SERVICIO CATÓLICO
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“Querido Jesús, la culpa es tuya”

El Papa Francisco escribe el prólogo del libro “No tener miedo de perdonar” que cuenta la historia del Luis Dri y su vida en el confesionario, “seno de misericordia que regenera el mundo”

 

Una foto del año 2000: Bergoglio con el padre Luis Dri en el Santuario de Pompeya en Buenos Aires
 

domenico agasso - 25/10/2016

 

                              

 

 

«Ya he contado muchas veces y en diversas oportunidades la respuesta que me dio el padre Luis Dri cuando yo era arzobispo en la otra diócesis, en Buenos Aires. Le había preguntado qué hacía cuando salía del confesionario donde había pasado muchas horas y sentía escrúpulos por haber perdonado demasiado. Me dijo que entonces iba delante del Sagrario, delante del Santísimo, y le pedía perdón por haber perdonado tanto, y terminaba diciéndole a Jesús: “¡Pero fuiste vos el que me dio mal ejemplo!”». Con estas palabras el Papa Francisco evoca uno de los episodios que más ha citado de su pasado de sacerdote y confesor. «Me habían impresionado sus palabras», admite él mismo «y por eso siempre vuelvo a contarlas, porque nos hablan de una actitud que hoy es más necesaria que nunca». Y lo hace introduciendo sorpresivamente – casi al terminar el año jubilar sobre la misericordia – el libro del padre capuchino Luis Dri, de noventa años, escrito con Alver Metalli y Andrea Tornielli, y publicado por Rai-Eri. El libro cuenta por boca del fraile – el cuarto de diez hermanos de una familia del campo argentino que siguieron todos ellos la vida religiosa (caso único hasta donde yo sé) -, su vocación, el encuentro con Bergoglio y su larga vida como confesor, una práctica a la que dedica muchas horas por día desde hace sesenta años.

«El penitente que llama a la puerta de nuestros confesonarios puede haber llegado hasta el abrazo misericordioso de Dios por muchísimos caminos», dice el Papa en el prólogo. «Puede ser un fiel que se acerca habitualmente al sacramento de la reconciliación o puede ser alguien que llega empujado por alguna circunstancia excepcional. Puede haber entrado por casualidad en la iglesia – aunque en los planes de Dios nada es casualidad – o bien ese gesto puede ser la etapa final de un itinerario muy doloroso. Cualquiera haya sido la razón, cuando una mujer, un hombre, un joven o una persona anciana se acercan al confesonario, hay que hacerles sentir el abrazo  misericordioso de nuestro Dios. Un Dios que nos precede, nos espera y nos acoge. Exactamente igual que al Hijo Pródigo, el que vuelve a la casa de su padre después de haber dilapidado en poco tiempo la mitad de las riquezas que exigió que le diera. Había tocado fondo, había tomado fuerzas y había vuelto a su casa. El padre misericordioso estaba allí, observando atentamente el horizonte. Estaba allí, esperándolo con los brazos abiertos. Y cuando el Hijo Pródigo empezó a hablar, a acusarse de su pecado, el padre casi no lo dejó seguir sino que lo abrazó y lo recibió de nuevo como hijo; y lo restituyó como hermano a su otro hijo. No lo puso a trabajar con los sirvientes. Le devolvió la plena dignidad de hijo».

El padre Luis Dri cuenta en el libro que ha recortado y pegado en la pared del confesonario una imagen del cuadro de Rembrandt que representa la escena del abrazo entre el Padre y el Hijo Pródigo. Observa el Papa: «El padre Luis nos recuerda que probablemente el detalle más importante de esta pintura son las manos del Padre misericordioso, que no son idénticas entre sí: una mano, la izquierda, es masculina, y la otra es más femenina. La misericordia, lo mismo que la compasión, esa conmoción visceral que siente Jesús en muchas páginas del Evangelio, tiene características tanto paternas como maternas. La misericordia es el visceral amor materno, que se conmueve ante la fragilidad de su criatura y la abraza, y en su aspecto masculino es la fidelidad fuerte del Padre que siempre sostiene, perdona y vuelve a poner en camino a sus hijos».

En el prólogo del libro “No tener miedo de perdonar” que acaba de ser publicado, el Papa repite un concepto que para él es fundamental: «la única fuerza capaz de conquistar el corazón de las personas es la ternura de Dios. Lo que encanta y atrae, lo que doblega y vence, lo que abre y suelta las cadenas, lo que libera, no es la fuerza de los instrumentos o la dureza de la ley, sino la debilidad omnipotente del amor divino, la fuerza irresistible de su dulzura y la promesa irreversible de su misericordia». Y ejemplifica ese concepto con la imagen del seno materno que vuelve a engendrar. «El ser abrazados, el estar delante de Dios Misericordioso que se hace cercano a través del sacerdote, convierte el confesonario en el seno materno. En una casa para nosotros, pobres pecadores, que nos sentimos huérfanos y desheredados».

Pecador igual que los pecadores debe sentirse el confesor. “Llegar a ser un buen confesor no es el resultado de un curso profesional» dice el Papa Francisco. «Para ser buenos confesores ante todo debemos ser los primeros en reconocernos pecadores, y pedir primero para nosotros mismos ser acogidos, levantados, perdonados, inundados de misericordia. Ser nosotros los primeros en dejarnos mirar por Jesús y por María. Ser nosotros los primeros en dejarnos cubrir por su manto. Ser nosotros los primeros capaces de llorar, por nuestros pecados y también por los pecados del que se confiesa».
Francisco cita un santo muy querido por el capuchino argentino, el padre Leopoldo Mandic. «San Leopoldo Mandic tenía la costumbre de decirle al penitente: “Tenga fe, tenga confianza, no tenga miedo. Mire, yo también soy un pecador como usted. Si el Señor no me pusiera una mano sobre la cabeza, haría lo mismo que usted, y aún cosas peores”. Y pocos días antes de morir, este gran santo confesor dijo: “Hace más de cincuenta años que confieso y no me remuerde la conciencia por todas las veces que di la absolución, pero lamento las tres o cuatro veces que no pude darla. Tal vez no hice todo lo posible para suscitar en el penitente la disposición necesaria”. Tenemos delante de nuestros ojos el luminoso testimonio de estos santos. Y también el testimonio de muchos buenos sacerdotes y religiosos que diariamente, en el anonimato, abren las puertas de las iglesias y de los confesonarios, acogen, escuchan y levantan la mano que bendice dispensando misericordia y perdón a la humanidad herida de nuestro tiempo».

En el prólogo, el Papa destaca también el valor social de la misericordia. «Si es verdad que vivimos tiempos difíciles, eso que muchas veces he llamado una “guerra mundial en pedazos”; si es verdad que vivimos tiempos de terror y de miedo, por la violencia ciega que se nos presenta sin ningún tipo de humanidad, también es cierto que los ejemplos positivos, gracias a Dios, no faltan. Cada signo de amistad, cada barrera que se derriba, cada mano tendida, cada reconciliación, aunque no sea noticia, está destinada a actuar en el tejido social. Sea el de nuestras familias, el de nuestros barrios, el de nuestras ciudades, el de nuestras naciones, el de las relaciones entre los Estados. El río en creciente del odio y de la violencia, no lo olvidemos nunca por favor, nada puede contra el océano de misericordia que inunda nuestro mundo. Sumerjámonos en este océano, dejémonos regenerar. Permitámosle a Dios que obre en nosotros, pidámosle que venza nuestra indiferencia y que nos haga capaces, a nuestra vez, de ser compasivos, de compartir, de ser solidarios y también de derramar  lágrimas, para poner nuestra mejilla junto a la mejilla del que sufre en el cuerpo y en el espíritu».

Aquel encuentro fortuito en el confesionario

Aparece el libro “No tener miedo de perdonar”. Un largo diálogo con “el confesor del Papa”. Estos fueron los preliminares…
 

 

No teníamos un rostro para buscarlo, ni siquiera un nombre. Solo sabíamos el lugar. La tarde del domingo 1º de mayo de 2015, pocas horas después de aterrizar en Buenos Aires, con todo el cansancio del largo viaje a cuestas y la desorientación propia del jet-lag, cruzamos por primera vez la Puerta Santa de la iglesia de Nuestra Señora de Pompeya. Estábamos impresionados por la frecuencia con que el Papa Francisco se había referido en diferentes oportunidades, meditaciones y homilías a un sacerdote. Un confesor. Lo había señalado como modelo, citando una respuesta que le dio en una ocasión. 

 

La primera vez que habló de él fue el 6 de marzo de 2014, en un encuentro con los párrocos de Roma. «Si uno vive esto dentro de sí, en su corazón – dijo Francisco hablando de la misericordia en el confesionario -, puede también donarlo a los demás en el ministerio. Y les dejo una pregunta: ¿Cómo me confieso? ¿Me dejo abrazar? Me viene a la mente un gran sacerdote de Buenos Aires, tiene menos años que yo, tendrá 72... Una vez vino a verme. Es un gran confesor: siempre hay fila con él... Los sacerdotes, la mayoría, van a confesarse con él... Es un gran confesor. Y una vez vino a verme: “Mire padre...”. “Qué te pasa”. “Tengo un poco de escrúpulos, porque sé que perdono demasiado”. “Reza... si perdonas demasiado...”. Y hemos hablado de la misericordia. A un cierto punto me dijo: “Cuando yo siento que este escrúpulo es muy fuerte, voy a la capilla, delante del Sagrario, y le digo: Discúlpame, Tú tienes la culpa, porque me has dado mal ejemplo. Y me marcho tranquilo...”. Es una hermosa oración de misericordia. Si uno en la confesión vive esto en sí mismo, en su corazón, puede también darlo a los demás. El sacerdote está llamado a aprender esto, a tener un corazón que se conmueve». 

 

No teníamos ningún indicio de quién era ese sacerdote. Solo una referencia a su edad, un poco más joven que el Papa. Pocas semanas después, el 11 de mayo de 2014, Francisco volvió a hablar de él en la homilía de la misa de Ordenaciones sacerdotales. «Por el amor de Jesucristo, no se cansen nunca de ser misericordiosos. Por favor, tengan esa capacidad de perdón que tuvo el Señor, que ¡no vino a condenar sino para perdonar! Tengan misericordia, mucha misericordia! Y si les viene el escrúpulo de ser demasiado “perdonadores” piensen en el santo cura del que les hablé, que iba delante del Santísimo y decía: “Señor, perdóname si he perdonado demasiado, pero eres tú el que me ha dado el mal ejemplo de perdonar tanto”. Es así… Pero yo les digo, verdaderamente, que siento muchísimo dolor cuando encuentro gente que no va a confesarse porque ha sido maltratada, muy maltratada, regañada; ¡han visto como les cerraban las puertas de la Iglesia en la cara! ¡Por favor no hagan eso! Misericordia, misericordia. El buen pastor entra por la puerta y la puerta de la misericordia son las llagas del Señor: si ustedes no entran en su ministerio por las llagas del Señor, ustedes no serán buenos pastores». 

 

Una nueva alusión se encuentra en el libro-entrevista «El nombre de Dios es misericordia», publicado en enero de 2016. «Recuerdo a otro gran confesor, más joven que yo, un padre capuchino que ejercía su ministerio en Buenos Aires. Una vez vino a verme porque quería hablar conmigo. Me dijo: “Necesito tu ayuda. Tengo mucha gente en el confesionario, gente de todo tipo, humilde y menos humilde, pero también muchos curas… Los perdono mucho y a veces experimento un escrúpulo, el escrúpulo de haber perdonado demasiado”. Hablamos de la misericordia y le pregunté qué hacía cuando experimentaba ese escrúpulo. Me respondió: «Voy a nuestra pequeña capilla, delante del sagrario, y le digo a Jesús: “Señor, perdóname porque he perdonado demasiado. ¡Pero eres Tú el que me ha dado tan mal ejemplo!”». No me olvidaré de esto jamás. Cuando un sacerdote vive así la misericordia sobre sí mismo, puede regalársela a los demás». 

 

El relato del libro entrevista dedicado al tema central del Jubileo Extraordinario agregaba otro detalle: el sacerdote confesor es un fraile capuchino.  

Un mes después de que salió el libro, el 9 de febrero de 2016, el Papa citó una vez más el episodio, esta vez hablando a los sacerdotes capuchinos durante una misa en San Pedro y en presencia de las urnas con los cuerpos de dos grandes santos pertenecientes a esa familia religiosa, ambos grandes confesores: san Pio de Pietralcina y san Leopoldo Mandic. «Pero ustedes capuchinos tienen este don especial del Señor: perdonar. Y les pido, no se cansen de perdonar. Me acuerdo de uno que conocí en mi otra diócesis, un hombre de gobierno, que acabado su tiempo de gobierno, como guardián y provincial, a los 70 años fue enviado a un santuario a confesar y tenía una cola de gente. De todo, curas, fieles, ricos, pobres, todos… era un gran perdonador. Siempre encontraba el modo para perdonar o al menos para dejar esa alma en paz con un abrazo. Y una vez lo encontré y me dijo: “Escúchame, tú que eres obispo, tú me puedes decir. Yo creo que peco porque perdono mucho y me viene este escrúpulo…” – “¿Y por qué?” – “No sé, pero siempre encuentro cómo perdonar…” – “¿Y qué haces cuando te sientes así?” — “Voy a la capilla delante del sagrario y le digo al Señor: Perdóname Señor, creo que hoy he perdonado mucho. Pero Señor, ¡has sido tú quien me ha dado el mal ejemplo!”. Sean hombres de perdón, de reconciliación, de paz». 

 

Una vez más el Papa había agregado otro elemento útil para la identificación del capuchino: confesaba en un santuario.  

 

Francisco habló después de él otras veces, por ejemplo en la tercera meditación para el Jubileo de los sacerdotes, en la basílica de San Pablo Extramuros, el 2 de junio de 2016: «Lo que diré ahora lo he dicho muchas veces, quizás alguno de ustedes ya lo ha oído. Conocí en Buenos Aires a un fraile capuchino —aún vive—, algo más joven que yo, que es un gran confesor. Siempre tiene delante del confesionario una fila, mucha gente —de todo: gente humilde, gente acomodada, curas, religiosas, una fila— más y más gente, todo el día confesando. Y es un gran perdonador. Siempre encuentra la forma de perdonar y dar un paso adelante. Es un don del Espíritu. Pero, a veces, le agarran escrúpulos de haber perdonado tanto. Y entonces, una vez, charlando, me dijo: “A veces, tengo esos escrúpulos”. Y yo le pregunté: “¿Y qué hacés cuando tenés esos escrúpulos?”. “Voy delante del sagrario, lo miro al Señor, y le digo: “Señor, perdoname, hoy he perdonado mucho. Pero que quede claro, ¿eh?, que la culpa la tenés vos porque me diste el mal ejemplo”. La misericordia la mejoraba con más misericordia».  

 

En fin, cuando habla de la confesión y de acoger a los penitentes, cuando piensa en la misericordia en el confesionario, el Papa Bergoglio no puede dejar de pensar en ese fraile capuchino que siempre consideró más joven que él. 

 

Esa tarde del domingo 1º de mayo intentábamos encontrarlo ayudados por otra valiosa información que habíamos recibido: el santuario donde el entonces cardenal se había encontrado con el confesor era Nuestra Señora de Pompeya, el santuario de Pompeya, una iglesia muy visitada que se encuentra en un barrio popular de la capital argentina, lindante con una villa miseria, las barriadas más pobres. Teníamos un lugar, el santuario. Teníamos una referencia sobre la edad: unos diez años más joven que Francisco. Pero no teníamos el nombre. Y no sería sencillo entrar y preguntar a un fraile cualquiera: «Disculpe, estamos buscando al confesor que el Papa Bergoglio cita siempre en sus homilías». Cuando entramos por la Puerta Santa de Pompeya vimos dos confesonarios con la luz encendida. Eran las cuatro de la tarde y a esa hora no había celebraciones; la iglesia, envuelta en la penumbra, estaba semivacía. Unas pocas personas rezaban de rodillas o sentadas. Una mujer de mediana edad estaba prendiendo una vela para pedir alguna gracia. 

 

Decidimos probar con el primer confesor. Uno de nosotros entró y el otro permaneció en el umbral. No queríamos confesarnos, solo pedir información: nos presentamos y le preguntamos al fraile si por casualidad había escuchado hablar de ese confesor que tanto citaba el Papa. Las respuestas del capuchino eran amables pero bastante evasivas. Quizás demasiado evasivas. Era un hombre alto, sonriente, sin la barba habitual. El confesionario estaba recubierto por pequeños paneles claros con perforaciones, fonoabsorbentes. Un lugar despojado. La única imagen, colocada a espaldas del confesor, era un recorte de revista con la imagen del Padre misericordioso que abraza al hijo pródigo; un cuadro de Rembrandt. 

 

El fraile estaba diciendo: «Sí, escuché hablar de lo que dijo Francisco, pero no sé quién es el capuchino…». Pero en sus ojos se podía captar una expresión casi divertida. Solamente una chispa, nada más. Nos dimos cuenta de que teníamos que insistir. Le mostramos un ejemplar del libro “El nombre de Dios es Misericordia”, abriéndolo en la página con la cita del Papa. Y como nadie estaba esperando al sacerdote, seguimos preguntándole sobre “el confesor del Papa”, sobre ese confesor que tantas veces había citado Bergoglio como ejemplo. Al final, el fraile admitió: «Bueno… sí… soy yo el fraile del que habla Francisco. Yo fui el que le dije esa frase que repito delante del Sagrario, cuando siento escrúpulos por haber perdonado demasiado…». 

 

Por fin “el confesor del Papa” tenía un nombre y un rostro: padre Luis Dri, 89 años. No es más joven sino casi diez años más viejo que Bergoglio. Francisco quedó impresionado por su vitalidad y siempre pensó que tenía dos lustros menos.  

 

Aquel primero de mayo el padre Dri aceptó, después de cierta resistencia, concedernos una breve entrevista en video para La Stampa y Vatican Insider. Nuestra curiosidad, sin embargo, no quedó satisfecha con eso. Nos habíamos quedado con ganas de conocer mejor a este sencillo fraile que pasa sus días encerrado en el confesionario, recibiendo siempre a todos con una sonrisa y capaz de hacerle sentir a cualquiera el abrazo de misericordia de Jesús. No ha tenido una vida de acontecimientos resonantes, de obras asombrosas, de vaya a saber cuáles éxitos pastorales. Sin embargo, impresiona sobre todo la sencillez de su vida cotidiana de sacerdote y dispensador de misericordia. Su vida comenzó en una familia de gente pobre del campo, una vida llena de felicidad a pesar de las dificultades. Precisamente la humildad de su origen, nos decía el padre Dri, era una de las razones que lo hacían ser atento y sensible en el confesonario, siempre con el deseo de comunicar la misericordia y hacer que nadie se sienta excluido, no acogido o no deseado. 

 

Bueno, nos pareció que valía la pena contar en primera persona, dándole a él la palabra, la historia del confesor más citado por el Papa Francisco.