de su casa situada en Yasnaia Poliana. De hecho, murió en uno de sus intentos de fuga, en la estación Astapovo.

 

En realidad, no se trata solo de un estupendo novelista cuya vida fue interiormente muy agitada. Era un profundo observador. Y por profundo no solo se entiende que observaba con detenimiento los hechos, las personas, sino que sabía también leer en el interior de los hombres. Su sensibilidad era enorme. Fue esta sensibilidad la que le hizo amar mucho a los pobres de su pueblo, los mujiks. Fue esa misma sensibilidad la que le hizo proclamar la paz total entre todos los humanos en varias ocasiones. No por nada, él y Gandhi intercambiaron sus puntos de vista mediante correspondencia epistolar.

 

Por lo dicho anteriormente, se puede en cierta manera colegir que estamos ante una sensibilidad muy rica. Y ante un hombre para el que no fue nada indiferente el umbral que precede la otra vida: la muerte.

 

Tolstoi temía no solo la propia muerte, sino la ajena, y con mucha fuerza. Esto es lo que escribía a su tía Tatiana: «pides a Dios la muerte, es decir, la desdicha más grande que pueda sucederme (eso no es una frase). Dios es testigo de que las mayores desgracias que pueden ocurrirme serían tu muerte y la de Nikolai, las dos personas que quiero más que a mí mismo».

 

Al poeta Fet escribió las siguientes palabras, en octubre de 1860: «Tenía usted razón: no hay nada peor que la muerte. Y, cuando uno piensa que este es el fin de todo, se ve que no hay nada peor que la vida». Esta frase suena semejante a aquella idea del pesimista Schopenhauer: «la muerte es el castigo por el crimen de vivir». También las líneas de Tolstoi suenan duras y ásperas, pero no han de tomarse de modo absoluto, sino en relación con los duros golpes que recibió Tolstoi al perder a sus seres queridos: Nicolás, su hermano preferido; Tatiana, aquella nodriza tan delicada y cuidadosa; Iván, el último y predilecto de sus hijos…

 

Parece muy distinta la siguiente reflexión que se hizo tras contemplar la muerte de un niño desconocido: «Un muchacho de trece años ha muerto tísico en medio de sufrimientos. ¿Por qué? La única explicación la da la fe en una recompensa futura. Si no existe esa vida, no hay justicia…»

 

No es el caso traer a colación más textos que expresen la fuerza interior de este gran autor ruso. Lo que siente en su interior, lo que vive él en sí mismo también lo refleja en sus relatos. Sus luchas, sus pensamientos e ideas quedan claramente esbozadas en numerosos escritos. Escribió, sin llegar a terminar, el relato La mañana de un señor. En él se ve reflejado su ideal de atención y educación desinteresada de los mujiks. En Los cosacos nos relata su travesía al Cáucaso y cómo se enamora vanamente de una muchacha de aquellas insondables tierras. La borrasca  alude a un hecho ocurrido al mismo Tolstoi cuando regresaba del Cáucaso a Yasnaia Poliana. En fin, habría que comentar con uno de sus biógrafos, Stefan Zweig, que «la sombra de Tolstoi está perenne tras de cada uno de sus personajes».

 

Habrá, por lo tanto, dos dimensiones que se deben considerar de manera especial: la conexión del relato con la vida del propio Tostoi y, segundo, las intuiciones que el relato per se nos ofrece. Pasemos pues de lleno al primer relato.

 

La muerte de Iván Ilich.

Este relato está inspirado en la enfermedad y muerte, por cáncer, de un conocido de Tolstoi, Iván Ilich Mechnikov, fiscal de los Tribunales de Tula. Lo escribió de 1884 a 1886.

 

La historia comienza con el anuncio, en un círculo de amigos, de la muerte de Iván Ilich y las ventajas que cada uno sacaría al quedar un puesto del Tribunal vacío, el de Iván Ilich.

 

Sus colegas van a velar el cadáver. Debían asistir por educación a su entierro. Piotr Ivanovich es uno de los (colegas) protagonistas del primer capítulo, donde se deja al descubierto la vida protocolaria de la alta sociedad. A  partir del segundo capítulo, Tolstoi presenta la vida de Iván empezando por sus padres y la suerte que corrió; su educación y la elección de la jurisprudencia, con los subsiguientes éxitos que fue obteniendo por su carácter cumplidor, sabiendo diferenciar bien entre los asuntos “laborales” y “personales”.

 

Al ser nombrado juez de Instrucción de una nueva ciudad conoció a su futura esposa: Praskovia Fiodorovna, con quien se casó tras dos años. El inicio de su matrimonio fue bueno, pero pronto comprobó Iván los disgustos que le daba su mujer por diversas razones, por lo que optó por llevar una vida agradable que le hiciera prescindir cuanto fuera posible del trato desagradable con su mujer. Tuvieron varios hijos, de los que, al final, sólo vivió un hijo y una hija.

 

Tuvo en ese tiempo un nuevo éxito que le hizo salir de su situación apretada e ir a otra ciudad, donde su cargo le haría vivir con más holgura. Al estar preparando la nueva estancia familiar se golpeó en un costado, lo que le dolió pero sin dejarle una impresión de malestar. Tal dolor se iría agudizando con el paso del tiempo. Además, empezó a perder la paciencia por cosas más detalladas y en asuntos de orden y limpieza de la casa, que él había arreglado. Todo ello fue creando un ambiente de distanciamiento en su familia.

 

Con el crecimiento del dolor llamaron a varios médicos, de los que ninguno se atrevió a manifestarle la gravedad de la enfermedad ni un remedio efectivo para el dolor. El malestar aumentó. Iván Ilich empezó a ver con menos bondad a su mujer e hija. Luego, se vio obligado a tomar reposo y, finalmente, a dormir en una habitación aparte. El único que le comprendía, por su sencillez y humanidad, era su siervo Guerasim, a quien llegó a querer bastante.

 

Tuvo varias semanas de agonía y de lucha interior; empezó a percibir que todo lo que le rodeaba era engañoso: las posturas y sentencias de los médicos (meras mentiras), los comportamientos de “interés” por su estado de salud de su mujer e hija, la postura (como si nada grave ocurriera) de sus colegas y amigos, y él mismo, Iván Ilich, se veía engañado por la vida de sociedad que llevaba, que no le permitía ser franco y salir de la mentira. Fue meditando en lo que era y había sido su vida, hasta llegar a convencerse de que no había sido como debía ser, cosa que le costó mucho aceptar. Pocas horas antes de morir, y sólo entonces, llegó a compadecerse de su esposa y de su hija y a vencer el temor de la muerte (que de joven creía que no existiría para él).

 

El resumen anterior ya nos da una cierta idea de la tragedia interior que vivió Iván Ilich, el personaje tolstoyano. La vida de Iván, como la del mismo León Nikolaievich en sus años mozos, se presenta prometedora. Y así es. Su enamoramiento y casamiento con Praskovia le parecieron correctos, contando, por supuesto, con la aprobación de la sociedad. Pero pronto, tras el primer embarazo, su mujer empieza a ponerse más celosa y exigente… hasta que un día riñe fuertemente con su marido. ¿No suena esto como un eco de la propia vida de Tolstoi, cuando empezó a “chocarle” el carácter y formas de su mujer…?

 

Sin embargo, habrá que dar un salto en la vida de Iván, para asistir a su proceso más doloroso: la aceptación de su propia muerte.

 

Hay que remontarse a aquel momento en que decide tomar un nuevo puesto y consigue un apartamento muy agradable. Iván se encontraba felizmente en su nuevo apartamento. Él mismo lo estaba arreglando. En eso, quiere arreglar unas cortinas; se sube a las escaleras y… se cae dándose un golpe en el costado. Este subir a las escaleras representa el punto álgido de su vida: excelente puesto de trabajo, mejores relaciones con su mujer, nueva residencia… y, como añadidura, un ligero golpe y posterior molestia en el costado izquierdo. A partir de entonces se presenta el declive.

 

Iván no le prestó importancia. Sin embargo, lo que estaba latente en ese pequeño golpe se puede resumir en la conocida sentencia: parvus error ab initio, fit maximus in fine; un pequeño error en el comienzo, se hace al final grande. Y no fue de otra manera para Iván Ilich. La cuestión fue que él no se daba cuenta, no quería darse cuenta. Es el defecto, según lo pinta Tolstoi, de los hombres que no se preocupan sino únicamente de tener una vida agradable, despreocupados de la muerte.

 

A Iván le asunta el solo asomo de este ser fantástico que no existe para él. Primero se asió del dictamen de los médicos (¡que le podrían curar, en el mejor de los casos, su cuerpo, no su inquieto espíritu!). Pero el dolor, siempre el mismo dolor, persistía y, aún peor, se agravaba. «No debo pensar… No debo pensar»[1], se decía.

 

El hecho es que, tras numerosas consultas, tras escuchar los comentarios de los que le rodeaban, no pudo no plantearse la cuestión:

 

«La enfermedad empezó… Me di un golpe en un costado. Pero seguí bien, tanto aquel día como el siguiente, exceptuando un pequeño dolor que fue en aumento. Después, visité al médico. Me sentía triste y abatido; y volví a consultar a otros. Y cada vez me acercaba más al precipicio. Me iba debilitando. Y ahora me encuentro agotado y sin luz en los ojos. La muerte [¡ya no lo oculta!] está aquí y yo pienso en el intestino ciego. Pienso en la manera de curar el intestino, cuando se trata de la muerte. Pero, ¿es posible que sea la muerte?»

 

Este monólogo, lleno de patetismo, es uno de los principales hitos en su proceso interior. Así, Tolstoi no duda en comenzar el siguiente capítulo con esta frase concisa: «Iván Ilich notaba que iba a morir…»

 

Empieza entonces la verdadera agonía de Iván Ilich. Y es verdadera no porque antes no hubiese comenzado a decaer, sino porque – como lo indica la etimología – ahora comenzaba el verdadero combate: el de la vida y la muerte; más aún, el de la aceptación o rechazo de una o la otra.

 

Claro, para un hombre de sociedad como él, la primerísima reacción es de rechazo:

 

«Cayo es realmente mortal; por tanto, es justo que muera; pero yo, Venia[2], Iván Ilich, con mis sentimientos y mis ideas… es distinto. Es imposible que deba morir. Sería demasiado terrible».

 

Iván Ilich se cree distinto del común de los mortales. Él no es un ser vulgar… se había olvidado de la realidad que encierra la máxima horaciana: Pallida mors aequo pulsat pede pauperum tabernas regumque turres[3]. La muerte pisa con el mismo pie las chozas de los pobres y los palacios de los ricos.

 

Para Iván, Cayo era un ser humano más en el mundo, un cualquiera… pero, ¿acaso ignoraba que la muerte no mira los bolsillos ni las billeteras? Si lo supiese no habría evadido el pensamiento de la muerte. Y la muerte no lo dejaría en paz…

 

Su proceso interior le va transformando, hasta el punto de que empieza a nombrar a la muerte; es más, la empieza a personificar: Iván pasa tanto tiempo en pugna con la muerte, que termina por designarla con un pronombre, «ella», sin siquiera decir muerte. «¿Será posible que sólo ella sea la verdad?»

 

Iván Ilich se agita, hasta casi se desespera pensando en la posibilidad de la muerte. Ahora Iván Ilich, sin notarlo, toca otro aspecto muy interesante de cómo los hombres hemos considerado a la muerte, como un personaje más, pero siempre presente, en las vicisitudes humanas. Hay mucho material al respecto; sin embargo, tratándose de un señor tan prestigioso como Iván Ilich quizá nada viene mejor que el traer a la memoria los numerosos cuadros que llevan por tema la vanitas (la vanidad de las cosas, argumento tratado muy a fondo por Cohélet, el autor del Eclesiastés).

 

Sorprende el paralelismo entre el proceso interior de Iván y la representación, dentro de la vanitas, de las calaveras, cráneos y todos los lujos y esperanzas del mundo. Un pintor barroco español, Antonio de Pereda, lo ha ilustrado muy bien; en su cuadro El sueño del caballero representa a un noble que reposa, en profundo sueño, sobre una silla; a su alrededor aparecen todos los encantos y deleites mundanos… pero este noble caballero no se da cuenta… En cambio, nuestro personaje empieza a abrir los ojos y va percibiendo que los que le rodean, encierran algo de mentira.

 

Tardará en despertar de su largo letargo. Hay que esperar las últimas páginas para escuchar estas sinceras palabras, tras una súplica algo forzada de su mujer: «El traje de su mujer, su constitución, la expresión de su rostro y el sonido de su voz, todo le expresaba lo mismo. ‘No es esto. Todo lo que ha constituido y constituye mi vida, es mentira y engaño. Te oculta la vida y la muerte’».

 

Pero, antes de descubrir este engaño, pasó por un proceso arduo de autoexamen. Es interesante constatar a lo largo de toda la obra que las sucesivas transformaciones de Iván Ilich no se llevan a cabo por sus conversaciones ni por los diálogos con los demás personajes, sino en sus propios monólogos dentro de su espíritu. Le cuesta mucho trabajo encontrarse consigo mismo. Cuando acepta analizarse, entonces se crea un diálogo entre él y «la voz del alma».

 

Reproducimos un fragmento de lo dicho anteriormente donde aparece «la voz del alma».

 

Al cabo de un rato se apaciguó y no sólo dejó de llorar, sino hasta de respirar y se tornó todo atención. Era como si escuchase la voz del alma–no esa otra voz que habla por medio de sonidos–y la marcha de los pensamientos que se producían en él.

«¿Qué necesitas?–fue el primer concepto que oyó que se podía expresar por medio de palabras–. ¿Qué necesitas? ¿Qué necesitas?», se repitió. «¿Qué? No sufrir. Vivir», contestó.

Y se entregó de nuevo a una atención tan reconcentrada, que ni siquiera le distrajo el dolor.

«¿Vivir? ¿Cómo?», preguntó la voz del alma.

«Sí, vivir. Vivir como he vivido antes, vivir bien y agradablemente.»

«¿Cómo viviste antes bien y agradablemente?», exclamó la voz. E Iván Ilich empezó a analizar mentalmente los mejores momentos de su vida agradable. Pero, cosa rara: todos los mejores momentos de su vida le parecieron completamente distintos de lo que le parecieran antaño…

 

Y el texto sigue. E Iván Ilich también sigue en sus reflexiones. Se va conociendo más y más, recuerda sus años mozos, los de su encantadora niñez, sus años en la Escuela de Jurisprudencia, las clases superiores, su enamoramiento y matrimonio… Parece que, bajo el prisma de la muerte, su visión se perfecciona, aunque estaba perdiendo la vida. Así leemos en el relato: «…cuanto más avanzaba, tanto más muerto era todo aquello. Era como si descendiera, uniformemente, de una montaña, imaginándose que subía. Así había sido todo…», hasta que le llega el momento final. En este instante postremo se acaba el odio, para dar lugar a la compasión:

 

«Les hago sufrir–pensó–. Les da pena de mí; pero estarán mejor cuando muera». Iván Ilich quiso decir esto, pero no tuvo fuerzas. «Por otra parte, ¿para qué decirlo? Debo hacerlo», pensó. Con una mirada llamó la atención de Praskovia Fiodorovna sobre su hijo y pronunció:

–¡Llévatelo…! Me da pena… y de ti también–quiso añadir «perdón»; pero dijo otra palabra…

 

Tras este momento de reconciliación con sus seres queridos, Iván vuelve a preguntarse sobre sí mismo, pero ¡vaya sorpresa!, en él ya se había operado un cambio interior, es el fin de la agonía:

 

«Me da pena de ellos. Es preciso hacer que no sufran. Liberarlos y liberarme yo mismo de esos sufrimientos. ¡Qué bien y qué sencillo! ¿Y el dolor?», se preguntó. «¿Qué hago con él? ¿Dónde estás, dolor?» […] «Ah, sí, aquí está. Bueno, que siga. ¿Y la muerte? ¿Dónde está?» Buscó su antiguo terror a la muerte, sin hallarlo. ¿Dónde estaba? ¿Qué era la muerte? No sentía terror alguno, porque la muerte no existía. En lugar de la muerte, había luz.

–¡Ah! ¡Eso es!–exclamó, de pronto, en voz alta–. ¡Qué alegría!

 

Este pasaje, en que parece que Iván Ilich reta a la misma muerte trae a la memoria las palabras de san Pablo: « ¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón? »[4]. A ellas añadimos las de un himno litúrgico: «Todo es destello de tu gloria, clara luz, resurrección». Este parece ser el cambio que se obra en Iván Ilich respecto a la muerte, donde ve, en vez de tinieblas, luz.

 

Así pues, este trágico y grandioso relato, deja el final el gusto de una victoria. Las interpretaciones al respecto pueden ser muy variadas, pero el proceso al que se ve sometido Iván Ilich permanecerá siempre muy aleccionador; desde el comienzo en que no quiere ni oír mencionar a la muerte. Luego, el planteamiento y el rechazo de la misma. Llega, entonces, el enfrentamiento, cuando sabe que ella existe, pero tiene mucho miedo. Después, la aceptación y, finalmente, la desaparición de todo aspecto negativo respecto a la muerte.

 

Pasemos al siguiente relato, donde la muerte es vista desde otro punto de vista.

 

Amo y criado

Este relato apareció en tres ediciones diversas el mismo día, el 5 de marzo de 1895, en el no. 3 del Svernii Vestnik, además de las otras dos ediciones mencionadas. Es una obra que guarda el mismo sello que la de La muerte de Iván Ilich.

 

La narración comienza con la presentación de los dos principales personajes, el rico comerciante Vasili Andreievich Brejunov y su siervo Nikita, un hombre casado, cuya esposa no le es del todo fiel y que tiene una hija, valga la aclaración, suya y de su esposa.

 

Brejunov desea sacar partido de la compra de un inmenso bosque, que adquirirá por diez mil rublos, a pesar de que el valor del bosque es mayor; pero teme que otros negociantes se le adelanten y, por ello, decide salir cuanto antes al poblado de Goriachkino, donde vivía el propietario del bosque. Al estar a punto de salir, su mujer le insta para que se lleve a Nikita consigo y, finalmente, accede a la petición.

 

Amo y siervo salen en trineo a través de un camino lleno de nieve y con bastante viento. El caballo, llamado Mujortyi, es muy bueno. Varias veces se desvían del camino. Finalmente dan rodeos y llegan por segunda vez a un mismo pueblo llamado Grishkino. Ahí es recibido en una isba, donde se niega a pasar la noche por el deseo de cerrar el trato con el propietario de Goriachkino. Llegan a la carretera, se desvían luego, no encontrando ninguna señal de la misma. Finalmente caen en un barranco y el caballo ya no es capaz de sacarlos de allí.

 

Cada uno, señor y siervo, va a cubrirse del viento y del frío por su propia cuenta. Pero Brejunov no puede dormir y toma al caballo, tratando de encontrar una vía; en vano, pues se le escapa el caballo y cuando lo encuentra es en el mismo sitio en que se ha quedado el trineo. Luego descubre un cúmulo de nieve debajo del cual yace su siervo Nikita. Sin pensarlo mucho decide calentarlo con su propio cuerpo. Así lo hace hasta que quedó congelado, salvando la vida de su siervo. Se habían quedado – según se comprobó la mañana siguiente – a treinta sajenas[5] de la carretera y a media versta de una aldea. Nikita vivió más tiempo y se hizo guarda.

 

Con este marco y esbozo general de la obra podemos adentrarnos un poco más en lo que respecta a las iniciales relaciones entre Vasili Andreievich y Nikita, el criado de cincuenta años.

 

Nikita era amable y, por eso, aunque había sido despedido del trabajo en numerosas ocasiones, la gente lo apreciaba. También Vasili Andreievich lo había despedido, pero luego lo volvía a contratar: Nikita era mano de obra barata, como suele decirse. Cobraba cuarenta rublos, en vez de los ochenta que cobraría un trabajador cualquiera como él.

 

Tal hecho no pasaba desapercibido a Nikita, pero callaba:

 

–¿Acaso he hecho algún trato contigo?–solía decir Vasili Andreievich a Nikita–. Si necesitas algo, pídemelo; ya lo pagarás con tu trabajo. Yo no soy como los demás, que te mandarían esperar, echarían cuentas y te descontarían. Soy horado. Tú me sirves, y yo no te olvido.

Al decir esto Vasili Andreievich, estaba sinceramente convencido de que era un bienhechor para Nikita; porque hablaba en un tono convincente, y todos los que dependían de su dinero, empezando por Nikita mismo, sostenían su idea de que no los engañaba, sino que los colmaba de beneficios.

–Le comprendo muy bien, Vasili Andreievich. Y me parece que yo también me esfuerzo en servirle como a mi propio padre. Le comprendo muy bien…–replicaba Nikita, a pesar de que se daba cuenta de que el amo le engañaba…

 

En estos tres párrafos ya algo se columbra de los intereses de Tolstoi. Se trata, en primer lugar, de la relación entre un señor y un criado, aquella cuasi obsesión de Tolstoi. A Tolstoi le agradaba platicar con todo el mundo, pero claramente amó más la vida con la gente sencilla que con los grandes magnates. No era raro que cortara leña o trabajara en el campo como otro mujik más. Hasta externamente quiso expresar su solidaridad vistiendo una camisa de mujik.

 

El contraste está, sin embargo, no en que pinte la situación social rusa de su tiempo, sino en que la pinta con mucho realismo y dulzura, pues da al criado un tinte de amabilidad y resignación ante los abusos de su señor.

 

A esto se suma la actitud de Vasili Andreievich, que se tiene por honrado y no duda en imponer con su forma de ser esta idea a los demás.

 

Se suben, pues, los dos al trineo y se alejan del hogar. Vasili Andreievich tiene ganas de hablar, empieza con rodeos y bromas, pero en cuanto se toca el tema de un pequeño negocio, no duda en poner toda su atención para resolver el asunto. Donde está tu tesoro, ahí está tu corazón. El autor no duda en asignar la chalanería como el tema de su «ocupación favorita». Los negocios le vencían. Deseaba venderle a Nikita un caballo pío de baja calidad por un precio mayor de lo que realmente valía.

 

Sí, el dinero mueve a Brejunov, y mucho. No se equivocaba Virgilio al dejar escrito en la Eneida: Quid mortalia pectora non cogis, auri sacra fames. ¡A qué cosa no incitas los corazones, miserable avidez de oro! El final trágico de esta historia lo demuestra.

 

Pero, para llegar a tal punto, hubo un camino. No solamente un camino por pueblos distintos – todos, excepto el objetivo de Brejunov –, sino un camino interior. Pero, por lo pronto, nuestros protagonistas se equivocan de camino, llegan a los campos de Zajarovka. Luego, a Grishkino. Salen rumbo hacia, hacia… no saben dónde. El caso es que vuelven otra vez a Grishkino. No hubo más remedio que refugiarse en una casa de unos conocidos de Vasili Andreievich.

 

Pero, en vano se presenta la seguridad de estar bajo el techo, teniendo una mala tempestad fuera. En vano disfrutan el té, hervido en el samovar. Vasili Andreievich se coloca su pelliza y sale decidido a continuar, ¿por qué? Porque no quiere que nadie se le adelante en aquel negocio.

 

Partieron. Las riendas las llevaba Brejunov; pero, al darse cuenta de que ya no veía los tocones (indicadores en los caminos), optó por dar – sin súplicas – las riendas a su criado Nikita. Este gesto empieza a ser distinto en comparación a los anteriores. Brejunov ya no se muestra como un tirano. Es un primer paso.

 

Se ven en la necesidad de pernoctar allí… Es en este punto donde El amo y criado entronca con La muerte de Iván Ilich. Los elementos comunes: aparente soledad de un hombre con la “fortuna” de que es acompañado por un criado… En tal soledad Iván Ilich comienza a encontrarse consigo mismo. Vasili Andreievich también se encuentra consigo mismo, es decir, con sus negocios y con su dinero.

 

Cada uno se va en búsqueda de un rincón para evitar lo más posible el terrible frío invernal. Y así empieza Tolstoi a describirnos lo que traía el señor Vasili en la cabeza:

 

No tenía sueño. […] Pensaba en la cantidad de dinero que había ganado, en el que podía ganar aún, en el que habían ganado sus conocidos y la forma en que lo habían hecho. Pensaba que, tanto él como ellos, podían seguir adquiriendo más. La compra del bosque de Goriachkino era, para él, un asunto de enorme importancia. Esperaba sacarle producto en seguida…

 

Dichas elucubraciones económicas son el preludio perfecto para la advertencia evangélica referida a un rico también: «¡Tonto, esta noche habrás de morir…!» (Lc 12, 20). Esto pasa desapercibido para Vasili Andreievich. Él quiere hacerse muy rico, es más, tan millonario como Mironov, que había comenzado sin tener un céntimo… Hoy diríamos, en vez de Mironov, Mark Zuckerberg, mutatis mutandis…

 

Todos estos pensamientos excitaron a Brejunov que echó una mirada a su alrededor: el caballo ya no tenía la manta que le habían puesto, se había caído; y Nikita estaba en la misma posición de antes, pero la nieve ya le había sepultado las piernas. Le dio flojera colocar sobre Nikita la manta del caballo… y siguió pensativo.

 

Pero, sus pensamientos ya no eran ni cálculos ni cuentas, ahora empezaba a darse cuenta de que debía cuidar su vida para no helarse; primero, recordó que un tío suyo había sobrevivido en una circunstancia semejante, pero: «En cambio, cuando desenterraron a Sebastián, estaba muerto; se había quedado congelado como una res. Si hubiéramos pernoctado en Grishkino, no estaríamos así».

Con todo, no venció aún el temor y la zozobra. Volvió a echar cálculos sobre sus ganancias, sobre sus posesiones, pero, en vano. Ya no podía dormir. Más aún, ya no podía pensar en sus asuntos. Estaba tan excitado que se había incorporado y vuelto a acostar veinte veces.

 

«Voy a ver la hora que es. Si me destapo me helaré. Me tranquilizaría enterarme de que no tardará en hacerse de día. En seguida empezaríamos a enganchar.» En el fondo de su alma sabía que aún no podía amanecer. Pero su miedo aumentaba y quería saber la hora… […] Acercando la esfera a la llama [de un fósforo que había encendido], la miró; y no quiso dar crédito a sus ojos… Eran las doce y diez. Aún tenía toda la noche por delante.

 

Es interesante ver la siguiente reacción de nuestro personaje, muy humana, pero que le va acercando a la realidad de las cosas; sucede algo insólito, aquello por lo que había emprendido con tanto afán y premura dicho viaje, empieza a ser algo a lo que puede renunciar: «Después de todo, tanto me da quedarme sin el bosque. Gracias a Dios tengo bastantes negocios sin eso».

 

Su miedo seguía aumentando. Por sus comentarios, diríase que se trata de un escéptico o indiferente ante la vida, pero, en su interior él sabe que trata de engañarse: es lo que le sucedía a Iván Ilich, otro rico que se había engañado durante tanto tiempo…

 

Brejunov intentó alejarse solo con el caballo, con el fin de salvar su propio pellejo; pero empezó a dar vueltas y vueltas sobre un mismo terreno… ¿no representaría esto el egoísmo humano?

 

Su criado, en cambio, se resignaba. «No sabía si se estaba muriendo o si se dormía; pero estaba dispuesto a las dos cosas». Para este siervo es lo mismo el sueño o la muerte, a quienes ya Homero en la Ilíada había dado el título de hermanos.

 

El cambio viene cuando Brejunov encuentra casi helado a Nikita. Es entonces cuando deja de pensar en sí mismo.

 

–¿Qué te pasa? ¿Qué dices?–preguntó.

–Me mue… Me muero–pronunció Nikita, con dificultad y voz entrecortada–. Dele a mi hijo lo que me debe… o a mi mujer, es lo mismo.

–¿Es posible que te hayas helado? –exclamó Vasili Andreievich.

–Noto que voy a morir. Perdóneme en nombre de Cristo…–dijo NIkita, con voz llorosa, sin dejar de mover las manos ante sus ojos.

Por espacio de un minuto Vasili Andreievich permaneció callado e inmóvil; pero, de pronto, con la decisión con la que cerraba el trato de una compra ventajosa, dio un paso hacia atrás, se remangó y empezó a quitar la nieve que cubría a Nikita.

 

Tras esto, se echó casi literalmente sobre su siervo y su cuerpo sirvió de manta potente para dar calor al criado.

 

Lo que sigue a continuación en el relato, no es sino la confirmación del acto ya consumado. Vasili Andreievich se empieza a sentir realmente feliz, y su visión de las cosas cambia en pocos minutos:

 

Recuerda el dinero, la tienda, la casa, las compras, las ventas y los millones de los Mironov; y le cuesta comprender por qué se ha ocupado de todas estas cosas ese hombre que se llamaba Vasili Andreievich Brejunov.

 

Y parece que también él, como Iván Ilich, pasa en su último momento de las tinieblas a la luz:

 

          «Ignoraba lo que sé ahora. Ya no cabe duda de que estoy en lo cierto. Ahora sé»

 

En poco tiempo Brejunov moría de frío; pero con su muerte, siendo el amo, salvó la vida a su siervo. Se trata de una especie de muerte “redentora” (sin el significado teológico que ello conlleva, por supuesto).

Nikita vivió otros veinte años. Brejunov, por su parte, ya lo había consumado todo en menos de veinte horas.

 

Conclusiones

Está claro que el tema de la muerte es común a todos los literatos por ser una realidad humana y, en realidad, su fin temporal. Pero en estos dos relatos de Tolstoi la muerte ocupa un lugar prominente por ser como el centro hacia el que convergen las demás circunstancias. De ahí su elección para esta serie de consideraciones sobre la muerte. Ambas representan una gama muy amplia de formas y modos en que, a lo largo de la historia, los hombres hemos pintado, descrito y ensalzado a la muerte.

 

Se trata, además, de una mirada introspectiva sobre uno de los grandes escritores de la literatura universal. Vemos en Tolstoi, reflejado en algunos de sus personajes, a un ser humano complejo, luchador y cambiante.

 

Estas dos narraciones nos invitan a sumergirnos en los relatos tolstoyanos, con la seguridad de que habremos de encontrar no solo tramas interesantes, sino el alma de su autor.

 


 

[1] Todas las citas de los relatos están tomadas de OBRAS COMPLETAS de León Nikolaievich Tolstoi, traducidas por Irene y Laura Andresco, Tomo IV, Santillana Ediciones Generales, 2003, Madrid.

[2] Venia es el nombre de cariño, hipocorístico, de Iván.

[3] Odas, I, 4, 13

[4] 1 Co, 15, 55

[5] Sajena (са́жень) es una medida de longitud rusa, anterior a 1924, equivalente a 2.134 m.

 

 

 

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