Creo que si os animáis a leer en alguna ocasión el capítulo octavo del Evangelio de San Juan podéis pasar un rato verdaderamente delicioso, al menos desde el punto de vista intelectual. No me refiero, claro está, a una simple lectura descuidada y rápida, sino a una lectura pausada, atenta, hecha sin prisa y con sobra de tiempo para detenerse a reflexionar siempre que la ocasión lo requiera, es decir, a menudo. Y, por supuesto, una lectura hecha sin prejuicios, con la mente abierta y en disposición receptiva.

Es en ese capítulo donde se lee una afirmación de Jesús, hecha al parecer de pasada, pero que no obstante levantó en vilo a los fariseos, que en ocasiones se mostraban muy susceptibles. He aquí lo que se lee: «Decía, pues, Jesús a los judíos que habían creído en El: Si vosotros perseverareis en mi doctrina seréis verdaderamente discípulos míos, y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres» (Ioh 8, 31 y 32).

Esta última afirmación fue la que pro­vocó una airada reacción de parte de los oyentes, entablándose una discusión entre Jesús y los fariseos. El sentido profundo de esta afirmación del Señor -«la verdad os hará libres»- lo explicó El mismo a lo largo de la discusión, y en términos generales, tal como se desprende del contexto, se puede entender así: Dios creó al hombre libre; el hombre, inducido a error (pensó que podría ser igual a Dios) por el demonio, «mentiroso y padre de la mentira», cometió pecado, y en el mismo momento perdió su libertad, «porque el que comete pecado es esclavo del pecado». Pero el esclavo no puede manumitirse a sí mismo: tiene que ser liberado por alguien con poder suficiente para hacerlo. Ese alguien es el Hijo -que es el camino, la verdad y la vida-: sólo El puede redimir al hombre de su pecado y volverle por la gracia al estado de libertad, rotas las ataduras con que el pecado le aprisionaba: «Si él Hijo os diese libertad, seréis realmente libres». Parece que hoy, efectivamente, este tema de la libertad está a flor de piel, si hemos de juzgar por el consumo que se hace de la palabra. Y las palabras del Señor son muy sugerentes a este respecto. «La verdad os hará libres». ¿Y la mentira? ¿Puede la mentira hacer libres a los hombres? Un hombre cuya idea de la libertad esté basada en una mentira y sea, por tanto, una idea falsa de la libertad, ¿puede considerarse que es realmente libre?

Si hay que dar crédito a lo que se lee, hoy los jóvenes (o, al menos, una parte de ellos) no se sienten libres, sino apresados, más aún, exasperados por unas estructuras que ellos no han hecho, por una organización en la que ellos no han intervenido. Pero me parece que esto no sucede sólo con los jóvenes; algunos viejos (o, si lo preferís, podemos decir mayores) tampoco nos encontramos mucho más a gusto en feas y enormes ciudades de cemento y asfalto hechas, acomodadas sobre todo, para el tráfico rodado, llenas de humo, de ruido y de prisas, en una civilización en que la técnica está aplastando al hombre y subordinándolo a sus fines. Uno se ve también asfixiado por reglamentos, ordenanzas, expedientes, trámites, papeleo y burocracia. Se comprende muy bien la evasión de una parte de la juventud que vuelve a una especie de nomadismo campestre: se ha salido de ese mundo hecho de reglamentos, convencionalismos petrificados y necesidades inútiles cada vez más numerosas. Pero aunque se sientan más libres, ¿lo son realmente? Ser libre ¿consiste simplemente en la ausencia de todo lazo, de todo vínculo, que nos ligue a algo?

¿Qué es, en realidad, ser libre? Un hombre sin familia por 1a que trabajar, sin patria en la que hundir sus raíces, sin fe que le conforme, sin deberes que le obliguen, sin norma moral que le sujete, sin una verdad objetiva a la que atenerse, sin un amor al que entregarse, sin esperanza por la que luchar, sin Dios a quien amar, un hombre así, tan suelto de todo, ¿sería un hombre libre?

No. No lo sería. No sería ni siquiera un verdadero hombre. Sería apenas una especie de cosa sin ninguna humanidad y, desde luego, si hubiera algún hombre en tales condiciones, su vida sería un verdadero infierno, un vacío tan espantoso que sólo un estado de inconsciencia podría hacer apenas soportable. Un hombre así sería lo más parecido a un animal, obligado por su misma vaciedad a asirse a las cosas más elementales para tener algún contacto con la realidad, evitando a todo trance adquirir conciencia de una vida sin contenido, sin finalidad y sin sentido.

La libertad no se define por la ausencia de todo vínculo, de toda ligadura. No es simplemente una palabra. Es una realidad existente en un mundo de realidades, de otras realidades de las que no puede prescindir, ni independizarse, por­que ellas también son, y ellas también cuentan. La libertad del hombre tiene un origen que la configura, un objeto al que aplicarse, una finalidad que le da sentido. Prescindir de tales elementos equivale a negarla o a destruirla. Y ser libre no es tampoco ser todopoderoso, hacer todo lo que uno quiere. Uno no puede, aunque quiera, hacer cuanto le pueda apetecer, pero no por eso deja de ser un hombre libre. Siendo, como es, el hombre un ser limitado, ¿cómo podría ser ilimitada la libertad? Por eso, toda limitación, cualquier limitación, no tiene por qué ser un insulto a la libertad.

Por otra parte, libertad no equivale propiamente a independencia. El hombre es libre, pero no es independiente. Necesita de muchas cosas, de otras personas, para vivir, incluso para subsistir. Es un ser real hecho de una forma determinada, y no puede prescindir de ello a no ser que deje de ser hombre, y además hay otros hombres que también son libres y tienen derecho a que su libertad sea respetada. La convivencia implica siempre renuncias. Lo malo de la palabra libertad es que es una palabra ambigua, al menos en cierto sentido. Si no hay una conformidad en el contenido y alcance del concepto, toda conversación queda en un diálogo entre sordos, y me temo que al hablar de libertad cada uno la entiende a su modo. Pero de todos estos modos, ¿cuál es el que de verdad responde a lo que auténticamente es la libertad?

Si ser libre no significa ser todopoderoso, ni tampoco independiente (en el sentido más radical), entonces ser libre es compatible con la limitación y la dependencia. Más aún: la limitación y la dependencia son connaturales al hombre por el mero hecho de serlo. Hay que citar aquí, por lo que ilustran el sentido de esta característica, unas palabras de G. Thibon que expresan, un tanto figuradamente, un hecho real. «No podemos ser egoístas, tan sólo podemos ser presas. El avaro se ve devorado por el oro; el libertino por la mujer; el santo por Dios.

No está el problema en darnos o rehusarnos, se trata tan sólo de saber a quién nos damos». Ahora bien: si todo hombre está vinculado a algo, o a alguien, la calidad de la libertad depende de la calidad del vínculo que, al atarle, da la referencia de la elección que el hombre hace. Y ello es así porque la libertad se ejercita en la elección entre dos o más posibilidades por una de las cuales debe decidirse la voluntad, pues no puede estar en suspenso indefinidamente. Pero no es la voluntad, ni la libertad, la que conoce entre dos o más posibilidades, sino la razón. La razón es tan fundamental para que la libertad pueda darse que no hay libertad propiamente dicha sino en los seres racionales. No se dice que un irracional, una planta o una piedra, sean seres libres, aunque un perro pueda ir a una parte u otra, o una planta crezca libremente. La elección supone ponderación, reflexión, consideración, valoración de las posibilidades entre las que elegir. Cuando no hay esto, cuando el pensamiento está ausente, entonces no hay libertad: se trata entonces de apetencia, capricho, instinto, arbitrariedad, impulso, algo que no es racional ni razonable, algo que no es del todo humano.

Y algo de esto es lo que hoy está ocurriendo. Saint Exupery ha sabido expresarlo muy bien al escribir en Ciudadela: « Porque se me ha revelado que el hombre es semejante en todo a la ciudadela. Destruye los muros para asegurarse la libertad, pero ya es sólo una fortaleza desmantelada y abierta a las estrellas. Entonces comienza la angustia de no ser». Abierta a las estrellas, pero también a cualesquiera vientos, sin abrigo; y también abierta al asalto de los enemigos, sin defensa. Hoy el hombre, y una parte de la juventud en concreto, ha destruido las murallas que le defendían y aseguraban su integridad frente a las fuerzas destructoras. Ha destruido los «mitos», ha terminado con los «tabús». Y en realidad lo que ha destruido, lo que ha aniquilado, es la verdad en nombre de la libertad, y para ser «libre» la ha sustituido por ilusiones, sueños, optimistas visiones del porvenir, teorías tan brillantes como carentes de fundamento.

.. ¿Con qué resultado?

Bien, al parecer nunca el hombre se ha sentido menos libre que en los tiempos que corren. Ha roto todos los lazos que le unían a Dios y le obligaban con él, pero se ha esclavizado hasta extremos repugnantes, hasta extremos tales como justificar el uso de las drogas como procedimiento de liberación, la perversión sexual como una ruptura de limitaciones y la trasgresión de las leyes de la naturaleza como una conquista del hombre. Se opone la autoridad a la libertad como si fueran dos contrarios incompatibles, se abomina de todo orden, de toda disciplina, como si el orden y la disciplina y la obediencia no pudieran ser el resultado de una libertad bien vivida, algo que se asume libremente, conscientemente, deliberadamente. Una mentira diabólica -el demonio es «mentiroso y padre de la mentira. No hay verdad en él»- empapa las mentes y las oscurece; es como una nube espesa que oculta la verdad, la desfigura, la entorpece, la suplanta.

En el fondo de esta nota característica de nuestro tiempo hay un orgullo malsano, ese tipo de orgullo que ha llevado a diagnosticar la muerte de Dios y la madurez de la humanidad. La humanidad ha alcanzado la madurez y ya no necesita un Padre. Pero tampoco esto es un adelanto, sino una regresión:

Se descubre también la ira de Dios, que descarga del cielo sobre toda la impiedad e injusticia de aquellos hombres que tienen aprisionada injustamente la verdad de Dios, puesto que ellos han reconocido claramente lo que se puede conocer de Dios. Porque Dios se ha manifestado. En efecto, las perfecciones invisibles de Dios, aun su eterno poder y su divinidad, se han hecho visibles después de la creación del mundo por el conocimiento que de ellas nos dan sus criaturas; y así, tales hombres no tienen disculpa. Porque habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios ni le dieron gracias; sino que devanearon en sus discursos y quedó su insensato corazón lleno de tinieblas, y mientras que se jactaban de sabios, pasaron a ser unos necios, hasta llegar a transferir a un simulacro en imagen de hombre corruptible, y a figuras de aves y de bestias cuadrúpedas y de serpientes, el honor debido solamente a Dios incorruptible. Por lo cual, Dios los abandonó a los deseos de su corazón, a los vicios de la impureza, en tanto grado que deshonraron ellos mismos sus propios cuerpos. Ellos, que habían colocado la mentira en lugar de la verdad de Dios, dando culto y sirviendo a las criaturas en lugar de adorar al Creador, el cual es bendito por todos los siglos, amén. Por eso los entregó Dios a pasiones infames. Pues sus mismas mujeres invirtieron el uso natural en el que es contrario a la naturaleza. Del mismo modo, también los varones, desechando el uso natural de la hembra, se abrasaron en amores brutales de unos con otros, cometiendo torpezas nefandas varones con varones, y recibiendo en sí mismos la paga merecida de su obcecación. Pues como no quisieron reconocer a Dios, Dios los entregó a un réprobo sentido, de suerte que han hecho acciones indignas, quedando atestados de toda suerte de iniquidad, de malicia, de fornicación, de avaricia, de perversidad; llenos de envidia, homicidas, pendencieros, fraudulentos, malignos, chismosos, infamadores, enemigos de Dios, ultrajadores, soberbios, altaneros, inventores de vicios, desobedientes a sus padres, irracionales, desgarrados, desamorados, desleales, despiadados. Los cuales, en medio de haber conocido la justicia de Dios, no echaron de ver que los que hacen tales cosas son dignos de muerte; y no sólo los que las hacen, sino también los que aprueban a los que las hacen (Rom 1, 18-32).

Bien, quizá hoy no se pueda hablar con propiedad de imágenes de bestias cuadrúpedas, aves y serpientes adoradas por el hombre; quizá sean computadoras u otros logros humanos, acaso sus propias teorías sobre la vida y la muerte, y lo que hay después de la muerte. Pero el panorama no parece muy distinto en cuanto a todo lo demás. No es un signo esperanzador, sino un síntoma grave, que se haya considerado como un gran avance la formulación de los derechos humanos (precisamente al acabar una guerra en la que tantas muestras de inhumanidad se habían dado), tan olvidados o en desuso estaban. Y están, me parece a mí.

El mundo, si uno lee los periódicos, parece que lleva camino de convertirse en una verdadera jungla. Y el hombre de hoy, tan maduro y con una libertad absoluta, lleva camino de una degradación tal corno jamás la conocieron los siglos, sólo que peor aún, porque antes Cristo, que es la Verdad, no había venido aún. Ahora, en cambio, se le desprecia como a Dios aun cuando sentimentalmente (¿o deliberadamente?) se le admire como hombre, como un buen hombre.

Sólo que el pensamiento del hombre, aunque pueda lograr muchas adhesiones, es impotente contra la realidad. Y la realidad es que Jesucristo es el Hijo de Dios, Dios verdadero, la Verdad total. «Pensemos lo que sería de nuestra libertad si existiese realmente una verdad, una sola verdad, que midiese todas las demás ver­dades y con cuya falta dejarían de ser verdaderas» (Singrid Undset). Esta verdad existe, y en una Verdad viva, y el hombre contemporáneo no la soporta. Esa Verdad es piedra angular y piedra de escándalo, pero la única que puede dar libertad al hombre porque le libera de su propio egoísmo. Pues un hombre no es propiamente libre cuando hace lo que quiere, sino cuando quiere lo que debe, puesto que la libertad no se refiere al hacer, sino al querer. Y hace falta que la voluntad esté muy libre de ataduras para aplicarse al deber que, a veces, no coincide con el gusto, ni con el capricho, ni con la comodidad, ni con el interés. Es esta calidad de la libertad la que da la medida de la hombría, porque un hom­bre que lo sea de verdad hace lo que tiene que hacer, con ganas o sin ellas, y además responde de sus actos, pues no hay libertad donde no existe responsabilidad. Ni un niño ni un demente pueden gozar de libertad, porque ninguno de los dos tiene capacidad para usar de la razón y por eso son irresponsables. Y no deja de ser sintomático que hoy en día, cuando en nombre de la libertad se rechaza toda verdad que no sea la verdad científica (pequeñas verdades que no afectan esen­cialmente al ser del hombre, aunque pue­dan destrozarlo o curarlo), las técnicas para eximirle de la responsabilidad de sus actos han llegado a una perfección insospechada.

Un hombre siempre es capaz de decir, en lo más íntimo de su ser, sí o no, quie­ro o no quiero, lo acepto o me rebelo, y eso aun cuando la coacción exterior sea extrema. Y puede hacerlo en virtud del libre albedrío que tiene todo hombre por el simple hecho de ser una criatura racional, hecha a semejanza de Dios. Pero libertad, propiamente libertad, sólo aquellos que están libres de la servidumbre del pecado la gozan. Personalmente creo mucho más en la libertad de un santo (pensado, por ejemplo, en Santa Teresa o San Francisco de Asís) capaz de conocer la voluntad de Dios -la verdad-, de querer hacerla y de hacerla a pesar de todo, que en la de cualquier sujeto que se llame libre por el mero hecho de no ser gobernado sino por impulsos ciegos, caprichos incoherentes o furiosos instintos.

Cuando un hombre no tiene otro vínculo que lo ate que su adhesión a Dios -la Suma Verdad-, ese hombre es el más libre de todos, porque participa de la verdad de Dios y «la verdad no está encadenada». Es el caso de los santos. Pero no hay cadena más pesada que la del hombre inexorablemente solo y sin arraigo, pues «la libertad se convierte en arbitrariedad o capricho cuando la verdad es rechazada, porque entonces el egocentrismo se convierte en norma». Creer que uno es libre porque rompe los mandamientos de Dios, o porque abofetea al prójimo si le apetece hacerlo, o porque embadurna la casa ajena (nunca la propia) para dejar constancia de su protesta, es muestra tan sólo de incapacidad y de mentira, es decir, de esclavitud. ¿O es que el lujurioso, el que se droga, el violento, se hace libre por el mero hecho de romper unas normas? ¿De qué se libera, si es posible saberlo?

Libertad es una palabra grande, una palabra que hoy goza de un prestigio mu­cho mayor que la palabra verdad; pero no se puede dar libertad sin verdad. Por eso nuestra época, que rechaza la verdad en nombre de la libertad, tampoco conoce lo que es ser auténticamente libre.

Nunca se ha pecado con más insolencia (siempre, claro está, en nombre de la libertad), pero nunca - a no ser, quizá, en la época que describe San Pablo en su epístola a los romanos- se han sentido los hombres menos libres. Verdaderamente, el yugo que Dios impone es infinitamente más suave y ligero que el que los hombres nos imponemos a nosotros mismos en nombre de la libertad.

En último extremo, la realidad es lo que de verdad cuenta. Si se prescinde de ella, uno acaba estrellándose después de haberse debatido estérilmente. La aceptación voluntaria de lo que es, la humildad de someterse a la ordenación de Dios, de acoger la verdad con todas sus consecuencias, es el único camino para que el hombre se realice en la libertad. En otras palabras: rechazar a Cristo, cualquiera que sea la forma en que el hombre lo haga, es el mejor procedimiento para convertirse en esclavo de un duro amo, llámese éste ideología, pasión, impulso o lo que sea.

Si yo me atreviera a aconsejaros, os diría a aquellos de vosotros que habéis creído en El, que seguís creyendo en El, que perseveréis en su doctrina, pues entonces conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres. Y si alguien tiene que transformar este mundo -cosa que, al parecer, os entusiasma-, esos serán los hombres capaces de creer en la verdad y, por ello, de ser verdaderamente libres.