Redes (neuro) sociales

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Las redes sociales ya han modificado nuestro cerebro. Lo dicen los expertos. Según recoge en una nota de prensa la compañía biomédica Pfizer, tras la reunión de psiquiatras de toda España llevada a cabo en Córdoba, el uso de las redes sociales tiene efectos tanto positivos como negativos sobre el cerebro.

El cerebro se ha adaptado a las nuevas tecnologías digitales desarrollando nuevas conexiones neuronales. Del mismo modo, ha creado inéditos métodos de aprendizaje y, como era de esperar, también ha desarrollado formas desconocidas de adicción. La plasticidad cerebral responde al cada vez más intenso uso de las redes sociales generando redes neuronales.

A este respecto, el doctor Pedro Bermejo, neurólogo y presidente de la Asociación Española de Neuroeconomía, explica que “los nativos digitales aprenden de un modo ligeramente diferente a los que no lo son; por una parte, son capaces de hacer varias tareas a la vez con mejor resultado, y por otra, son más rápidos buscando información para dar respuesta a preguntas concretas”. Pero esta ventaja conlleva un inconveniente: “se ha comprobado –dice Bermejo– que tienen mayor dificultad para discernir entre las fuentes de información fiables y las que no lo son”: así, se fían más de lo que dicen sus contactos que de los contenidos de las webs oficiales.

No obstante, las nuevas tecnologías, así como la inmersión en las redes sociales, pueden provocar adicción, ya que el procesamiento cerebral tiene lugar en los circuitos relacionados con las recompensas, y su uso no controlado –alertan los expertos– podría estar asociado a algunos trastornos psiquiátricos como las adicciones.

Desde el punto de vista químico, las redes sociales provocan cambios en los neurotransmisores. Así se dan mayores niveles de oxitocina, que se relacionan con más compras por Internet; de adrenalina, que tiene que ver con el aumento de la agresividad, y de dopamina, sustancia que se libera cada vez que se recibe un “me gusta”. Esta repercusión directa en los sistemas de recompensa y en la sensación de felicidad hace que el cerebro se amolde y establezca conexiones de forma rápida y firme.

Entre las repercusiones de las redes sociales en el cerebro, los expertos señalan cuestiones como la pérdida de capacidad de concentración y de atención, así como la dificultad para leer y escribir textos largos. Si parece que mejoran las regiones cerebrales que utilizamos para manejar varios datos a la vez, lo hacen en detrimento de las áreas que utilizamos para memorizar a largo plazo.

La plasticidad de nuestro cerebro nos sacó de la animalidad y nos hizo humanos. Para que las redes sociales no lo moldeen a su manera, debemos contrarrestar su influjo en algunos aspectos que se deducen de lo dicho:

  • No adelantar la edad de acceso a las redes sociales para darle tiempo al cerebro a configurarse de manera natural.

  • Despegar a nuestros hijos de las pantallas, fomentando el deporte, las salidas, los juegos, las visitas, las conversaciones…

  • Enseñarles que un “te quiero” vale más que mil “me gusta”.

  • Poner, y ponernos, límite al uso de las pantallas y a las compras por Internet.

  • Reintroducir los juegos de mesa (ajedrez, puzles, dominó, cartas, parchís…) que favorecen la atención, la calma, el saber esperar el turno, la cooperación, el control postural…

  • Acostumbrarles a no usar emoticonos, sino a expresar los sentimientos con palabras, mejor dichas que escritas.

  • Contagiarles la pasión por la lectura. En ella se concentra la atención y se ejercita la memoria.

Son algunas ideas para que nuestros hijos no se queden atrapados en las redes neurosociales.