Vida Inmortal y Libre
 
 

¿Has comprobado alguna vez lo que puedes ver de tu propio cuerpo sin ayuda de un espejo? Yo he observado que sólo puedo verme por delante y por los lados, desde los hombros hacia abajo; si me retuerzo un poco, puedo ver también la parte de atrás de los pies y las pantorrillas; los labios también puedo verlos, adelantándolos un poco, y parte de la nariz, cerrando un ojo. Lo que no puedo ver en absoluto es mi cabeza, mi cara y mi espalda.

La causa de todo esto es que mi cuerpo se compone de elementos materiales, que está hecho de partes distintas unas de otras. No puedo dar un paso adelante y luego dar media vuelta parra contemplarme a mí mismo. La parte de mi cuerpo que observa o mira estará siempre separada de la contemplada. Dicho de otra manera: nada material puede replegarse sobre sí mismo; no se puede plegar una cuartilla de tal forma que la parte plegada cubra toda la cuartilla.

Todo esto es tan obvio que parece estúpido. Sin embargo, nos dice claramente que nuestra alma no es una sustancia material, porque el alma es capaz de hacer lo que no puede hacer el cuerpo. Puede, en efecto, reflexionar, como dicen los filósofos. Yo soy capaz de conocer algo, dar un paso adelante y examinar lo conocido. Yo puedo pensar y, al realizar ese acto, mi mente puede analizar el proceso de raciocinio. Puedo escoger el hacer esto en lugar de aquello, y, al mismo tiempo que escojo, puedo examinar los motivos. Puedo amar y, simultáneamente, sopesar y valorar mi amor mientras amo.

Esta capacidad de auto-conciencia que tenemos -la posibilidad de conocer y, al mismo tiempo, de conocer que conocemos- prueba que el alma no es una sustancia material, porque sería absolutamente incapaz de volverse sobre sí misma -de reflexionar- si estuviera hecha de partes, como toda sustancia material.

Ahora bien, si no es una sustancia material, ¿qué es?... Pues no puede ser otra cosa que una sustancia de otra clase, que los filósofos llaman simple, es decir, carente de partes, de tamaño, de cantidad. Una sustancia, en suma, espiritual. Dios es una sustancia de esa clase. Por eso es Espíritu, un Espíritu perfecto e infinito. Los ángeles también son sustancias espirituales, espíritus puros, aunque no perfectos ni infinitos. Finalmente, el alma humana -nuestro principio de vida, amor y pensamiento- también es una sustancia espiritual, un espíritu.

Otra prueba de que el alma humana es espiritual la tenemos en el hecho de que sea capaz de tener pensamientos abstractos. Hay un principio filosófico que dice que ningún efecto puede ser mayor que su causa. Las aguas de un río no pueden correr cuesta arriba, ni un mosquito parir un elefante. Aplicando esto al caso del alma, tenemos que si la mente humana es capaz de producir ideas inmateriales es porque el alma es inmaterial; es decir, un espíritu.

Si el alma humana fuese una sustancia material, sólo podríamos tener pensamientos materiales; es decir, solo tendríamos un conocimiento sensitivo. Sabríamos que tal objeto es blanco y tal otro negro, pero no tendríamos idea de lablancura y de la negrura en abstracto, ni podríamos especular sobre los efectos de los colores sobre las emociones humanas, como hacen los psicólogos. También podríamos saber que tal persona nos atrae y tal otra nos repele, pero de ello nunca podríamos deducir conceptos generales de bondad y maldad ni teorizar sobre el amor y el odio.

Si todo esto resulta posible es porque el alma puede elevarse por encima del conocimiento sensible y tener pensamientos inmateriales, espirituales, ya que el alma es ella misma un espíritu y puede causar un efecto proporcionado.

Ahora bien, siendo como es un espíritu, tiene que ser inmortal, ya que, por definición, un espíritu es una sustancia simple, que carece de partes y no ocupa lugar en el espacio (no es que una parte de mi alma esté en mi cabeza, otra en mis manos y otra en mis pies, sino que toda mi alma está en cada parte de mi ser, como todo Dios está en cada parte del Universo).

Siendo el alma una sustancia simple, ajena a las limitaciones de la materia, es evidente que no hay nada en ella que pueda descomponerse, destruirse o dejar de ser. La muerte es la separación de las partes componentes de un organismo vivo, pero, en el caso del alma, no hay partes que puedan separarse. Dios nos ha revelado que el alma humana es inmortal, pero incluso prescindiendo de la revelación, se puede llegar a comprenderlo haciendo uso de la razón.

No es del todo correcto oponer el hombre al animal, porque el hombre es también un animal, un animal racional. Ahora bien, para aclarar las cosas, es preferible reservar el uso de la palabra animal para designar los seres vivientes que ocupan el nivel inmediatamente inferior al hombre en la escala de la vida. Sobre esta base, podemos proseguir comparando el alma espiritual que Dios ha dado al hombre con el alma de los animales. Gracias a ella, el hombre posee dos potencias o facultades que no tienen los animales: la inteligencia y la voluntad; es decir, la capacidad de actuar conscientemente, guiado por la razón, y de escoger libremente, gracias a la voluntad. El animal, sin embargo, no actúa conscientemente y libremente, sino guiado por el instinto ciego.

Cuando un joven matrimonio decide construirse una casita, se sienta a discutir cómo será, el dinero que gastarán, las habitaciones que tendrá... Sin embargo, los topos, las golondrinas o las abejas, no se reúnen a discutir cómo construirán su madriguera, su nido o su panal; los hacen siempre igual, siguiendo un modelo de conducta invariable a través de los siglos, que el Creador ha impreso en su naturaleza.

Así como el animal no es capaz de «razonar» o «pensar» en el sentido estricto de la palabra, tampoco puede escoger libremente. Sus acciones se ven motivadas por el principio de buscar el placer y evitar el dolor, a un nivel puramente sensorial. Para un animal, no existen los conceptos de lo bueno y lo malo. El mastín que se arroja a la garganta del intruso, se siente tan «virtuoso» como el perrito pequinés que se limita a traer el periódico a su amo. Uno y otro han sido pacientemente entrenados, mediante un sistema de recompensas y castigos, para hacer una cosa u otra. Hay animales que, convenientemente entrenados, pueden hacer cosas asombrosas, pero es el instinto, no la inteligencia, ni la voluntad, lo que les lleva a hacerlas.

Actualmente, hay personas que, como antiguamente ciertos paganos, niegan que la voluntad humana sea libre. Para escapar a las implicaciones que supone reconocer la existencia de un alma espiritual, aseguran que un acto de la voluntad no es más que una respuesta a las emociones, los instintos o los hábitos; es decir, una reacción a estímulos puramente materiales, en la que no hay libertad; se haga lo que se haga, se trata de un acto necesario, dadas unas determinadas premisas.

Otros, aun admitiendo que el hombre puede elegir, niegan que su elección sealibre. Según ellos, la voluntad se ve forzada a escoger aquello que más le atrae, como una balanza que se inclina hacia el platillo que más pesa. En cuanto el intelecto presenta a la voluntad el mayor bien, ésta lo escoge necesariamente.

Lo curioso es que quienes sostienen estas teorías e incluso las enseñan en sus libros o en sus cátedras no se resignan a que los demás conculquen sus derechos. Si un determinista -que así se llaman quienes piensan de esa manera- se ve despojado de su cartera, no se limita a pensar que el pobre ladrón obró así necesariamente impelido por un estímulo irresistible, sino que llama a la policía y exige su castigo -y, por supuesto, la devolución de la cartera-.

Que la voluntad humana es libre no se puede probar metiéndola en un tubo de ensayo o sometiéndola a otros experimentos científicos; sólo se puede probar que lo es en el laboratorio de nuestra propia alma. Cualquier hombre puede examinarse, comprobar que es capaz de escoger libremente y comprender que es responsable de lo que hace. Hay veces, sí, en que obramos pensando lo que hacemos, somos conscientes de que actuamos libremente, de que hubiésemos podido obrar de otra manera. Verdad es que la voluntad se mueve impulsada por los motivos que le presenta el intelecto y que sólo se mueve si considera que esos motivos son buenos. Sin embargo, es la voluntad libre la que dirige al intelecto en el examen de esos motivos y hace que los acepte o los rechace. Es la voluntad la que le dice al intelecto: «Detente; esas son las consideraciones que me atraen; olvídate de las demás».

Todos somos conscientes -aunque a veces nos avergoncemos de ello- de que solemos interrumpir al intelecto en el curso de sus pensamientos porque no queremos escuchar sus razones, ya que nos apartan del logro de nuestros deseos. Sería muy fácil pensar que pecamos porque «no tenemos más remedio», pero sabemos perfectamente que no es así.


Trese, Leo J., La sabiduría del cristiano, Palabra, Madrid 1983, 37-40.

# 14 VID - El sentido de la vida - Categoría: Vida (The Meaning of life - Life)