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laicismo integrista

Los excesos de un laicismo integrista

por Ángel Gutiérrez Sanz

El laicismo irrumpe en escena con la injusta pretensión de expulsar a Dios de las familias y de las escuelas, con la intención no disimulada, de borrar todo vestigio religiosos de una sociedad que quieren exclusivamente laica y no plural, sin ningún tipo de simbología cristiana que hagan recordar viejos tiempos. Sabedores de que pueden ejercer impunemente una crítica feroz e intransigente, los laicistas se han lanzado a desautorizar, en ocasiones incluso, a ridiculizar la fe e instituciones cristianas sometidas a un acoso implaclable



La crítica, tanto la que viene de fuera, como la autocrítica que vine de dentro, en la medida que nos vaya ayudando a descubrir la verdad de lo que somos y de lo que debemos ser, bienvenida sea. Todos cometemos errores y es bueno saber reconocerlos para poder corregirlos. Si hay que pedir perdón por ellos, se pide y ya está.. Así lo vienen haciendo en los últimos tiempos papas y obispos en nombre de la Iglesia Católica. Lo malo es caer en la trampa de una crítica corrosiva de quienes tratan de confundir,embaucar y seducir. Los españoles debiéramos ser conscientes de que algo de esto es lo que está sucediendo en nuestro suelo.
Hoy estamos viviendo en un mundo de apariencias en el que lo que cuenta no es la realidad de las cosas, sino lo que la gente cree. En nuestro mundo lo que verdaderamente importa no son las verdades, sino las certezas, por eso la contienda dialéctica se viene librando en el campo del lenguaje y no en el del pensamiento. Los que han apostado por un mundo de meras representaciones y apariencias están demostrado hasta la saciedad, que basta con saber utilizar los recursos lingüísticos, para conseguir el milagro de hacer pasar la verdad por mentira y la mentira por verdad, para trocar la virtud en vicio y el vicio como virtud, para llegar a convencer a los demás de que los buenos son los malos y los malos son los buenos, y que quienes están obligados a pedir perdón no son los culpables sino los inocentes.

Estamos viendo ejemplos cada día, de cómo se puede dar la vuelta a la realidad y como se puede escribir la historia de espaldas a los hechos. Las leyendas negras alentadas por los manipuladores de hoy, nos hacen recordar viejos tiempos. Para mi lo más triste está siendo que las falacias que desde hace algunas décadas se vienen repitiendo en la vieja Europa y más concretamente en nuestra nación, no hayan tenido una contra réplica generalizada de ciudadanos depositarios de la herencia milenaria de una educación en los valores del humanismo cristiano. Ante tanta provocación no han surgido las voces de indignación que cabía esperar, lo que sí han aparecido han sido los complejos y los miedos, muchos miedos injustificados, sellados por silencios vergonzosos. La propaganda sectaria de un progresismo falsario está consiguiendo su propósito. Yo estoy seguro de que cuando la mayoría silenciosa se atreva manifestar el orgullo legítimo por lo que fueron e hicieron sus antepasados, cuando los creyentes dejen de tener miedo de manifestar públicamente sus ocultas creencias, España volverá a recobrar su propia identidad.

Estamos asistiendo a un espectáculo en un escenario que no es el que corresponde a nuestra historia. El humanismo que hoy se nos quiere imponer es un humanismo antropocéntrico alejado de Dios, consecuencia de una cultura plagada de prejuicios religiosos y en muchos aspectos contraria a la ley natural. El laicismo sectario e intransigente ha entendido bien la lección, de que a falta de argumentos convincentes, bueno es poner en marcha una campaña propagandística, bien orquesta que le permita pasar por lo que no es. En realidad se trata de una huida hacia delante, después de que el tiempo ha ido demostrando que el olvido de Dios al final acaba volviéndose contra el hombre. Es extraño que un laicismo rancio, falto ya incluso de una ideología que le sirva de soporte, esté aún presente entre nosotros y se permita el lujo de arremeter con virulencia inusitada . La propaganda sectaria a parte de otras coyunturas históricas puede explicar milagros como éste.

Los enemigos de Dios no cejan en su empeño de ridiculizar el mundo de lo sagrado y acosar con sus críticas infundadas a los cristianos y de manera especial a los católicos, práctica ésta, que hasta ahora tan buenos resultados les está dando.

Vivas están en el recuerdo todavía, esas representaciones blasfemas irreproducibles, profanaciones, manifestaciones injuriosas contra la religión que, bajo el pretexto de creaciones artísticas y al amparo de la libertad de expresión, se han venido exhibiendo en diversos lugares, alguna de ellas, al menos, subvencionadas con dinero publico; aunque lo malo no es que haya alguien capaz de hacer cosas tan denigrantes , lo peor es, que ello se haya consentido, sin que se haya escuchado la protesta unánime de la gente honesta, que dígase lo que se diga, todavía existe.

Sucede que mientras los demás callan, aumenta el griterío irrespetuoso de los intolerantes con los sentimientos religiosos. Los creyentes hemos tenido que ir acostumbrándonos a la incomprensión, incluso a la sonrisa burlona de unos conciudadanos que no entienden que en un Estado laico pueda haber gente como nosotros. Se nos quiere vender la milonga de que un estado laico es sinónimo de neutralismo e imparcialidad. No, no es fácil ser creyente en los tiempos que corren. El laicismo está consiguiendo su propósito de acomplejar a los creyentes, haciendo prevalecer los prejuicios subjetivos sobre las razones fundadas, hasta el punto de hacer creer a la gente que el ser católico no es motivo de orgullo sino de vergüenza. Este debiera ser el momento de dar un paso al frente y volver a ser testigos de nuestra fe y sentimientos patrióticos de los que nunca debimos claudicar

Y mientras los católicos permanecemos indiferentes, estos desaprensivos se hacen pasar por víctimas y sin pudor alguno acusan a la Iglesia de que no les trate como ella quisiera ser tratada por los demás, la exigen, incluso, que pida perdón por culpas que otros no quieren reconocer. Al día de hoy siguen acusando a la Iglesia Católica por canonizar a sus mártires y por reconocer la heroicidad cristiana de miles de católicos españoles que no se doblegaron a las exigencias de un ateismo beligerante que hoy trata de volver por sus fueros. Lo que al laicismo falaz e ideologizado le hubiera gustado es, que estos miles de españoles en lugar de ser declarados santos, hubieran sido declarados perturbadores del orden legal establecido y rebeldes por no acatar los dogmas provenientes de una cultura inspirada en el “odium Dei”

Las acusación sistemática contra la religión está resultando ser tan corrosiva como inexacta. A mi modo de ver, dos de estas acusaciones han impactado fuertemente en la conciencia tanto individual como colectiva. Señalo en primer lugar aquella recriminación, tan habitual, que tilda a los creyentes de retrógrados y trasnochados, haciéndoles pasar por enemigos del progreso. De lo que se trata es de presentar el cristianismo como un fanatismo macilento que ya sólo puede satisfacer a “meapilas” y viejecitas piadosas. La estrategia les ha funcionado pues hasta los mismos católicos estamos dando muestras de ser muy sensibles a acusaciones como ésta. Incluso los hay que no les importa comprometer su fe, con tal de que su progresismo quede fuera de toda duda. Las concesiones que se hacen a la progresía desde las filas católicas, más que a convicciones personales responde muchas veces, a un afán desmesurado de cuidar la imagen frente a los demás demostrando que se sigue lo que está de moda.

A parte de otras consideraciones lo que cabría decir, es que el cristianismo no necesita defenderse de este tipo de insidias. Cualquier persona medianamente instruida debiera saber, que desde sus orígenes la fe católica ha ido acompañada de la razón y de la ciencia, desde muy antiguo su lema ha sido: “ Entiende para que puedas creer y cree para que puedas entender”.El cristianismo como bien ha dicho Benedicto XVI ha sido y sigue siendo una religión ilustrada. Nosotros, los cristianos, hoy como ayer, estamos en disposición de afrontar un dialogo a todos los niveles con el pensamiento laico, como bien quedó probado en el encuentro del 19 de Enero del 2004 entre, por aquel entonces, cardenal Ratzinger y Habermas, máximo representante de la cultura laica en Occidente.

La segunda acusación que se viene lanzando contra la religión es la de ser intolerante, lo que ha hecho que no pocos católicos, conscientes de la incondicionalidad de su fe, se sientan confundidos. La firmeza en las convicciones personales nada tiene que ver con la intransigencia y falta de comprensión para con los demás, se trata de cosas bien distintas, que pueden ser compaginables entre sí. La acusación hoy más que nunca carece de sentido ¿Intolerantes los católicos…? Yo pienso que aunque quisiéramos, los católicos no podríamos ser intolerantes en los tiempos que corren. Intolerantes, hoy, lo pueden ser otros. Los católicos nos contentamos con que no se nos excluya y se nos respete el espacio social que por derecho nos corresponde. Nos conformamos con que se nos permita intervenir, como a cualquier otro ciudadano, en el dialogo sobre cultura, familia, educación, moralidad que son del dominio público y que a todos nos incumbe por igual. Nos contentamos con que se respete la liberad religiosa y se nos permita manifestar públicamente nuestros sentimientos. En definitiva que se nos permita ser ciudadanos como los demás, con los mismos derechos y deberes. A nadie tratamos de imponer nuestra fe, pero exigimos que ésta sea respetada por todos, de la misma manera que nosotros respetamos las ideas y sentimientos de los demás. No pedimos privilegios; pero tampoco aceptamos injustas discriminaciones. Si esto es intolerancia, he de decir, que yo como católico, soy un intolerante y he de seguir siéndolo, a mucha honra.

 
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