SERVICIO CATÓLICO
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La teoría sueca del amor

Alfonso Flores-Durón

 

                              

 

 

 

 

Mientras en buena parte de Occidente se sigue considerando un triunfo alcanzar la plenitud de la independencia (particularmente durante los años jóvenes, los de mayor desarrollo personal), en Suecia ya estuvieron ahí y ya vienen de regreso, parece. Después de consolidar la sociedad ideal, perfecta, sustentada en el bienestar social, la igualdad, el progreso sostenido y la prosperidad económica, los suecos, no teniendo mejores problemas que resolver, se preguntaron con qué más podían apuntalar su búsqueda de la felicidad permanente. Sociólogos, científicos, ciudadanos, expertos, todos llegaron a una conclusión, que plasmaron en un manifiesto, a principios de los setenta: solo desde la autonomía, la emancipación de la colectividad, la apuesta por uno mismo, se puede experimentar la auténtica libertad, condición imprescindible para esa felicidad absoluta. El individualismo en su expresión más rotunda. Las mujeres independientes de sus maridos; los niños de sus padres; los ancianos de sus hijos. Nadie debe necesitar de nadie. Habrá a quienes esto les suene bien, adecuado, hasta deseable pero, este filme (más allá de las estadísticas) intenta mostrar que, en la realidad, el resultado de esa experimentación en pos de la utopía ha sido desastroso.

 

Se tomaron tan a pecho la ansiada independencia -tanto económica como emocional- y el deseo de soledad (de entrada, ambos benéficos para toda persona) que, cuarenta años después, terminaron convertidos en seres inhabilitados para sociabilizar y perdieron el sentido de comunidad, incluso dentro de los núcleos familiares. La consecuencia ha sido una extensa colección de existencias en el aislamiento unas de otras; cuando la sana ‘solitude’ se precipita hacia la aciaga ‘loneliness’. En Suecia existe una instancia gubernamental encargada de rastrear a gente cercana a las personas que mueren en total abandono. Es el país con mayor número de casos de individuos que fallecen sin que nadie se entere; en ocasiones durante días, pero que también llegan a transcurrir semanas, meses, o incluso hay casos en los que son años los que pasan hasta que sus ausencias son advertidas.

 

Erik Gandini, director del filme, es sueco con sangre italiana (como su apellido bien lo anuncia), por lo que el contraste entre las formas de convivencia entre un país y el otro lo empujaron a llevarlo a la reflexión sobre el envés del país perfecto a través de este filme. Su intención fue evitar la solemnidad y por eso adoptó un tono que desde la exaltación de todas las bondades de lo sueco articula un la parodia con elevadas dosis de autodenigración. Burlarse de ellos mismos para amortiguar la tragedia del abandono y la soledad que los habitantes de Suecia tienen como destino inexorable. Mostrar, rozando el absurdo, cómo a los suecos les parece más sencillo buscar ayuda gubernamental que un abrazo.

 

El filme habría quedado estancado en el lamento burlón, pero toma un vuelco afortunado. Se traslada a Etiopía donde un médico sueco, ya mayor, casado con una etíope, pondera sin sentimentalismos (aunque mediante generalizaciones) las virtudes de la vida en el pobre país africano: la falta de recursos económicos, ahí, la compensan con ingenio, con diálogo, con interacción, pero sobre todo con genuino compromiso con y por el otro. Se las arreglan para intentar ser felices pese a las carencias y a lo apremiante de sus situaciones. El cotejo evidenciado no con cifras, sino a partir del testimonio de quien conoce ambas realidades, permite que el filme dimensione su discurso. Al final, parece, el ser humano tiende a estar más satisfecho en su existencia en gran medida a través de su relación con el otro. Con todo y los ‘peros’ que pueda cargar consigo todo lo que significa ese ‘otro’.

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