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Terapia para una democracia

Terapia para una democracia
Fernando de Haro  / paginasdigital.es


Tarde en una de las mayores residencias psiquiátricas de Madrid. Más de 1.000 internos en tratamiento por enfermedades mentales y por trastornos de conducta. En algunos televisores se puede seguir la ceremonia de los Premios Princesa de Asturias, los prestigiosos galardones que, mientras su hija no crezca, sigue entregando el Rey Felipe VI.

Estamos en tiempo libre. Los internos pasean por la residencia, mientras P, uno de sus especialistas, me explica su mayor desafío: “la mitad de los internos que tenemos en realidad no son enfermos mentales, son jóvenes que sufren un trastorno de conducta. No los podemos curar. Son víctimas de lo que llamamos el ‘mal del capitalismo’, el problema que tienen es de identidad”, me cuenta P.

En las pantallas de televisión aparece Michael J. Sandel. Es el Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales de este año, un auténtico filósofo-estrella. Las clases de Sandel en Harvard son un auténtico acontecimiento. Los alumnos pugnan por poder sentarse a escuchar sus clases y los videos que las recogen en YouTube tienen decenas de miles de visitas. Sandel cuenta en Oviedo la historia de Reginaldo, un recogedor de basura casi analfabeto que encontró en un estercolero el diálogo de Platón en el que se relata el juicio a Sócrates. Explica que aprendió a leerlo. Y que discute de su contenido, en su favela, con sus amigos. “Reginaldo y yo –explica Sandel– queremos invitar a los ciudadanos a hacer preguntas difíciles sobre cómo debemos convivir. En un momento en que la democracia se enfrenta a tiempos oscuros, hacer estas preguntas es nuestra mayor esperanza”.

La intervención de Sandel me ha distraído de la larga explicación que me ha hecho P. Soy consciente de que me he perdido algo importante. Quiero que me lo repita. “Entiendo –le digo–. ¿Pero entonces en qué consiste ‘el mal del capitalismo’?”. “No es una cuestión de dinero –me repite pacientemente–. El problema es que estos jóvenes no han tenido una identidad que les viniera dada por sus relaciones, muchos de ellos acusan la falta de la figura del padre, la buscan en mí. Se han fabricado una identidad a su medida que no proviene de relaciones reales”.

Veo a Sandel bajar del estrado con su premio. La obra del este profesor de Harvard ha sido, en buena medida, una respuesta al libro Theory of Justice (1972) de John Rawls. La democracia es algo más que un procedimiento de ciudadanos que eligen libremente, “yoes independientes”, desarraigados, libres de ataduras morales y cívicas. No es posible separar nuestra identidad de ciudadanos de nuestra identidad de personas. Sandel ha defendido que “más allá de los yoes y de los estados soberanos”, la virtud cívica que hace posible la democracia echa raíces en “las memorias y pensamientos, incidentes e identidades que nos sitúan en el mundo y dan su particularidad moral a nuestras vidas”. Esa virtud cívica se ve corrompida cuando las identidades apuntalan fronteras y establecen fronteras insalvables entre los de fuera y de los dentro.



Esta vez no me he distraído. He recordado lo que dice Sandel sin dejar de atender a lo que me indicaba P. Hemos salido de uno de los edificios dedicados a la atención sanitaria y mi acompañante me ha llevado hasta una casita donde está el taller de imprenta para los internos. Casi todos los que están trabajando son hombres por encima de los 40 años. Encuadernan de forma metódica hojas que formarán cuadernos. P. me explica: “en estos talleres no tenemos a los jóvenes de los que te hablaba. No necesitan ocuparse en estas labores. Si llegan aquí con menos de 15 años puedo hacer algo por ellos. Después ya no. Es muy difícil corregir los trastornos de una psicología en la que un yo sin relaciones estables se construye a partir de lo pensado, de lo consumido, de la apariencia que dan las redes sociales. Si les han faltado referencias externas, una realidad-real, un orden, un cauce, es muy difícil revertir la situación”.

Ahora entiendo por qué no se me quita lo que dice Sandel mientras escucho a P. Los dos discursos están claramente conectados. El estadounidense en su Democracy’s Discontent (1998) denuncia el hastío de una democracia formal. El descontento es inevitable porque la democracia está reducida a simples procedimientos, la libertad que se promete no se puede asegurar. No hay capacidad para inspirar un compromiso que fomente el autogobierno. Al final los “yoes” independientes pierden el control de las fuerzas que dirigen sus vidas, se enfrentan a un mundo gobernado por estructuras impersonales de poder que eliminan la capacidad de compresión y de control. Sandel reclama que se le ponga límite a la absolutización del mercado y subraya el valor de las diferentes comunidades que alimentan una sociedad. P. también destaca, al despedirse, el valor de la comunidad para evitar las nuevas patologías que trata. “Las patologías de la psique son diferentes en cada época, ahora las más importantes son las que tienen que ver con la identidad”, me insiste.

 
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