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Toma y lee

Toma y lee
Por Enrique García-Máiquez

Si hay un momento histórico paradigmático de la lectura como clave para encontrar el sentido de la vida, es Agustín de Hipona sin saber qué camino tomar y escuchando al otro lado del jardín una voz que repite: «Tolle, lege» (Toma y lee).



Si hay un momento histórico paradigmático de la lectura como clave para encontrar el sentido de la vida, es Agustín de Hipona sin saber qué camino tomar y escuchando al otro lado del jardín una voz que repite: «Tolle, lege» (Toma y lee). Queremos rendir homenaje a esa ocasión, repitiendo aquella voz y aconsejando, algo aleatoriamente, leer cualquiera de los grandes libros que son grandes búsquedas. Propiciando grandes encuentros. Toma y lee quizá algunos de estos libros que cruzan, con la velocidad zigzagueante de un rayo que ilumina, la historia de la literatura desde sus comienzos hasta nuestros días.

Cuando el estudiante John Senior confesó a su profesor que no era capaz de leer todos los grandes libros, Van Doren le contestó: «Nadie puede leerlos; pero aquí tiene uno: léalo». Cogió al azar un volumen de su escritorio, Platón, se lo prestó y cambió su vida. Es fácil detectar en la anécdota un eco agustiniano: el joven Agustín estaba hecho un mar de dudas sobre el sentido de su vida cuando oyó una voz que le decía «Tolle, lege», esto es, toma y lee. El libro que tenía cerca era la Biblia y aquella lectura propició su conversión.

Asombra la valoración de la lectura que encierra lo ocurrido. La divinidad, ya puesta a hacer la excepción de dejar oír su voz, ¿por qué no ordenó a Agustín que se convirtiese de una vez, ahorrando tiempo y ganando seguridad? Quizá porque aquella voz apostaba, sin lugar a duda, por lo que hemos expuesto: por la búsqueda de sentido y por emprenderla a través de la lectura.


Cuando el estudiante John Senior confesó a su profesor que no era capaz de leer todos los grandes libros, Van Doren le contestó: «Nadie puede leerlos; pero aquí tiene uno: léalo».

Hemos nombrado a Dante, a Shakespeare, a Cervantes, a Jane Austen, a Oscar Wilde y, como quien no quiere la cosa, a Dostoievski, a Joubert, a Gómez Dávila, a Virgilio… Pero que nadie diga que no damos juego al azar. Propongamos al futuro lector cinco libros más. Que tome apenas uno (u otro que no hayamos citado, pero que también está en el escritorio insondable de los buenos libros) y lea.

Safo de Lesbos. Poemas y fragmentos

En el siglo VII a. C. vive Safo de Mitilene. Los antiguos la describen «pequeña y morena», pero para sus lectores el retrato de su amigo Alceo es mucho más preciso: «Divina Safo, de trenzas de violeta y dulce sonrisa». Apenas un puñado de versos hermosos y leves la sitúan para siempre en el canon occidental, junto a la inmensa majestuosidad de Homero. Safo nos da la lección que siglos después expresaría John Keats: «A thing of beauty is a joy for ever». No hay belleza insignificante ni pasajera. Quien la lea no volverá a decir que los clásicos son grandilocuentes o distantes.

Toda gracia y encanto, ella no se permite la tristeza: «No es lícito que haya canto de duelo en la casa / de quienes sirven a las Musas… No nos atañe eso»), sino a veces una velada melancolía. Junto a Alceo y Anacreonte, introduce la personalidad en la lírica. «Por obra de un destino irónico», glosa Alfonso Reyes, «estos poetas del individualismo apenas nos han dejado biografía efectiva, pero se los reconstruye por sus versos». Más que irónico, el destino ha sido pedagógico, porque lo que importa es el yo poético, que no conviene confundir del todo con el biográfico.

Solón, con ochenta años, deseaba vivir un poco más, aunque solo fuese para aprender de memoria algunos versos amorosos de Safo. Solón fue, como salta a la vista, uno de los siete sabios de Grecia. ¿Serían éstos?: «Dicen unos que un ecuestre tropel; la infantería, / otros; y esos, que una flota de barcos resulta / lo más bello en la oscura tierra; / pero yo digo / que es lo que uno ama». Los poemas de Safo, ¡tan fáciles de amar!, brillan bellísimos en la oscura tierra.

San Agustín de Hipona. Confesiones

A caballo entre los siglos iv y v, entre el paganismo y el cristianismo y entre la retórica y la Teología, Aurelio Agustín escribe uno de los libros más importantes de la humanidad. Se repite que en sus Confesiones introduce el yo en la literatura. Ha querido el azar que, después de hablar de Safo, tengamos que matizar. El yo ya campaba por sus respetos en la poesía (véase Horacio, véase Catulo); pero Agustín lo convierte en una herramienta para la búsqueda intelectual. Descubre que la persona es un locus veritatis («En el interior del hombre habita la verdad»), que la clave casi cartesiana está en el amor («No me equivoco en que amo») y que la inquietud existencial es una de las formas de la esperanza. Nada menos.

Por eso, no por egotismo, su pensamiento deviene autobiográfico y la memoria adquiere un papel principal. Su influencia en la literatura universal resultará inabarcable. Quizá se insista menos en que Agustín, fiel a sus orígenes retóricos y a su talento de escritor, demuestra que el lenguaje acendrado llega más hondo a la verdad del corazón humano. Leer a san Agustín debería ser una vacuna contra toda tentación de considerar la pobretería expresiva como una prueba de sinceridad.

Todo lo hace, además, en un libro de magnética lectura, por el que no pasan los siglos.

Jorge Manrique. Coplas a la muerte de su padre

Se admira Pedro Salinas de que el lenguaje de un poema del siglo xv suene tan natural, prácticamente de hoy mismo; y lo explica por la apuesta del gran poeta castellano por la máxima sobriedad. No discutiremos al catedrático, pero tampoco hay que descartar que la perenne popularidad de los versos de Jorge Manrique haya mantenido vivos su vocabulario, sus expresiones y su sintaxis en el habla del lector culto español. Si es así, podemos admirar también lo contrario: que tanto trato continuo no haya embotado el filo de su capacidad de sobrecoger y emocionar a sus sucesivos lectores.

El tema igualmente parece de hoy mismo. No la muerte, que es un tópico eterno de la poesía, sino el asunto del padre. Apenas se dedicaron poemas a la figura paterna en el Siglo de Oro ni durante el xviii ni el xix. En nuestro tiempo se produce una inesperada eclosión tanto en la lírica como en la narrativa. Telémaco es un precedente prestigioso y el piadoso Eneas, pero la intensidad del amor filial y la consiguiente reflexión existencial de Jorge Manrique es una cumbre insuperada, modelo eterno. Son incontables los hijos que, en sus momentos de duelo, han sido abrazados y confortados por la recia música y la entrañable firmeza de las sextinas manriqueñas.

Michel de Montaigne. Ensayos

No me canso de leerlos. Me producen un efecto plácido, sedante: me propician un reposo delicioso. Montaigne me parece de una gracia ininterrumpida, lleno de continuas, inagotables sorpresas. Esto lo escribió Josep Pla, pero lo firmo yo, como podría hacerlo cualquier lector de nuestro caballero de Burdeos del siglo xvi.

Montaigne, otra cumbre, lo es paradójica: despunta por el tono menor, reflexivo, de opinión personal. Es el padre legítimo del ensayismo (al que da su apellido) y el abuelo materno del columnismo periodístico. Géneros que, en este mundo mediático y nebuloso de ahora mismo, están en boga por pura necesidad.

Como herencia, dejó a ambos lo que no deberían dilapidar: un talante tranquilo, conversador, respetuoso. Y una lección muy importante entre líneas o, mejor dicho, entre citas: cuando se han sabido leer y utilizar, las mejores frases de los más grandes escritores no son un adorno pedante ni un arma trópica para aplastar al contrario con el argumento de autoridad, sino esos hilos de seda que tejen, con cuánta discreción, nuestra más intransferible intimidad.

Rafael Sánchez Mazas. Rosa Krüger

Quizá sorprenda un poco toparse con esta novela del siglo xx al final de un apretado catálogo de apresuradas recomendaciones canónicas. Aunque su autor, cuidado, no la consideraba propiamente una novela del siglo xx y justificó sus reticencias a publicarla con esta frase de deslumbrante orgullo: «Su melodía no será escuchada en nuestro ronco tiempo».

Alguien podría discutir su lugar en el canon. Pero nadie pondrá en duda que las aventuras del catalán Teodoro Castells por Europa (porque ocurren en Europa y porque se trata de un libro militantemente europeísta) son un ejemplo de cómo la lectura de los grandes libros puede inspirar y elevar una vida. Teodoro ha oído y ha leído tantas aventuras que, moderno Quijote, sale al mundo en busca de su ideal. Por fortuna para Castells, Sánchez Mazas era, además de un prosista extraordinario, un sapientísimo lector de Dante. Equilibra el gallardo quijotismo con una vivida comprensión de La vita nuova. La mujer (donna angelicata) es el camino de perfección del hombre que la ama, sostiene con el florentino. Teodoro pasa por el Infierno, el Purgatorio y el Paraíso, representados cada uno en la novela por una mujer distinta: Coloma, Ángela, Phoné (que es su particular Matelda, en el paso entre el Purgatorio y el Cielo) y, por supuesto, por Rosa.

Tan paralelo y perspicaz resulta Sánchez Mazas, que la lectura de Rosa Krüger podría —en un apuro de final de curso— convalidar a la de la Divina Comedia, si se tratase aquí de convalidar. Como se trata de entender y de entendernos, de celebrar y de agradecer, no queremos que la fiesta de la lectura y el sentido se nos acabe nunca. Ni termina, en verdad.

 
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