SERVICIO CATÓLICO
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¿Tenemos un déficit moral en la Unión Europea?

Escrito por Raúl González Fabre
 
 


 


 

 

 

                              

 

 


Este pasado curso tuvimos en entreParéntesis un seminario interno sobre los límites del Estado nacional, cuyas conclusiones pueden verse aquí. Para cerrar el seminario sostuvimos una mesa redonda pública con Jaime Mayor Oreja, Juan José Almagro y Joaquín Estefanía, sobre el mismo tema, que puede verse completa en este link, amablemente facilitado por Comillas-ICADE.

En esa sesión se trató especialmente el tema de la Unión Europea, que es con diferencia el más importante intento práctico de superar los límites de los estados nacionales a favor de una mayor capacidad de acción política, siquiera sea continental.

Un tema que apareció en la mesa redonda una y otra vez fue el de la desafección de las personas a la Unión Europea, que se manifiesta en el recrudecimiento de los nacionalismos de todo género ideológico (derecha e izquierda) tanto en Estados nacionales constituidos como en territorios de los mismos Estados. A menudo hemos escrito aquí acerca del gigantesco error que ello supone desde el punto de vista del control político de mercados globales, y de cómo el resultado del proceso emocional correspondiente no es acercar nuestras sociedades al calor comunitario de la tribu sino al revés, dejarlas todavía más indefensas frente a los cálculos de ganancia sin consideración social o medioambiental. Ese es el aspecto objetivo de la cuestión, que no veo cómo pueda eludirse.

Hoy queremos ocuparnos del otro aspecto, el subjetivo. En la mesa redonda se mencionaron tres patas complementarias de cómo se genera esa desafección, que me gustaría resumir aquí:

  1. Hay un vaciamiento de valores morales tanto en la Unión Europea como en las personas. Lo primero es obvio con solo ver cómo se están abordando las crisis de los refugiados, de Ucrania, de Turquía… por solo citar las de este año. Lo segundo es también claro: el nihilismo de la sociedad de consumo va haciendo camino dentro de la gente. Cada cual se pregunta cada vez más por su ventaja inmediata y cada vez menos por lo que puede contribuir a proyectos mayores, como la Paz y la Democracia en un continente secularmente en guerra, la Libertad política y económica expresada en derechos comunes para todos, la Solidaridad que cultiva cierta Igualdad de oportunidades para los muy diferentes por su situación en la vida y sus proyectos existenciales…

  2. Hay una percepción creciente de la Unión Europea como un sistema burocrático alejado del gobierno democrático de sus poblaciones. La crisis ha enfatizado esto: ante ella, y aunque a veces no sea verdad más que a primera vista, la Unión es sentida como quien impone medidas injustas que recortan gastos sociales y mandan a la gente al desempleo, para salvar a los bancos y sus banqueros. El primer problema pueden ser las medidas, pero el problema más de fondo es que parece decidirlas una tecnocracia sin control democrático posible. Si las mismas medidas fueran el resultado de un proceso democrático, serían nuestras medidas frente a la crisis. Pero no es así.

  3. Los gobiernos nacionales aprovechan el punto anterior para colgarle a la Unión Europea tanto como pueden de las decisiones impopulares que toman. Imaginemos que tales o cuales medidas sean necesarias y más o menos inescapables. ¿No correspondería al político explicar la situación con sus alternativas, y pedir los sacrificios precisos para despejar el futuro juntos? ¿No consiste su trabajo precisamente en fomentar el progreso moral de su sociedad, llamando a la gente a asumir responsabilidad colectiva en las situaciones difíciles? Pues no: una forma fácil de salir del problema sin hacer el trabajo político, consiste en decir “ya me gustaría, pero Bruselas me obliga a lo contrario”. Cero progreso moral de la población, y cabreo de la misma hábilmente redirigido a la Unión Europea, lo más lejos posible del político correspondiente.

Se trata en su conjunto de una concepción viciada de la política. Necesitamos una Unión Europea grande y firmemente asentada en valores, cuando convenga económica o electoralmente, y también cuando no. Necesitamos una población que entienda la Unión como un proyecto moral colectivo y no solo como una fuente de ventajas individuales. Necesitamos mecanismos democráticos reales que vinculen a las poblaciones con las decisiones, no con base en los intereses de las nacioncitas sino en propuestas de alcance continental: ¿Para cuándo un Parlamento Europeo donde yo pueda elegir entre media docena de listas europeas, no españolas?. Y necesitamos políticos que no basen por principio sus campañas en el halago de su público y en la idea de que es otro el que debe cambiar, el que debe sacrificarse; sino que hablen desde concepciones del bien común (distintas según las diversas ideologías), sin esconder los costes para sus votantes de construir un futuro juntos.

Varias veces hemos dicho aquí que esto es posible. No de un solo salto, claro está, sino como se camina: un pie delante primero, luego el otro. Mejor calidad política de los dirigentes, mejor calidad moral de sus poblaciones, mejor calidad democrática de la Unión.

Muchas personas están comprometidas, desde la política y los medios, desde las ONG y desde las Iglesias, en que el siguiente paso ocurra. Cada uno de nosotros puede convertirse en una de esas personas, si no lo es ya. Vale la pena, tanto por el objetivo como por el proceso personal de trabajar por ese objetivo.

La calidad moral no tiene sustituto, ni en las personas ni en las organizaciones.

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