SERVICIO CATÓLICO
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La soledad: la epidemia que ha llegado. La sanación está en el vínculo. La nueva Caritas de la compañía.

soledad

 

 

                              

 

 

Cada vez empieza a suceder con más frecuencia. Personas atendidas en un hospital, que saben que van a morir muy pronto, tal vez mañana y, si no mañana, pasado mañana, pero que no tienen a nadie a quien llamar porque ha forjado poco a poco una vida de soledad. Y esto es terrible porque la tristeza de su muerte solo es superada por lo triste de la soledad.  De hecho, ella es una de las causas de muerte prematura y no únicamente una circunstancia desafortunada. A pesar de ello, cuando se habla del estado del bienestar nada se dice de este tipo de cosas; solo se habla de euros y prestaciones; pero, la más importante de todas, la compañía, no existe. Pero no se trata solo del momento final. La soledad hace estragos mucho antes, afecta a jóvenes y, sobre todo, a gente mayor. La primera causa es la viudedad, pero cada vez empieza antes por otros motivos, son los que se creyeron cuando tenían 40 años que, eso del estilo de vida single era fantástico, y que ahora a los 60 si quieren compañía se han de comprar un perro. Aquellos que llevan un divorcio y alguna cohabitación sobre sus espaldas, buscando siempre una relación mejor, hasta que se encuentran solos por la simple causa del paso del tiempo.

El aislamiento social se está convirtiendo en una epidemia: cada vez se reconocen más sus nefastas consecuencias a nivel físico, mental y emocional. A pesar de ello, en España, el 10% de las personas, un total de 4.6 millones -que representan uno de cada cuatro hogares- viven solas, y lo que es peor, el ritmo crece a una velocidad del 1% anual; y se acelerará en la medida que la cohorte de más jóvenes, con más divorcios y cohabitaciones, vayan envejeciendo. Incluso antes, porque cada vez hay más gente de media edad, sobre todo mujeres, que empiezan a vivir obligadamente solas.

Las investigaciones sugieren que estar socialmente aislados es malo. Las personas con menos conexiones sociales presentan patrones de sueño discontinuos, alteraciones del sistema inmunitario, más inflamación y niveles más altos de las hormonas relacionadas con el estrés. Un estudio reciente reveló que el aislamiento aumenta el riesgo de cardiopatías en un 29 por ciento y de infarto en un 32 por ciento. En otro análisis, que agrupó datos de 70 estudios y 3,4 millones de personas, se halló que las personas socialmente aisladas tenían un riesgo mayor -un 30 por ciento más- de morir en los siguientes siete años, y que este efecto aumentaba en aquellos de mediana edad. La soledad puede acelerar el declive cognitivo en los adultos mayores, y las personas aisladas tienen el doble de probabilidades de morir prematuramente que aquellos con interacciones sociales más sólidas.

Y ¿cuál es la respuesta? Parece evidente. La soledad tiene como sanación el vínculo. Y esto nos conduce al compromiso, la compañía, la celebración en común; la comunidad, en definitiva.

En los Estados Unidos, donde el individualismo prima, pero donde en las poblaciones rurales, y también menos, en las urbanas, está arraigada la idea de comunidad, recomienda por ejemplo animar a la gente mayor muy religiosa a continuar asistiendo de manera regular a los servicios religiosos, pues podría beneficiarse de un sentido de espiritualidad y comunidad, así como de la mirada vigilante de otros feligreses. Aquí a nadie se le ocurriría proclamar el beneficio de la práctica religiosa; más bien lo contrario. También, en otro orden, que tengan mascotas; algo que ya es evidente en nuestras ciudades, donde cada vez más, los perros sustituyen a los niños en los parques. Pero no a todo el mundo les gustan los animales o está en situación de cuidarlos.

Pero la respuesta de fondo va mucho más allá. Significa cambiar el marco de referencia bajo el que vivimos. Educar para el matrimonio duradero. Lo que exige educar para entender que la solución no es la búsqueda de la propia satisfacción, sino la del otro, y en la capacidad de suplir los espacios que va cediendo la pasión, a la reconfortante vivencia de compañía. Y eso en nuestro tiempo no se improvisa. La educación para el matrimonio es una tarea religiosa que debe celebrarse para el mundo secular, y no solo para quienes van a casarse por la Iglesia; y esta pueda ser una forma en la que los jóvenes vuelvan a reconocerse en ella.

Acompañar a las familias ya constituidas para ayudarlas a encontrar la unió fuerte del vínculo, amor y deber, donación y reciprocidad. Empujar socialmente para que quienes viven o quieran vivir juntos vean los riesgos de no formalizar un compromiso más sólido.

La comunidad, vecinos, y sobre todo la más fuerte -todavía- que existe en nuestra sociedad desvinculada, la parroquia, se interese y ayude a aquellos que viven solos

Solo si reconstruimos una sociedad de vínculos, formada por comunidades, que los son porque viven en una determinada tradición, es decir, unos acuerdos, valores y virtudes compartidos que trasmiten entre ellos, la soledad será vencida

Una gran paradoja de nuestra era digital interconectada es que, al parecer, nos estamos alejando. Sin embargo, las investigaciones confirman nuestra más profunda intuición: la conexión humana está en el centro del bienestar humano. Depende de todos nosotros mantener los vínculos ahí donde se están desdibujando, y crear nuevos donde nunca han existido. Y en todo esto, el servicio de la Iglesia, de sus parroquias, de los laicos, puede ser inmenso. Es una Cáritas, no de las cosas, sino de la compañía.

 

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