Formación para la Paz, la Justicia y la Solidaridad - Servicio Católico

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Formación para la Paz, la Justicia y la Solidaridad

Formación para la Paz, la Justicia y la Solidaridad  
(comunicación en el IV Congreso Católicos y Vida Pública Madrid –2002)

Mª Ángeles Almacellas Bernadó
Escuela de Pensamiento y Creatividad




El mundo de la economía globalizada

En su Carta apostólica Novo millennio ineunte, el Papa Juan Pablo II nos anima a los cristianos a “apostar por la caridad” al comienzo del nuevo milenio, que aparece “cargado de las contradicciones de un crecimiento económico, cultural, tecnológico que ofrece a pocos afortunados grandes posibilidades, dejando no sólo a millones y millones de personas al margen del progreso, sino reducidos a vivir en condiciones de vida muy por debajo del mínimo requerido por la dignidad humana” [1] . Y el pasado 18 de agosto, durante su viaje apostólico a Polonia, en la homilía en el parque de Blonia, insistía una vez más en pedirnos a los cristianos “nueva imaginación en la caridad” cuando asistimos a un proceso de cambio social y cultural de tan incalculables proporciones.

Ciertamente, estamos ante un fenómeno migratorio sin precedentes, a causa de la terrible pobreza de países del tercer mundo. Por otra parte, los países ricos -entre ellos España- registran un tal descenso en la tasa de natalidad que necesitan trabajadores extranjeros para cubrir la demanda de mano de obra. El flujo de emigrantes está provocando no sólo un gran cambio social, sino también una transformación cultural, que nos exige una disposición al encuentro y al diálogo, con profundo respeto hacia otras personas y otras culturas, aunque sin renunciar por ello a la propia identidad [2] .

Pero no basta el análisis sociológico, porque el cristiano debe discernir que lo que ve no es consecuencia inexorable de un destino fatal, sino resultado de la inteligencia del hombre, obra de sus manos y de su corazón. Para un cristiano la realidad social y cultural no es sólo un condicionante con el que hay que contar sino que es la materia misma que hay que evangelizar. Por lo tanto, el análisis de la realidad debe ser “pastoral”.

En el actual orden de cosas, los cristianos estamos llamados con especial urgencia a la obra evangelizadora, a proclamar que en Jesucristo, Hijo de Dios hecho hombre, muerto y resucitado, se ofrece la salvación a todos los hombres, como don de la gracia y de la misericordia de Dios. ¿Cómo responder a esta exigencia formidable de hacer presente a Jesucristo en el mundo de la economía globalizada?

La fe cristiana es una aportación definitiva para el reconocimiento de la realidad en que se mueve el hombre del siglo XXI: el hombre mismo, el mundo, las relaciones interpersonales y de grupos y países, el sentido de la vida, los comportamientos morales en toda circunstancia... La Iglesia debe afrontar el desafío radical de presentar la buena nueva del Reino a una humanidad herida por el ateísmo y la indiferencia religiosa, en la que la fe en el hombre ha desplazado en gran parte a la fe en el Dios creador y salvador del Evangelio de Jesucristo [3] .

La “nueva evangelización”, de la que el mundo moderno tiene urgente necesidad y sobre la cual Juan Pablo II no se cansa de insistir, debe incluir entre sus elementos esenciales el anuncio de la doctrina social de la Iglesia. La Iglesia, “experta en humanidad” [4] , tiene mucho que decir sobre la naturaleza, condiciones, exigencias y finalidades del verdadero desarrollo y sobre los obstáculos que se oponen a él [5] . El verdadero desarrollo consiste en que cada hombre y cada pueblo pase de condiciones de vida menos humanas a condiciones más humanas [6] . No existe verdadera solución para la “cuestión social” fuera del Evangelio. Por ello, al mismo tiempo que el Papa pide a los trabajadores que vivan “la espiritualidad del trabajo, a imitación de San José y de Jesús mismo” [7] , lanza “una fuerte llamada a remediar los desequilibrios económicos y sociales existentes en el mundo del trabajo, y a gestionar con decisión los procesos de globalización económica en función de la solidaridad y del respeto debido a cada persona humana” [8] .

Naturaleza y objetivos de la Doctrina social de la Iglesia

S.S. El Papa, Juan Pablo II, define la Doctrina social de la Iglesia como “la cuidadosa formulación del resultado de una atenta reflexión sobre las complejas realidades de la vida del hombre en la sociedad y en el contexto internacional, a la luz de la fe y de la tradición eclesial. Su objetivo principal es interpretar esas realidades, examinando su conformidad o diferencia con lo que el Evangelio enseña acerca del hombre y su vocación terrena y, a la vez, trascendente, para orientar en consecuencia la conducta cristiana” [9] .

Igual significado tienen las palabras de S.S. Pablo VI cuando afirma que la doble tarea de la Iglesia en el campo social consiste en “iluminar los espíritus para ayudarlos a descubrir la verdad y distinguir el camino que deben seguir en medio de las diversas doctrinas que los solicitan; y consagrarse a la difusión de la virtud del Evangelio, con el deseo real de servir eficazmente a los hombres” [10] .

El fundamento de la DSI hay que buscarlo, por tanto, en la dignidad de la persona humana y en los derechos evangélicos que se transmiten por la Revelación:

“El principio capital, sin duda alguna, de esta doctrina afirma que el hombre es necesariamente fundamento, causa y fin de todas las instituciones sociales; el hombre en cuanto es sociable por naturaleza y ha sido elevado a un orden sobrenatural.

De este trascendental principio, que afirma y defiende la sagrada dignidad de la persona, la santa Iglesia, con la colaboración de sacerdotes y seglares competentes, ha deducido, principalmente en el último siglo, una luminosa doctrina social para ordenar las mutuas relaciones humanas. [...] La doctrina social profesada por la Iglesia católica es algo inseparable de la doctrina que la misma enseña sobre la vida humana” [11] .

“La guía de toda la DSI es la correcta concepción de la persona humana y de su valor único, porque «el hombre [...] en la tierra es la sola criatura que Dios ha querido por sí misma» (GS, 24)” [12] .

Los textos del magisterio citados presentan tres dimensiones de la doctrina social de la Iglesia: ver, juzgar, actuar.

Ver para escrutar la realidad social, la contribución al desarrollo humano, o la explotación del hombre por el hombre.

Juzgar confrontando tal situación con las enseñanzas evangélicas sobre el valor y la dignidad de la vida del hombre y sobre las mutuas relaciones humanas.

Actuar, porque la D.S.I. no debe considerarse ni presentarse como una teoría, sino un fundamento y un impulso para la acción, al servicio de la promoción de cada hombre y de todos los hombres.

Hoy más que nunca, el mensaje social de la Iglesia tendrá credibilidad por el testimonio de las obras, por un real compromiso de los cristianos, antes que por su formulación y lógica interna. De esta conciencia deriva también la opción preferencial por los pobres -nos dice el Papa-, que no vale solamente para la pobreza material, puesto que, especialmente en la sociedad moderna, existen diversas formas de pobreza, no sólo económica, sino también cultural y religiosa. En los países occidentales abunda la pobreza múltiple de los grupos marginados, de los ancianos y enfermos, de las víctimas del consumismo y, más aún, la de tantos prófugos y emigrados [13] .  

Para la Iglesia, el compromiso principal en la hora actual, -en palabras del Cardenal Paul Poupard- “está en la defensa de los débiles, especialmente de los nuevos esclavos que la globalización está produciendo” [14] . Sin olvidar que el panorama de pobreza -como bien nos dice el Papa- “puede extenderse indefinidamente, si a las antiguas añadimos las nuevas pobrezas, que afectan a menudo a ambientes y grupos no carentes de recursos económicos, pero expuestos a la desesperación del sinsentido, a la insidia de la droga, al abandono en la edad avanzada o en la enfermedad, a la marginación o a la discriminación social” [15] . Además sigue vigente la advertencia del Concilio sobre la importancia y la gravedad del fenómeno del ateísmo [16] : “Muchos son los que hoy día se desentienden del todo de esta íntima y vital unión con Dios o la niegan de forma explícita. Es este ateísmo uno de los fenómenos más graves de nuestro tiempo” [17] .

Educación social católica

La enseñanza y difusión de la doctrina social forma parte de la misión evangelizadora de la Iglesia por cuanto supone dar testimonio entre los hombres de una nueva manera de ser y de vivir que se inaugura con el Evangelio de Jesús, al tiempo que se impregna y transforma el orden temporal con la fuerza del Espíritu. El ministerio de evangelización en el campo social es un aspecto de la función profética de la Iglesia y, por tanto, implica también la denuncia de las injusticias. Aunque la denuncia profética debe ir siempre fundamentada y comprendida en el anuncio de la salvación que nos viene por Jesucristo [18] .

Una faceta de primordial importancia de la difusión de la doctrina social de la Iglesia es la formación de una conciencia social a todos los niveles y en todos los sectores [19] , especialmente la educación de los niños y jóvenes, llamados a ser “centinelas de la mañana en la aurora del nuevo milenio” [20] . La instrucción en la doctrina social no puede, pues, limitarse al conocimiento del contenido y de la historia de los documentos del Magisterio, desde la Rerum novarum de León XIII hasta nuestros días, sino que debe suponer una formación humana integral que les oriente a descubrir y vivir los valores evangélicos inherentes a dicha doctrina [21] .

En el momento actual, marcado muy especialmente por una “paganización” fácilmente constatable en nuestro propio entorno, no es fácil educar en valores, sobre todo cuando, en muchos casos, incluso la familia ha dejado de ser el referente adecuado. En nuestra sociedad, hay una tendencia a considerar valioso todo aquello que es deseable. El deseo es un “detector” de lo valioso, invita a ir en busca de algo que se presenta como deseable y que, por tanto, encierra un valor. En este sentido, el deseo ejerce un papel positivo en la vida del hombre, pero es de suma importancia que lo que se desea sea analizado a la luz del valor último y excelso que da sentido a todos los demás. Lo agradable o lo cómodo, lo útil... encierran un valor pero no el más alto. Lo realmente valioso, lo que da la felicidad, no son los objetos que poseemos, sino aquello que ofrece al hombre posibilidades de vida en plenitud, que le orienta de forma que realice su vocación y su misión en la vida, que consiste en lograr el ideal adecuado a su alta dignidad.

Los valores brotan en la relación comprometida del hombre con una realidad, es decir, se revelan por vía de participación. Son relacionales, pero no relativos. Un valor sería relativo al hombre si éste pudiera decidir qué es valioso en sí mismo. Por ejemplo, la generosidad tiene importancia en sí misma, pero sólo se da a conocer cuando alguien se relaciona generosamente con una realidad. Yo puedo acoger el valor de la generosidad o rechazarlo, pero no tengo capacidad de decidir que la generosidad sea o no un valor. Lo es aunque yo no quiera.

Los valores no se enseñan como “conceptos”, sino que se descubren, pero hay que dar claves de comprensión para fundamentarlos, para que el joven se entusiasme con ellos y sepa cómo jerarquizarlos, es decir, ordenarlos con referencia a un valor supremo que es el “ideal”. La subversión de valores, la falta de un criterio válido para establecer la escala de los mismos en la propia vida es origen de mil desarreglos. Por tanto, debemos adoptar un método educativo que propicie que el joven descubra qué es el hombre, en qué consiste su dignidad como ser humano y su sentido trascendente, cómo se orienta hacia su plenitud personal y qué función desempeñan los valores en su desarrollo humano. De esta formación axiológica, sólida y fundamentada se derivará un serio compromiso por la paz, la justicia y la solidaridad.  

Construir la paz

La paz no debe entenderse como mera ausencia de conflictos y violencia, fruto del equilibrio siempre precario de las fuerzas, sino como el clima de acogimiento y confianza en el que es posible fundar encuentros valiosos [22] . Esto exige un profundo respeto hacia los demás. Es lógico que las personas y los grupos tengamos opiniones distintas y mantengamos posturas dispares, pero eso no debe degenerar en disputa sino en discusión fecunda. Estimar a otro y respetarlo supone capacidad de escucha y apertura de espíritu. Cada uno expone su opinión y la defiende tenazmente, intenta convencer, no imponerse, siempre con una actitud de escucha respetuosa y flexibilidad de espíritu ante las posturas de los demás. Si, finalmente, uno convence a otro, no se convierte en vencedor sino que ambos quedan unidos en una verdad compartida. En la discusión más entusiasta debe reinar la paz.

Un hombre pacífico no es un indolente, ingenuo o débil. Es alguien que ajusta su conducta a las exigencias del encuentro [23] , defiende con todo entusiasmo, tenacidad y energía sus ideas y propuestas, pero siempre “con dulzura y respeto” [24] , y conserva la serenidad y el sosiego incluso en circunstancias adversas [25] . Y, sobre todo, es alguien comprometido con la justicia. “Frutos de justicia se siembran en la paz para los que procuran la paz” [26] .

Construir la paz en el mundo exige la realización de la justicia social e internacional, pero, además, implica la práctica de las virtudes que favorecen la convivencia y nos enseñan a vivir unidos, para cimentar entre todos “la civilización del amor” [27] . La paz no es sólo el esfuerzo de un momento para evitar un conflicto, sino que  se construye día a día, en la instauración de un orden querido por Dios, que comporta una justicia más perfecta entre los hombres [28] .

Practicar la justicia

La paz es obra de la justicia [29] , de modo que el compromiso a favor de la paz es inherente al compromiso a favor de la justicia [30] .

Ser justo significa atenerse al recto orden de las cosas, tratar cada realidad según el rango que le corresponde, es decir, según su verdad. La justicia va, pues, unida a la verdad, como dice San Pablo: “Habéis sido enseñados conforme a la verdad de Jesús [...] a revestiros del Hombre Nuevo, creado según Dios, en la justicia y santidad de la verdad” [31] .

Todo ser humano presenta una condición personal, debe ser tratado como una persona no como un objeto, un medio para ciertos fines. Tratar a una persona con justicia significa ajustarse a su ser y otorgarle el respeto debido. Un hombre es justo cuando colabora activamente a que cada persona esté en condiciones de lograr la estatura espiritual que le compete.

El hombre justo no sólo practica la justicia en las circunstancias concretas de su entorno más inmediato sino que se compromete en la promoción de la justicia, en erradicar la injusticia del mundo, en conseguir que todo hombre vea reconocido y respetado su derecho a vivir y desarrollarse con el rango y la dignidad que le corresponde como ser humano. Practicar la justicia implica ser solidario [32] .

Compartir solidariamente

Ser solidario significa vincularse “sólidamente” a los demás [33] . La solidaridad surge cuando la persona se compromete con algo valioso, responde a la llamada de un valor, es decir, se hace responsable. Esta llamada de los valores constituye la voz de la conciencia [34] .

La solidaridad lleva a los más poderosos y pudientes a sentirse responsables de los más débiles y a compartir con ellos lo que poseen. Estos, por su parte, no deben adoptar una actitud meramente pasiva o incluso destructiva del tejido social, sino que, sin dejar de reivindicar sus legítimos derechos, han de realizar lo que les corresponde para el bien común [35] .

La persona solidaria no considera al “otro” -persona, pueblo o nación- como un medio para los propios fines egoístas, como un instrumento cualquiera para explotar en beneficio propio, sino como un ser humano con toda su dignidad, un “colaborador” con el que compartir el banquete de la vida al que todos los hombres son igualmente invitados por Dios [36] . Practica la generosidad, es desprendida y participativa. Da y se ofrece a sí misma en los ámbitos más inmediatos en los que interviene, pero también está en disposición de responder solidariamente a realidades valiosas alejadas de ella si éstas han sufrido menoscabo.

Vive en su familia, en su trabajo, en su entorno, con actitud generosa, desinteresada y colaboradora. Crea con los demás lazos muy fuertes de unión. Puede llegar un momento en que tropiece con una realidad penosa, tal vez físicamente lejana a ella mismo, como ciertas carencias elementales en algunos países. La realidad valiosa de la dignidad humana sufre allí grave quebranto. Su sentimiento de solidaridad inspirará espontáneamente un deseo de comprometerse activamente en la medida de sus posibilidades. No “dará” sino que “compartirá”, incluso a costa de renuncias y sacrificios. En estas circunstancias, las campañas de solidaridad con los necesitados tienen un sentido humano y cristiano muy profundo [37] .

El “ideal” de la unidad y la solidaridad

Desde hace siglos, el mundo occidental está dedicando sus mayores esfuerzos a incrementar los logros técnicos y científicos para aumentar, de este modo, el grado de bienestar de los seres humanos [38] . Pero la historia ha demostrado que los resultados son en beneficio de unos pocos y en detrimento de la mayoría. El ideal de la soledad egoísta ­aunque al principio parece que evita esfuerzos y reporta ventajas inmediatas- acaba asfixiando al hombre. Por el contrario, el ideal de la unidad y la solidaridad ­­que implica el encuentro generoso con las realidades de la Creación­ eleva al hombre a su cota más alta de perfección. El encuentro es perfecto cuando el hombre tiene libertad interior para no buscar su interés particular sino la creación de vínculos:

“La Sagrada Escritura, con la que está de acuerdo la experiencia de los siglos, enseña a la familia humana que el progreso, altamente beneficioso para el hombre, también encierra, sin embargo, gran tentación, pues los individuos y las colectividades, subvertida la jerarquía de los valores y mezclado el bien con el mal, no miran más que a lo suyo, olvidando lo ajeno. Lo que hace que el mundo no sea ya ámbito de una auténtica fraternidad, mientras el poder acrecido de la humanidad está amenazando con destruir el propio género humano. [...] Sólo a costa de grandes esfuerzos, con la ayuda de la gracia de Dios, (el hombre) es capaz de establecer la unidad en sí mismo. [...] Dándole gracias por (las cosas creadas) al Bienhechor y usando y gozando de las criaturas en pobreza y con libertad de espíritu, entra de veras en posesión del mundo como quien nada tiene y es dueño de todo” [39] .

El ideal no es un valor más entre los valores, es el valor supremo que los aviva y sostiene a todos. Esta fuerza de atracción procede de la excelencia que expresa y encarna el valor de la unidad. Dicho valor es primordial para el desarrollo humano, porque la vida personal llena de sentido consiste en crear las formas más altas de unidad, es decir, formas verdaderas de encuentro. En el encuentro cada uno sigue siendo quien es, no pierde nada de su naturaleza y su personalidad, pero colabora en el enriquecimiento común del que también él participa y en el que se enriquece, como dice San Pablo:

“Pues así como vuestro cuerpo, en su unidad, posee muchos miembros, y no desempeñan todos los miembros la misma función, así también nosotros, siendo muchos, no formamos más que un solo cuerpo en Cristo, siendo cada uno por su parte los unos miembros de los otros” [40] . “A cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para provecho común” [41] .

Al abrirnos a los demás generosamente, nos orientamos hacia el ideal auténtico, el que da sentido a nuestra vida. La enseñanza más insistente de Jesucristo fue la del mandamiento del amor mutuo, que es el resumen de todos los demás preceptos y el distintivo de sus discípulos. La víspera de su Pasión, en la oración al Padre, le ruega por la unidad de todos en el amor:

“Padre santo, cuida en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno como nosotros. [...] Para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno como nosotros somos uno: yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectamente uno, y el mundo conozca que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí” [42] .

El ideal del aislamiento egoísta bloquea al hombre y lo destruye. Por el contrario, el ideal de la entrega oblativa lo eleva a su cota más alta de perfección.

Educar a niños y jóvenes en la doctrina social de la Iglesia

Al joven de hoy debe hablársele con un “nuevo lenguaje” y con “nuevos métodos” para que sea capaz de entender lo que se le dice sin traducirlo de inmediato a los parámetros materialistas y hedonistas a los que está acostumbrado y en los que vive inmerso. Hay que “fundamentar” muy aquilatadamente cada etapa de su proceso de formación humana para conseguir los siguientes objetivos [43] :

-                      Suscitar en él la sensibilidad para los grandes valores

-                      Dotarlo de un poder de discernimiento que le permita orientarse debidamente en el clima social de nuestro mundo.

-                      Lograr un cambio de mentalidad que lleve a sustituir el ideal del egoísmo y el dominio por el ideal de la generosidad y la solidaridad

Estos tres objetivos implican un giro espiritual, el esfuerzo por aprender a pensar con rigor y vivir de forma creativa. Este cambio de mentalidad y apertura a los valores exige todo un proceso espiritual, que constituye una base óptima para el compromiso social que nos pide el Papa en los inicios del siglo XXI.
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Siglas

AG       Ad gentes divinitus, Decreto conciliar sobre la actividad misionera de la Iglesia.

CA       Centesimus annus, Encíclica de Juan Pablo II.

Ef        Epístola a los efesios.

EN       Evangelii nuntiandi, Exhortación apostólica de Pablo VI.

GS       Gaudium et spes, Constitución conciliar sobre la Iglesia en el mundo de hoy.

Hch      Hechos de los apóstoles.

Is         Isaías.

LE       Laborem exercens, Encíclica de Juan Pablo II.

MM     Mater et magistra, Encíclica de Juan XXIII.

NMI     Novo millennio ineunte, Carta Apostólica de Juan Pablo II.

OA      Octogésima adveniens, Carta Apostólica de Pablo VI.

1Pe      Primera Carta de San Pedro

PP       Populorum progressio, Encíclica de Pablo VI.

PT       Pacem in terris, Encíclica de Juan XXIII

SRS     Sollicitudo rei socialis, Encíclica de Juan Pablo II.

St         Epístola de Santiago

TDV    Testigos del Dios vivo, Reflexión de la Conferencia episcopal española



[1]  NMI, 50.


[2]  Cf. Juan Pablo II, Diálogo entre las culturas para una civilización del amor y de la paz. Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2001, nn. 14-15: “Respeto de las culturas y «fisonomía cultural» del territorio”.

NMI, 56.


[3]  TDV, pág. 21 (Citamos por la edición de PPC, nº 104 de la colección “Documentos y estudios”, Madrid, 1985); “La ruptura entre el Evangelio y la cultura es, sin duda alguna, el drama de nuestro tiempo” (EN,20).


[4]  PP, 13.


[5]  SRS, 41.


[6]  PP, 20.


[7]  NMI, 10.


[8]  Ibidem.


[9]  SRS,41


[10]  OA, 48


[11]  MM,  219,220,222


[12]  CA, 11


[13]  CA, 57


[14]  P. Poupard, La Iglesia ante los desafíos culturales de la modernidad, Conferencia pronunciada en la Fundación Universitaria Española, el 28 de mayo de 2001, Publicaciones de la F.U.E., Madrid, 2001, pág. 32.


[15]  NMI, 50.


[16] “A medida que pasan los años, aquellos textos (conciliares) no pierden su valor ni su esplendor. [...] Con el Concilio se nos ha ofrecido una brújula segura para orientarnos en le camino del siglo que comienza” (NMI, 57).


[17]  GS, 19.


[18]  SRS, 41


[19]  Juan Pablo II, Discurso a la III Asamblea del CELAM, 88.


[20]  NMI, 9.


[21]  MM, 226-230.


[22]  “Dios ha enviado su Palabra a los hijos de Israel, anunciándoles la Buena Nueva de la paz por medio de Jesucristo que es el Señor de todos” (Hch 10,36). Véase GS 78.83.


[23]  Alfonso López Quintás, Inteligencia creativa. El descubrimiento personal de los valores, BAC, Madrid, 1999


[24]  1Pe 3,16.


[25]  “Os he dicho estas cosas para que tengáis paz en mí. En el mundo tendréis tribulación. Pero ¡ánimo!: yo he vencido al mundo” (Jn 16,33).


[26]  St 3,18.


[27]  SRS, 39


[28]  PP, 76


[29]  Is 32,7


[30]  LE, 1.


[31]  Ef 4, 21­24.


[32]  GS, 27-29.


[33]  GS, 30.


[34]  GS, 16.


[35]  SRS,39


[36]  SRS, 39


[37]  SRS, 39-40.


[38]  GS, 15.


[39]  GS, 37.


[40]  Rm 12,4.


[41]  1 Co 12,7. Véase también 1 Co 10,17; 12,12-26 y Ga 3,28.


[42]  Jn 17,11.21-23. Véase también Jn 10,30.


[43]  Cf. Alfonso López Quintás, Inteligencia creativa. El descubrimiento personal de los valores, BAC, Madrid, 1999; Cómo lograr una formación integral. El modo óptimo de realizar la función tutorial, San Pablo, Madrid, 1996; Manual de formación ética del voluntario, Rialp, Madrid, 1998.

M. Ángeles Almacellas y Teresa Piscitello, Educar la Inteligencia. Descubrimiento de los valores a través de la literatura y el cine, Editorial Galeón, Córdoba, Argentina, 2000.


 
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