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Lo que vale la pena salvar hoy

Lo que vale la pena salvar hoy
Enrique García-Máiquez



¿Hay cosas que se pueden salvar? Roger Scruton plantea que hay tres, de carácter transversal: la llamada de la belleza, el descubrimiento de la verdad y la lucha por la bondad. La belleza, en concreto, interpela a todos por encima de las ideologías: es un punto de partida para entedernos.



El perfil mediático de sir Roger Scruton (Buslingthorpe, Reino Unido 1944) suele pergeñarse con sus afilados trazos de polemista y con las sombras de escándalo político que siempre le acompañan. Sin embargo, un sereno escrutinio de su aportación filosófica nos descubre que el secreto último de su pensamiento estriba en su loa luminosa y entusiasta de la belleza y la cultura.

El filósofo británico cumple al pie de la letra con el adagio de Chesterton: «Un verdadero soldado no lucha porque tenga algo que odia delante de él; lucha porque tiene algo que ama detrás». Él ama el mundo con pasión y disfruta del regalo de sus encantos y placeres con un hedónico agradecimiento: la naturaleza, el arte, la música, las confortables costumbres, la historia, la literatura, etc.

Dante recordaba el día y la hora y el lugar de su enamoramiento de Beatriz, y Scruton recuerda el instante y el sitio en que se convirtió en un conservador. Lo detalló en una entrevista en The Guardian en 2002: «[En Mayo del 68] estaba en el Barrio Latino de París viendo a los estudiantes volcar coches, romper ventanas y lanzar adoquines y por primera vez en mi vida sentí una oleada de indignación política. De repente caí en la cuenta de que yo estaba en el otro bando. Vi una multitud ingobernable de hooligans de clase media encantados de haberse conocido. Cuando pregunté a mis amigos qué pretendían, qué intentaban lograr, todo lo que me contestaron fue un centón de perezosos tópicos marxistas. Me irritó y pensé que debía de haber un camino de regreso a la defensa de la civilización occidental. Fue entonces cuando me convertí en conservador: quería conservar las cosas en lugar de derribarlas».

Una cultura sin amor

A partir de entonces repetirá que el conservadurismo trata de amor. Sensu contrario, ha declarado: «Me parece que la característica más importante de nuestra cultura postmoderna es que se trata de una cultura sin amor». No son frases cursis. Remiten a un flechazo verdadero y tumbativo con la realidad. Que le ha abocado a una defensa sin cuartel, como a Dante su enamoramiento le exigió el Inferno y el Purgatorio.

A ese giro defensivo responderán libros tan celebrados como Pensadores de la Nueva Izquierda (1985) o Cómo ser conservador (2014), entre otros. Pero su pensamiento será ideológico apenas en segunda instancia y por instinto de conservación. Sólo se enfrenta a quienes no aprecian ni lo que hay ni lo que tienen. Si el 68 trató de volcar un mundo que merecía ser amado, Scruton, en legítima defensa, iba a poner al 68 patas arriba.

Observen el efecto: del 68, dado una vuelta de ciento ochenta grados, sale el 89, la fecha de la caída del Muro de Berlín, el evento histórico al que el pensador inglés contribuyó cuanto pudo no sólo con sus escritos desde Occidente, sino allí, sobre el terreno, con su participación en la resistencia intelectual tras el Telón de Acero.

Esa experiencia la ha novelado en Notes from the Underground (2014). La anécdota biográfica tiene importancia, además de por sus atractivos tonos como de espías de Graham Greene, porque retrata la actitud de Scruton: nunca se queda en la crítica, sino que propone, coge las vueltas, actúa.


Su incansable defensa de la belleza y sus llamadas de atención sobre la importancia
de la alta cultura cimientan su obra

Su activismo y su hedonismo son consecuentes porque se oponen al nihilismo, que es lo único que ofrece, según él, la postmodernidad (con sofisticados envoltorios). No pierde de vista el aviso de Heidegger: «Nichts nichtet», la nada nadea. Su postura será la opuesta: sostener lo bueno, lo hermoso y lo verdadero, demostrando que es hermoso, verdadero, bueno y, encima, mejor, más práctico y más feliz que la nada. Esto es, que todo todea.

Su incansable defensa de la belleza, no de cualquier belleza, sino de una belleza (como subraya Calvo Serraller en El País el 14 de marzo de 2017) beligerantemente vintage, y sus constantes llamadas de atención sobre la importancia de la alta cultura cimientan su obra completa. La hermosura de la naturaleza y del arte, el misterio de la música, el sabor de lo antiguo y los grandes hitos culturales son, a la vez, la mejor defensa de su posición política y lo mejor que su posición política defiende.

Roger Scruton inició su andadura intelectual con una tesis doctoral sobre Estética. Es muy significativo que se la dirigiese Elizabeth Ascombe, preclara figura del pensamiento aristotélico-tomista de Cambridge. Pero también es esencial el tema con el que nuestro filósofo arranca, porque, ante la belleza, nuestra sensibilidad estremecida sale de su entumecimiento. Es la más poderosa e inmediata apelación frente a la nada. En Bebo, luego existo (2009) confiesa: «Muy pronto me convencí de que no había ninguna cuestión filosófica más difícil ni más importante que la de la naturaleza y el significado de la música».

La belleza interpela por encima de las ideologías: es, por tanto, un inmejorable punto de partida para entendernos. Scruton abre el libro La belleza (2011) con contundencia programática: «La belleza puede ser consoladora, turbadora, sagrada, profana; puede ser estimulante, atractiva, interesante, escalofriante. Puede afectarnos de un sinfín de formas distintas; sin embargo, nunca nos deja indiferentes: la belleza exige el reconocimiento; nos interpela directamente como la voz de un amigo íntimo».

Esa voz amiga otorga sentido. Una observación cotidiana y perspicaz lo demuestra. En los edificios modernos y en las ciudades contemporáneas, señala Scruton, se necesitan incesantes carteles indicando direcciones, usos y dependencias. La nueva arquitectura y el nuevo urbanismo en sí mismos son mudos, incapaces de transmitir por sus medios ningún tipo de sentido u orientación. Ni las viejas ciudades —con sus plazas y sus torres— ni los edificios clásicos —con sus ornamentos y sus estructuras— necesitaban más código que su propia plenitud formal.


La belleza desactiva el pragmatismo del funcionalismo y demuestra la utilidad de lo estético y espiritual

Para un pensador tan británico como Scruton, constantemente tentado por el empirismo, esta característica de la belleza blande una hoja de doble filo: desactiva el pragmatismo del funcionalismo y, a la vez, demuestra la utilidad de lo estético y espiritual. «El funcionalismo (explica) apostó por la utilidad y prescindió de la belleza a la hora de diseñar colmenas habitables, edificios de oficinas y estaciones de autobuses. Eso llenó nuestras ciudades de fealdad y mutilación, olvidando que no todas nuestras necesidades son prácticas, pues tenemos necesidades espirituales y morales, éticas y estéticas».

En el documental de la BBC de 2006 titulado On Beauty, muestra cómo los edificios más funcionales han dejado de funcionar porque nadie quería vivir ni trabajar en lugares espantosos, mientras que los edificios bellos siempre encuentran una nueva función que los revitaliza. El utilitarismo resulta, a la larga, más inútil que la estética más exquisita. Como Dostoievski, Scruton sostiene que la belleza salvaría el mundo, si la dejasen.

Tras el sentido y la utilidad, a renglón seguido, la belleza conlleva una exigencia. Para Scruton, «no es extraño que usemos tan a menudo las palabras bello y hermoso para describir el aspecto moral de la gente. […] El alma bella es aquella cuya naturaleza moral es perceptible, que no es sólo un agente moral sino una presencia moral, con el tipo de virtud que se muestra a la mirada de quien la contempla. […] La apreciación moral y el sentimiento de la belleza están inextricablemente unidos, y ambos tienen por objeto a la persona concreta e individual».

Siguiendo a Platón, Scruton conecta la belleza con el deseo, y ambos con lo sagrado y añade: «Kant también creía que la belleza natural es un “símbolo” de la moral, y observó que las personas que se interesan de verdad por la belleza natural demuestran con ello que poseen el germen de una buena disposición moral, de una “buena voluntad”. El argumento kantiano en defensa de esta opinión es algo vago, pero es una opinión que compartía con otros autores del siglo XVIII, entre los que figuran Samuel Johnson y Jean-Jacques Rousseau. Y es una opinión que nos atrae instintivamente, por muy difícil que resulte construir una argumentación a priori en su favor».

Dejando apuntada esa conexión de la belleza con la bondad, Scruton prefiere orientar su camino hacia la verdad. Luego, como veremos, todo se andará, pero, a raíz del verso de Keats «La belleza es verdad y la verdad, belleza», constata: «Nuestras obras de arte favoritas parecen guiarnos hacia la verdad de la condición humana».

La verdad existe

La existencia de la belleza implica una jerarquía de logros estéticos y la necesidad inherente de un juicio personal, pero no caprichoso, sino estricto y exigente, que ha de juzgar, por tanto, según criterios objetivos. Para Scruton, como explica Josemaría Carabante en su recensión a La cultura cuenta (2007) (Nueva Revista), «el relativismo es una enfermedad tremendamente contagiosa y nociva en el campo de la estética cultural. E inocula diversas enfermedades: complejo de inferioridad, sentimiento de culpa, vergüenza por la tradición. Porque si bien es verdad que, como afirma el pensador británico, los juicios culturales son de alguna forma subjetivos, ya que dependen de experiencias acumuladas, de impresiones vividas y de la formación recibida, también implican cierta adecuación y poseen sentido normativo. Gracias a ello podemos afirmar sin complejos que hay cuadros buenos y malos, mejores y peores canciones, libros más conseguidos en términos artísticos que otros».


Como comprobamos en nuestra vida cotidiana, «el juicio estético es necesario para hacer bien cualquier cosa».

Sin relación con la verdad, no estaríamos ante un arte auténtico, sino ante la falsificación de la emoción del kitsch o, en el otro extremo, ante el efectismo hueco del arte rompedor. No se trata sólo de un problema para galeristas y críticos de arte. Como comprobamos en nuestra vida cotidiana, «el juicio estético es necesario para hacer bien cualquier cosa».

A su crítica al relativismo, Scruton suma la del reduccionismo, ejercido a través del muy recurrente tópico del nothing-buttery, esto es, del “nada-más-que”. No es nada más que una expresión más de la retórica nihilista que despliega la postmodernidad. Consiste en afirmar que los hombres no somos nada más que química o construcción social o intereses económicos o memes o código genético… Naturalmente, Scruton contrapone el ejemplo de la estética. Un paradigma de nothing-buttery sería afirmar que un cuadro no es nada más que pinceladas de óleo sobre una tela. El sentido común y la verdad nos dicen que son mucho más:  el buen gusto, la técnica pictórica, el diálogo con la tradición, la visión del artista, su espíritu, el del público…

Del mismo modo, un hombre es mucho más que un conjunto de genes o una cultura más que un añadido de intereses económicos. Detrás de esos discursos, según Scruton, no hay nada más que intentos de negar la dignidad de la naturaleza humana con el propósito consciente o inconsciente de liberarse de la obligación de vivir de acuerdo con la exigencia moral que implica. Obsérvese su letal ironía: utiliza el mecanismo nothing-buttery para rebatirlo. Es una constante: Scruton —hijo, al fin y al cabo, aunque rebelde o del revés, de Mayo del 68— recurre a las armas y tácticas de su tiempo.

La misma pulsión desesperada de escapar de las elevadas exigencias que emanan del espíritu humano se esconde detrás del feísmo del arte y la arquitectura moderna y postmoderna. El reflejo de la belleza pone en evidencia el alma. Por tanto, más allá de la irremediable confrontación con la postmodernidad, importa lo que Scruton afirma, como siempre.

En este caso, que hay que rebelarse ante el relativismo y al reduccionismo porque nos privan de la riqueza de nuestra cultura, que se sostiene sobre la jerarquía, el reconocimiento de la verdad y los juicios de valor. En La cultura cuenta advierte: “La conclusión ineludible es que el subjetivismo, el relativismo y el irracionalismo no se defienden para acoger todas las opiniones, sino para excluir específicamente las opiniones de los que creen en las viejas autoridades y en las verdades objetivas».

Si es algo tan evidente, ¿por qué el relativismo encuentra seguidores tan absolutos? «Es un argumento que cuenta con entusiastas partidarios porque en apariencia libera al ser humano de la carga de la cultura, diciéndole que todas esas venerables obras maestras pueden ignorarse impunemente, que los culebrones son “tan buenos como” Shakespeare y Radiohead está a la altura de Brahms, ya que nada es mejor que nada y todas las pretensiones de valor estéticos son nulas.


“Fausto, Hamlet, la Eneida o el Moisés de Miguel Ángel han cambiado nuestra forma de ver el mundo”

Por lo tanto, el argumento concuerda con las formas del relativismo moral en boga». Igual que el “nothing-buttery” pretende liberarnos de las exigencias de la naturaleza humana, el relativismo cultural nos libra de «las obligaciones enormes aunque no siempre bien expresadas, que impone la cultura, en especial, de la obligación de ser distintos y mejores de lo que somos».

El filósofo, por más que entienda la utilidad a corto plazo de tales subterfugios, expone sus consecuencias: «Algunas obras han cambiado nuestra forma de ver el mundo; por ejemplo, el Fausto de Goethe, los últimos cuartetos de Beethoven, el Hamlet de Shakespeare, la Eneida de Virgilio, el Moisés de Miguel Ángel, los Salmos de David y el libro de Job. Para las personas que no conocen esas obras de arte, el mundo es un lugar distinto y acaso menos interesante».

Inexorablemente, el análisis de la jerarquía de valores y los juicios estéticos lleva a sir Roger Scruton a defender la civilización occidental. Dedica un monográfico a la cuestión, titulado con todo el descaro de su rima The West and the Rest (2002). Aunque apenas hay libro suyo en que no haga una loa de Occidente; en éste, tras los atentados de las Torres Gemelas, su apelación se torna dramática. La defensa de nuestro modo de vida pasa por una compresión profunda de lo que somos: «Los políticos, cuando les preguntan por qué estamos luchando en la “guerra contra el terrorismo” responden invariablemente que por la libertad. Pero, tomada en sí misma, la libertad significa la emancipación de los límites, incluyendo esos límites que pueden ser imprescindibles si queremos que la civilización sobreviva».

Para entender la defensa scrutoniana de Occidente no debemos alejarnos de su crítica al nihilismo. Para Scruton, lo más grave del multiculturalismo es que no consiste en ninguna aportación real, sino en una laminación.

En Los usos del pesimismo (2010), haciendo honor al título del libro, lo denuncia sin ambages: «No puedes aprender muchas culturas. Lo mejor que puedes hacer es aprender una forma de síntesis pública de la cultura que compartes con tus vecinos y de la cultura privada que funciona en casa. Eso es exactamente lo que nuestro currículo “monocultural” impartía: una cultura pública de buen comportamiento y de lealtad nacional compartida […] Y todo lo que el multiculturalismo ha logrado es dar al traste con aquella cultura pública compartida, acabar con su legitimidad y poner en su lugar un gran vacío».

La cultura compartida

La intuición de que la belleza estaba unida a la bondad, según sugería Kant, tentó a Scruton, como vimos, pero él prefirió el camino del poeta John Keats: «Belleza es verdad, verdad es belleza, eso es todo/ lo que sabes y lo que necesitas saber». Aunque Scruton sabía que eso no era todo lo que sabía: simplemente escogió un camino más largo, pero más firme. Siguiendo al Kant que dijo que «la existencia de cosas bellas demuestra que el hombre armoniza con el mundo», Scruton pasó de la belleza a la prueba de la verdad, y ahora, sobre ellas, se construye la necesidad de una cultura compartida frente al gran vacío al que aboca el relativismo. En esa comunidad cultural, la filosofía de la afirmación de Scruton llega a la bondad.

Sorprende que no se haya asociado a Roger Scruton con el comunitarismo de pensadores como Alasdair MacIntyre y Michael Sandel, entre otros. Como ellos, defiende el sentido común, la sociedad civil, el realismo de raigambre aristotélica y la crítica al utilitarismo y al liberalismo sin principios. Necesitamos descubrir, en palabras de Scruton, «islas de valor en un mar de precios», idea análoga a la expuesta por Sandel en el libro Lo que el dinero no puede comprar (2014).

Dejemos que Scruton se explique: «En 1979 escribí El significado del conservadurismo, un intento impetuoso de contrarrestar la ideología mercantilista de los think-tanks thatcheristas. Quería recordar a los conservadores que hay una cosa que se llama sociedad, y que la sociedad es aquello de lo que trata el conservadurismo. Creí que “la libertad” no es un respuesta ni clara ni suficiente a la pregunta de qué es aquello en lo que el conservadurismo cree. Como Matthew Arnold, sostuve que “la libertad es un excelente caballo para galopar, pero para galopar… a algún lugar”».

Como Sandel, Scruton no quiere renunciar a los criterios morales que permiten juzgar la acción política y la dirección del progreso de nuestra sociedad. Sabiendo que entra en un terreno difícil, vuelve a cobijarse en la alta cultura. Primero, porque es la que avisa: “El valor moral de la cultura consiste en que perpetúa la idea del valor moral, enseñándonos, para empezar, que realmente existe esa cosa”, explica en La cultura cuenta; y añade: «La cultura importa por esto: es la vasija en la cual los valores intrínsecos son conservados y transmitidos a las nuevas generaciones».

Los valores más explícitos y concretos de la comunidad los enumera y describe en un libro inesperadamente esencial, muy menor en apariencia: Inglaterra, una elegía (2001). Allí defiende, con una prosa que supera incluso sus habituales niveles altísimos de excelencia, los múltiples lazos comunitarios de la sociedad inglesa, desde el Derecho hasta el deporte, pasando por la historia, el paisaje o el carácter arquetípico de sus gentes.

El ejercicio de la bondad implica por su propia naturaleza un movimiento horizontal, que es el amor al prójimo: a la familia, al vecino, al compatriota, etc., en círculos concéntricos de mayor a menor intensidad. A eso hay que añadir un rectilíneo movimiento vertical que, en consonancia con el pensamiento de Edmund Burke, supone un compromiso sin solución de continuidad con los antepasados y con los que aún no han nacido.

Cruzando ambas líneas, concluye en su libro Filosofía verde (2011) precisando que su entendimiento de la acción política «se formula en términos de administración fiduciaria antes que de empresa privada, de conversación y no de mando, de amistad antes que de la persecución de alguna causa común».


Scruton reclama las raíces conservadoras del ecologismo, que heredó hasta el nombre de la familia y se llamó “conservacionismo”

Podríamos comprobarlo en sus posiciones urbanísticas o sobre la enseñanza o a favor del Brexit; pero en el problema medioambiental se ve mejor. Scruton reclama las raíces conservadoras del ecologismo, que, hijo legítimo, heredó hasta el nombre de la familia y se llamó “conservacionismo”. Los primeros modernos interesados en la belleza de la naturaleza y su preservación fueron el vizconde de Chauteaubriand y los románticos alemanes. Lo más scrutoniano de esta genealogía es que no es una ideología, sino una estética y la decantación de un intenso sentido de pertenencia.

El ecologismo actual presenta, según él, tres defectos de raíz. Primero, su cientificismo, ciego a las razones estéticas y culturales. Segundo, su globalismo, que, al no nacer del sentido de comunidad, termina percibiéndose como una imposición exógena. Finalmente, su instintiva animadversión al ser humano, considerado implícita y hasta explícitamente una plaga para el planeta. Es otro de los disfraces del nihilismo contemporáneo en su inercia de negar todo.

Llegados a este punto se entiende la importancia que Roger Scruton da a los movimientos asociativos locales y comarcales para los más diversos fines, que redundan en beneficio de la comunidad. Asociaciones ornitológicas, clubs sociales, tertulias culturales, organizaciones en defensa del patrimonio local, ferias benéficas, peñas de cazadores, etc., forman el tejido que abriga una comunidad y son el campo natural donde se ejercita la bondad sin abstracciones filantrópicas ni discursos demagógicos. Hasta su concepción de la religión tiene raíces comunitaristas: «La herejía y el sacrilegio son peligros porque amenazan la comunidad: la meticulosidad del rito religioso es un signo de que la religión no es solamente un sistema de fe, sino un criterio de pertenencia”, expone en Manual de cultura moderna para personas inteligentes (1998).

Conclusión: Nobleza de espíritu

El pensamiento de Scruton va del deslumbramiento de la belleza, pasando por la defensa de la verdad, hasta el compromiso más concreto con el bien de la comunidad. En todo momento, su hilo conductor es un imperativo ético personal. Lo reconoce desde el principio, como escribe en La belleza: «Nuestra necesidad de belleza quedaría insatisfecha si no afectase a nuestra realización como personas. Es una necesidad que surge de nuestra condición metafísica, como individuos libres, que buscamos nuestro lugar en un mundo común y público. Podemos vagar por este mundo hostiles, resentidos, suspicaces o desconfiados. O podemos encontrarnos a gusto en él, en armonía con los demás y con nosotros mismos. La experiencia de la belleza nos guía por el segundo camino».

Roger Scruton es consciente, por tanto, de que «toda crítica artística que sea digna de ese nombre también se ocupa de revelar el contenido moral de las obras de arte».  Le aplaudiría Nicolás Gómez Dávila, que escribió: «La crítica decrece en interés mientras más rigurosamente le fijen sus funciones. La obligación de ocuparse sólo de literatura, sólo de arte, la esteriliza. Un gran crítico es un moralista que se pasea entre libros». Sin embargo, Scruton no sólo se ha paseado, sino que ha defendido con uñas y dientes la implicación ética, propia de la educación liberal, transida de humanismo: «La cultura común nos dice cómo y qué hemos de sentir, y haciéndolo, eleva la vida a un plano ético, donde el juicio crítico se insufla a todo lo que se hace».

Esa totalidad de la exigencia estética y, por tanto, de la implicación ética la ha llevado a sus últimas consecuencias en una desbordante diversidad de campos de estudio y de actividad que van desde la defensa de la civilización occidental hasta la cata placentera de un vino o del tabaco, arrostrando los peligros de la soledad y de la censura de lo políticamente correcto.

Han sido peligros reales. Tras dejar la dirección de la Salisbury Review, Scruton hizo este balance del coste personal que supuso el «simple alivio de musitar la verdad»: «El puesto me había costado miles de horas de trabajo no retribuido, un horrible asesinato simbólico en Private Eye, tres pleitos, dos interrogatorios, un despido, la pérdida de un cursus honorum universitario en Gran Bretaña, un sinfín de reseñas negativas, la suspicacia de los tories y el odio de cualquier progresista decente en todas partes. Y había valido la pena».


Su figura ha adquirido perfiles quijotescos. Acometió los molinos de viento del nihilismo

Este recuento es un poema de timbres épicos que nos recuerda que no podemos acabar esta semblanza de sir Roger Scruton sin señalar que su figura ha adquirido perfiles quijotescos. Acometió los molinos de viento del nihilismo y ha demostrado que no eran fantasmagorías, sino poderosos sistemas de pensamiento, con complicidades en comodidades subjetivas y perezas compartidas, que podían moler, como quien no quiere la cosa, los valores de Occidente. Scruton se ha negado al nihilismo y se ha rebelado contra el reduccionismo, poniendo patas arriba los postulados de la postmodernidad.

Su libertad de pensamiento no ha sido en ningún caso la coartada de un provocador profesional. En realidad, sir Roger Scruton defiende una libertad mayor, más amplia y autobiográfica (que incluye la de cazar el zorro). Él ha sido el primer comprometido por sus planteamientos.

Todo empezó por un encuentro personal con la belleza. A partir del cual, ha tratado de seguir el consejo o la orden o la vocación que el torso arcaico de Apolo inspiró a Rainer Maria Rilke: «Tienes que cambiar tu vida». La llamada de la belleza, el descubrimiento de la verdad y la lucha por la bondad han terminado modelando la obra y la vida de Roger Scruton. Quizá también (esperamos) la de sus lectores.
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Enrique García-Máiquez

Enrique García-Máiquez (Murcia, 1969). Estudió Derecho en la Universidad Navarra y lo enseña en un instituto de secundaria de Puerto Real. Ha publicado cuatro libros de poesía, el último es “Con el tiempo” (2010), tres dietarios (el más reciente, “Un largo etcétera”, 2017), dos colecciones de sus columnas periodísticas (la última, “Un paso atrás”, 2012), un libro de aforismos, “Palomas y serpientes” (2016) y un brevísimo cuadernillo de haikus, “Alguien distinto” (2005). Tiene en prensa “El burro flautista”, nueva colección de columnas periodísticas. Ha traducido a Mario Quintana, a G. K. Chesterton, en prosa y en verso, y el “Tomás Moro”, de William Shakespeare, nada menos, y de otros. Codirigió la revista literaria “Nadie parecía” y escribe crítica de poesía en diversas revistas especializadas. Mantiene el blog “Rayos y truenos”.

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