SERVICIO CATÓLICO
_____________________
 

 

“No a pequeños resentimientos, destruyen familias y pueblos”

El Papa en Santa Marta: la fraternidad es devastada por «pequeñas cosas» como la «envidia»; así se llega a las guerras, en las que los potentes piensan en los territorios y no en las víctimas

Ciudad del Vaticano
13/02/2017

 

 

                       

 

 

Los pequeños resentimientos, los celos, las envidias ponen en peligro la fraternidad. Comienza de esta manera la devastación de la familia, la devastación de los pueblos. Lo advirtió Papa Francisco hoy, 13 de febrero de 2017, por la mañana, durante la misa en la Casa Santa Marta. 

 

 

El obispo de Roma, indicó la Radio Vaticana, reflexionó en particular sobre la Primera Lectura de hoy, del libro del Génesis, que habla de Caín y Abel. Por primera vez en la Biblia «se dice la palabra hermano», observó Francisco. Esta es la historia de «una fraternidad que debía crecer, ser bella y acaba destruida». Una historia que comienza «con celos pequeños»: Caín se enoja porque su sacrificio no le agrada al Señor y comienza a cultivar ese sentimiento dentro de sí. Podría auto controlarse, pero no lo hace. Así, «prefirió el instinto, prefirió cocinar dentro de sí ese sentimiento, agrandarlo, dejarlo crecer. Este pecado que cometerá después, que está agazapado detrás del sentimiento. Y crece, crece». Justamente de esta manera aumentan «las enemistades entre nosotros: comienzan con una cosa pequeña, unos celos, una envidia, y luego esto crece y nosotros vemos la vida solo desde ese punto, y la pajita se convierte para nosotros en una trabe, pero la trabe la tenemos nosotros, pero está allá. Y nuestra vida gira alrededor de eso y eso destruye el vínculo de fraternidad, destruye la fraternidad». 

 

Poco a poco nos obsesionamos, nos persigue ese mal, que crece, crece: y «crece la enemistad y acaba mal. Siempre. Yo me alejo de mi hermano, este no es mi hermano, este es un enemigo, este debe ser destruido, expulsado... Y así se destruye a la gente, así las enemistades destruyen familias, pueblos, ¡todo!. Ese roerse el hígado, siempre obsesionado con eso». Justamente «esto le pasó a Caín, y al final acabó con el hermano. No: no existe el hermano. Solo soy yo. No hay fraternidad. Solo soy yo. Esto que sucedió al inicio, nos sucede a todos nosotros, la posibilidad; pero este proceso debe ser detenido inmediatamente, al inicio, a la primera amargura, hay que detenerlo». Porque la amargura «no es cristiana. El dolor sí, la amargura no. El resentimiento no es cristiano. El dolor sí, el resentimiento no. Cuántas enemistades, cuántas fracturas». 

 

Durante la Misa estaban presentes algunos nuevos párrocos, y el Pontífice afirmó: «También en nuestros presbiterios, en nuestros colegios episcopales: ¡cuántas fracturas comienzan así! Pero, ¿por qué a este le dieron la sede y a mí no? ¿Y por qué esto? Y... pequeñas cositas... fracturas... Se destruye la fraternidad». 

 

El Señor pregunta: «¿Donde está Abel, tu hermano?»; la respuesta de Caín «es irónica, no sé: ¿acaso soy custodio de mi hermano? Sí, tú eres custodio de tu hermano». Después, las dramáticas palabras de Dios: «La voz de la sangre de tu hermano eleva su grito hacia mí desde el suelo». 

 

Cada uno puede decir que no ha matado a nadie, nunca: pero «si tú tienes un sentimiento malo hacia tu hermano, lo has matado; si tú insultas a tu hermano, lo has matado en el corazón. El asesinato es un proceso que comienza con lo pequeño». Así, se sabe «dónde están los que han sido bombardeados» o «que han sido expulsados», pero «estos no son hermanos: y cuántos potentes de la tierra pueden decir esto... “A mí me interesa este territorio, a mí me interesa este pedazo de tierra, esto otro... Si la bomba cae y mata a 200 niños, pues, no es culpa mía: es culpa de la bomba. A mí me interesa el territorio”. Y todo comienza con ese sentimiento que te lleva a alejarte, a decirle al otro: “Este es fulano, es así, pero no es mi hermano...”, y acaba en la guerra que mata». Entonces «tú has matado al inicio. Este es el proceso de la sangra, y la sangre hoy de mucha gente en el mundo eleva su grito hacia Dios desde el suelo. Pero todo está conectado, ¿eh? Esa sangre de allá tiene una relación (tal vez una pequeña gotita de sangre) con mi envidia, con los celos que yo dejé salir, cuando destruí una fraternidad». 

 

El Papa invocó: Dios, ayúdanos a repetir esta palabra «¿Dónde está tu hermano?”, ayúdanos a pensar que «destruimos con la lengua» y «en todos los que en el mundo han sido tratados como cosas y no como hermanos, porque es más importante un pedazo de tierra que el vínculo de la fraternidad». 

 

Francisco dedicó la misa al padre Adolfo Nicolás, prepósito general de la Compañía de Jesús desde 2008 a 2016, quien mañana volverá al Oriente para seguir con su trabajo: «Que el Señor retribuya todo el bien que ha hecho y que lo acompañe en la nueva misión. ¡Gracias, padre Nicolás!». 

 

--------------------------------------------------------------------------------------------------------------------