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por Pablo Noriega de Loma

"Iglesia " es otro ensayo de Pablo Noriega de Loma, extenso pero que no pretende ser exhaustivo, sino solamente tocar algunos aspectos del tema, que es muy amplio. Ha estudiado la Iglesia exclusivamente desde la razón, desde la filosofía. Por ello, no toca muchos aspectos de la fe de la Iglesia. En el ensayo se defiende que la Iglesia, instituida por Jesucristo, es racional, frente a las posiciones que la consideran de otra manera



INTRODUCCIÓN

Presentamos otro ensayo, esta vez sobre la Iglesia, que no pretende ser exhaustivo, sino solamente tocar algunos aspectos del tema, que es muy amplio. En él no hemos mirado la divina institución desde la fe, sino que la hemos estudiado exclusivamente desde la razón, desde la filosofía. Por ello, no hemos tocado muchos aspectos de la fe de la Iglesia. En el ensayo hemos defendido que la Iglesia, instituida por Jesucristo, es racional, frente a las posiciones que la consideran de otra manera. Ello lo hemos ido analizando en seis capítulos.
En el capítulo primero hemos tratado de defender la Iglesia como lo que es: una institución también racional. En el segundo hemos puesto en relación la Iglesia con la problemática humana. En el tercero hemos tratado temas de Moral. En el cuarto, de Política. En el quinto hemos trabajado sobre algunos aspectos de la relación entre la Iglresia y la Historia. Por último, en el sexto hemos tocado aspectos de la actualidad.

CAPITULO I: IGLESIA Y RAZÓN

I-La constitución racional de la Iglesia

a-El Absoluto

Pueden ofrecerse diferentes pruebas para demostrar la existencia, la realidad del Absoluto o Dios. De hecho, la Filosofía así lo ha hecho a lo largo de su ya dilatada historia; y han destacado pensadores que han elaborado o sistematizado dichas pruebas como, por ejemplo, san Anselmo de Canterbury o santo Tomás de Aquino. Aquí, nos interesa arrancar de la existencia del Absoluto como punto de partida y para ello argumentaremos.

Así, nos consta que podemos ponernos en posiciones absolutas. Por ejemplo, cuando afirmamos que la verdad es la adecuación de lo pensado a la cosa; o cuando aseveramos que el principio de contradicción es transcendental, esto es, absolutamente verdadero. En efecto, un examen atento de estos hechos nos hace constar que ello es así absolutamente. Pero a nosotros también nos consta que somos seres limitados y finitos, por lo que en nuestra naturaleza no está el tener posiciones absolutas. Esto significa que si nos ponemos en posiciones absolutas ello ha de venir de algo que tenga proporción con ellas. Es decir que este posicionamiento absoluto debe provenir de algo también absoluto. Ahora bien algo absoluto lo es en todo momento, en todo lugar y en toda condición porque algo que es absoluto en una posición de la realidad lo debe ser en todas. Así es pues de otra manera no lo sería o no podría serlo. Luego el Absoluto o Dios, existe; y existe como absoluto de todo orden, lo que significa que tiene en sí todas las perfecciones. Como se ve, los argumentos del representante del racionalismo, Descarte, aún mantienen su potencia.
Ello implica que el Absoluto es omnipotente y bueno, puesto que tiene todas las perfecciones. Ahora bien, como lo relativo como mundo puede ser o no ser es evidente que hubo un momento en que no fue (prueba de la contingencia). Pero como lo absoluto es omnipotente es deducible que también es creador.

Por último, en lo que respecta a la bondad es también necesario reconocer que el Absoluto es totalmente bueno y que siendo la excelencia de la bondad la gratuidad en el dar el Absoluto se manifiesta en este campo de la moral como Amor.

b- El Reino

Por qué no está solo lo perfecto o el Absoluto, por qué no hay sólo Dios es un misterio para la razón, pero la misma racionalización de lo real nos impulsa a pensar que el estado de cosas en que todo estaría en Dios será el resultado del desarrollo de la historia humana, porque es natural que las cosas se perfeccionen. Esto es lo que la teología y la filosofía han entendido como Reino de Dios. En él los seres humanos y la entera creación están llamados a formar un reino de felicidad con la constitución de los Nuevos Cielos y la Nueva Tierra. Ello implica que seremos salvos y alcanzaremos la felicidad para la que somos llamados en el disfrute del Sumo Bien que es Dios.

Es de notar que hay una doble creencia: En Dios y en el Reino, pero que la segunda depende de la primera, puesto que la existencia del Absoluto exige que el final de la historia también acaba con el mismo Absoluto, pero esta vez habiendo asumido el dato positivo de la existencia de seres naturales, que se impone.

c-la Iglesia

Pero la creencia en el Dios del Amor y la creencia que aspira al Reino de Dios no dejan indiferentes a los que las tienen, sino que tiene unas consecuencias importantísimas. Nos referimos al hecho de la formación de la Iglesia. Así es natural que si los hombres creen en la existencia de Dios y en el futuro del Reino intenten vivir de una manera en la que puedan sentir a Dios y su Reino lo más cercanamente posible. En concreto, la misma vivencia del amor de Dios en el corazón.

Pero, la misma vivencia del amor de Dios en el corazón es difusiva, porque el Amor de Dios nos hace felices y más buenos, y ello nos hace amar al prójimo; y, por tanto, querer transmitirle este amor que nos viene de lo alto. Como ello se hace mejor desde la organización, es natural que los creyentes en el Dios Amor se constituyan como Iglesia. Además, el mismo amor nos hace querer compartirlo con el prójimo también por la razón de que no vivimos solos, de que somos seres sociales.

Pero también se necesita la recreación de la presencia del Absoluto y del camino hacia el Reino y ello hace la necesidad de una Iglesia, pues ésta se forma como símbolo que se plasma como liturgia.

De este modo, también aparece la Iglesia porque nos hace capaces de amplificar la creencia y el amor del Absoluto de tal modo que recrea la subjetividad de amor. Igualmente son las necesidades expresivas del ser humano las que hacer que el Amor de Dios se muestre en su exteriorización en los demás y en las cosas.

Por otra parte, las personas buscan su felicidad y en la medida en que la Iglesia se construye como imagen de Dios y del Reino, nos hace vivir la mayor proximidad posible a Dios y Su Reino. Por ello, puede decirse que la Iglesia aporta la mayor felicidad de que somos capaces en nuestro peregrinaje en el mundo.

Por último se debe decir que los hombres que conocen a Dios y su mensaje de salvación buscan la unión para vivir el mensaje de la fe, siendo además apostólicos puesto que el Amor hace que se busque su difusión y compartición.

II- LA RACIONALIDAD DE LA IGLESIA

Desde puntos de vista muy concretos se tilda a la Iglesia de ser una institución irracional que defiendo posiciones ya superadas y muchas veces se la califica de oscurantista y de ser refugio de supersticiones. Así por ejemplo, desde el materialismo se entiende la religión como una realidad arracional y ya superada en tanto que, por ejemplo, es producto del sentimiento; o irracional en tanto que la idea de Dios es una ilusión, que confirma la religación como aparente. De este modo, estas afirmaciones son el correlato de entender que lo real es únicamente materia (todo es materia y nada se escapa de serlo).

Pero en tanto que Dios es una presencia a la que es posible acceder por la razón por múltiples y variadas vías puede también afirmarse que la religión es una realidad racional. Efectivamente, en la medida en que el núcleo fundamental de la mayoría de las religiones universales lo constituye la fe en Dios también confirma el hecho de que la realidad empírica de las religiones es esencialmente racional, aunque no se agote en esta misma racionalidad. Como consecuencia, puede decirse que la Iglesia es una institución que está apoyada en la razón y no solamente en cuanto que mantiene la religación sino también en cuanto que representa la unión de los creyentes en una comunión que busca el Reino de Dios y defiende un futuro personal absoluto.

Por todo ello cabe la preguntarse por las relaciones entre Iglesia y Filosofía. Con respecto a ello, es sabido que existen posiciones diferentes en lo que se refiere a dichas relaciones que defienden distintas alternativas en el temas dela primacía de una o de otra. Pero desde el concepto que reconoce la posibilidad de un acceso racional a Dios, al conocimiento de su realidad y de su esencia hay que apelar fundamentalmente a la religión histórica del pueblo de Israel y al fundador del cristianismo, Jesús de Nazaret. Por ello cabe hablar de Revelación, pues aquí el don de Dios se anticipa a la razón. En efecto, la razón sigue siglos después a la Revelación en cuanto que la filosofía anterior, que nace en Grecia, intenta el acceso a Dios, que desde los comienzos es difícil. Es por eso por lo que puede decirse que el desenvolvimiento racional de la fe no está acabado sino que se sigue enriqueciendo con diversas aportaciones filosóficas de los pensadores creyentes. Así se puede afirmar que la riqueza de la fe continúa aportando sus fuentes de inspiración a la razón y a la filosofía, promoviendo nuevos desarrollos.

Pero también la Iglesia es manantial de verdad frente al relativismo. Así, desde varias posiciones filosóficas y políticas se ha sustentado en la Edad Contemporánea un relativismo que ha puesto en suspensión la misma naturaleza y existencia de la verdad, continuando la tradición que inicia en la Antigüedad la sofística. Esta crítica relativista tiene a veces un fuerte tinte antieclesiástico en cuanto que tacha a la Iglesia de dogmática e incluso de antirracional. No obstante, en este momento de desenvolvimiento de la Política, puede afirmarse que la razón de la contradicción corresponde a la Iglesia, que ha defendido una posición epistemológicamente coherente afirmando que la verdad existe y que es cognoscible. Esta propuesta es, por su parte, condición de la misma posibilidad de conocimiento y ha sido la base de la filosofía perenne, que ha resistido todo tipo de crítica relativista, materialista o de otro tipo.

Por nuestra parte no negamos que existen en la Iglesia aspectos que desde el punto de vista de la razón y lo racional puedan ser revisados y superados como la superstición o ciertas presentaciones mitológicas de las cosas. Pero, por el contrario, consideramos que hay que distinguir entre lo que es nuclear o esencial y el nivel de lo accesorio, derivado o secundario. Por ello, manifestamos la opinión de que en este segundo nivel, aunque se acepten las críticas pertinentes al pensar y al obrar de la Iglesia, ésta se encuentra en lo correcto: la Iglesia es racional y, por ello, su discurso está en lo central lleno de racionalidad.

Así es porque la creencia o la fe en Dios, la apuesta por el Reino de Dios, la defensa de la inmortalidad personal y de la posibilidad de salvación personal en un futuro absoluto como aspectos esenciales de la doctrina de la Iglesia son plenamente racionales en la medida en que también por medio de la filosofía se puede acceder a ellas. Por ello, no son solamente verdades de fe. Por nuestra parte, hemos intentado en diversos ensayos contribuir a mostrar la racionalidad de estas verdades y a ello nos remitimos. Igualmente, la filosofía clásica abunda en pensamiento y argumentación que muestra la esencia racional de las verdades nucleares que mantienen en pie a la Iglesia.

Por estas razones podemos plantear como conclusión que la Iglesia es esencialmente una fuerza que está llena de razón y que las posiciones ateas y agnósticas con mucha frecuencia destacan aspectos inesenciales de ella o bien no tienen razón en general, pues yerran en la medida en que su discurso filosófico y religioso más profundo se equivoca. De ello se concluye que la Iglesia es una fuerza racional y de progreso en lo esencial, mientras que el ateísmo y el agnosticismo son fuerzas, aunque poderosas, sin razón en lo esencial, contrariamente a los tópicos dominantes. Por ello, la una va a favor y las otras van en contra del desarrollo natural y de progreso de la historia.

III- Experiencia religiosa e Iglesia

La experiencia religiosa de la Humanidad se concentra en unas pocas corrientes de las que la cristiana es la mayoritaria, la rama más importante. Así, la Iglesia es un tesoro que desde su fundación ha ido creciendo, profundizando, acendrando y cultivando esta experiencia, mediante sus instituciones que se han ido perfeccionando y creciendo. De este modo, el acervo religioso general de la Humanidad ha ido fructificando y mejorando.

Pero esta experiencia religiosa que se encarna en la Iglesia ha sido cuestionada en sus raíces en Europa desde el siglo XVI en adelante. Este cuestionamiento ha progresado de tal manera que en nuestros días se está empezando a ver el peligro de que la religión desaparezca de nuestro continente. Esto desde luego es un fenómeno fundamentalmente circunscrito a Europa. De este modo en el viejo continente se niega una de las características que ha hecho al hombre tal, cual es el fenómeno religioso.

Como consecuencia, sería catastrófico que el agnosticismo o el ateísmo se hicieran plenamente con Europa, pues ello representaría la necesidad de un nuevo comienzo tras la erradicación de la religión de la mente y el corazón. Además sus consecuencias serían gravísimas porque nos dejarían desesperanzados y tristes; por tanto, con la patología que la tristeza y la desesperanza acarrean.

Pero el Dios del Amor anunciado por Jesucristo y el amor que derrama en nuestros corazones son fundantes. Ello significa que tanto en el género humano como en la persona se da un novum al conocer el amor que Dios da a nuestras personas.

En efecto, cuando conocemos y sentimos el amor de Dios se transforma nuestro espíritu de tal manera que definitivamente nos hacemos capaces de amar al prójimo, del perdón; en definitiva, de llevar una vida de servicio. Por ello, se puede afirmar que el amor de Dios siempre significa un nuevo comienzo, pues sentirlo significa una transformación interior, de tal manera que el ser humano se hace más capaz de amor, se hace mejor.
Lógicamente este amor de que el hombre es capaz conlleva el amor a la Iglesia pues también por medio de ella, por medio de su vida y de sus instituciones nos llega el amor divino del modo más claro y brillante, en las múltiples manifestaciones de su rica vida. Así, por ejemplo, mediante la liturgia de la Iglesia se hace presente el Amor de Dios mediante el gesto y la palabra; y ello de tal modo que hay personas que en la vida consagrada prefieren vivir en ese amor a través de la Iglesia a toda otra forma de vida. Es natural porque la alegría que da sentir la llamada del Absoluto impulsa a vivir en Él y por Él.

Por su parte este vivir por Dios ha cristalizado en la Iglesia en diferentes instituciones, que son la expresión de su vida tan rica. En efecto, la Iglesia tiene una frondosa liturgia; tiene órdenes monásticas. Está regulada por el Derecho canónico. En ella se dan ceremonias y ritos muy diversos. Ella impulsa la Teología. Posee un arte propio. Es fuente de espiritualidad y es el lugar donde brilla la luz de la presencia divina, necesaria para el ser humano si quiere estar en plenitud. En fin, es una institución de vida abundante y poderosa.

Pero todas sus instituciones y su vida tienen en común que poseen a Dios por centro e inspiración por lo que puede decirse que ella misma es símbolo del Absoluto; y ello en tanto que toda su labor y su hacer están inspirados por el Dios del Amor.

Sin embargo, en nuestros tiempos avanzan, especialmente en Europa, el agnosticismo y el ateísmo. Por ello parece ser de la mayor importancia que los creyentes apoyen con todas sus fuerzas a la divina institución., como fuente de espiritualidad, como lugar donde tiene lugar la efusión de Dios y se puede percibir la luz de la presencia divina. En efecto, sería muy de lamentar que esta fuente de espiritualidad que es la Iglesia perdiera su fuerza pues ello perjudicaría de formas muy variada al hombre en tanto que éste muestra sus mejores posibilidades en la unión con Dios, la cual tanto necesita de la presencia y la figura que ofrece de manera eminente la misma Iglesia.

En este orden de cosas, puede afirmarse que la Iglesia se ha constituido como el tesoro donde se ha guardado y acrisolado la experiencia religiosa de nuestra civilización. De ella salió el servicio a la religiosidad que alumbraba tanto el estado como la sociedad civil, que recibían y acogían con aquiescencia y agrado lo que se pergeñaba en el seno de la institución sagrada.

Pero, según venimos diciendo, no ocurre así en nuestros días, por lo que el tesoro de la religiosidad se encuentra, en una gran medida, oculto, como en los primeros tiempos de su historia, y sale poco a la esfera pública, donde se ve la mayor parte de las veces con indiferencia u hostilidad.
Por ello se hace más importante recuperar la antigua influencia de la Iglesia en la sociedad y la política, si no queremos que se pierda el tesoro de la religión. Para esto sería necesario que la crítica a la Iglesia evolucionara en una nueva forma de conciencia en la que lo religioso fuera considerado como un valor positivo. También sería importante que el fuego interior de la religiosidad se avivase en todos los ámbitos eclesiales para que libre de temor fuésemos capaces de alumbrar los corazones, que tan necesitados se encuentran de volver a sentir el Amor. Así, la vida religiosa debería recobrar la presencia que antaño tuvo en la sociedad occidental, para revivificarla y aportarle nueva savia que fructifique en una nueva creencia llena de forma natural de esperanza y caridad.

Queremos decir que una nueva evangelización redundaría en provecho de todos, y haría brillar la religión con luz propia, haciéndola capaz de estar socialmente mucho más presente y alumbrar un nuevo mundo más humanizado.

Con respecto a esto último, cabe hablar de la Iglesia como institución apostólica. En la medida en que la Iglesia es la obra de Dios en la Tierra, que lucha por el Reino, en cuanto que la Iglesia también es sacramento del Altísimo, expresión simbólica del Absoluto, ella forma la institución más importante del mundo y es natural que busque su implantación total y su expansión. En este sentido, el amor que el mismo Dios insufla en la Iglesia impulsa también el celo apostólico, pues el amor divino suscita una nueva respuesta de amor por parte de la Iglesia que busca el anuncio de la Buena Nueva, para así poder compartir la caridad con todos los seres humanos.

Así pues, el carácter apostólico de la Iglesia no brota de algo exterior a ella sino que es su misma esencia lo que la presenta como la institución más importante del mundo. Ello impulsa a buscar lo mismo el Reino que su implantación. Por ello, intenta lograr la implantación universal en la lucha por una Humanidad unida por la fe en Dios y la caridad.

En conclusión, la Iglesia es santa en cuanto que está unida al Absoluto por la caridad; y apostólica en cuanto que intenta compartir su fe y su amor con todos los hombres en la progresión de la búsqueda del reino.

IV: El problema de la división

Entra dentro de lo natural pensar que el amor al prójimo se ha de manifestar también en la comprensión de sus puntos de vista y de su argumentación, es decir en un hacerse como él. Es entonces la caridad o misericordia ideológica un desarrollo del mandamiento del amor que ha de permitir desbloquear las diferencias y caminar en la unidad de los cristianos en una sola Iglesia visible Creemos que se pueden abrir así vías de solución al grave problema de la falta de comunión plena.

Si así fuese, los cristianos se hacen capaces de ser levadura del mundo mediante su mismo ejemplo, pues aquél está dividido en multitud de concepciones. Efectivamente, con la ayuda de Dios, que se manifiesta en la caridad, el cristiano se encuentra en condiciones de llevar a cabo un diálogo en verdadero y más eficaz que aquel que se hace sin el auxilio divino.

Es, por otra parte, lógico que este nuevo entendimiento de la caridad también impulsará el perdón de las afrentas y la fraternidad entre las iglesias. Ello contribuirá y alimentará un diálogo auténtico y efectivo, que permita superar las diferencias doctrinales y avanzar hacia una plena comunión.
Por nuestra parte, en otros ensayos hemos hablado de que el principio de misericordia tiene múltiples aplicaciones. Así lo hemos hecho por ejemplo en el campo de la política. Por ello también nos referimos a la necesaria misericordia que debe acompañar el proceso unión de los hombres como hermanos separados, así como al diálogo interreligioso en el largo camino que hay que recorrer hacia la religión universal. Pero ello también es necesario en la propia iglesia, pues las inconsecuencias de la división en corrientes espirituales diferentes están muya arraigadas en su seno, mientras que llamada del amor impulsa a la caridad y es necesario enseñar mediante el propio ejemplo. Es decir, que estamos obligados por la llamada de la misericordia y por la fuerza de la fraternidad a entender que la caridad tiene también una dimensión de comunión ideológica y espiritual como desarrollo necesario.

Por otra parte, parece inconsecuente la división entre las diferentes iglesias cristianas porque los seres humanos son capaces de llegar a acuerdos en otras materias y, sin embargo, encuentran grandes dificultades para ello en materia religiosa. Ello es más inconsecuente todavía cuando se reclaman de una única fe y conocen como mandamiento central el del amor.

Por nuestra parte, hemos planteado la alternativa consecuente en otros campos como el de la Política. Es lógico, que la defendamos también para el diálogo que ha de llegar a la unidad ecuménica. Entendemos que este diálogo necesario para la unidad de los hermanos separados se debe emprender con nuestras propias armas, esto es, con la virtud del amor, que se desarrollará también en el marco de las ideas y de la espiritualidad. Por medio de la virtud del amor, somos capaces de adentrarnos en la argumentación del otro de modo que se permite la apertura de un diálogo verdadero capaz hacernos caminar hacia la unidad de conciencia.

Esto último es, pues, un desarrollo natural del amor que se aplica a la resolución de las diferencias religiosas, que impiden una comunión plena. Y en la medida en que por la caridad Dios insufla amor en los corazones de los hombres nos hacemos más capaces del amor al prójimo, que bien puede tomar la dimensión dialógica y espiritual.

Pero se acusa frecuentemente a la Iglesia desde distintos campos de defender el fanatismo y la intolerancia, aunque desde el Concilio Vaticano II se haya reconciliado con la tolerancia, la libertad y los sistemas democráticos. En este sentido, no se puede hacer menos de lo que se hace y por ello se asume la crítica y se reconoce que en la Iglesia también vive el pecado, como obra de hombres que también es.
Pero también conviene decir unas palabras en descargo de la divina institución. De este modo es preciso reconocer que se la juzga desde conceptos que son en gran medida ajenos a las épocas en las que se dieron los acontecimientos y que solamente con una gran dificultad se podría haber hecho con ellos.

Es, por otra parte, lógico que la Iglesia, como institución antiquísima que es, haya cometido errores, pues es relativamente fácil hablar desde la inocencia de instituciones que son relativamente jóvenes todavía. En este sentido, no es solamente la Iglesia la que es pecadora sino también otras instituciones de gran antigüedad como las monarquías.

Además, cuando, se juzga a la Iglesia de Dios desde puntos de vista partidistas e interesados se olvida la parte positiva de su hacer y solamente se subrayan los pecados, que en muchas ocasiones intentan ser presentados como consustanciales con ella. Con todo ello se olvida que la Iglesia ha derramado el Evangelio con su mensaje de amor y paz en toda la ecumene y que sobre su suelo de ideas han crecido los conceptos más elevados, tales como los de los Derechos Humanos.

Pero no solamente con lo anterior, también se ignora que sobre el mensaje sempiterno del amor, la misericordia y la caridad se hace posible construir nuevos conceptos políticos, que son capaces de arrancarnos del odio y la inmisericordia y hacernos más humanos; y de concitar a la construcción de un mundo más armonioso y amable.. Por ello se hace preciso comprender que el Evangelio no solamente contribuyó a la humanización de la vida política en el pasado sino que ofrece renovadas posibilidades para hacer una vida mejor en todos los aspectos.
Por otra parte, puede asegurarse que mucha gente se hace eco de las críticas a la Iglesia y se aparta de ella porque no está de acuerdo con algunos aspectos secundarios de su política, de su dogmática o cualquier otra de sus múltiples carismas o facetas. Así, por ejemplo, lo que respecta a la política sexual o su mismo gobierno. Pero también muchos poderes contrarios aprovechan las deficiencias que tiene en temas secundarios para hacer de ellos motivo esencial en la crítica con el objetivo de debilitar la militancia por ella.

Por ello, junto con Arsenio Alonso, nos parece necesario distinguir entre lo que son los aspectos esenciales y lo que representan los aspectos más secundarios para que las diferencias secundarias no nos alejen de la institución divina. En este sentido, lo que nos parece que cuenta es el mensaje de salvación, que es central y que se manifiesta en la creencia en un Dios del Amor que nos ama y nos salva. Consiguientemente otros aspectos son secundarios y dan argumentos que tienden a confundir y apartarnos de la fe en la que creemos, la que nos da aliento y edificación.

Por último, nos queda decir algo sobre las inconsecuencias del deísmo filosófico. Con respecto a ello, no vamos a negar los aspectos positivos que tuvieron el pensamiento deísta y la Ilustración en general en lo que respecta a aspectos tan importantes como el desarrollo de la idea de tolerancia o la crítica racional a las supersticiones, tan extendidas en la época. Tampoco el fenómeno del reconocimiento de otras religiones como portadoras de valor y verdad y el asentimiento a la verdad de la existencia de un Dios creador del universo.

En efecto, el deísmo reconoce la existencia de Dios. Pero se equivoca en la respuesta que ofrece a ello, pues por lo general niega la realidad de la religación en la consiguiente respuesta religiosa que se debe producir como respuesta natural. En este sentido, se hace necesario comprender que el conocimiento de Dios provoca la existencia religiosa en la adoración y la caridad, además de suscitar la admiración y la adhesión incondicional.
Por ello, el deísmo cercena la transición natural que produce el reconocimiento racional de la existencia de un Absoluto que conduce también a una respuesta sentimental. Ello ha producido un grave perjuicio pues el deísmo obtura la dimensión religiosa de la naturaleza humana, que resulta beneficiada por la experiencia religiosa en tantos múltiples aspectos.

Pero la conciencia europea contemporánea es en gran parte deísta, pues expresa la creencia en Dios no solamente como una opción subjetiva sino como algo apenas tiene relevancia práctica, por lo que faltan también en este sentido razones que provoquen la respuesta religiosa. Una vez más, el núcleo de la razón está de parte de la Iglesia que ha sabido conciliar la fe, la espiritualidad y el sentimiento, con la razón.

Por ello, se equivocan quienes piensan que la creencia en el Absoluto se algo privado y compatible con la exteriorización de ello, o que la manifestación de la creencia en las formas de culto es algo innecesario y prescindible. Es decir, que la creencia en Dios no conlleva la querencia por la Iglesia.
Por consiguiente, pensamos en primer lugar que el culto es una expresión necesaria de la capacidad de creer del ser humano. En segundo lugar, que la falta de exteriorización priva al hombre de la vivencia que refuerza la creencia y le priva también de la felicidad y el bien que aportan las exteriorizaciones de la creencia como la liturgia. Por ello, la necesidad de exteriorización, la expresión de la creencia, de la fe lleva en sí el deseo de formar una iglesia, en la medida en que ésta se muestra necesariamente como sacramento de la realidad de lo invisible, como expresión de la presencia amiga de Dios en el hombre y lo humano.

Pero no solamente para este género de cosas se hace necesaria la Iglesia, sino que también es preciso decir que en la medida en que deseamos el Reino y necesitamos esforzarnos por él se hace necesaria la Iglesia en cuanto que ella expresa la dimensión teológica del ser comunitario y social del hombre. Por consiguiente, la iglesia entre todas sus dimensiones s tiene también el impulso que expresa el deseo de la llegada del Reino; y la necesaria unión organizada de los creyentes que están en la comunión de Dios. En conclusión, puede también decirse que la Iglesia cumple varias misiones que llenan los deseos del corazón y la razón del ser humano en cuanto que sacramento de lo invisible y del Dios del Amor.

CAPÍTULO II: ANTROPOLOGÍA

En otro orden de cosas se destaca la Iglesia en cuanto que es la institución que ofrece el consuelo espiritual natural. Sus formas han sido probadas por la tradición y por ello ha sido fuente de salud espiritual y psíquica. Así, por ejemplo, en los momentos difíciles, en los momentos más dramáticos o más tristes de la biografía de una personal como la enfermedad o la muerte, la Iglesia ha sabido ofrecer el consuelo como caridad que se expresa por la presencia de Dios y de la misma religión. Ello se ha venido expresando con las posibilidades de restauración que ofrece la vida eterna y el conjunto de la religión y por ello la Iglesia ha aportado un consuelo natural desde sus mismos inicios.

Por tanto, la cosmovisión atea no hace ningún favor al ser humano pues seca la fuente del consuelo espiritual que ha sido la religión, que cristalizó en la Iglesia en el caso concreto de la civilización occidental. En efecto, nos dejan en orfandad espiritual; y ciega la solución natural de consuelo y afectividad espiritual.

Por ello el agnosticismo y el ateísmo no solamente son impugnables según el punto de vista de la razón, como hemos tenido ocasión de mostrar en otros ensayos, sino que tampoco son convincentes para el hombre desde el punto de vista de los sentimientos y las emociones, pues insufla emociones y sentimientos claramente negativos que impiden el afloramiento de la vida sentimental y emocional que produce la religación; y, por ende, la institución divina que es la Iglesia como concreción del legado divino.

Consiguientemente, cuando se produce la Revelación cristiana en la historia es acogida por el hombre. Ello implica que esta revelación responde a las mismas necesidades del ser humano que descubre que la realidad de la nueva religión cubre aspectos plenamente humanos. En este sentido podría decirse con Tillich que frente a las preguntas humanas están las respuestas de la revelación. Extendiendo el concepto fuera de este ámbito, podría decirse que es el hombre entero el que queda satisfecho por Dios y la Revelación, respondiendo ante esta llamada con la respuesta de la fe.
Por otra parte, en otros ensayos hemos mostrado también como la religión compete al hombre como realidad total, lo que significa que éste se encuentra completado racionalmente y emocionalmente ,y en el conjunto de sus variados aspectos, por Dios, de tal manera que puede decirse que el hecho de la religación es totalmente beneficioso para él.

Por otro lado, a modo de ejemplo, puede asegurarse que, aunque la vida presenta muchos motivos para la alegría por sí misma también existe la tristeza que dan los males de este mundo y la certeza inexcusable de la muerte. Frente a ello la Iglesia propone la alegría. Así es porque la Iglesia con la liturgia o con la esperanza que promueve es una fuente de alegría en cuanto que, por ejemplo, nos hace presente frente a la muerte y a los avatares de la vida terrena, la vida eterna, la vida de Dios y, en fin, la alegría de conocer que esencialmente la realidad se acerca a la perfección. Efectivamente, existe Dios y estamos llamados a la vida eterna, por lo que las fuerzas del infierno no prevalecerán, según sabemos desde la necesaria racionalización de la realidad en Dios y en el mundo futuro.

Por desgracia, las gentes de nuestro siglo en Europa están muy alejadas de la Iglesia y es natural que estén esencial y existencialmente tristes, porque al margen de las alegrías transitorias y perecederas del mundo, permanece la tristeza de creer que no nos espera un futuro mejor. Por el contrario, se cree que es la muerte lo que finalmente prevalece. Ello es lógico, pues la alegría del ser humano está en la vida feliz, lo que solamente puede ser ofrecido por una vida eterna y plena, que es la que ofrece la Iglesia con su mensaje de salvación y con el ejemplo de su vida.
Como tantas otras veces, con el gran desarrollo del ateísmo y el agnosticismo estos factores positivos quedan olvidados y el hombre vuelve a su estado de naturaleza, incompleto y con unas condiciones espirituales, anímicas, sentimentales mucho peores que las anteriores, que se daban cuando la creencia y la religión formaban parte de la constitución humana y eran elementos importantes en su vida. En este sentido, hay que alabar la acción de la Iglesia que con su presencia y con la dinámica que imprime cumple con el papel de ser, al mismo tiempo, memoria histórica y testigo presente de los beneficios de la religión. Por ello, hay que valorar muy positivamente su combate y su resistencia contra las falsas razones del laicismo y la increencia: De otra manera, haría ya tiempo que el hombre habría vuelto a ser hombre natural, olvidada ya la religión.
Por otro lado, de la misma manera que cabe hablar de un marco moral de la economía, también cabe tratar el tema del marco espiritual o religioso. De este modo, hay que señalar en primer lugar que este marco no es ajeno al marco moral, pues la religión esencial impulsa la paz, la convivencia, la tolerancia, la comprensión, la misericordia y, en general, todas las virtudes que hacen posible el desenvolvimiento de la economía de las sociedades.

Pero también el marco espiritual propio de la religión aporta elementos que favorecen el desarrollo económico. Así, las virtudes religiosas, las creencias, las liturgias tienen como consecuencia la pacificación y la concordia de la sociedad, lo cual no deja de influenciar la economía.
Así pues, como hemos visto en otras ocasiones, no sólo los bienes materiales pueden ser considerados económicos, sino que también comportan utilidad los bienes sociales y espirituales. Como consecuencia, el ser humano tiene posibilidad de crear bienes económicos en su relación con otros hombres. Ello significa que existe una capacidad generativa de bienes económicos en el marco de las relaciones interhumanas. Así por ejemplo, el buen trato y la educación son capaces de crear utilidad en cuanto que hacen las propias relaciones humanas mejores y más placenteras. Pero también los bienes espirituales comportan utilidad en la medida en que nos hacen más felices. Así por ejemplo, la creencia en la inmortalidad personal, el amor de Dios que se derrama en los corazones, la oración, la meditación religiosa contribuyen por medio de la espiritualidad a que nos sintamos mejor, con todo lo que ello implica. Por otra parte, también hemos escrito sobre el marco moral de la vida económica como conjunto de bienes morales que hace posible el desenvolvimiento y el desarrollo económico. Estos bienes son la paz, la tolerancia, la misericordia política. Es obvio que también en este terreno puede afirmarse que la contribución de la Iglesia es grande porque en su mismo discurso de amor se encuentra el origen práctico de las virtudes, que tanto contribuyen a la paz y la armonía entre los seres humanos en el nivel nacional e internacional. No en vano la Iglesia aparece con su voluntad de pacificación como mediadora en muchos conflictos que destruyen cualquier posibilidad de riqueza y bienestar para el conjunto de la población.

Consecuentemente, parece claro que todos estos bienes tienen en la religión su fuente y por tanto la Iglesia en cuanto forma espiritual e institucional de la religación se manifiesta como el modo más acabado en el que se hacen dichos bienes, en sus variadas creencias, ritos, instituciones, ceremonias, en fin en todo su acervo espiritual. Así, por ejemplo, puede decirse que la asistencia a las ceremonias y celebraciones confortan y nos aportan alegría, bienestar, felicidad. En este sentido, por ejemplo, la consolación que aporta la asistencia a una misa de funeral.
Pero también representa la Iglesia una fuente de salud espiritual. Y así es. No obstante al lado de la salud espiritual existe también la salud en un sentido estrictamente médico, en un sentido puramente físico. Y aquí, en el más puro sentido fisiológico también la Iglesia es fuente de salud, pues la religión lo es.
De este modo los bienes espirituales que Dios derrama por la Iglesia, a través de su vida espléndida variada y rica tienen que ser necesariamente punto de arranque de una salud psíquica y espiritual superior, porque los bienes espirituales que produce en el corazón del hombre necesariamente han de transformarse en alegría, en paz, en suma en un psiquismo más armónico y equilibrado; y este psiquismo necesariamente influye sobre la salud puramente física, mejorando toda la realidad fisiológica y corporal de la persona humana. En parte, como prueba de ello puede aducirse la mayor longevidad de las personas de vida consagrada y en general de la gente religiosa, lo que hay que atribuir no solamente al orden de su vida sino también a ese conjunto de bienes espirituales y psíquicos que trae consigo la presencia de Dios en el corazón del hombre.
Por ello es lógico que una institución como la Iglesia que tiene la vida centrada en Dios amplifique los bienes que tan generosamente concede Dios en los seres humanos; y ello por medio de la liturgia, y de su vida entera que hacen que pueda sentirse la presencia de Dios más abundantemente.
Aún con todo, desgraciadamente el desarrollo del pensamiento ateo contemporáneo ha hecho que el saber teológico y espiritual fuera erradicado de la ciencia y de los más diversos ámbitos de la vida de modo que las competencias espirituales se han perdido o han menguado. Como consecuencia de ello el hombre de los siglos contemporáneos se ha visto disminuido.

Estas competencias y este saber, la posibilidad de construcción teológica de las ciencias se han ido erradicando del mundo del saber, de la ciencia y de parte de la filosofía de tal manera que se ha producido un olvido de Dios en las ciencias contemporáneas, especialmente en las humanidades.
Sólo la Iglesia ha podido resistir este fuerte proceso de secularización y erradicación de las verdades teológicas, permitiendo con su hacer la pervivencia en las ciencias de las competencias espirituales, aunque todavía no haya sido capaz de construir teológicamente las ciencias. Por ello, es de agradecer la labor callada de la Iglesia en pro de la conservación de la espiritualidad, la religión y en defensa de una ciencia creyente, la cual sería menos ideológica y más verdadera.

De otro lado, el pensamiento dialéctico en los campos de la política y la religión, sin negar la existencia de la verdad, se caracteriza por entender los matices y las razones que tienen los distintos sistemas enfrentados entre sí. No busca por tanto el establecimiento de una culpabilidad absoluta, sino que es capaz de hacerse con las razones de cualquier alternativa ideológica o de comprender las razones que llevaron a que se adoptaran posiciones extremas. Aquí no se piensa por tanto en términos planos y se sabe que matizar. Debido a ello, el pensamiento dialéctico es un pensamiento en profundidad que busca también adentrarse en las distintas razones de los sistemas ideológicos y superar la división maniqueísta de lo real, que presenta la realidad con categorías absolutamente separadas.

Pero ninguna institución es tan capaz para el pensamiento dialéctico como la Iglesia. En efecto, en la medida en que la caridad es la virtud central de la Iglesia, ésta es capaz de mostrarse comprensiva con las distintas posiciones en litigio. Así se comprenden las razones que asisten a los otros miembros, sin deja de reconocer la verdad, cayendo en el relativismo. De esta manera, la Iglesia está en condiciones de afirmar que la verdad existe pero también puede comprender las razones que asisten a los distintos sectores filosóficos y religiosos en los que está dividida la humanidad actual. Así lo hace y por ello configura la caridad como amor al prójimo que se manifiesta en el campo de lo político y de lo religioso y teniéndola como dimensión ideológica, política y espiritual del diálogo con las constelaciones del pensamiento del mundo. No en vano se manifiesta su mensaje de amor y reconciliación y su esfuerzo por el Amor

Como consecuencia, parece necesario cuidar el tesoro religioso y especialmente la Iglesia, en tanto que guardiana de las tradiciones religiosas, parece reunir las condiciones que permitan velar por este tesoro. Evidentemente no queremos decir que la Iglesia sea una institución perfecta, que no cometa y haya cometido errores (pecabilidad) sino que muestra tener condiciones inmejorables para aportar su patrimonio histórico, que se remonta a una larga tradición desde que fue instituida por Dios.

Por ello, es natural que la Iglesia tenga una simbología especial que manifiesta sus creencias, su fe. Este hecho tiene razones. En primer lugar, el interés por la comunicación de su propia idiosincrasia movida por el deseo de comunicar la Buena Nueva. En segundo lugar, ello se hace necesario para la vivencia de la experiencia religiosa, pues la creación de símbolos propios impulsa y promueve el sentimiento religioso

Ambos aspectos cumplen con el papel de dar presencia y relevancia a la religión que de otra manera correría el peligro de diluirse en los estímulos y corrientes contrarias procedentes del exterior de la institución, que son muy poderosas y combatientes. En este sentido, es palmario que la mayor intensidad de la vivencia religiosa interior de la Iglesia, que también se transforma en necesidad de proclamación del Evangelio, favorece una expresión de lo religioso más intensa y promueve una vida espiritual mejor: Es evidente que del tipo de estímulos a los que estamos expuestos depende la experiencia interior. Por eso, sería más difícil una vida religiosa intensa cuando se está continuamente rodeado de un mundo ajeno a lo espiritual, cuando no abiertamente hostil y represor de la experiencia religiosa, que debe ser el centro de la persona pues la optimiza y le permite lo mejor de que es capaz.

Así que, según se ha visto, el ser humano encuentra la felicidad posible en la experiencia religiosa, con la presencia de Dios. Pero este estar en Dios se traduce como estar en la Iglesia en la medida en que encontramos en ella el cumplimiento de las necesidades de nuestra naturaleza. Así, por ejemplo, las necesidades sociales se manifiesta como necesidad de estar con los demás en Dios, esto es, como un estar en comunidad, como un estar en la Iglesia. Del mismo modo, la sensibilidad también encuentra su perfección en los instrumentos sensibles con los que la Iglesia expresa en su ser y su hacer la realidad de Dios. Esto así es porque no solamente somos espíritu unido a Dios.

En conclusión, necesitamos de la Iglesia y encontramos la perfección de nuestra naturaleza en el estar con Dios, para lo que la institución divina es un símbolo necesario; aunque también se hace preciso reconocer que el ser iglesia del hombre también responde a la lógica de que es un ser peregrino que se encuentra entre la creencia en Dios y el Reino. Por ello, la Iglesia es consecuencia de estas dos premisas. El hombre es un ser, por tanto, fronterizo (Trías) en la medida en que limita con el Reino y lo busca; y la Iglesia es el impulso que cumple el papel de representar el Reino y hacerlo lo más próximo posible.

Para ello se ofrece, como medio, la oración. La Iglesia es guardiana y promueve la oración. Si este tesoro se perdiera, si cayere en el olvido todo saldría perjudicado, pues, por ejemplo, la oración es fuente de salud, tanto espiritual como psíquica y fisiológica. Ello significa que mejor que recluir la vida religiosa en la subjetividad de las conciencias se debería hacer lo posible para que el bien de la oración fuese un bien público, un bien al alcance del mayor número de personas posible. Se trata en definitiva de promover el alcance público de la religión en lugar de erradicarla.
Contrariamente a lo que defendemos, en nuestras sociedades de masas, para una gran parte de la población la religión ocupa un papel secundario. De este modo, se ha abierto paso un arte y una cultura en las que el tema principal de su producción lo constituye el amor humano. Así, el amor humano está presente en el cine o en la música hasta el punto de que es su temática principal.

Pero el amor humano, como no podría ser de otra manera, en la medida en que proviene de seres finitos no es perfecto con lo que no da la plenitud y muchas veces defrauda. En consecuencia, corresponde a la Iglesia la tarea de llevar a las masas el mensaje del amor de Dios, como amor perfecto que puede llenar u da sentido a la vida. En este sentido, se propone la creación de un arte y una cultura nuevos que intenten expresar las bondades del Amor divino y su superioridad ontológica y axiológica sobre el amor humano. Aquí, la Iglesia puede jugar un gran papel, al ser ella el lugar de privilegio en el que se manifiesta el amor de Dios. Se echan de menos por tanto los intelectuales y artistas que asuman la tarea tan importante y encomiable de mostrar un amor que puede iluminar la vida con sus variadas perfecciones.

CAPÍTULO III: MORAL

Existe una intuición interior, susceptible de ser desarrollada por medio de la razón, que nos dice que el amor y su mandato dan al ámbito moral lo mejor y que en ellos radica la perfección del obrar ético. Ello muchas veces se entiende como parte de la Revelación y es comprendido como una fe que refuerza el mandato meramente moral en cuanto éste es también mandato de Dios. Por ello parece ser que es posible en este sentido puede hablarse de revelación y más en concreto de revelación moral.

Desde luego, el camino del filosofar podría desbrozar esta intuición o considerarla también como desarrollándose en sentimiento ético; pero lo que nosotros estamos procurando es asumir un fundamente racional, filosófico de lo que en términos generales es entendido como mandamiento del amor. Así, se responde a la pregunta de por qué decir sí al amor como punto de partida, como principio de la moralidad y de la ética teológica de la Iglesia.

Con respecto a ello, puede asegurarse que la caridad es la virtud teologal capital de la Iglesia, aunque ella deba ser entendida en relación con la fe y la esperanza. Pero la caridad, como virtud moral y en cuanto que se cumple, sale reforzada en cuanto que se hace teologal, es decir, en la medida en que la virtud moral y la persona humana quedan incorporados en el amor de Dios, en la vida teologal. Y ello aunque se haya pretendido que no es la caridad la virtud central de la vida moral, sino que su importancia de antaño la toman otras virtudes como la misma solidaridad.
Pero el amor nunca está de sobra y no es sólo en su desarrollo teologal. Por el contrario, sigue en su sentido puramente moral en plena vigencia y admite nuevos desarrollos. Así ocurre cuando se entiende el amor como misericordia o caridad política o ideológica. En estos casos el amor al prójimo se hace tan fuerte que llega incluso a hacer que podamos adentrarnos en posiciones políticas o ideológicas distintas a las propias, para comprender aquéllas, resultando a su luz transformadas las propias. De este modo, mediante el desarrollo de la caridad política podemos desbloquear los desacuerdos ideológicos y políticos para alcanzar los acuerdos que permitan una evolución más rápida y armoniosa.

Por tanto, como conclusión resulta que la caridad lejos de ser una virtud que ya no está acorde con los tiempos, tiene las mayores posibilidades de desarrollo y en ámbitos que no son los del suelo en el que nació. Una vez más el progreso está de la mano de la Iglesia.
Es entonces natural que se equivoquen quienes pretenden hacer política desde el enfrentamiento y el odio. No se debe olvidar que los hombres somos hermanos y como consecuencia la actividad política ha de ser comprendida desde este horizonte, con las virtudes que la acompañen, que han de tener como norte la caridad política. Con respecto a ello, se hace preciso reconocer que la prioridad de la concepción y de la actuación fraternal está en la Iglesia que hace lema de la misma fraternidad, pues la caridad supone la virtud por excelencia de los cristianos tanto en su dimensión mundanal como en la teologal, que da consistencia y redimensiona la primera.

Por ello, la Iglesia puede ser considerada espejo para la política. Así es porque sus ideales superan a los que son vigentes en el período histórico que se abre con la Revolución Francesa y son capaces de renovarse y volverse sobre las ideas políticas actuales y transformarlas positivamente y en un sentido nuevo.

También en este caso se ve que la Iglesia es una institución más viva de lo que muchos creen, pues su mensaje, como estamos viendo, es capaz de traspasar las épocas históricas e imponerse a través de los siglos, de las edades de la historia. No podía ser menos para lo que es obra de Dios y Le tiene como guía y sustento.

En lo que se refiere a la ley moral, pare que ésta nos es posible conocerla por la razón natural, pero para acercarnos a su cumplimiento es imprescindible la religión y la ayuda de Dios. En efecto, conocemos la ley del amor y la misericordia y a ella podemos acceder por la razón pero en la medida en que nos sentimos amados por Dios e impulsados por el refuerzo que el conocimiento de su voluntad nos aporta, somos capaces de acercarnos más al cumplimiento de la ley.

Por ello es natural que la religión nos ayude. Pero la vivencia de la religión es impulsada por la vida en comunidad que crece organizada como Iglesia, que impulsa, pues, la comunión con Dios. Es por ello deducible que la pertenencia a la Iglesia y el seguimiento de la vida eclesial nos impulse a este cumplimiento de la ley moral, con lo que puede afirmarse que una vida religiosa nos hace mejores moralmente.
Se ve pues que la Gracia perfecciona la Naturaleza, porque el auxilio de Dios expresado por medio de la vida de la Iglesia nos eleva hacia el cumplimiento de la ley moral. Por ello, puede decirse que la vida de la comunidad hecha Iglesia nos eleva por encima de nuestras fuerzas naturales en la medida en que somos capaces de Dios. En consecuencia, la participación en la vida de la Iglesia nos pone en condiciones de ser más buenos, hablando en términos de estricta moral.

Por otra pare, como se sabe, la esperanza en el mundo futuro es una virtud teologal y de hecho configura al ser humano de una manera y no de otra. Efectivamente, el pensamiento, los sentimientos y las emociones de la persona humana esperanzada son muy diferentes de la desesperanzada porque la esperanza en la vida del mundo futuro promovido por Dios conlleva la alegría, la confianza, el sosiego y la paz. Por el contrario, una persona humana desesperanzada, al margen de lo venturosa que es la vida en sí misma, es más propensa al pesimismo, a la tristeza y al desasosiego.

Como consecuencia, puede asegurarse que la esperanza contribuye a la optimización del hombre, al contrario que la desesperanza que le aporta malestar y contribuye a hacerlo peor. En este sentido, al margen de los adelantos de las ciencias y del progreso moral en cuanto a libertad y tolerancia, puede decirse que en muchos aspectos enla Europa del siglo XX estamos peor que en siglos anteriores.

Por ello también hay que comprender que tener esperanza nos hace más buenos, pues el bien es difusivo y la felicidad también. Por ello, recuperar la virtud de la esperanza parece ofrecerse como una tarea digna de un futuro mejor. En este sentido, parece conveniente que nos alejemos del ateísmo y del agnosticismo, pues recuperaremos la esperanza y la alegría verdaderas.

También en este sentido la Iglesia juega un gran papel, pues el depósito de la esperanza está especialmente vivo en ella, que mantiene la virtud teologal como una verdad capital de la esencia de su mensaje. De este modo, es la institución que aporta un tipo de bienes espirituales y psíquicos de los que, por una filosofía inadecuada está desposeída una gran parte de la humanidad del siglo presente.

De otro lado, de todos es conocida la existencia de personas que descuellan por su bondad, en el seno de la Iglesia. También es conocido que las organizaciones de caridad de la Iglesia son las más efectivas y las que tienen un mejor rendimiento .Parece lógico pensar que ello no sea fruto de la casualidad sino que obedezca a unas causas concretas. Al respecto creemos que el hecho de vivir el amor de Dios inspira en las almas un amor que desborda cualquier otro. Así es, porque el derramamiento del amor de Dios sobre el corazón del hombre provoca una efusión que promueve el desarrollo de la caridad en el mundo. De la misma manera cuando el amor de Dios comprende el amor al prójimo como un mandato suyo lo potencia.

Pero es preciso reconocer que el amor de Dios y el amor a Dios se vive de manera privilegiada en la Iglesia, que tiene en Dios el centro de su vida lo que hace que sus miembros vivan a Dios más centradamente, más intensamente. Como consecuencia, se hace necesario comprender que en los hombres y mujeres de la Iglesia se encuentra de manera eminente la bondad y la caridad, que en muchas ocasiones alcanzan la santidad.
Por ello, puede concluirse que la creencia en Dios, la adoración y la religión como tal dan al sujeto una felicidad que impulsa al bien. Es entonces natural que la Iglesia y su vida contribuyan a ello, pues las celebraciones, el culto, la liturgia, los sacramentos son elementos todos que hacen posible y visible una felicidad que los seres humanos alcanzan en la experiencia religiosa. Como una consecuencia, la vida religiosa vivida en el seno de la Iglesia nos trae también salud en la medida que la felicidad la impulsa. De ello se concluye que la Iglesia no es solamente fuente de salvación sino también fisiológicamente fuente de salud en la medida en que viviendo su vida mejoramos espiritualmente y también psíquicamente.

Por tanto, la felicidad y el amor que Dios nos brinda, en la medida en que son difusivos, provocan que busquemos la expansión de Su poder y el cumplimiento de sus promesas (vida eterna y feliz, Reino de los Cielos). De ahí que la insuflación de la caridad de Él y la felicidad que conlleva hagan que seamos capaces hasta del martirio, en cuanto que por el mismo respondemos al Amor que nos brinda los mayores y más apreciados bienes. Y ello hasta tal punto que este martirio para los santos constituye la felicidad que nos brinda el poder de la reciprocidad, es decir, el poder devolver a Dios, en la gratitud, lo que Él nos da con gratuidad. Así, el mártir es capaz de salirse de los estímulos naturales en una aprehensión que postula que merece la pena el ofrecimiento a Dios de lo mejor, como autor de la vida que es.

Pero el mártir en la medida que lo es de Dios lo es también de la Iglesia: no en vano la Iglesia es la expresión sacramental en la Tierra de la bondad de Dios. Por ello es la Iglesia la que reconoce la capacidad de martirio como un don sagrado que, en la medida que supera los impulsos naturales, en la medida que en último extremo se manifiesta como ofrenda de la vida por Dios, merece la encomiabilidad y la alabanza, así como el recuerdo perenne, inmarcesible.

Pero no parece que sean consistentes las argumentaciones aquellas que acusan a la Iglesia de fanatismo e intolerancia. Lejos de ello, la Iglesia es un arma potente de reconciliación y paz entre los hombres. La principal razón de ello creemos que hay que buscarla en su discurso, en su mensaje. Con respecto a ello hay que decir que la virtud central que preside todo la obra de la Iglesia es el amor; y ello tanto entre sus miembros como en sus relaciones con otros. Así pues, promoviendo el amor difícilmente se puede ser fanático o intolerante. Al contrario el mismo amor promueve el perdón y la reconciliación, contrarios evidentemente al fanatismo y a la intolerancia.

Esto es así hasta tal punto que, según hemos dicho, aún proviniendo el amor del marco religioso tiene la capacidad de convertirse en una virtud política, por excelencia capaza de promover el diálogo y el acuerdo. Así por nuestra parte hemos propuesto que más allá del marco religioso, pero reforzándose en él, se puede defender una virtud política que promueva el diálogo. La hemos entendido como misericordia o caridad política. En este sentido hemos de señalar que, aunque la caridad política puede construirse más allá del marco religioso del que proviene, parece que alcanza su perfección cuando se inserta en el marco religioso, pues la virtud teologal de la caridad queda potenciada cunando se incardina en Dios. Por tanto el conocimiento del amor de Dios implica el amor al prójimo político.

Por tanto, la vida teologal nos hace mejores. En efecto, sentir el amor de Dios nos capacita para el amor a los demás puesto que, como hemos dicho, el amor es difusivo y es fácilmente comprensible que cuando nos sentimos amados nos hacemos mejores, más capaces del bien. Como resultado, puede afirmarse que la creencia en Dios forma parte de los deberes morales.

También, sentir el amor de Dios y creer en las promesas de la vida futura como vida feliz e imperecedera también nos hace más felices, en la medida en que podemos ver que somos capaces de vencer a la muerte y a la desgracia, en la medida en que el poderío de la muerte y la infelicidad no será eterno, sino que será vencido por la obra de Dios.

Pero como Dios se manifiesta en la Iglesia, es decir, como podemos hacer a Dios presente en nuestras vidas de la manera más eficaz posible gracias a la Iglesia es necesario pensar que la perfección de nuestra vida en este mundo se logra con la pertenencia a la Iglesia, viviendo su vida. Por tanto, la pertenencia a la Iglesia es el modo más acendrado de hacernos capaces de bien y felicidad. Así es también porque trabajar por el Reino, creer en Dios y en la vida futura, promover el final escatológico de los tiempos, participar en la liturgia, que nos hace presente a Dios, que lo actualiza es el mejor modo de vivir la vida terrena. De ahí que el hombre natural no alcance los niveles del religioso, cuya excelencia se manifiesta en que vive la vida de la Iglesia. Por consiguiente, desde la perspectiva de lo que hemos llamado ortología antropológica no se actualiza en la perfección de cualquier manera, sino como hombre religioso, por tanto como hombre que vive la vida de la Iglesia.

Esto último significa que no se puede fingir que para el bien y la felicidad de los seres humanos es indiferente la religión o la pertenencia a la Iglesia, pretendiendo una neutralidad con respecto a la religión y sus instituciones, pretendiendo ser neutrales en lo que se refiere a la axiología religiosa. Es decir que hablando de una manera esencial la naturaleza humana encuentra su más cabal racionalización en la vida eclesial, manifestándose ésta como culminación de la vida religiosa.

CAPÍTULO IV: POLÍTICA

Según algún sistema filosófico el hombre religioso está alienado o fuera de sí mismo en la religión, bien, por ejemplo, porque proyecta lo mejor de sí mismo en un dios imaginario (Feuerbach), bien porque se encuentra alienado en lo material y la alienación económica se expresa también como alienación religiosa (Marx). Por eso, según Marx, se trataría de acabar con la alienación y que el hombre fuera él mismo con lo que se hace necesario cambiar las condiciones materiales, que implica la lucha política por la transformación de la propiedad privada en propiedad social (también Marx). Así para Marx, y también para Feuerbach, el ser humano se encuentra a sí mismo y hace posible una existencia mejor acabando con la alienación religiosa, en cuanto tal o en tanto manifestación de otras alienaciones más radicales, más profundas.

No consideramos ciertas estas posiciones filosóficas porque creemos que el hombre sin Dios, es decir en cuanto hombre natural, pierde la fuente del auxilio. Según hemos manifestado en otras ocasiones el ser humano encuentra lo mejor de sí mismo perdiéndose, es decir, entrando en relación con lo divino. Efectivamente, el hombre sin Dios es un hombre desesperanzado y sin el amor fundante de Él, triste. Y así no puede encontrar el remedio a su condición en la tierra porque no encuentra la alegría que da el sentirse con la posibilidad de la posesión de la vida eterna y feliz.

Como consecuencia, en lugar de encontrarse alienado en la religión el ser humano encuentra lo mejor de sí mismo en la experiencia religiosa, con sus creencias y sus instituciones. En este sentido, el ser humano no es una realidad acabada, sino que acumula una experiencia histórica y tiene una vida comunitaria. Por eso, encuentra en la Iglesia el depósito de esa experiencia histórica y el tesoro de la vida comunitaria lo que le proporciona la plenitud de la realización en la religión, que así se manifiesta como vida eclesiástica.

En conclusión, lejos de llevar una vida alienada encontramos lo mejor de lo que somos capaces en la vida de la religión y de la Iglesia en concreto, en cuanto que en ésta se da la madurez de la vida religiosa. Por ello la vida política no debe entrar en contradicción con la vida religiosa y eclesiástica.

Por otro lado, se ha hecho un lugar común en muchos ámbitos que las religiones son fuente e instrumento del fanatismo y la intolerancia. Pero ello esencialmente no es así porque en el mismo núcleo de la religión se encuentran las virtudes de la caridad, la compasión o la misericordia. Así la caridad cristiana, la compasión budista o la misericordia de Dios en el Islam. Estas virtudes centrales de la vida religiosa y objetivamente el discurso que propician lleva a la paz y a la tolerancia.

Pero aún puede decirse más. Así, la virtud de la caridad, la de la compasión o la de la misericordia, admiten desarrollos ideológicos que tienden a eliminar las mismas diferencias entre las dogmáticas religiosas en cuanto que por medio de las virtualidades de las mismas somos capaces de abrirnos al diálogo con el oponente religioso, en un proceso en el que comprendiendo los valores y las razones del oponente nos puede conducir a una religión universal; una religión que según estas premisas no puede estar basada sino en el amor. Se eliminaría así la inconsecuencia de una humanidad que cuenta con unos miembros esencialmente iguales en cuanto a la capacidad religiosa y que, sin embargo, se encuentra dividida en religiones distintas y contrapuestas. Ello permitiría una humanidad no dividida, sin desavenencias, en comunión y por tanto en paz. Por consiguiente, puede decirse que el logro de la paz es un desarrollo lógico y natural en el futuro de las religiones si respetan su propia moral y se abren a nuevos desarrollos de la misma. Concluyendo, pues, puede decirse que la acusación de que la religión es intolerante y fanática es una opinión estereotipada que a veces hace mucha mella en las mentalidades del presente, pero ciertamente equivocada.

En otro orden de cosas, cabe hacerse la pregunta sobre las relaciones que deben mantener el Estado y la Iglesia. Para una respuesta positiva a la misma debe claramente considerarse que los fines de la Iglesia son superiores a los del estado y pueden abarcarlos. Si esto fuera así se ha de colegir que debería ser la Iglesia la que tuviera la primacía en el ámbito de los asuntos públicos, quedando estos organizados en una realidad superior.

Discusión aparte merece la pregunta de si la Iglesia y el Estado deben permanecer separados o si, por el contrario, deben formar una única realidad, a la vez política y espiritual. Con todo, no cabe ninguna duda de que la Iglesia es una institución superior al estado en cuanto que constituye el sacramento de Dios en el mundo. De cualquier manera si se considerara la posibilidad del gobierno de la Iglesia se ha de pensar en un largo proceso histórico que marque un futuro en el que la organización política se vaya subsumiendo en la entidad superior de la Iglesia. Ello, por supuesto, no acarrea la pérdida de las libertades y de los Derecho del Hombre, que tan caros son para la institución.

Así pues, existen como sociedades diferentes la Iglesia y el Estado, con organizaciones diferentes. Pero parece clara la superioridad de la primera en la medida en que sus fines son el servicio de Dios y la lucha por el Reino, configurándose como misterio del Altísimo en el mundo. Por ello, sus fines se configuran como superiores a los del Estado en la medida en que son divinos y están traspasados por el Absoluto.
En este orden de cosas, se pueden hacer algunas reflexiones más. Así, parece claro que se puede tener a Dios en la pura desnudez de su presencia en la conciencia; pero es evidente que los símbolos, la Palabra como manifestaciones externas de su presencia nos ayudan a tenerlo más presente, a tenerlo mucho más cerca y a la misma contemplación.

Por ello no debe extrañarnos que el agnosticismo y el ateismo, aunque puedan presentarse con un rostro humano, por su misma naturaleza defienden la desaparición de los elementos religiosos (de los símbolos, de los signos, de la Palabra de Dios) de todo el ámbito de la realidad natural. Por ello intentan la eliminación de la religión de cualquier ámbito del dominio público, de la sociedad civil y del estado, y, lógicamente, si ello fuera posible de la ley y de las conciencias.

En consecuencia, pensamos que la lucha por la presencia de Dios en el mayor número de ámbitos posible, debe expresarse por parte de la Iglesia también como reivindicación de la presencia de la religión en la sociedad civil y el estado, en la vida pública. No en vano en estos ámbitos se intenta borrar la presencia de la religión olvidando incluso las mismas formas democráticas, pues en muchas ocasiones se hace necesario reconocer que la mayoría de la población es creyente o practicante. Esto último implica la necesidad de aceptar la presencia de la religión en los ámbitos públicos (incluyendo el estado y sus ceremonias) si verdaderamente se pretende representar a la mayoría. Parece por ello un derecho de los creyentes verse representados en la vida de la sociedad y el estado, aunque ello se oponga al lugar común, tan difundido en nuestros tiempos, de que la religión es algo que pertenece exclusivamente al campo de lo privado.

Siguiendo con la relación entre democracia y religión, parece posible defender que la Iglesia debería organizarse también siguiendo los principios democráticos, instaurando un orden democrático en lugar del vigente principio monárquico y aristocrático, que siguen el planteamiento sacramental. Pero la moral no obliga a que las reformas deban realizarse en esta dirección por dos razones fundamentales. La primera es que la Iglesia está organizada sobre el primado del amor que desborda las otras categorías de organización política, o, dicho de otra manera, está por encima de ellas. De esta manera, estando la Iglesia organizada según este principio podemos decir que está organizada de la mejor manera posible, pues el amor es la virtud que debe organizar la vida.

La segunda cabe decir que la Iglesia es Iglesia de Dios y que persigue el Reino de Dios en la Tierra. Ello significa que este orden suprasensible obliga a que la organización sea la más efectiva, de modo que si el principio monárquico apareciera como el más efectivo sería necesario aceptarlo y conformarse a ello.

También cabe decir que en cuanto se acepta que la Iglesia es una herramienta de Dios en la Tierra y es, por ello, obra divina, se pueden pensar otras formas de gobierno. En efecto, por la voluntad de comunión, por el esfuerzo de los creyentes de estar unidos se puede legitimar el gobierno de la Iglesia como es en nuestros días. De este modo, no es vano el deseo de comunión, pues por medio de ella los miembros de la Iglesia pueden renunciar a su derecho para estar en un cuerpo común por medio de la caridad, por cuya mediación se manifiesta la unión de distintas voluntades en una sola. Por medio de la virtud del amor se busca el servicio al Reino de Dios.

En cuanto al tema de la división entre las derechas y las izquierdas, se pueden hacer también algunas consideraciones. Por un lado, ya hemos visto que no se puede pensar el ateísmo es liberador porque aliena al ser humano dejándolo en la indigencia. Queremos decir que el ateísmo deja al hombre triste y desamparado y que la creencia supone el optimismo, la alegría y mejora moralmente al hombre.

Por ello la vertiente liberadora de las izquierdas hay que buscarlo no en sus ideas religiosas, sino en las morales y políticas. De este modo, la Idea de Igualdad, o la de Socialismo son ideas características de las izquierdas. Estas ideas, como hemos visto en otros lugares, no son ajenas o irreconciliables con el pensamiento político de la Iglesia, de la misma manera que la Idea de Libertad, característica de la derecha, tampoco lo es
Ello significa que la distinción entre las izquierdas y las derechas es obsoleta, pues las ideas que defienden no son incompatibles sino que exigen cierta graduación en sus modos y ritmos. Por tanto la Iglesia no puede ser considerada como una institución de derechas o de izquierdas, pues en ella coexisten los ideales de la derecha y los de la izquierda. De este modo, en su seno son posibles corrientes como puede ser la Teología de la Liberación.

Esto se debe a que el núcleo de las creencias de la Iglesia no se encuentra en tal o cual ideal político sino en la religión y la espiritualidad. Es decir, en la fe en Dios, en la creencia en la inmortalidad personal, en la lucha por el Reino, en la necesidad antropológica de la adoración al Señor y en otros aspectos del rico acervo espiritual, que hacen de la Iglesia en esencia una fuerza liberadora y verdaderamente progresista.

Como un aspecto de lo dicho, no se comprende la ruptura y la crítica de la izquierda con la Iglesia, .si tenemos en cuenta el suelo sobre el que se eleva su construcción. En efecto, la sensibilidad de las izquierdas está muy cerca de la Idea de Igualdad y al tema de la igualación política y social por lo que gran parte de su política pasa por una defensa más o menos acertada de los pobres y el intento de construcción del ideal comunista. Pero mucha de esta sensibilidad la comparte con la Iglesia e incluso puede decirse que la Iglesia se adelanta históricamente a los ideales izquierdistas. Así por ejemplo, se puede decir que el ideal comunista ya está adelantado en las primitivas comunidades cristianas, que compartían sus bienes y que la misma iglesia lleva en su núcleo el ideal comunista en la medida en que sus bienes son comunes a la institución.

De la misma manera, la preocupación y el auxilio de los pobres, la ayuda el enfermo, al desvalido y a los más débiles aunque con sus diferencias, es algo que debería acercar la izquierda a la Iglesia, hasta el punto de corregir los propios puntos de vista en muchos aspectos.

Por otra parte, es lógico que la misma Iglesia en su larga trayectoria histórica haya en ocasiones obviado el ideal de la pobreza evangélica y de defensa del necesitado, pero las izquierdas deben tener en cuenta, a la hora de la crítica, que todas las instituciones cometen sus errores, pues son construcción humana. Las mismas izquierdas no están exentas de ello como bien muestran los hechos de los regímenes comunistas en tanto que dictaduras que nunca respetan las libertades.

Obviamente, tampoco pretendemos decir que Iglesia e izquierda sean conceptos correlativos, sino más bien que las formas de pensamiento político que dividen nuestras sociedades en izquierdas y derechas son superables, más si tenemos en cuenta el gran acento que la Iglesia pone en el amor como virtud central. Como corolario se desprende que las izquierdas deberían dejar de contemplar la Iglesia como un adversario. Por el contrario, sería necesario implantar la buena voluntad, la concordia y la misericordia.

En lo que respecta a la relación entre lo que estamos defendiendo en el presente ensayo y la doctrina de la democracia consecuente, podemos indicar que la democracia consecuente aparece como un sistema político que tiene como virtud central la misericordia política, entendiendo la misma como acercamiento y comprensión que deben ser comprendidos a la luz del amor. En este sentido, se plantea la traslación de la caridad moral y teologal al ámbito de la política, que es la virtud central de la Iglesia en lo que a Teología Moral se refiere-

Así pues, de nuevo vemos que la doctrina de la Iglesia se anticipa al mundo político de tal manera que también aquí la institución se encuentra en condiciones de ejercer de maestra, pues la experiencia en la administración de la virtud del amor le es consustancial. Ello significa que el mundo político tiene que aprender de la Iglesia, que también en este sentido se muestra como vanguardia de la doctrina y de la práctica política.
Evidentemente, no se pretende decir que la institución divina sea inmaculada y que el gobierno de la misma no sea perfectible, sino sencillamente que el planteamiento de gobierno central de la Iglesia tiene sus aplicaciones para todo el mundo político porque la misma virtud de la caridad resulta capital para ele mundo de la política. De esta manera, según nuestra opinión, sería posible dar pasos hacia la Civilización del Amor
Pero no estaría completo el presente capítulo si no tuviésemos en cuenta la clamorosa realidad del Tercer Mundo. Así, los medios de comunicación suelen tender un velo hacia sus acuciantes necesidades, sobre la realidad del hambre y la enfermedad, de tal manera que puede asegurarse que la información misma deja de ser veraz. Pero también, como responsable de la dolorosa realidad de la necesidad, esta el mundo de la política de los países desarrollados, que solamente se acuerda de ello los días grandes. Igualmente, la misma opinión pública se olvida del tema, pues está centrada mayoritariamente en aquellos aspectos que atañen muy directamente a las poblaciones

De nuevo aquí contrasta la Iglesia, que en la medida de sus posibilidades, se ocupa de los pobres del mundo y, por tanto, de la realidad de la miseria y de la geografía del hambre y el desamparo. No en vano, como venimos diciendo, es la caridad, el amor el mandamiento más importante de la institución, por lo que la realidad del mundo de los pobres no se le escapa, más teniendo en cuenta su universalidad. Ello es natural, pues no obedece a ninguna razón exterior sino que es el mismo mensaje evangélico el que pone como virtud esencial el amor, que se manifiesta como amor al prójimo y como amor a Dios, que impulsa el primero. Y ello hasta tal punto que existen fuertes corrientes en la Iglesia que tienen como un motivo principal la lucha contra el pecado estructural, aunque sea posiblemente el más ladino y el que más dificultades ofrece.

Por último, queremos decir que si la Iglesia fue instituida por Dios y en la medida en que es sacramento de Él, esto es, Su expresión en la Tierra en busca el Reino, debe ser considerada como la institución más excelsa y la superior de cuantas existen, por encima de los estados y las naciones. Estas realidades no son solamente de derecho, en tanto que fundamentalmente puede decirse que está al servicio de Dios y, por tanto, de la Humanidad sino también de hecho. Efectivamente ella es la institución más antigua del mundo y la más extendida, de tal modo que hasta los imperios más importantes de la Historia Universal han nacido, vivido y desaparecido mientras que la Iglesia ha permanecido y sigue con la mayor vitalidad.

CAPÍTULO V: HISTORIA

Desde determinadas ópticas se piensa que la Iglesia es una parte de la reacción histórica, como institución que se opone al progreso; y ello hasta tal punto que en muchos lugares se da como un hecho o se lo presupone. Desde un concepto de progreso que no entiende que el mismo pueda darse en cualquier aspecto de la realidad que se desenvuelve, sino como un ir hacia lo bueno o hacia lo mejor se puede y se debe pensar de otro modo a lo expuesto.

Esta otra manera de pensar consiste en no poner la atención en aspectos secundarios sino en los esenciales. Cuando lo vemos así podemos asegurar que la Iglesia es verdadera y esencialmente progresista. Si entendemos que la Iglesia defiende la racionalidad de lo real y la razón en las cuestiones fundamentales como son la existencia de Dios, la de un futuro absoluto para el hombre o el mandamiento del amor como cuestiones centrales, hemos forzosamente de afirmar que la Iglesia es en nuestras sociedades el factor más importante de progreso.

Ello es así de tal manera que los movimientos e instituciones contrarios a la Iglesia yerran en los aspectos esenciales de lo que debe ser entendido como progreso, teniendo en cuenta solamente temas secundarios con respecto al vector del progreso, siendo su comprensión del mismo laica y oblicua de modo que no se encuentra en el centro de la realidad humana.

Esta falsa concepción del progreso se manifiesta en la Historia del Arte. Hace ya siglos que la corriente principal del arte ha dejado de ser la religiosa. Pero consideramos que este fenómeno es un camino equivocado, pues el arte en cuanto bello ha de ser religioso: en Dios radica la suprema belleza y el bien supremo.

Por ello no estaría de más abogar por un nuevo arte que tenga a Dios y la religión como centro, en el contexto de esta vuelta a la religión en los diferentes ámbitos de lo real, en tanto que el ser humano sin Dios se encuentra fuera de sí y empequeñecido. Pero no se nos malentienda. No se trata de eliminar toda temática profana al arte, sino de impregnarlo de esa vuelta del mundo a Dios, por lo que el arte también deberá ser alabanza y adoración.

Esta sería una tarea que no corre el riesgo de agotamiento, pues es la Iglesia, con su riqueza de formas, carismas y espiritualidad, un ejemplo extraordinario de las posibilidades que tiene la misma religión. Introducir a Dios en el Arte y hacer un arte creyente se nos presenta, entonces, como un verdadero desafío para los tiempos presentes, al igual que lo es introducir a la divinidad en otros ámbitos de la vida y la cultura.
Lógicamente la ayuda a la Iglesia es una de las tareas de este renacimiento religioso en el arte y cuando cambie la cosmovisión agnóstica, tan influyente en nuestro continente, es de esperar que haya un nuevo florecimiento de la cultura y nuevos brotes. Pero también puede decirse que el Arte no es un producto aparte del resto de la cultura sino que se basa en las corrientes filosóficas de la época, lo que implica que la misma Filosofía de la Religión dominante de nuestra época es la que condiciona las manifestaciones artísticas correspondientes. Es natural entonces que la vuelta a la religión y a la filosofía creyente tenga fuertes repercusiones en el mismo arte y produzca otro nuevo

En este sentido, tal y como comentamos mi amigo Arsenio Alonso y yo, la Historia de la Filosofía Occidental en nuestros días está constituida la mayoría de las veces sobre los principios del agnosticismo o del ateísmo. En efecto, parece como si el vector prevalerte fuera aquel que conduce de la Filosofía cristiana y teísta al ateísmo de ciertos sectores de la Filosofía Contemporánea. Este fenómeno configura un verdadero paradigma dominante en nuestras universidades, y en general en toda la enseñanza y la investigación, tal como puede verse en la producción intelectual.
Pero ello no tiene por qué ser así necesariamente puesto que el ateísmo no representa la conclusión o el fin natural de la historia y de la filosofía según estamos intentando mostrar en nuestros trabajos, sino que por el contrario la creencia en Dios y su filosofía constituye el porvenir natural, la filosofía del futuro.

Por todo ello, la Filosofía deberá mostrar que el ateísmo no es sino un episodio en la corriente principal de la filosofía, la cual está constituida por la filosofía que tiene a Dios como centro de su construcción sistemática. Por todo ello se hace necesario dar el lugar que realmente corresponde en la Historia a la Escolástica del siglo XVI, al neotomismo, al espiritualismo y en general a todas las corrientes que defienden la creencia en la Filosofía Occidental. Así es, porque no es de ninguna manera evidente que la culminación y el desarrollo natural del la Filosofía sea el ateísmo o el agnosticismo, sino que más bien deben ser considerados como fenómenos episódicos.

Pero también es de esperar un renacimiento de la filosofía creyente que puede tener caminos diversos y que considerará la Iglesia de un modo completamente diferente al de las filosofías contrarias. En este renacimiento es de esperar que la Iglesia juegue el papel señero y el cristianismo un papel capital.

Por el contrario, no pocos posicionamientos filosóficos, que arrancan del siglo XIX defienden el ateísmo y que la religión es un fenómeno ilusorio (Feuerbach, Marx, Nietzsche, Freud). El más influyente ha sido Kart Marx que considera la religión perjudicial para el hombre, que puede encontrar un final feliz y de plenitud cuando alcance el comunismo que significaría el final de la prehistoria humana y su carga de sufrimiento.
La implantación de estas ideas significó y significa todavía hoy la persecución religiosa. Pero constituye un error craso pensar que el hombre puede alcanzar l otra perfección en la Tierra que no sea la del Reino porque ello implica suponer la posibilidad de erradicar el pecado, cosa que es imposible para nuestra naturaleza. Igualmente, constituye otro error que el hombre puede obviar la muerte y creer que puede alcanzar otra felicidad que no sea la de la vida eterna.

Como consecuencia, es necesario de nuevo admitir que Dios es la roca firme sobre la que se deben asentar las esperanzas humanas y que la escatología del Reino somete a crítica todas las utopías que históricamente se han expresado, sin que ello signifique que no exista el progreso en la historia.

Una vez más ha sido la Iglesia la que ha conservado el legado eterno de la religión y la que con su lucha y su esfuerzo ha venido a recordar y a testimoniar en la Edad Contemporánea que necesitamos totalmente a Dios en cuanto que Él es el alcázar del ser humano y el que hace posible su redención.

Por último, no queremos dejar de analizar ciertos aspectos que tienen su origen en el mundo político. Así, siempre hemos defendido que la comprensión del oponente político debe hacerse desde la misericordia y no desde una mentalidad poco compasiva en el juicio y no es capaz de emprender su propia autocrítica. Con respecto a ello puede decirse que es un defecto de la izquierda ( también de la derecha). En efecto, todas las generaciones de la izquierda (Bueno) desde que nace con la Revolución Francesa tienen una mirada inmisericorde hacia la Iglesia y la derecha. Con respecto a ello no negamos que los abusos del Antiguo Régimen y de la Revolución Industrial no hayan sido reales y que por ello tengan una parte no pequeña en la respuesta de las izquierdas. Pero ello no justifica la mirada fanática que juzga al oponente político desde un punto de vista maniqueo, generador de pecado en un mismo núcleo, pues también al oponente político hay que mirarle desde la caridad, que instaura otra dialéctica menos violenta y dolorosa que la actual, que es heredera del siglo XVIII.

También en este campo la Iglesia ha predicado con el ejemplo en tanto que ha sabido perdonar y ofrecer una práctica caritativa hacia aquellos que la persiguieron. Y ello más si tenemos en cuenta que su doctrina ha sabido superar el hiato de la Edad Contemporánea, reconciliándose con ella sin renunciar a sus ideales eternos, aunque todo ello sea también perfectible.

CAPÍTULO VI: TEMAS DE ACTUALIDAD

Por el nacimiento del ateísmo como fenómeno marginal en Europa en el siglo XVI parece que no se podía adivinar que llegaría a tenerla considerable influencia que alcanza en nuestro siglo, tanto en su forma teórica como en la práctica, que de hecho prescinde de Dios. Lo cierto es que en la Europa del siglo XXI, aunque minoritario el ateísmo es un hecho de masas, Por ello, se ha construido un mundo circundante que es casi ateo. Nos referimos a esa cortina de humo espeso que forman la mayoría de los medios de comunicación en los que la religión casi ha desaparecido por completo. La política, el deporte y otros temas actúan como verdaderos motivos que encubren la presencia de la religión, de tal modo que puede asegurarse que existe un eclipse de Dios (Buber) en la cotidianeidad de la vida de muchas personas.

Es fácil comprender que si desde entonces no hubiésemos contado con la fuerza organizada de la Iglesia, la increencia y el ateísmo tendrían una fuerza aún mayor. En este sentido en nuestros días, afortunadamente, la Iglesia todavía cuenta con medios de comunicación que tienen influencia apoyando la fuerza de la fe. Por tanto, contar con la fuerza organizada de la Iglesia, que es rica y variada, es de la mayor importancia para la defensa de la fe, en la que, como venimos mostrando, el ser humano alcanza sus mejores posibilidades entre otras cosas porque su relación con Dios se funda en la caridad. Por estas poderosas razones sería muy conveniente la reconquista de los numerosos bastiones perdidos por la religión.
Por otra parte, hay que señalar que se ha producido un verdadero secuestro de lo religioso y de lo eclesiástico, no solamente en los medios de comunicación como hemos ha dicho, sino también en la vida del estado. Hay pues un dominio visible de la secularización. Ello no deja de ser poco democrático pues en ambos ámbitos no se respeta a la mayoría de la población, que es creyente. Y más en el estado que debe estar movido por los principios democráticos y representar por tanto la vida de la mayoría.

Pero la religión no solamente está marginada de la vida del estado, sino que también se encuentra apartada de la ciencia y la cultura. Las ciencias y las humanidades se construyen de manera unilateral prescindiendo de Dios, como si el Absoluto no jugara un papel determinante en la construcción consecuente de las ciencias, especialmente de las ciencias humanas. Esto ya lo hemos mostrado en otros ensayos como Humanidades y Absoluto.
También por estas razones es comprensible que la Iglesia reclame los principios democráticos y defienda la presencia de la religión en los ámbitos de la vida pública, e impulse la presencia de Dios en las ciencias y de la cultura, así como la posibilidad de una armonización entre la fe, la cultura y la ciencia. En este sentido, la presencia de la religión en la escuela y la universidad son de capital importancia, según defienden los profesores de religión y sectores de influencia de la intelectualidad. Y esto aunque los creyentes por una comprensión determinada, muy influenciada por el paradigma dominante, a veces se puedan dejar llevar por el proceso de secularización.

En conclusión y para terminar, el núcleo esencial de la razón en el debate contemporáneo se encuentra del lado de la Iglesia. Nos referimos a la defensa de la existencia de Dios, a la necesidad de la religión, a la defensa de la caridad como virtud central moral y teologal, la necesidad de la militancia por el Reino, la realidad del futuro escatológico absoluto y a otras muchas. Por ello, conviene distinguir lo secundario de lo principal, que muchas veces permanece oculto por el desacuerdo moral contemporáneo (McIntre).

Pero, en nuestra modesta opinión, también cabe abrir nuevas perspectivas y ello es un desafío para la Iglesia. Por ello parecería necesaria la elaboración de nuevas filosofías y teologías, que cumpla el papel de crítica del adversario; y hagan apología de las verdades nucleares de la fe. Sería entonces conveniente la puesta en pie de nuevas argumentaciones, además de la defensa de las ya hechas, de los temas, de las argumentaciones y de los sistemas tradicionales. En efecto, si avanza la argumentación del ateísmo y del agnosticismo es necesario que se ponga también al día la argumentación de la fe con modos nuevos y perspectivas nuevas, aunque la tradición sea importante

 
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