La Victoria de Cristo sobre la muerte
29 marzo, 2016  //  Por: Pablo Augusto Perazzo 
 
 
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El tiempo pascual –que significa paso– es el más fuerte de todo el año, que se inaugura en la Vigilia Pascual y se celebra durante siete semanas hasta Pentecostés. Es la Pascua de Cristo. Es el paso del Señor, de la muerte a la vida, a su existencia definitiva y gloriosa. Así como Cristo, nosotros como Iglesia, también vivimos esa pascua. Somos junto con Cristo un cuerpo espiritual, por lo tanto junto con Él somos introducidos en su Vida Nueva. Sin embargo, así como Él, debemos antes vivir el dolor de la muerte, para luego vivir la alegría de la Resurrección.

La Pascua constituye el fundamento sobre el cual se asienta y gira toda la vida del cristianismo. Como dice San Pablo, vana sería nuestra fe sin el hecho de la Resurrección. La Resurrección es el cumplimiento de todas las promesas del Señor. Es el aniversario del triunfo de Cristo. Es la feliz conclusión del drama de la Pasión y la alegría inmensa que sigue al dolor. Es el acontecimiento más importante de la humanidad: la redención y liberación del pecado de la humanidad por el Hijo de Dios. Nuestra vida no tendría sentido sin el hecho de la Resurrección. Es lo que da sentido al sinsentido de nuestra vida llena de rupturas y problemas.

Cristo, porque nos ama y nos quiere, comparte con nosotros la victoria de la Pascua. De esa manera el hombre es llamado a su dignidad más grande: compartir con Cristo la alegría de la Resurrección. ¿Cómo no alegrarse por la victoria de Cristo en la Cruz? Cruz que tan injustamente cargó condenado a la pasión y muerte más terrible, cuya razón fue la de reconciliarnos de todos nuestros pecados y abrirnos la puerta de su Gloria para la vida después de la muerte.

Este es el día de la esperanza universal, el día en que en torno a la cruz del resucitado se unen y se asocian todos los sufrimientos humanos, las desilusiones, las humillaciones, las cruces personales, la dignidad humana violada, la vida humana no respetada. Se reconcilia el pecado. Se vence a la muerte. Se encuentra sentido y esperanza para nuestra vida, en la que muchas veces caminamos perdidos y desesperanzados, pues no somos capaces de ver la Luz de Cristo que brilla más allá de nuestros problemas y rupturas frutos del pecado.

La humillación extrema que sufrió en la hora de su muerte es uno de los rasgos característicos de la figura de Jesucristo, que muestra el rostro humano de Dios que se hizo uno de nosotros. Contrasta tremendamente con su condición divina. Una paradoja absoluta. El que ha manifestado ser el propio Hijo de Dios, aquel que reunía a las multitudes y arrastraba tras sí a los discípulos, que hacía milagros y curaba todas las enfermedades, muere solo, abandonado e incluso negado y traicionado por los suyos. Esa experiencia la vivió pues quiso acercarse e identificarse con todos nosotros, con todas las miserias e indiferencias, soledad e incomprensiones, que tantos vivimos a lo largo de la vida.

Es el único Dios humillado de la historia de la humanidad: también este rasgo es único. Algo tremendamente inusitado. ¿Quién podría imaginarse siquiera un Dios que muriera en la cruz por nuestros pecados? Además, va a la muerte como al núcleo principal de su misión. Es en la Cruz donde resplandece la gloria del amor divino. Es la máxima muestra de su amor por nosotros. Derrama hasta la última gota de su sangre por cada uno de nosotros. El valor que cada uno de nosotros tiene queda patente en el amor de Dios. Donde abunda el pecado y la muerte, sobreabunda la gracia y la vida. Ya no debemos temer nuestras fragilidades y debilidades, nuestras limitaciones y contingencias. Eso es propio de nuestras vidas, marcadas por el pecado. Sin embargo, es ahí donde sobreabunda la fuerza y gloria del amor de Dios. Misteriosamente es en esa debilidad donde se manifiesta todo el poder de la gloria de Dios.

Los Evangelios narran las dificultades que experimentaron los mismos discípulos de Cristo. El amor de Dios, que muere en la cruz por nosotros no es sólo algo increíble para nosotros. Tampoco para ellos fue fácil entender cómo Cristo debería sufrir y morir para traernos la victoria de la Resurrección. Más bien, el Evangelio nos muestra varios pasajes en los que queda claro como ellos no entendían lo que Jesús les explicaba más de una vez, de cómo debería sufrir antes de vivir la alegría, de una victoria espiritual, muy distinta a la política liberacionista que tantos judíos anhelaban en relación con los romanos, que los subyugaban. El asombroso cambio de comportamiento de los discípulos antes de la muerte y después de contemplar a Jesús resucitado, comprueba la realidad de la noticia de la victoria sobre la muerte. Son las múltiples apariciones de Jesucristo resucitado las que explican el cambio en la actitud de los apóstoles y discípulos. La alegría y gozo recobrados, después del hecho de una muerte ignominiosa, que marcó e hirió profundamente la sensibilidad de tantos, sólo puede explicarse por el hecho insospechado de la Resurrección. Si esas apariciones de Cristo no fueran reales, no se explicaría que esos hombres, que habían sido cobardes y habían huido asustados ante el prendimiento de su maestro, a los pocos días estén proclamando su Resurrección, sin miedo a ser perseguidos, encarcelados y finalmente ejecutados, afirmando repetidamente que no pueden dejar de decir lo que han visto y oído: el milagro portentoso de la Resurrección, del que habían sido testigos por aquellas apariciones, y que había transformado sus vidas. La historicidad es de tal índole que la única explicación plausible del origen y del éxito de esa afirmación es que se trate de un acontecimiento real e histórico.

La Resurrección descubre nuestra vocación cristiana y nuestra misión: vivirla en nuestras vidas y acercar esa victoria sobre el pecado y la muerte a todos los hombres. El hombre no puede perder jamás la esperanza en la victoria del bien sobre el mal. Es necesario preguntarse realmente si creo en la Resurrección. Preguntarse qué tanto proclamo la victoria de Jesucristo. Cuestionarse si creo en la vocación a compartir esa resurrección, y la misión cristiana de ayudar a que todos abran sus corazones a la alegría que vence el dolor y sufrimiento.

El mensaje redentor de la Pascua no es otra cosa que la reconciliación total del hombre, la liberación de sus egoísmos. Purificación que, aunque implica una fase de limpieza y saneamiento interior muchas veces dolorosas, sin embargo se realiza de manera positiva con dones de plenitud, como es la iluminación del Espíritu, la vitalización del ser por una vida nueva, que desborda gozo y paz – suma de todos los bienes mesiánicos. En una palabra, la presencia del Señor resucitado. San Pablo lo expresó con incontenible emoción en este texto: “Si habéis resucitado con Cristo vuestra vida, entonces os manifestaréis gloriosos con Él.” (Col. 3 1-4).

© 2016 – Pablo Augusto Perazzo para el Centro de Estudios Católicos – CEC