SERVICIO CATÓLICO
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Una palabra seguramente innecesaria ha hecho fortuna, la postverdad, una manifestación más del uso del lenguaje para condicionar la realidad, y acuñada, pensando sobre todo en construir un marco de referencia negativo para encerrar a Trump, aunque su uso se haya generalizado. En realidad, se trata de hablar de lo de siempre, de mentiras, medias verdades, engaños, puntos de vista distintos; la postverdad puede significar todo esto. Es una especie de cajón de sastre de connotación negativa.

Ahora, en plena Semana Santa, cuando la meditación de los textos evangélicos sobre apresamiento, juicio, muerte y resurrección de Jesús, son una necesidad para orientar la vida, vale la pena detenernos en el diálogo entre el gobernante romano, Pilatos, el detentador del poder politico y militar, y Jesús, cuando este le señala que “Todos los que son de la verdad escuchan mi voz” a lo que Pilatos inquiere, en una actitud propia de quien va de sobrado, de quien el poder le ha hecho ver que la verdad humana es domeñable, “ Y qué es la verdad” (Juan 18,37-38).

Señalemos dos puntos clave: Jesús no dice “quienes me siguen”, sino “quienes escuchan mi voz”.  Lo que nos pide es ser escuchado, atendido. Lo que le dice al mundo es que, si queréis la verdad, ¡escuchadme! Lo que viene después dependerá del don de la fe, pero su palabra es necesaria para conocer la verdad. Y esto conlleva un correlato que no cumplimos en la medida suficiente: llevar su mensaje a todos, absolutamente a todos, con buen estilo, con inteligencia, pero llevarlo. Y eso no lo hacemos. La gran conversión de nuestra Iglesia local pasa por hacer realidad esta obligación.

La respuesta de Pilatos entraña otra clave, porque no dice, “Y cual es esta verdad” la que Jesús le propone, sino que cuestiona la propia naturaleza de la verdad. Es un precursor, si se quiere así, de la postverdad. Pero, precisamente, esta es la realidad de la cultura dominante: la verdad no existe, solo hay acuerdos sobre lo que conviene. Esta es la afirmación dogmática liberal, acentuada después de Rawls, y compartida a derecha e izquierda. En este sentido, el liberalismo cultural y moral es hoy hegemónico.

Desde una perspectiva cristiana el mundo vive instalado en la postverdad, y no solo Trump, sino todos en la medida que se niegan a escuchar a Jesús.

¿Y cual es verdad esencial del cristianismo?

La de que Dios te ama como nadie lo ha hecho ni lo ara, que quiere tu bien, y de aquí, que Jesús nos presenta al Inefable como Padre, para establecer una dimensión comprensible para el ser humano. Por su amor estamos llamados a la vida eterna. Este es el punto axial de la fe cristiana. Cristo ha resucitado y es el primero al que seguiremos todos los demás. Esa es la verdad. Y esta resurrección y vida eterna en la felicidad en Dios se fundamenta en la unión en Cristo, en el seguimiento de su camino. Los que creen y viven en él resucitaran en él, nos dice el apóstol Pablo. La muerte ya no es nuestra señora, sino solo un cambio de estado para alcanzar la perfección fuera de los límites que imponen las dimensiones del espacio y el tiempo, las leyes de la materia.

Esa es la verdad y ese es el anuncio, el principal, el necesario, todo lo demás que hagamos o digamos es inútil si no conduce a aquí, entre otras buenas razones porque la vida, buena o mala, siempre se acaba, y en ocasiones muy pronto.

 

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