SERVICIO CATÓLICO
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Lo que le debemos a los monjes
 

THOMAS E. WOODS, JR.

atholiceducation.org

Cuando el Cardenal Joseph Ratzinger tomó el nombre de Benedicto XVI , los observadores inmediatamente especularon con su significado. Los nombres papales con frecuencia tienen una gran significación.

 
 

                          

 

 

El nombre Juan Pablo, por ejemplo, indica una profunda simpatía con los pontificados de Juan XXIII y Pablo VI, los Papas del (Concilio) Vaticano II. Aunque Benedicto señaló su deseo de seguir con el legado del Papa Benedicto XV (1914-22) como la primera razón de su nombre, la elección del mismo recuerda naturalmente a San Benito de Nursia (480-547), de lejos la figura más importante en la historia del monacato occidental. Algunos han dicho que así como San Benito y sus monjes rescataron a Europa durante una época de colapso general, el Papa Benedicto esperaba rejuvenecer a Europa de sus ataduras, tomada por el relativismo y sin la voluntad de querer reproducirse.

Aunque mucha gente sabe que los monjes de San Benito fueron los responsables de preservar la literatura del mundo antiguo, es en ese dato que termina lo que saben de ellos. Sin embargo, mientras más familiarizados estemos con la tradición monástica y sus contribuciones esenciales y poco conocidas para Occidente, más fácil será que entendamos por qué San Benito fue visto por Carlo Magno como el Padre de Europa.

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Agricultura

Aunque es en lo académico y los logros culturales en donde la gente más educada encuentra la contribución y la influencia de los monasterios medievales, no podemos dejar de considerar la importancia que tuvo para los monjes lo que podría llamarse como artes prácticas. La labor manual tenía un rol central en la vida monástica. Aunque la Regla de San Benito (c. 529) era conocida por su moderación y su aversión a las penitencia exageradas, vemos con frecuencia que los monjes se dedicaban a trabajos que eran complicados y poco atractivos, ya que para ellos tales tareas eran canales de gracia y oportunidades para la mortificación de la carne. Esto era particularmente cierto cuando tenía que ver con la limpieza y el reclamo de las tierras. Un pantano era considerado algo sin valor y una fuente solo de pestilencia, pero los monjes buscaban estos lugares y enfrentaban los desafíos que venían con ellos. En poco tiempo lograban drenar el pantano y pronto lo que había sido una fuente de enfermedades y suciedad se convertía en tierra fértil para la agricultura.

Esta contribución no pasó totalmente desapercibida. "Le debemos la restauración de la agricultura de gran parte de Europa a los monjes", señala un experto. "Adonde sea que llegaran", añade otro, "convertían lo silvestre en campos de cultivo, se dedicaban a la ganadería y la agricultura; trabajaban con sus propias manos, drenaban pantanos y limpiaban bosques lejanos. Gracias a ellos Alemania se convirtió en un país fértil". Algunos registros muestran además que "cada monasterio benedictino era una escuela de agricultura para toda la región en la que estaba localizado".

Montalembert, el gran historiador del siglo XIX sobre los monjes, también destacó su gran labor agrícola. "Es imposible olvidar –escribió– el uso que hicieron de distritos tan vastos (considerando que tenían un quinto de la tierra de Inglaterra) no cultivados y no habitados, cubiertos con bosques y rodeados de ciénagas". Si bien los monjes quitaron bosques que no permitían que vivieran seres humanos o usar esas tierras, también fueron lo suficientemente inteligentes como para plantar árboles y conservar esos mismos bosques cuando era posible hacerlo.

Adonde sea que fueron, los monjes introdujeron cultivos o industrias o métodos de producción con los que la gente no estaba familiarizada. Allí introducían la crianza de ganado y caballos, la producción de cerveza o el cuidado de abejas o frutas. En Suecia el comercio del maíz se debe a los monjes, en Parma (Italia) la producción del queso, en Irlanda la producción de salmón: y en muchos lugares las viñas más finas. Almacenaban el agua de los manantiales para distribuirlas luego en tiempos de sequía. En Lombardía fueron los monjes de quienes los campesinos aprendieron la irrigación. Los monjes también tienen el crédito de haber sido los primeros en mejorar las razas del ganado y no dejar que el proceso se diera al azar.

Los monjes son también los pioneros en la producción de vino, que usaban para la celebración de la Misa así como para el consumo ordinario que la Regla de San Benito permitía. Además, el descubrimiento de la champaña nos lleva hasta Dom Perignon en la Abadía de San Pedro, en las villas altas del río Marne. Él fue designado bodeguero de la abadía en 1688 y desarrolló la champaña mientras experimentaba con la mezcla de diversos vinos. Los principios fundamentales que estableció siguen siendo los que guían la producción de la champaña incluso hoy en día. 


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Tecnología

Los Cistercienses, una orden reformada de los benedictinos establecida en Cîteaux en 1098, son especialmente bien conocidos por su sofisticación tecnológica. Gracias a la gran red de comunicación que existió entre los diversos monasterios, la información tecnológica pudo difundirse rápidamente. El monasterio cisterciense de Claraval en Francia nos deja un informe del siglo XII sobre su uso de la fuerza del agua que revela hasta qué punto la maquinaria se había convertido en algo importante en la vida europea. El mundo de la antigüedad clásica no había adoptado la mecanización para el uso industrial en ninguna escala considerable, pero el mundo medieval sí lo hizo a muy grande escala, un hecho que se ve claramente en el uso de los Cistercienses de la fuerza del agua.

"Le debemos la restauración de la agricultura de gran parte de Europa a los monjes", señala un experto. "Adonde sea que llegaran", añade otro, "convertían lo silvestre en campos de cultivo, se dedicaban a la ganadería y la agricultura; trabajaban con sus propias manos, drenaban pantanos y limpiaban bosques lejanos. Gracias a ellos Alemania se convirtió en un país fértil. Algunos registros muestran además que "cada monasterio benedictino era una escuela de agricultura para toda la región en la que estaba localizado".

La comunidad monástica cisterciense generalmente tenía su propia fábrica. Los monjes usaron la fuerza del agua para moler trigo, tamizar la harina, hacer paños y para el bronceado. Y como el profesor Jean Gimpel señala en The Medieval Machine (La máquina medieval), este informe del siglo XII podría haberse escrito 742 veces ya que ese fue el número de monasterios cistercienses en Europa en el siglo doce y era posible observar el mismo nivel tecnológico prácticamente en cada uno de ellos.

Los Cistercienses también fueron famosos por sus conocimientos de metalurgia. Aunque necesitaban hierro para su propio uso, los monasterios cistercienses llegaban a tiempo para ofrecer su excedente para la venta. De hecho, desde mediados del siglo decimotercero hasta el siglo XVII, los Cistercienses fueron los productores de hierro líderes de la región francesa de Champagne. Siempre deseosos de aumentar la eficiencia de sus monasterios, utilizaban los desechos de sus hornos como fertilizantes, gracias a la concentración de fosfatos.

No sorprende que los monjes hayan sido llamados "los consejeros técnicos capacitados y no pagados del tercer mundo de su época; es decir, Europa luego de la invasión de los bárbaros". Un académico francés escribe:

De hecho, ya se tratara de la extracción de la sal, plomo, hierro, alumbre, o yeso, o la metalurgia, canteras de mármol, tiendas y fábricas de vidrio, o la forja de placas de metal, también conocidas como placas de chimenea, no había ninguna actividad en la cual los monjes no mostraran su creatividad y el espíritu fértil de investigación. Utilizando su fuerza de trabajo, instruyeron y se capacitaron. Así el Know-how monacal se extendió por toda Europa.

La cantidad de habilidades y de avances tecnológicos de los monjes aún no ha sido del todo descubierta. A finales de los 90's, el arqueo-metalurgo, Gerry McDonnel de la Universidad de Bradford, descubrió evidencia cerca de la abadía de Rielvaux en North Yorkshire, Inglaterra —uno de los monasterios que el rey Enrique VIII ordenó cerrar en los años del 1530 como parte de las confiscación de las propiedades de la Iglesia– de cierto grado de sofisticación tecnológica que apuntaba a ser la base de las grandes máquinas de la Revolución Industrial del siglo XVIII. Al explorar las ruinas de Rielvaux y Laskill (una subestación a unos seis kilómetros del monasterio), McDonnel esperaba encontrar, basado en la evidencia documentada que había consultado, que los monjes habían construido un horno para extraer el hierro a partir del mineral. Y lo consiguió.

El típico horno del siglo XVI había avanzando poco comparado a su contraparte de la antigüedad y era ineficiente considerando los estándares modernos. El subproducto de estos hornos relativamente primitivos contenía una concentración importante de hierro, ya que no podía alcanzarse altas temperaturas suficientes para extraer todo el hierro a partir del mineral. Lo que McDonnell descubrió en Laskill, sin embargo, tenía un bajo contenido de hierro, similar al subproducto de un horno moderno.

McDonnel cree que los monjes estuvieron a poco de construir hornos para la producción a gran escala de hierro fundido –tal vez el ingrediente clave que marcó el inicio de la era industrial– y que el horno de Laskill era un prototipo de tal horno. "Una de las cosas clave es que los cistercienses tenían una reunión regular y anual de abades y así tenían los medios para compartir los avances tecnológicos en toda Europa", señala. "El quiebre de los monasterios interrumpió esta red de transferencia tecnológica". Los monjes "tenían el potencial de llegar a generar hornos que produjeran solo hierro fundido. Podrían haberlo producido a gran escala, pero al romper el monopolio virtual, Enrique VIII efectivamente destruyó ese potencial".

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Obras de caridad

Otra de las glorias de la tradición monástica fue la atención de los monjes respecto a las obras de caridad, un tema que podría tratarse en solitario y de manera extensa. Aquí podemos destacar simplemente que la Regla de Benito alentaba a los monasterios a repartir limosnas y hospitalidad hasta donde sus medios lo permitieran. "Todos los invitados que llegan deben ser recibidos como si fueran Cristo", decía. Los monasterios sirvieron como hoteles gratuitos, proporcionando descanso seguro y pacífico a los viajeros, los peregrinos y los pobres. Un antiguo historiador de la abadía normanda de Bec escribió: "Preguntémosle a los españoles y los borgoñeses, o cualquier otro extranjero cómo han sido recibidos en Bec. Contestarán que la puerta del monasterio siempre está abierta y que su pan es gratis para todo el mundo".

Aquí podemos destacar simplemente que la Regla de Benito alentaba a los monasterios a repartir limosnas y hospitalidad hasta donde sus medios lo permitieran. "Todos los invitados que llegaran deben ser recibidos como si fueran Cristo", decía. Los monasterios sirvieron como hoteles gratuitos, proporcionando descanso seguro y pacífico para los viajeros, los peregrinos y los pobres.

En algunos casos los monjes fueron incluso conocidos por sus esfuerzos por buscar a las almas perdidas que, errantes o solas en la oscuridad, se encontraban necesitadas de un lugar de emergencia. En Aubrac, por ejemplo, en donde en el siglo XVI se había establecido un hospital monástico en medio de las montañas del Rouergue, tocaban una campana especial todas las noches para llamar a todo viajero errante o a cualquier persona que estuviera en medio del bosque oscuro. La gente la llamó "la campana de los vagabundos".

De modo similar, no era inusual para los monjes vivir cerca al mar o establecer planes para advertir a los marinos de los peligrosos obstáculos o darles a conocer que había monasterios cercanos para tomar provisiones en caso de haber náufragos que necesitaran alojamiento. Se dice que la ciudad de Copenhagen le debe su origen a un monasterio establecido por su fundador, el Obispo Absalón, que cuidaba de las necesidades de los náufragos. En Escocia, en Arbroath, los abades colocaron una campana flotante sobre una roca traicionera en la costa de Forfarshire. Dependiendo de la marea, la roca podía ser visible o no y muchos marinos temían chocarse con ella. Las olas hacían que la campana sonara y así advertía a los marinos del peligro. Hasta hoy, esa roca es conocida como "la roca campana". Tales ejemplos son solo una pequeña parte de la preocupación de los monasterios por la gente que vivía en sus alrededores. Los monjes también contribuyeron en la construcción y reparación de puentes, caminos y otros importantes aportes de la infraestructura medieval. 


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Preservar y apreciar la tradición clásica

La contribución monástica con la que mucha gente está familiarizada tiene que ver con el copiado de manuscritos sagrados y profanos. Hacer esta tarea, y quienes la realizaron, la consideraban un honor especial. Un prior cartujo escribió: "Trabajamos diligentemente en este trabajo que debe ser el trabajo especial de cartujos enclaustrados.... Este trabajo es en cierto sentido una obra inmortal. Si se puede decir, es algo que no pasa y siempre queda, es un trabajo, por así decirlo, que no es una obra, una obra que por encima de todas las demás es más adecuado para hombres religiosos y educados".

Incluso un experto que no simpatiza con los monjes escribió sobre ellos: "no solo establecieron las escuelas y fueron los maestros en ellas, sino que establecieron los cimientos de las universidades. Fueron los pensadores y los filósofos de entonces y dieron forma al pensamiento político y religioso. A ellos, colectiva e individualmente, se debe la continuidad del pensamiento y la civilización del mundo antiguo con el tramo final de la Edad Media y con el periodo moderno".

El gran Gerbert de Aurillac, que luego sería el Papa Silvestre II, no se confinó a sí mismo a enseñar lógica, también hizo que sus alumnos apreciaran a Horacio, Juvenal, Lucano, Persio, Terencio, Estacio y Virgilio. Escuchamos de conferencias dadas sobre los autores clásicos en lugares como San Albano y Paderborne. Un ejercicio escolar compuesto por San Hildeberto ha llegado hasta nosotros y en él se ven extractos de Cicerón, Horacio, Juvenal, Persio, Séneca, Terencio y otros. El Cardenal John Henry Newman, el gran converso del anglicanismo en el siglo XIX y un logrado historiador, sugiere que San Hildeberto conocía a Horacio prácticamente de memoria.

Fue la biblioteca monástica y el scriptorium, el cuarto colocado para el copiado de textos, al que buena parte de la antigua literatura latina le debe su transmisión hasta nosotros hoy, aunque a veces las bibliotecas y escuelas asociadas con las grandes catedrales también jugaron un rol importante. En el siglo XI, así como una variedad de formas de vida monástica estuvieron a punto de eclipsar la forma tradicional benedictina, el monasterio madre de la tradición benedictina, Monte Cassino, vio florecer un repentino reavivamiento. Ha sido llamado "el acontecimiento más dramático en la historia de la erudición latina en el siglo XI". Además de un torrente de actividad artística e intelectual, Monte Cassino también mostró algo de un renacimiento clásico, con el surgimiento de un nuevo interés en los textos antiguos:

De un solo golpe se recuperaron una serie de textos que de otro modo podrían haberse perdido para siempre. A este monasterio en este período se debe la preservación de los Anales e Historias de Tácito, El asno de oro de Apuleyo, los Diálogos de Séneca, De lingua latina de Varrón, De Aquis de Frontino, y treinta y pico líneas de la sexta sátira de Juvenal que no se encuentran en ningún otro manuscrito.

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Educación

Aunque la extensión de la práctica varió con el paso de los siglos, no hay duda de que la instrucción fue impartida en los monasterios y no simplemente a los futuros monjes. San Juan Crisóstomo nos dice que ya en sus días era usual que la gente en Antioquia enviara a sus hijos a ser educados por los monjes. San Benito mismo instruyó personalmente a los hijos de los nobles romanos. San Bonifacio estableció una escuela en cada monasterio que fundó en Alemania y en Inglaterra, San Agustín (de Canterbury, no San Agustín de Hipona) y sus monjes establecieron escuelas adonde fuera que llegaban. A San Patricio se le da el crédito por alentar la erudición irlandesa y los monasterios irlandeses desarrollaron importantes centros de aprendizaje, dándoles instrucción a los monjes y a los laicos de la misma forma.

La mayor parte de la educación que no era para los monjes se daba en otros lugares y, eventualmente, en las escuelas de las catedrales establecidas bajo Carlo Magno. Pero incluso si la contribución de los monasterios a la educación hubiera sido simplemente educar a los suyos para leer y escribir, eso habría sido un gran logro. Cuando los griegos micénicos sufrieron una catástrofe (cuya naturaleza es aún debatida entre los expertos) en el siglo XII antes de Cristo, el resultado fue tres siglos de no literalidad que los estudiantes de la antigüedad clásica han llamado la Era Oscura Griega. La escritura simplemente desapareció entre el caos y el desorden. El compromiso de los monjes con la lectura, la escritura y la educación aseguró que en su propia época oscura, cuando las invasiones bárbaras y la caída del orden civilizado presagiaban el total colapso cultural, el mismo terrible destino que le había ocurrido a los griegos micénicos en una situación similar no les sucedería a los europeos.

Pero hicieron mucho más que simplemente preservar la literalidad. Incluso un experto que no simpatiza con los monjes escribió sobre ellos: "no solo establecieron las escuelas y fueron los maestros en ellas, sino que establecieron los cimientos de las universidades. Fueron los pensadores y los filósofos de entonces y dieron forma al pensamiento político y religioso. A ellos, colectiva e individualmente, se debe la continuidad del pensamiento y la civilización del mundo antiguo con el tramo final de la Edad Media y con el periodo moderno".

Después de todo, tal vez Benito si fue en realidad en Padre de Europa.

 

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