SERVICIO CATÓLICO
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La política es una dimensión de la moral, autónoma pero no independiente

El problema radical no está en el sistema económico

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La destrucción que hemos sufrido nos impide coger la realidad de nuestra propia vida, de la sociedad, también en su dimensión material. No tenemos conciencia del grado de bienestar en el cual vivimos a pesar de la crisis. Extraordinario, único en la historia de la humanidad, y reciente, muy reciente. Tiene menos de un siglo de vida, nada en la escalera temporal de una civilización. Repitámoslo. Desde el punto de vista material todas las grandes conquistas de los visionarios y revolucionarios sociales de los siglos XIX y XX han sido agotadas en lo sustancial. Jornadas en cómputo anual muy por debajo de las 40 horas semanales, vacaciones pagadas con un agregado de días de fiesta que llega a superar un mes y medio al año. Sanidad gratuita para todo el mundo, y que a pesar de la crisis tiene unas prestaciones inimaginables, escuela también gratuita. Seguro de paro, un beneficio difícil de imaginar en tiempo anteriores. Un amplio abanico de prestaciones sociales que, en términos agregados, configuran un verdadero salario social para un grupo importante de población, viviendas sociales. Incluso muchos aspectos relacionados con el ocio y la cultura nos son ofrecidos gratuitamente o a muy bajo coste. ¿El comunismo en su formulación más utópica podría prometer más que todo esto?

Nosotros, europeos, formamos las generaciones vivas más numerosas que no ha conocido la guerra. Nos acompañan, está claro los que vivieron la última y más catastrófica conflagración, la del 1939- 45, pero ya son una minoría de la población. Fue la última masacre europea con más de sesenta millones de muertos. Haber superado esta lacra, el de las guerras europeas, es otro éxito magnífico, incuestionable.

En resumidas cuentas, los datos son aun así de buenos a escala planetaria. Se puede decir lo que se quiera, pero el progreso ha sido tan colosal que está a punto de cambiarse las preeminencias en el campo internacional. El progreso de China, Brasil, la misma India, de muchos países de América Latina como Chile, Colombia, el mismo México a pesar de la terrorífica guerra con el narco estado. Antes, pero al Oriente Japón en primer término, Corea, Taiwán, Singapur, emprendieron el camino que otros han seguido. Incluso buena parte de África prospera a pesar de que el cliché interesado continúa ocultando aquello que brilla y presentándonos solo las facetas más trágicas que, obviamente, también están. La guerra más enloquecida, el hambre y las epidemias han hecho estragos, pero esto no tiene que ocultar las experiencias de progreso como la del sur africano, que emerge como un interlocutor internacional, y el buen resultado de países más pequeños. La mejora es una evidencia, como han declarado los mismos africanos, mientras, en una aparente paradoja, demasiadas ONG’s se emperran en las miserias.

La cuestión es esta: la mejoría tan grande que ha vivido la sociedad en europea ha venido acompañada por los buenos resultados de la mayoría del mundo. Esto no es un suma cero. No ha sido un camino fácil, ni mucho menos rectilíneo, pero al final una conjunción de la clase media, entendida en un sentido muy amplio, trabajadores, menestrales, pequeños y medianos empresarios, agricultores, organizados en los dos tipos de grandes agrupaciones políticas, que han hecho la Europa de la postguerra, la democracia cristiana y la socialdemocracia, más las organizaciones sindicales y buena parte de la empresarial, han construido un bienestar para todos, o al menos por una gran mayoría.

Muy cierto, hay numerosos rincones oscuros en nuestra sociedad en los que impera la pobreza y la marginación, pero nunca tenemos que perder de vista que son la excepción, no la norma. Demasiado a menudo nuestra cultura parece emperrada en emitir un juicio general a partir de la excepcionalidad de una situación. Es una muestra más del horizonte de sentido perdido. Lo anómalo se transforma en lo que se define como normal, como general.

El sistema de valores o el desorden moral

El problema radical de nuestro tiempo no es, en primer término, el “sistema” socioeconómico, que tantas ventajas nos ha ofrecido en un pasado muy cercano, si bien en una formulación que no es la actual. Es el mejor, de lejos, entre todos los comparables. El problema radica en otro punto de todavía más difícil solución. El sistema de valores que sustentaba el modelo económico, el capitalismo renacido del bienestar, economía social de mercado, diversos son sus nombres y uno solo el proyecto, ha cambiado. El orden moral, por decirlo en términos más precisos, ha sido fuertemente alterado por la cultura de la desvinculación. El problema no radica en la economía de mercado, la libre empresa, la propiedad privada, entendimiento en términos no liberales, sino en relación a sus fines sociales, no son el problema, sino que forman parte de la solución. Sus defectos pueden mejorar si somos capaces de afrontar los grandes problemas reales que son también causa de la crisis económica, a la vez que dificultan el abordaje de las soluciones. En su quintaesencia, el modelo se fundamenta en cuatro pilares: la productividad, la competitividad y la redistribución de la renta en términos monetarios y de prestación de servicios, y el crédito. Pero este es el último peldaño. Para que funcione hacen falta unas condiciones preeconómicas, enmarcadas por aquello que lo encuadra todo: el orden moral, que constituye el relato común dentro del cual toma más sentido cada una de nuestras vidas. La desvinculación ha desarticulado este relato haciendo creer que lo mejor era la existencia de relatos individuales sin ninguna referencia más que cada uno de sí mismos.

De la afirmación de que la causa fundamental no está en el sistema económico no puede deducirse que este no presente problemas, sino que el origen de este y la carencia de capacidad en las soluciones, tienen una causa moral: la incapacidad por el bien y la justicia, que se traduce en el plano político, que es aquel en el que la moral se transforma en acción concreta y transformadora. Los ejemplos que pueden aducirse son numerosos, pero nos limitaremos a citar uno:

Ha habido un error de regulación descomunal en la pasada crisis que no ha sido enmendado. No porque no sea claro, ni de difícil resolución. En realidad, parece que cuesta entender un concepto que en su origen data de Aristóteles y que muchos siglos después, desarrolló tan bien un neotomista como Jacques Maritain. La política es un ámbito autónomo -que no independiente de la moral. Si no existe un orden moral claro traducido en una ética y llevado a la práctica por la política correspondiente, las palabras pierden sentido. No tenemos problemas, para continuar con el ejemplo financiero, de regulación o desregulación, sino de criterio para discernir el bien y voluntad política de realizarlo.

El financiero Warren Buffet declaró que la crisis era provocada por la avaricia sin límites: “Pienso que todas las personas relacionadas con el mundo financiero están relacionadas con ella, con la crisis – decía- en parte por avaricia, en parte por estupidez y en parte porque había gente que decía que era otro el que estaba haciendo aquello que no tocaba hacer”. Este hombre que trabaja para ganar dinero, mucho dinero, nos está diciendo que la causa radica en tres vicios que ni siquiera son originales: la avaricia, la ignorancia y el engaño. ¿Qué ha sucedido para que vicios privados se transformen en un estrago público de tanta dimensión? Porque la pregunta clave es esta. Avaros, ignorantes y mentirosos ha habido siempre, pero no es habitual que sean ellos los que configuren toda la sociedad y condicionen su política. ¿Por qué hoy, en gran medida, es así?

Por tanto, la verdadera batalla está en el campo del proyecto cultural y político capaz de superar el desbarajuste actual y regenerar un orden moral de valores y virtudes coherentes con el modelo de vida material en el que queremos vivir. Esta es la gran prioridad. Conectada a ella, hay una segunda. Los grandes grupos y las formas de actuar de poder que se han configurado en el proceso doble de globalización y desvinculación, dificultan los cambios técnicos que hay que introducir en el modelo económico, en primer término, sobre la fiscalidad. El segundo reto es, por tanto, político. Una regeneración política es necesaria para asegurar el funcionamiento democrático, que es condición imprescindible, para los cambios que hay que introducir en el sistema económico. Construcción de un nuevo orden moral, regeneración política y reforma económica. Son los tres grandes ejes de fuerza que pueden llevarnos a un nuevo renacimiento. La alternativa a recuperar el orden moral, que está en la base de la cuestión, no es el caos más allá de una fase de transición, sino un modelo a la china, capitalismo desatado, partido único y liquidación del Estado de derecho. Entre el capitalismo neoliberal, que se ha agotado en sus propios excesos, propiciando la cultura desvinculada, y el modelo de inspiración china, no hay la vía incoherente de los “indignados” oficiales, sino la de la reconstrucción del orden moral de los valores y virtudes de nuestra tradición cultural, la regeneración política y las reformas económicas.

 

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