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Siglos de falsos testimonios

Siglos de falsos testimonios

En su libro "Falso testimonio"(Ediciones Sal Terrae, 2017), el historiador protestante Rodney Stark investiga cómo cierta historia de la Iglesia católica ha sido falsificada para crear una imagen de oscurantismo y contraria al progreso.
Por Fernando García de Cortázar



En octubre de 2001, al recibir el Premio de la Paz de la Feria del Libro de Fráncfort, el filósofo Jürgen Habermas definió la actitud con la que un intelectual debe orientarse en el grave desorden moral de nuestro siglo. Su mirada limpia, carente de la irritada debilidad del sectarismo, se posó sobre las víctimas de las grandes catástrofes totalitarias del siglo xx y las que acababan de sufrir el atentado del 11 de septiembre a manos del fundamentalismo islámico. Habermas exigía ante tales acontecimientos una sensibilidad distinta a la que habían provocado los excesos de la secularización. La pérdida de una expectativa de redención, el carácter definitivo de la muerte, no debían verse ya como situaciones satisfactorias para un mundo que daba la espalda a sus raíces religiosas. Por el contrario, convenía meditar en el vacío que la carencia de una idea de eternidad y de sentido último de la existencia había dejado en el corazón del hombre. En la más importante feria del libro del mundo, Habermas denunciaba el expolio de la tradición cultural inspiradora de la conciencia de Occidente, cuya desaparición estaba provocando la mayor oquedad ideológica de nuestro tiempo.

Las doctrinas que siempre quisieron mejorar la suerte del hombre surgieron, no por casualidad, en la Europa en la que el cristianismo arraigó y en la que su mensaje fue capaz de identificarse con la cultura de un continente. Los principios humanistas nacieron en nuestra civilización y ahora deben servir de inspiración a quienes deseamos superar el vacío angustioso que padecemos. No hubo obra artística, fantasía de la imaginación o festín de la belleza que no se inspirara en los valores de la religión cristiana. No hubo tampoco —y en ello habrá que poner especial énfasis— declaración de derechos, exigencia de respeto a la dignidad del hombre o invocación a la condición fraterna de la existencia, que no tuviera su origen en el cristianismo. A quienes levantaron banderas de emancipación solo se les ocurrió hacerlo porque su vida había estado impregnada de un ambiente de valores superiores y de crítica a la injusticia inspirado en el Evangelio.

España está pasando, como todo Occidente, por un devastador periodo de banalidad, de despreocupación y pérdida de sustancia moral. Nuestro país se ha instalado en una jovial ausencia de principios, en un permanente abandono de tradiciones a las que se achaca caducidad, cuando no oscurantismo. España padece un grave deterioro de sus recursos ideológicos, de su vigor cultural y su pertenencia al espacio de civilización que ha ido trenzando un conjunto de valores universales, de los que ahora lamentablemente se despreocupa.

La ignorancia que se ha adueñado de nuestro mundo y la insolencia de querer actuar como si nuestras raíces colectivas fueran obstáculo para nuestra realización individual están en el trasfondo de la denuncia que el profesor Rodney Stark hace en su libro Falso testimonio. Un alegato contra la arrogancia intelectual y la mentira de quienes consideran que la libertad de las sociedades modernas se ha construido como resultado de la impugnación del cristianismo y de una progresiva pérdida de influencia de la Iglesia católica en aras de una beneficiosa secularización del mundo. La obra del sociólogo americano es una refutación inteligente de la historia del catolicismo urdida en medios pretendidamente científicos a lo largo de los últimos cinco siglos. Las falsedades que se denuncian, los embustes propagandísticos que se delatan, definen la trama de un libro apasionante que trata de desmontar las negras y fraudulentas visiones que se han difundido de la naturaleza y el desarrollo del catolicismo. El pasado es inflamable y puede manipularse para ensombrecer la reputación de la cultura católica, justificar una guerra, o, como temía Orwell tras su experiencia en las tierras rojas de la guerra civil española, para abrir paso a un mundo de pesadilla de imposiciones totalitarias.

Todos los atributos de una civilización, fruto de la síntesis de la razón clásica y el mensaje del cristianismo, fueron salvaguardados en la historia moderna por la resistencia de los católicos ante las tentaciones de una falsa emancipación, de una falaz vía hacia la servidumbre. Tal resistencia tuvo su momento inicial en la respuesta del concilio de Trento a los objetivos doctrinales y organizativos de la reforma protestante. A partir de entonces hemos asistido, sin embargo, al éxito de ciertos mitos, distintos lugares comunes que han convertido aquel titánico esfuerzo por preservar la esencia liberadora del cristianismo en una mera batalla entre el progresismo protestante y el oscurantismo de los católicos. Incluso la misma difusión del concepto de Contrarreforma sugiere una actitud reaccionaria frente al desafío de la novedad, que los católicos han acabado por aceptar con más ignorancia que humildad, ya que apenas difiere de lo que el luteranismo y adláteres han divulgado.

Desde su honestidad académica, alejada de la militancia católica, el propio Rodney Stark no duda en afirmar que a partir de la ruptura luterana los ataques a la Iglesia de Roma fueron cristalizando en falsos testimonios impulsados por los disidentes y que se incrustaron en la historia cultural de Occidente. A un lado, la innovación renacentista, la responsabilidad económica, la moral del esfuerzo y la apertura ideológica anunciada por el protestantismo; del otro, el anacronismo medieval, la Inquisición, la perezosa mentalidad de la opulencia rentista, el rechazo a la ciencia y la cerrazón espiritual administrada por una institución arrumbada por la marcha de la historia.

Si los católicos no salimos al paso de esa normalización de las banalidades de una mala lectura de Max Weber y una peor asimilación de Wilhem Dilthey, ¿quién habrá de hacerlo por nosotros? Porque la verdad es que ha acabado por divulgarse una interpretación de la gran crisis del siglo XVI como la responsable de una Europa de dos velocidades y dos intensidades religiosas. El norte emprendedor, porque fue liberado. El sur ocioso, porque permaneció en la sombra. El norte próspero, porque adquirió la conciencia de los deberes sociales del cristiano. El sur antediluviano, porque mantuvo la torpeza dogmática al servicio de terratenientes gandules y aristócratas jactanciosos. El norte que ofreció a cada hombre su contacto directo con Dios a través del libre examen de las Escrituras. El sur que dejó a los hijos de Dios bajo el control de una autoridad ilegítima, que les robaba la posibilidad de relacionarse con su Creador sin pagar el peaje a la institución eclesiástica.

Ya es hora de atajar estas extravagancias y el libro de Rodney Stark ofrece, sin entrar en polémica, argumentos históricos para defendernos los católicos de las maldades y perversiones que nos atribuyen, desde el antisemitismo hasta la cooperación con los regímenes dictatoriales, pasando por el apoyo a las distintas formas de esclavitud moderna o la incapacidad radical para aceptar el progreso científico y la Ilustración. La Edad Media como época de oscuridad y tinieblas fue, en buena medida, un invento de la propaganda protestante para definir un milenio entero de retroceso entre la antigüedad grecorromana, clásica, y la recuperación postmedieval portadora de la luz y de la innovación correspondiente a la llegada de Lutero. No es cierto, en absoluto, que el catolicismo rompiera con la esperanza de modernidad del Renacimiento. Antes, al contrario, ese ciclo brillante de la historia floreció precisamente en aquellos lugares donde se dio el primer encuentro del mensaje de Cristo y la herencia humanista del Mediterráneo clásico. Fue en este sur desprestigiado donde la fe y la razón hallaron el modo de sintetizarse, en la tarea inmensa de santo Tomás de Aquino, facilitando el encaje entre cristianismo y modernidad.


Para el lector español, los argumentos que despliega Rodney Stark desmontando siglos de historia anticatólica tienen especial resonancia. No en vano, Menéndez Pelayo consagró el estereotipo de España como evangelizadora de la mitad del orbe, martillo de herejes y luz de Trento. Fue aquí, en este sur nada taciturno, donde los frailes de Salamanca y los teólogos tridentinos proclamaron la ley natural y el libre albedrío. Cuando por toda Europa se halagan los oídos reales con argumentos divinos del poder coronado, las meditaciones del dominico Francisco de Vitoria aguan la fiesta monárquica abriendo camino, sin embargo, al desarrollo del derecho internacional. En pleno proceso europeo de fortalecimiento monárquico, el jesuita Juan de Mariana defiende la existencia de leyes nacidas del pueblo, cuya modificación solo puede hacerse con el consentimiento de la comunidad. Fue en este sur tan español donde se defendió la actualidad permanente del Espíritu, que debía inspirar la adecuada lectura de las Escrituras, concebidas no como un texto doctrinal a debatir, sino como palabra de Dios a compartir, mientras el libre examen propugnado por Lutero ocasionaba múltiples escisiones del protestantismo.


Somos la única civilización que parece avergonzarse de sí misma. Somos la única nación que renuncia a su significado.

Hubo un momento en que Occidente quiso matar a Dios, hace cien años. Ahora venimos de un ritual reciente, del cruce entre dos siglos, en el que se ha extirpado todo cuanto concernía al cristianismo fundacional, indispensable en nuestra manera de comprender el mundo del que España forma parte. Se desprestigiaron los principios, se consideró sobrante el pensamiento, se prefirió la instantánea velocidad de la comunicación al denso reposo en que se elaboran las ideas. Hemos visto a los más jóvenes perder ese instinto de civilización que nos salvó de las mitologías crueles, que preservó nuestra sociedad en ese espléndido periodo de madurez que siguió al horror de la segunda contienda mundial.

Este es el lugar desde el que puede arrancar la reconquista de lo que fue nuestro. Este es el espacio moral en el que deberíamos iniciar una larga y dolorosa tarea de reconstrucción. No desde una dogmática integrista. Ni siquiera desde la exigencia de una fe personal, sino desde la demanda de que todo el humanismo vertebrado con la tradición católica vuelva a ser referencia cultural que nos define, que nos ofrece la edad de una cultura y la madurez de una civilización. En el repaso que hace Rodney Stark de la verdadera historia del catolicismo encontramos razonamientos suficientes como para abandonar nuestra resignada desidia y ponernos en marcha.

Si Gabriel Celaya pudo escribir «maldigo la poesía concebida como un lujo cultural por los neutrales… maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse», hoy pedimos a la Historia que con su capacidad para desenmascarar falsos enunciados y turbias plegarias nos ayude a denunciar las imposturas y apaños de la vida pública y a sacar los colores a nuestros policías del pensamiento que consideran, como escribía Larra, que es más fácil negar las cosas que enterarse de ellas. Somos la única civilización que parece avergonzarse de sí misma. Somos la única nación que renuncia a su significado. El absurdo anticatolicismo que se aloja en la presunción de laicidad no es un ataque a dogmas que solo afectan a los creyentes. Es una ofensiva contra los valores que determinan una forma de vivir, un concepto de la persona, una idea de libertad. Es una causa general contra una herencia de cultura y moralidad. Tiene la envergadura de un auto de fe, de un siniestro proceso con intimidación intolerable del acusado. Con otras cosas que están sucediendo, esta es una manera de liquidar lo que muchos entendemos como España.


(El texto anterior es el prólogo a la edición española de “Falso testimonio”, publicado con permiso del autor y de la editorial).

 
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