El realismo incómodo de Richard Ford
 

ADOLFO TORRECILLA  /21.JUN.2016

 

 

El jurado del último Premio Princesa de Asturias de las Letras ha destacado que Richard Ford (Misisipi, 1944) es “el gran cronista del mosaico de historias cruzadas que es la sociedad americana”. Autor de seis novelas y varios libros de relatos y memorialísticos, Ford está considerado uno de los grandes novelistas actuales norteamericanos, muy leído además en el resto del mundo, y habitual aspirante al Premio Nobel de Literatura.

 

Sus libros están muy centrados precisamente en la realidad de su país, aunque Ford –como otros novelistas norteamericanos con los que se le suele comparar (Tobias Wolff, James Salter, Richard Yates…)– escribe generalmente sobre una parte de esa realidad, la que tiene que ver con las vidas de personas perdidas que se encuentran al borde del precipicio existencial. De hecho, especialmente por sus primeras novelas y libros de relatos, Ford ha sido encasillado en la corriente literaria del “realismo sucio”, etiqueta poco afortunada que tiene al escritor Raymond Carver (1938-1988), amigo de Ford, como su figura más representativa.

A la sombra de Chéjov

La literatura de ambos, como ellos mismos han reconocido, está muy influida por la del escritor Antón Chéjov, el retratista de la sociedad gris rusa. Ford y Carver han tomado de Chéjov no solo los ingredientes de un realismo doméstico y cotidiano, sino también la mirada condescendiente y piadosa sobre sus personajes, ese perfume de humanidad que los salva de la total desesperanza y de los callejones sin salida.

 

Como Raymond Carver, Richard Ford toma de Chéjov no solo los ingredientes de un realismo doméstico y cotidiano, sino también la mirada condescendiente y piadosa sobre sus personajes

 

El libro misceláneo Flores en las grietas (2012) contiene sendos ensayos de Ford dedicados precisamente a Carver y a Chéjov. El texto sobre Chéjov explica las claves del creciente interés que hoy despierta su literatura, pues explica mejor que la mayoría de escritores contemporáneos una actitud ante la vida un tanto desolada, exenta de grandes expectativas. Para Ford, “Chéjov no es famoso por el estilo aforístico; parece preferir con mucho la insistencia en la manera en que la vida lucha sin heroísmos por la normalidad a ofrecer momentos excepcionales”.

Lo que escribe de Carver tiene un tono muy personal; recuerda cómo se conocieron, las numerosas veces que coincidieron, sus conversaciones, cómo Carver asimiló el súbito éxito de sus relatos, su influencia en la narrativa de Ford, la noticia de su muerte... Resultan muy agudas las observaciones sobre lo que aportaban los relatos de Carver: “A mi juicio, la cualidad más llamativa de los cuentos de Ray no era que se inspiraran en la vida, ni que fueran más o menos desesperados o sobrios (muchas veces no eran en absoluto sobrios), sino más bien que constituyeran una confirmación personal de su autor, la inquebrantable elección que este hacía del arte –el cuento– como consuelo de la vida, como agente de belleza”.

Estética del desarraigo

En la literatura de Richard Ford sobresale el análisis de la sociedad norteamericana y de unas vidas anónimas, poco ejemplares, que van dando tumbos, sin encontrar asideros. Los relatos suelen ser más pesimistas que las novelas, pues en ellos concentra quizá demasiados ingredientes dramáticos. Y las novelas, sobre todo las protagonizadas por Frank Bascombe, se convierten en sugerentes análisis de las luces y las sombras de la sociedad norteamericana.

Como novelista, Ford comenzó con obras en la órbita de ese realismo a veces lumpen. Su primera novela, Un trozo de mi corazón (1976), está poblada de personajes desarraigados que comparten sus destinos en una isla del río Misisipi. La segunda, La última oportunidad (1981) mantiene la misma estética de obsesión por las vidas erráticas, quizás en esta ocasión de un modo más áspero de lo habitual. Estas novelas pasaron bastante desapercibidas y Ford decidió tomar una pausa para trabajar como periodista deportivo. Se dedicó entonces a escribir sobre boxeo, béisbol, atletismo, con unos reportajes en los que también había mucha literatura. Pero el periódico donde escribía cerró y Ford decidió volver otra vez a la novela.

La aparición de Frank Bascombe

Es entonces cuando decide cambiar algo de estética y centrarse en un tipo de novela más realista y menos desesperanzada. Inspirándose en su vida como periodista, escribe su novela El periodista deportivo (1986), la primera en la que aparece su gran creación literaria, el personaje de Frank Bascombe, escritor fracasado y periodista deportivo que tiene que superar la muerte de un hijo pequeño: “alguien que intenta hacerse otro hombre mejor, un hombre más feliz”, en palabras del autor. La novela fue finalista del premio Faulkner y fue el primer espaldarazo a la carrera de Ford como escritor.

 

En la literatura de Ford sobresale el análisis de la sociedad norteamericana y de unas vidas anónimas, poco ejemplares, que van dando tumbos

 

En 1987 publica Rock Springs, su primer libro de relatos. Son todos muy interesantes, parecidos al mundo desolado, individualista y humano de los libros de Carver. La mayoría presentan un minimalismo objetivo y crítico, obsesionado en mostrar las cicatrices del mundo de los desarraigados. Están ambientados en los condados de Great Hills y Rock Springs, donde Ford busca sus antihéroes, que se mueven por sus páginas con un ritmo cinematográfico y que emplean unos diálogos escuetos y rápidos.

En 1990 aparece Incendios, su cuarta novela, ambientada en un escenario parecido. Cuenta el proceso de maduración de un adolescente, Joe, que ve cómo la vida de sus familiares inmediatos acaba en la ruina. Aunque Ford se mueve bien en el mundo literario del “realismo sucio”, atisba el peligro de la reiteración, pues las novelas y relatos de esta época insisten una y otra vez en temas sórdidos y en personajes solitarios que se arrastran por la vida sin grandes ilusiones. En 1992 publica otro libro de relatos, Pecados sin cuento, donde aborda con historias realistas sus temas habituales: la intimidad, el amor y los fracasos.

Su consagración literaria

Su gran éxito literario, el que cambia su trayectoria como escritor, es El Día de la Independencia (1995), que le valieron los premios Pulitzer y Faulkner. La obra puede encuadrarse dentro de lo que se llama “Gran Novela Americana”: es una veraz radiografía sociológica e íntima de parte de la sociedad de Estados Unidos, de sus sueños, de sus frustraciones vitales y familiares y, sobre todo, del mundo psicológico del desencantado protagonista.

Frank Bascombe, que ha abandonado el periodismo y ahora es agente inmobiliario en una ciudad residencial de Nueva Jersey, se ha divorciado, tiene dos hijos y una amante. Para Ford –así lo ha interpretado buena parte de la crítica–, Bascombe es el prototipo del norteamericano estándar, modélico tanto en sus vulgaridades como en sus anomalías. El paralelismo entre el país y el personaje es evidente. Con maestría, la obra analiza lo solo, frágil y vulnerable que se siente el ciudadano corriente del país más poderoso del mundo.

Un realismo sin expectativas

En 1997 apareció su libro de relatos De mujeres con hombres, y en 2006 la tercera entrega de la serie Bascombe, ya convertida en literatura de referencia nacional e internacional: Acción de Gracias. El protagonista tiene ya 55 años y se encuentra en pleno proceso de asimilación de nuevas situaciones familiares y de salud, que afectan a su estado de ánimo y a su idea de lo que debe ser la vida.

 

Sus relatos suelen presentar un minimalismo objetivo y crítico, obsesionado en mostrar las cicatrices del mundo de los desarraigados

 

Sin grandes aspavientos existenciales, Bascombe, un hombre pegado a la realidad, se encuentra lleno de dudas. Aparentemente, nada le sale bien, salvo lo relacionado con el trabajo, y debe afrontar el presente y el futuro más bien solo, acostumbrado además a asistir como un espectador a lo que sucede a su alrededor.

La letra pequeña de la vida real

La novela transcurre durante el día de Acción de Gracias y los dos previos. Bascombe ha invitado a sus dos hijos, ya mayores, y afronta la fiesta en plena crisis personal: no se ha recuperado de la imprevista separación de Sally, su segunda esposa, que le ha abandonado; y continúa con los tratamientos médicos contra un cáncer de próstata. Bascombe trabaja ahora como agente inmobiliario, magnífico recurso que le sirve al autor para describir las manías, rarezas, ideas, costumbres de los habitantes de un pueblo costero de Nueva Jersey.

Con sus dudas, aciertos y fracasos, Bascombe se convierte en un excelente representante literario de una parte de la sociedad norteamericana, pues muestra “la vida real en letra pequeña, estampada con nuestros deseos, pesares y desgracias”. En esta entrega Bascombe sabe que, aunque huye de la nostalgia, su vida se acerca al crepúsculo.

Sus últimas obras

Lo último que ha publicado Richard Ford es Francamente, Frank (2014), cuatro narraciones protagonizadas por Bascombe, que a sus 68 años, ha superado el cáncer de próstata. Las cuatro transcurren en un tiempo parecido, poco después de que el huracán Sandy arrasara la costa de Nueva Jersey. Otra vez vuelven a sobresalir los ingredientes sociológicos, de más interés que el análisis íntimo y psicológico y hasta existencial de los personajes.

Pero antes de esta obra publicó Canadá (2013), una novela alejada del mundo de Bascombe. En este caso, el narrador, un profesor de instituto que acaba de jubilarse, recuerda su vida desde sus 15 años, cuando sus padres son detenidos por atracar un banco y él decide marchar solo a Canadá. Entonces recala en un hotel perdido y rodeado de personajes que ocultan sus turbios pasados en un presente conflictivo y sin expectativas.

Memorialismo y crítica literaria

Su editor en España, Jorge Herralde, ha formado volúmenes con textos publicados en revistas y antologías. En uno, Mi madre (2010), recuerda la complicada y difícil vida de su madre a la vez que aparecen algunos episodios de su infancia. Y Flores en las grietas reúne conferencias, ensayos y artículos periodísticos. Además de Carver y Chéjov, trata de escritores norteamericanos como James Salter o Richard Yates. También aparece un texto escrito para su Antología del cuento norteamericano, con 75 relatos escritos entre 1820 y 1999.

También incluye Flores en las grietas algunos recuerdos familiares, como las estancias veraniegas con su abuelo, que regentaba un hotel en Little Rock, y algunos ensayos dedicados directamente a analizar aspectos muy relacionados con su trabajo como escritor. En uno de ellos señala que su obligación como escritor “no es halagar al lector ni crear modelos positivos”, sino, por encima de todo, conmocionar y “crear incomodidad”.