V. POBREZA ESPIRITUAL Y LIBERTAD

 
 

 

 1. LA NECESIDAD DE SER

 

Una de las necesidades más imperiosas en el hombre es la de su identidad (En el plano psicológico y espiritual la necesidad más profunda del hombre es el amor: amar y ser amado. A esta necesidad de amor, de comunión, aparecen inevitablemente ligadas otras necesidades fundamentales: la de la verdad (para amar hay que conocer) y la de la identidad (para amar hay que ser). A estas tres necesidades fundamentales les corresponden las tres facultades espirituales que distingue la teología tradicional: la voluntad, la inteligencia y la memoria. Las virtudes teologales permiten encontrar en la relación con Dios la satisfacción última de estas necesidades: la fe posibilita el acceso a la verdad, la esperanza ayuda a hallar en Dios la seguridad y la identidad, y la caridad nos hace vivir en comunión de amor con Dios y con el prójimo.): tenemos necesidad de saber quiénes somos, de existir a nuestros propios ojos y a los de los demás. Todos vivimos una «falta de ser», una falta extremadamente profunda. Tan arraigado está este deseo de identidad, que puede conducir a aberraciones: algo que constatamos especialmente hoy en día en hombres y mujeres (jóvenes la mayoría) que son capaces de presentar la apariencia más inverosímil por el simple hecho de existir ante ellos mismos y ante los demás según unos modelos propuestos por el ambiente cultural o los criterios de una moda cambiante con los que se identifican. Los medios de comunicación son el vehículo que difunde este aluvión de modelos: el joven y dinámico ejecutivo, el futbolista de la selección, la top-model, o el amo del barrio...

 

En un plano muy superficial, con frecuencia esta necesidad tiende a saciarse con el tener, con la posesión de bienes materiales o con determinado estilo exterior de vida: me identifico con mis bienes, mi aspecto físico, mi moto y mi yate... Se produce entonces una terrible confusión al pretender colmar la necesidad de ser con el tener. Las cosas pueden hacer ilusión durante algún tiempo, pero ésta no durará mucho: los sinsabores llegarán enseguida... ¡Cuántas personas han acabado dándose cuenta de que sólo se interesaban por ellas a causa de su dinero, y no de ellas mismas! Y, tras haber vivido algún tiempo como los «reyes de la fiesta», de repente se encuentran devueltos a una terrible soledad.

 

En un plano algo más elevado, se busca satisfacer la necesidad de ser a través de la adquisición y el ejercicio de ciertos talentos (deportivos, artísticos o intelectuales). Aunque a primera vista parece un medio mejor que el anterior, hay que estar atentos al peligro de confundir el ser con el hacer, identificando a la persona con el conjunto de sus talentos o aptitudes. Porque ¿somos solamente eso? ¿Y si pierdo mis facultades? ¿Si soy el mejor futbolista del mundo y acabo en una silla de ruedas? ¿Si me conozco al dedillo toda la literatura francesa y pierdo la memoria a raíz de un accidente? ¿Qué seré yo entonces ... ?

 

Claro está que la tendencia a constituirse un ser sobre la base del hacer cuenta con un aspecto positivo en la construcción de la persona, que se desarrolla mediante el ejercicio de sus diferentes capacidades. Es normal y bueno que alguien se descubra capaz de hacer tal cosa o tal otra y ponga en marcha todo su potencial para así saber quién es, para adquirir confianza en sí mismo y experimentar la alegría de exprimir los talentos que se le han confiado. La educación y la pedagogía se basan en buena medida sobre esta tendencia, y así debe ser.

 

Pero no podemos identificar a la persona con la suma de sus aptitudes: es mucho más que eso. No se puede juzgar a alguien solamente por sus facultades; cada persona posee un valor y una dignidad únicas, independientes de su «saber hacer». Y, si no se percibe así, existe el grave peligro de, frente a un fracaso, caer en una profunda «crisis existencial»; o de mantener respecto a los demás una actitud de menosprecio cuando nos topemos con sus limitaciones o con su falta de capacidad. Todo ello puede malograr las relaciones entre personas e impedirles acceder a esa gratuidad de la que hemos hablado en el capítulo anterior y que es propia del amor. ¿Qué lugar queda para los pobres o los discapacitados en un mundo en el que la persona sólo existe en función de su eficacia, o del bien visible que está en situación de producir?

 

2. ORGULLO Y POBREZA ESPIRITUAL

 

A este propósito, considero interesante dedicar unas reflexiones a la problemática del orgullo. Todos nacemos con una profunda herida que vivimos con una falta: la falta de ser; e intentamos llenar este vacío por compensación, lo que lleva a cualquier ser humano a constituirse una identidad compensatoria que variará en unos y otros según la forma que adopte la herida. Así es como nos fabricamos un «ego», diferente del auténtico «ser», de modo similar a como se infla un globo. Este «yo» artificial posee ciertas características propias: por ser artificial, requiere un gran gasto de energía para sostenerse; y, como es frágil, necesita ser defendido. El orgullo y la dureza siempre van unidos.

 

Los límites de este globo, lejos de ser flexibles, se mantienen vigilados por «tumos de guardia» que protegen esta identidad ficticia: ¡y ay de quien la discuta o la amenace!; ¡ay de quien la ponga en cuestión o entorpezca la expansión de nuestro yo!, pues se convertirá en objeto de sus violentas o agresivas reacciones. Cuando el Evangelio dice que debemos «morir a nosotros mismos», en realidad alude a la muerte de ese «ego» -ese yo fabricado artificialmente- para que pueda aparecer el «ser» auténtico regalado por Dios.

 

Evidentemente, esta misma problemática la encontramos también en el terreno de la vida espiritual, donde la búsqueda de identidad es ---como en cualquier otro terreno - extremadamente activa.

 

La tendencia a construir un «yo» en el plano de la vida espiritual puede considerarse normal y positiva: constituye un resorte del crecimiento humano y espiritual; una motivación para progresar, adquirir dones y talentos e imitar este o aquel modelo que nos atrae y con el que nos identificamos en mayor o menor medida. Desear ser alguien en el terreno religioso -alguien como San Francisco de Asís, o como la Madre Teresa- puede constituir el inicio de un camino de santidad o la respuesta a la vocación. Desde luego, siempre es mejor ambicionar «ser alguien» de acuerdo con los valores evangélicos que «destacar» entre granujas...

 

Pero se trata de una problemática peligrosa si no se supera. Buscamos cómo realizarnos según determinadas virtudes o cualidades espirituales; lo cual significa que, de modo inconsciente, nos identificamos con el bien que somos capaces de hacer. Evidentemente, hacer el bien (rezar, ayunar, entregarse al servicio del prójimo, ser apostólico, tener tal carisma, etc.) es algo bueno. Pero resulta extraordinariamente peligroso identificarnos con el bien espiritual del que somos capaces.

 

Porque esa identidad, a pesar de ser superior a la identidad con las riquezas materiales o con los talentos humanos, no es menos frágil o artificial que éstas: llegará el día en que tal o cual virtud sufra un descalabro, o en que se nos quite esta o aquella cualidad espiritual en la que destacábamos. ¿Cómo recibiremos estos golpes si nos identificamos con nuestros logros espirituales? He conocido a más de un religioso entregado en cuerpo y alma al apostolado o a cualquier otra buena causa que, el día en que la enfermedad o un superior lo apartan de ella, sufre una profunda crisis, hasta el punto de no saber quién es.

 

Esta identificación de uno mismo con el bien que es capaz de hacer conduce al orgullo espiritual: de forma más o menos consciente, nos consideramos el origen o el autor de ese bien; y, en lugar de reconocer la verdad, es decir, que todo el bien de que somos capaces de llevar a cabo es un don gratuito de Dios, nos lo atribuimos a nosotros. El bien que hagamos no es de nuestra propiedad, sino un estímulo que Dios nos concede. ¿Qué tienes tú que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?', nos recuerda San Pablo. El orgullo nos empuja a juzgar a quienes no hacen ese bien del que nos envanecemos, o a impacientarnos con los que nos impiden llevar a cabo nuestro proyecto; etc.

 

Orgullo, dureza, desprecio del prójimo; y también temor y desaliento: he aquí los resultados inevitables de la confusión entre el yo y mis talentos; y los fracasos serán mal asumidos, porque en lugar de aceptarlos como los incidentes lógicos, e incluso provechosos, del camino, los viviremos dramáticamente como un ataque contra nuestro ser, como una amenaza a nuestra identidad. De ahí también el excesivo temor al fracaso.

 

Así pues, tenemos que afirmar de modo rotundo que el hombre es más que el bien que está en condiciones de hacer: es hijo de Dios -haga o no haga el bien, e incluso siendo incapaz de hacerlo- y siempre será hijo de Dios, porque los dones y la llamada de Dios son irrevocables. Nuestro Padre del cielo no nos quiere por el bien que hacemos: nos ama gratuitamente, por nosotros mismos, porque nos ha adoptado para siempre con hijos suyos. Esta verdad que descubrir es la gran apuesta de la frecuente «crisis de los cincuenta»: después de pasar años volcados en el activismo, a los cincuenta nos encontramos con un gran vacío interior, pues hemos vivido en el «hacer», olvidando proveemos de los medios para acoger nuestra verdadera e inalienable identidad: la de un hijo de Dios amado no por lo que hace, sino por lo que es

 

Así se comprende el inmenso valor de la virtud contraria al orgullo: la humildad o pobreza espiritual, que pone nuestro yo a salvo de cuanto pudiera suponer un peligro. Si nuestro tesoro está en Dios, nadie nos lo podrá arrebatar. La humildad es la verdad: yo soy el que soy; no una estructura artificial, frágil y siempre amenazada, sino lo que soy a los ojos de Dios: un niño pobre que no posee nada, un niño que todo lo recibe, pero infinitamente amado y totalmente libre; un niño que no tiene miedo a nada, ni nada que perder, porque ya lo posee todo por adelantado del amor gratuito y benevolente del Padre, que un día le dijo estas palabras definitivas: Todo lo mío es tuyo.

 

Nuestra verdadera identidad, mucho más profunda que el tener o que el hacer, -e incluso que las virtudes morales y las cualidades espirituales, es la que vamos descubriendo poco a poco viviendo bajo la mirada de Dios; la que nadie, ni ningún acontecimiento, ni ninguna caída, ni ningún fracaso podrán arrancarnos nunca. Nuestro tesoro no es de esos que devoran la polilla y el orín6: nuestro tesoro está en el cielo, es decir, entre las manos de Dios. No depende de las circunstancias, ni de lo que tenemos o dejamos de tener, ni --en cierto modo- tampoco de lo que hagamos o no, de nuestros éxitos y nuestros fracasos: sólo depende de Dios, de su benevolencia y su bondad inmutables. Nuestra identidad, nuestro «ser» tiene otro origen distinto de nuestros actos, y mucho más profundo: el amor creador de Dios que nos ha hecho, a su imagen y nos ha destinado a vivir siempre con El, que es el amor que no puede volverse atrás.

 

A este respecto me gustaría citar un hermoso pasaje de una ensayista contemporánea que ya hemos mencionado antes. «El amor es lo que queda cuando ya no queda nada más. En lo más hondo de nosotros, todos lo recordamos cuando -más allá de nuestros fracasos, de nuestras separaciones, de las palabras a las que sobrevivimos- desde la oscuridad de la noche se eleva, como un canto apenas audible, la seguridad de que, por encima de los desastres de nuestras biografías, más allá incluso de la alegría, de la pena, del nacimiento, de la muerte, existe un espacio que nadie amenaza, que nadie ha amenazado nunca y que no corre ningún peligro de ser destruido: un espacio intacto que es el del amor que ha creado nuestro ser»

 

Todo esto no quiere decir que el modo en que nos conduzcamos sea indiferente: en la medida de lo posible, hay que hacer el bien y evitar el mal, pues el pecado nos hiere a nosotros y a los demás, y sus estragos son costosos y lentos de reparar; lo que significa es que no tenemos derecho a confundir a alguien con el mal que comete (lo cual supondría acorralar a esa persona y perder toda esperanza respecto a ella), ni a identificar a nadie (y menos aún a uno mismo) con el bien que haga.

 

3. LAS PRUEBAS ESPIRITUALES

 

Estas últimas reflexiones arrojan luces interesantes sobre la pedagogía divina empleada con cada uno de nosotros y acerca del significado de las pruebas en la vida interior.

 

En mi opinión, las pruebas que se pueden atravesar en la vida cristiana --esas «purificaciones» en el lenguaje de la mística- no poseen otro sentido que el de obrar la destrucción de cuanto hay de artificial o de «construido» en nuestra personalidad, de modo que pueda emerger nuestro ser auténtico y sepamos lo que somos para Dios. Las noches espirituales son -podríamos decir- empobrecimientos en ocasiones muy rudos, que eliminan radicalmente en el creyente toda posibilidad de apoyarse en sí mismo, en sus conocimientos (humanos o espirituales), en sus talentos y capacidades e incluso en sus virtudes. Y, sin embargo, son empobrecimientos beneficiosos porque le ayudan a poner su identidad allí donde realmente está. En la noche espiritual el hombre se descubre absolutamente pobre e incapaz de cualquier bien y cualquier amor, y capaz de todos los pecados que existen en el mundo. Una experiencia muy dolorosa cuando, por ejemplo, una persona que ama al Señor atraviesa una fase durante la cual no detecta en sí misma ni el más mínimo átomo de fervor, pero si un profundo disgusto por las cosas espirituales. Haber entregado la vida a Dios y verse incapaz hasta del más insignificante movimiento hacia Él constituye un terrible sufrimiento, pues lo que parece haberse perdido es el significado mismo de la vida. En las pruebas de este tipo la persona no pierde el amor a Dios, pues su ser continúa profundamente orientado a El, pero sí el sentimiento amoroso. Aunque el amor existe, se percibe como sufrimiento: el sufrimiento de sentirse incapaz de amar, o el de no amar lo suficiente...

 

El fruto de esta prueba, sin embargo, es éste: impedir al hombre toda posibilidad de apoyarse en el bien de que es capaz para que la misericordia divina se convierta en el único fundamento de su vida. Se trata de una auténtica revolución interior: hacer que no nos apoyemos en nuestro amor a Dios, sino exclusivamente en el amor que Dios nos tiene. En una ocasión, un sacerdote me dijo en confesión: cuando ya no creas en lo que tú puedes hacer por Dios, continúa creyendo en lo que Dios puede hacer por ti.

 

Porque, de modo progresivo y paralelamente al terrible empobrecimiento que experimenta quien está pasando esta prueba y no se desalienta, sino que espera en el Señor, comienza a percatarse de algo que hasta ese momento sólo era para él una piadosa expresión, convertida ahora en experiencia de vida: Dios no me ama a causa del bien de que soy capaz, o del amor que le tengo, sino que me ama de manera absolutamente incondicional, en virtud de Él mismo, de Su misericordia y de Su ternura infinita; en virtud de su sola Paternidad con respecto a mí.

 

Esta experiencia provoca en la vida cristiana un vuelco fundamental que supone una inmensa gracia: el cimiento de mi relación con Dios.