SERVICIO CATÓLICO
Una reflexión para la Cuaresma
Josep Miró i Ardèvol

 

 

Meditando un fragmento muy conocido del Evangelio de Marcos (14,10), que trata del ofrecimiento de Judas para traicionar a Jesús, y al leer la precisión del evangelista “era uno de los doce”, es decir pertenecía al núcleo más escogido de los discípulos, me ha surgido con mucha fuerza una evidencia que, sin ser ni mucho menos original, sus consecuencias están lejos de estar bien asumidas sobre todo en nosotros, los laicos que andamos por el mundo.

La evidencia es esta: desde un punto de vista humano, la trayectoria de Jesús fue un gran, un terrible, fracaso. Traicionado por uno de las personas de confianza, abandonado por sus seguidores en el momento decisivo, condenado a una muerte terrible de sufrimiento y humillación, con toda su grey dispersa, y apenas un puñado al pie de la cruz en torno a su madre, la figura silenciosa que es una de las pocas compañías fieles -y ese es otro signo-. Jesús solo triunfa a partir de su Resurrección, es decir la victoria del hijo del hombre no es fruto de su humanidad, aunque esta deba colaborar necesariamente para cumplirse, sino de la Gracia de Dios, y aun la colaboración humana se fundamenta en la obediencia a la voluntad de Dios. La sumisión, que caracteriza al Islam. Esta es la fuerza y la singularidad del cristianismo, entregarse confiadamente a  su Gracia, y este es su significado profundo -creo- cuando decimos que es el seguimiento de la persona de Jesucristo. Y esta evidencia de la fuerza de la Gracia se verifica en la historia de la expansión decisiva y pacífica de los primeros cuatro siglos, cuando se convirtió por la vía del convencimiento en la religión mayoritaria del Imperio,  un hecho que condujo al realismo constantiniano, a poner fin a la discriminación que sufrían los seguidores de Jesús. Una época de la que San Agustín afirma que el milagro fue que no hubo milagros, en el sentido de hechos extraordinarios que propiciaran grandes conversiones. No, la evangelización llegó por contagio de ejemplaridad de vida, de la claridad y frescura de la palabra predicada. De la total entrega a Dios y a su voluntad, como reitera San Pablo.

Y esta verdad es la que en la práctica creo que tenemos muy abandonada. No vivimos la fe en una Iglesia de la Gracia, la que causa estupor en Peguy. Y esto es lo que deberíamos recuperar como personas en nuestra vida cotidiana, en la educación de los hijos, en el trabajo, el servicio a los demás, en la experiencia política, y también recuperarla colectivamente. La Iglesia de la Gracia, de los sacramentos entendidos, especialmente la Eucaristía, como lo que son, espacios de lo sagrado que Dios pone a nuestra disposición, la oración, la meditación, el atreverse en la contemplación, algo tan difícil hoy, un tiempo de velocidad y ruido, la lectura para orar mejor. La lucha contra la rutina, esa nube grisácea que con apariencia inofensiva y con gran capacidad de destrucción invade la vida de la fe. Vivimos en un acontecimiento grandioso, el cristiano, único, que solo puede provocar estupor, recogimiento, paz, e insuflar una fuerza enorme en nuestras vidas. Si todo eso ni tan siquiera lo presentimos, si ni tan solo alcanzamos a sentir su necesidad, es que lo decisivo de nuestra fe se ha quedado por el camino.