SERVICIO CATÓLICO
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Sentimentalismo tóxico

por Ignacio Aréchaga

aceprensa

 

                              

 

 

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Que un amante anonadado por la muerte de su pareja se suicide es una tragedia, pero tampoco puede decirse que sea una novedad. Desde la leyenda de Píramo y Tisbe, esa reacción desesperada ha suscitado compasión, pero nunca ha sido un banco de pruebas de la justicia de una ley. Sin embargo, en este tiempo tan propicio a la política sentimental, con frecuencia el caso emotivo se convierte en palanca para cambiar la legislación.

 

Así, en Taiwán el suicidio de un profesor gay se ha convertido en el gran argumento de los manifestantes del Gay Pride para exigir del gobierno la legalización del matrimonio entre personas del mismo sexo. El francés Jacques Picoux, de 68 años, profesor de francés en la Universidad de Taiwán y experto en arte, residía en la isla desde 1979 y durante 35 años había vivido con su pareja Tseng Ching-chao. Este murió de cáncer el año pasado.

“Picoux estaba desesperado después de haber perdido a su amante”, dice una amiga común. Picoux, también enfermo, se había retirado de la universidad en 2005, y estaba deprimido desde la muerte de Tseng. El pasado 16 de octubre se arrojó desde su apartamento en un décimo piso y murió.

Desde entonces, se ha convertido en un icono del colectivo LGTB que echa en cara al gobierno no haber planteado ya la aprobación del matrimonio gay. “¿Cuántas más vidas hay que perder por la flagrante negligencia del gobierno?”, dicen los portavoces del movimiento. Los activistas creen que la muerte de Picoux, presentado como una víctima, puede suponer un punto inflexión, y cuentan con ganarse la simpatía del público y de los políticos hacia su causa. Algunos medios, como The Guardian, incluso predicen que la muerte de Picoux puede lograr que Taiwán se convierta en el primer país asiático en reconocer el matrimonio entre personas del mismo sexo.

A lo mejor sucede, pero la lógica obliga a hacerse algunas preguntas. Si existiera el matrimonio gay, ¿Tseng no habría muerto de cáncer? ¿Picoux habría encajado mejor la muerte de Tseng y no se habría tirado por la ventana? ¿Un viudo es menos proclive a la depresión que un amante? Nada es menos seguro. Sería más lógico pedir que el gobierno tuviera una política más activa de prevención del suicidio.

Los activistas LGTB aseguran que, a pesar de vivir tantos años juntos, cuando Tseng fue hospitalizado, la opinión de Picoux respecto al tratamiento médico no fue tenida en cuenta frente a la de la familia de Tseng. También dicen que Tseng quería legar a Picoux el apartamento en que vivía la pareja, pero que finalmente la familia y su abogado cambiaron su voluntad. Habría que contrastar esta visión con la de la familia, cosa que no hacen las informaciones disponibles.

Pero estas cuestiones prácticas son perfectamente resolubles al margen de la legislación matrimonial. Un enfermo puede firmar un documento estableciendo quién va a ser su persona de confianza ante los médicos, y no parece que la ley de Taiwán impida legar la propiedad de una vivienda a una persona ajena a la familia, aunque quizá tenga que pagar más impuestos. En todo caso, se puede modificar la legislación para cambiar esto.

Pero una cosa es resolver unos problemas prácticos para parejas del mismo sexo y otra cambiar la concepción del matrimonio, cambio que afectaría a todos los casados. Si tanto preocupa la igualdad de derechos, también habría que inquietarse por el hecho de que los niños criados en parejas del mismo sexo pierdan su derecho a conocer su origen biológico y a ser educados por un padre y una madre. El problema es que esta pérdida de derechos se presta menos a la escenificación dramática.

“Que ni la muerte nos separe”

En cambio, el caso del político holandés Franz van der Heijden, que se ha suicidado para no sobrevivir a su esposa Connie que pidió la eutanasia, tiene todos los ingredientes para conmover a la opinión pública. Connie, de 76 años, era una enferma terminal y había pedido la eutanasia. Franz, de 78, estaba enfermo pero no era un paciente terminal que pudiera acogerse a la ley. Así que decidió suicidarse con ella, pues “después de una vida feliz juntos no queríamos separar lo que unimos en 1963”, según dicen en su carta de despedida.

Su caso ha suscitado la atención pública en un momento en que el gobierno holandés se ha propuesto ampliar la eutanasia, de modo que no sea solo para enfermos terminales sino también para personas que consideran que su existencia está ya completa y no tienen ganas de vivir. Franz y Connie comparten esta opinión: “Las personas que no están enfermas pero descubren que su vida ya no tiene sentido, deberían tener permiso para morir”.

En una época de amores frágiles, es admirable esta fidelidad de Franz y Connie a lo largo de 53 años. De todos modos, no hay que olvidar que el compromiso matrimonial es “hasta que la muerte nos separe”. Y querer que no se rompa ni en la muerte es uno de esos casos en que el sentimentalismo impone su ley a la razón. Es paradójico que una sociedad que no reconoce que el matrimonio sea indisoluble considere en cambio conmovedor el caso de una pareja que no quiere separarse ni en la muerte.

Su caso se ha presentado en términos de novela romántica: “Franz le prometió ante Dios a su mujer Connie estar con ella en la salud y en la enfermedad, escribe un cronista. Y cumplió su palabra hasta el último aliento”. También se nos dice que Franz era “un católico muy devoto”. Pero si era tan devoto, quizá podría haber recordado el texto evangélico en que Jesucristo afirma que hay que amarle más que a la mujer o a los padres (Lc 14,26). También podría haber tenido en cuenta que, como aclara en otro pasaje, en la otra vida pasamos a una existencia distinta en la que los hombres y mujeres “ni se casan ni se dan en matrimonio”.

Pero quizá el catolicismo de Franz era del estilo “a la carta”, en la que lo importante es lo que uno decide creer. De hecho, su carta de despedida no parece simpatizar mucho con la influencia religiosa en la vida pública, aunque él perteneciera al partido democristiano: “El debate sobre una vida elegida sigue estando muy dominado por las minorías religiosas que se benefician de la debilidad de la política de coaliciones del país. Uno debería ser capaz de decidir por sí mismo cuándo quiere acabar con su vida”. Para un país pionero de la eutanasia y del matrimonio gay no deja de ser sorprendente que el peligro sea la influencia de las ideas religiosas.

Pero si la eutanasia compartida va a ser el nuevo estándar del amor imperecedero, no está de más inspirarse en el precedente del sati hindú, en el que la viuda se inmolaba devotamente en la pira funeraria del marido. Los colonialistas británicos lo prohibieron en 1829, imponiendo ideas eurocéntricas. Pero aquí en vez de pira tenemos inyección letal y servirá igual para viudos que para viudas. El sentimentalismo occidental es muy respetuoso de la igualdad de género.

 

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