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tras las huellas de la verdad

Demonios, “intronautas” y enanos tras las huellas de la verdad
por Pedro Edmundo Gómez, osb.
arbil.org


La formula bernardiana define una posición que fusiona en un solo gesto “la fidelidad a la tradición y la apertura al progreso” (Cfr. Sacrosanctum Concilium 23) declarando que la conditio sine qua non para que “veamos mejor y más lejos”, no es sólo la confianza en nuestras propias fuerzas, sino, que otros nos eleven en el aire y nos levanten sobre su gigantesca altura.


El demonio con el “Punto de Vista Histórico” borra las huellas de la verdad

“Quia studium philosophiae
non est ad hoc sciatur quid homines senserint
sed qualiter se habeat veritas rerum”
Tomás de Aquino [1]

El entonces cardenal Joseph Ratzinger en una conferencia titulada “Fe, verdad y cultura. Reflexiones a propósito de la encíclica «Fides et Ratio»” [2]  afirmaba: “Hasta qué punto no es moderno preguntar por la verdad, lo ha representado magníficamente el escritor y filósofo C. S. Lewis en un libro de éxito aparecido en los años cuarenta, Cartas del diablo a su sobrino” [3] .
Esta obra del pensador irlandés esta compuesta por las cartas que el repulsivo Escrutopo, “demonio tentador con rango de secretario” en la “bajojerarquía”, dirige a su “querido” sobrino Orugario, un principiante en el arte de seducir y confundir al hombre. Este había expresado ante sus superiores la preocupación de que los hombres inteligentes [4] , como era el caso del joven “paciente” que le habían encomendado, leyeran los libros de los sabios antiguos y pudieran de este modo descubrir y seguir las huellas de la verdad.

En la conclusión de la carta XXVII su tío lo tranquiliza diciéndole:

“Sólo los eruditos leen libros antiguos, y nos hemos ocupado ya de los eruditos para que sean, de todos los hombres, los que tienen menos posibilidades de adquirir sabiduría leyéndolos. Hemos conseguido esto inculcándoles el Punto de Vista Histórico” [5] .
Y pasa luego a describir esta sutil y, por eso, muy difundida estrategia para evitar paradójicamente la adquisición de la verdad en nombre de la ciencia.
“El Punto de Vista Histórico significa, en pocas palabras, que cuando a un erudito se le presenta una afirmación de un autor antiguo, la única cuestión que nunca se plantea es si es verdad. Se pregunta quién influyó en el antiguo escritor, hasta qué punto su afirmación es consistente con lo que dijo en otros libros, y qué etapa de la evolución del autor, o de la historia general del pensamiento, ilustra, y cómo afectó a escritores posteriores, y con qué frecuencia ha sido mal interpretado (en especial por los propios colegas del erudito) y cuál ha sido la marcha general de la crítica durante los últimos diez años, y cuál es el «estado actual de la cuestión»…” [6] .

La ciencia es un conocimiento válido en su orden, la explicación y comprensión, siempre hipotética y conjetural, de la multiplicidad de los fenómenos, pero que no implica ningún conocimiento verdadero de la realidad. Por eso hacer de la ciencia el único conocimiento posible es una forma “inteligente” de ir borrando las huellas de la verdad.
El cardenal alemán recuerda que el filósofo Josef Pieper, que también reproduce este pasaje de Lewis en su tratado sobre la interpretación, señalaba que las ediciones de los pensadores clásicos, por ejemplo Platón o Dante, realizadas en los países comunistas anteponían siempre una introducción que buscaba “proporcionar al lector una comprensión histórica y así excluir la cuestión de la verdad” [7] Lo mismo ocurre en otras corrientes de pensamiento contemporáneo:
“Lo que en Lewis aparece en forma de ironía, lo podemos encontrar hoy presentado científicamente en la crítica literaria. En ella se descarta abiertamente la cuestión de la verdad como no científica. El exégeta alemán Mario Reiser ha llamado la atención sobre un pasaje de Umberto Eco en su novela de éxito «El nombre de la rosa», donde dice: «La única verdad consiste en aprender a liberarse de la pasión enfermiza por la verdad»” [8] .
Con el “Punto de Vista Histórico” se ha logrado negar toda posibilidad de que un escritor antiguo sea considerado por su lector contemporáneo “como una posible fuente de conocimiento” verdadero, tanto es así que “…presumir que lo que dijo podría tal vez modificar los pensamientos o el comportamiento… sería rechazado como algo indeciblemente ingenuo” [9] . Y hoy somos todos adultos y críticos. Respecto a este punto el Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la fe subrayaba con preocupación:
“Una cientificidad ejercida de este modo inmuniza frente a la verdad. La cuestión de si lo dicho por el autor es o no, y en qué medida, verdadero, sería una cuestión no científica; nos sacaría del campo de lo demostrable y verificable, nos haría recaer en la ingenuidad del mundo precrítico. De este modo, se neutraliza también la lectura de la Biblia: podemos explicar cuándo y bajo qué circunstancias ha surgido un texto, y, de este modo, lo tenemos clasificado dentro de lo histórico («Historisch»), que a la postre no nos afecta” [10] .
Detrás de este modelo, que no es el único posible, se oculta algo más.
“En el trasfondo –afirma Ratzinger- de este modo de interpretación histórica hay una filosofía, una actitud apriórica ante la realidad que nos dice: no tiene sentido preguntar sobre lo que es; sólo podemos preguntar sobre lo que podemos hacer con las cosas. La cuestión no es la verdad, sino la praxis, el dominio de las cosas para nuestro provecho” [11] .
Queda claro que el “Punto de Vista Histórico” responde al primado de la praxis sobre la theoría. Lo afirmaba Romano Guardini al decir: “La voluntad de acción lo absorbe y domina todo. El ethos adquiere la primacía absoluta e indiscutida sobre el logos; la vida actuante y febril, sobre la vida contemplativa y mística” [12] . Sin ocio contemplativo no hay posibilidad de reconocer los vestigios de la verdad.
Cuando se “ha establecido como principio la acción sobre la contemplación; el principio de la revolución sobre el de la autoridad; el principio de la violencia sobre el amor; el principio del yo sobre el orden; el principio de la autenticidad sobre la verdad” [13] , entonces domina la voluntad sobre la inteligencia, la ciencia sobre la filosofía, la técnica sobre la moral, el pensamiento sobre el ser y el lenguaje sobre el pensamiento. En palabras de Ratzinger: “El fundamento para esta renuncia inequívoca a la verdad estriba en lo que hoy se denomina el «giro lingüístico»: no se puede remontar más allá del lenguaje y sus representaciones, la razón está condicionada por el lenguaje y ligada al lenguaje” [14] . Y como el quehacer teológico asume esta filosofía no debe asombrarnos que:
“El relevante exégeta protestante U. Luz afirme -totalmente en consonancia con lo que hemos oído de Escrutopo al principio- que la crítica histórica ha abdicado en la Edad Moderna de la cuestión de la verdad. Él se cree obligado a aceptar y reconocer como correcta esta capitulación: que ahora ya no hay una verdad a buscar más allá del texto, sino posiciones sobre la verdad que concurren entre ellas, ofertas de verdad que hay que defender ahora con discurso público en el mercado de las visiones del mundo” [15] .
Pero como el astuto Escrutopo sabe que “el hombre no está aprisionado en el cuarto de espejos de las interpretaciones; (y) puede… buscar el acceso a lo real, que está tras las palabras y se le muestra en las palabras y a través de ellas” [16]  propone una dosis de refuerzo al “Punto de Vista Histórico”:
“… puesto que no podemos engañar continuamente a toda la raza humana, resulta de la máxima importancia aislar así a cada generación de las demás; porque cuando el conocimiento circula libremente entre unas épocas y otras, existe siempre el peligro de que los errores característicos de una puedan ser corregidos por las verdades características de otra. Pero gracias a Nuestro Padre [«padre de las profundidades»] y al Punto de Vista Histórico, los grandes sabios están ahora tan poco nutridos por el pasado como el más ignorante mecánico que mantiene que «la historia es un absurdo»…” [17] .

¿Cómo escapar a estos engaños metodológicos que ocultan las huellas de la verdad? El cardenal, cuyo lema episcopal como arzobispo de Munich-Frisinga era “colaborador de la verdad”, ya que “se trata siempre de lo mismo: seguir la verdad y ponerse a su servicio” [18] , nos invita:
“Naturalmente es difícil volver a dar carta de ciudadanía a la cuestión de la verdad en el debate público, debido al canon metodológico que se ha impuesto hoy como sello acreditativo de la cientificidad. Por eso, es necesario un debate fundamental sobre la esencia de la ciencia, sobre la verdad y el método, sobre el cometido de la filosofía y sus posibles caminos” [19] .

El “intronauta” a “retropropulsión” sigue las huellas de la verdad

“No se puede crear una «cultura nueva»
por destrucción de la antigua,
como no se puede producir flores sin ramas ni raíces.
Hay que regar las raíces y la flor viene sola,
por obra de Dios, el sol y el viento…”
P. Leonardo Castellani [20]

El escritor y filósofo argentino Leopoldo Marechal propone, como uno de los posibles caminos, “un movimiento de reacción a «retropropulsión»…a operarse, no en el espacio físico, sino en el tiempo histórico, (que) nos llevaría de nuevo al equilibrio y por consiguiente al orden” [21] . Igualmente afirma Henri de Lubac: “Para escapar de las antiguallas que se hacen pasar por la tradición, es necesario remontarse al más lejano pasado, que se revelará como el más próximo presente” [22] . Se trata de un movimiento “…retrógrado, no en el sentido habitual e insultante de la palabra, sino en la significación «mejorativa»…” [23] , según la canta en su Biografía del Poeta: “El surubí le dijo al camalote: «No me dejo llevar por la inercia del agua, yo remonto el furor de la corriente, para encontrar la infancia de mi río»…” [24] , buscando las huellas de las verdad “…es decir, de un centro primordial, de una fuente de agua viva, de un lugar de alegría: la palabra primera” [25] , el ser, unidad, verdad, bondad y belleza. Es lo mismo que confiesa en Claves de «Adán Buenosaires»:

“Naturalmente, como la inmovilidad es imposible a toda criatura forzada por la «condición temporal» y sometida, por ende al movimiento, sólo me quedaban dos recursos: o morir (abandonar la corriente del siglo en un gesto suicida), o nadar contra la corriente, vale decir, iniciar un «retroceso» en relación con la marcha del río. Para lograrlo es indispensable oponer una fuerza de «reacción» a la fuerza descendente que nos arrastra, tal como lo están haciendo, en el campo de la física, los productores de cohetes y de aviones a retropropulsión [26] .

Y por si a alguien le quedaba alguna duda en El Banquete de Severo Arcángelo cuenta:

“¿Qué hace un astronauta cuando necesita despegar de nuestro globo para llegar a la luna? Vencer primero la fuerza de gravitación terrestre con otra fuerza de sentido contrario, vale decir a retropropulsión. En ese momento el astronauta es un «retrógrado», con relación al mundo que abandona. Libre ya en el espacio cósmico, el astronauta se dirige a la órbita de la luna y se hace atraer por su fuerza de gravitación. En aquel momento el astronauta es un «vanguardista»…yo soy el Retrógrado y el Vanguardista... lo que soy de verdad es un Retrógrado en el «tiempo» y un Vanguardista en el «no-tiempo»… ¡retroceder en la temporalidad humana!... Sí, un viaje de «intronáutica». ¡Volver sobre los pasos del hombre y recobrar todo lo perdido en su fuga o descenso! ¡Recobrar los horizontes dejados atrás, los éxtasis abolidos, los templos ocultos en la maraña invasora y los alegres jardines clausurados!” [27] .

Para este “intronauta”, cristiano y platónico, “hay analogía entre las leyes del mundo físico, del mundo psíquico y del mundo espiritual”, por lo que concluye: “En tal manejo de fuerzas estoy ahora: soy un retrógrado, pero no un «oscurantista», ya que voy, precisamente, de la oscuridad hacia la luz” [28] . Ya lo decía a su modo un medieval del siglo XII:
“No se pasa de las tinieblas de la ignorancia a la luz de la ciencia si no se releen con amor cada vez más vivo las obras de los antiguos. ¡Que ladren los perros y que gruñan los cerdos! No por eso dejaré de dedicar todos mis cuidados a los antiguos y cada día el amanecer me encontrará estudiándolos” [29] .

“Enanos montados sobre las espaladas de los gigantes” para ver las huellas de la verdad

Leyendo el Metalogicon del obispo Juan de Salisbury, obra aparecida en 1159, encontramos una frase atribuida a su maestro Bernardo Silvestre o de Chartres:
“Somos como enanos montados sobre las espaldas de gigantes; nosotros vemos mejor y más lejos que ellos, no porque nuestra vista sea más aguda o nuestra talla más alta, sino porque ellos nos elevan en el aire y nos levantan sobre su gigantesca altura” [30] .

Si siguiéramos “el Punto de Vista Histórico”, como lo sugieren el “padre de la mentira” (cfr. Jn 8, 44) y sus secuaces, nos preocuparíamos y desvelaríamos por discernir: la autoría de la frase [31] ; posible dependencia del poeta latino Lucano [32] ; adaptación al platonismo “chartriano”; coherencia con el llamado renacimiento o humanismo del siglo XII; conciliación con la corriente de los “moderni” o con la de los “antiqui”; identidad de los gigantes: ¿son los filósofos y escritores paganos o los Padres de la Iglesia?; relaciones con las formulaciones de sus contemporáneos Alejandro Neckham [33]  y Pedro de Blois [34] ; recepción en san Buenaventura, Isaac Newton y hasta en Stephen Hawking, etc…; y no descubriríamos las huellas de una de esas “verdades características” de otra época, que pueden ayudarnos a corregir “algunos errores característicos” de la nuestra. Porque como dice Escrutopo en su primera carta a Orugario:

… en aquella época, los hombres todavía sabían bastante bien cuándo estaba probada una cosa y cuándo no lo estaba; y una vez demostrada, la creían de verdad; todavía unían el pensamiento a la acción, y estaban dispuestos a cambiar su modo de vida como consecuencia de una cadena de razonamientos. Pero ahora… hemos cambiado mucho todo eso. Tu hombre… ahora no piensa, ante todo, si las doctrinas son «ciertas» («verdaderas») o «falsas», sino «académicas» o «prácticas», «superadas» o «actuales»…” [35] .

Pocos años después de escrita la celebre frase alguien la tradujo artísticamente. En las vidrieras que se encuentran en el lado sur de la Catedral de Chartres encontramos en el centro del rosetón a la figura de Cristo, rodeándolo circularmente aparecen figuras del Apocalipsis, debajo la Reina del Cielo, que sostiene al Niño Jesús que imparte su bendición, y a los costados cuatro enanos montados sobre las espaldas de gigantes, con la mirada atisbando hacia delante.

Literalmente los enanos son los evangelistas que descansan en los hombros de los profetas: Mateo sobre Isaías, Juan sobre Ezequiel, Marcos sobre Daniel, Lucas sobre Jeremías; los gigantes son los profetas elevando sobre sus espaldas a los evangelistas, que ven lo que ellos deseaban ver y no pudieron (cfr. Lc 10, 23-24) [36] . Alegóricamente son el símbolo de cómo se puede ser “…un Retrógrado en el «tiempo» y un Vanguardista en el «no-tiempo»…”, de cómo hacer un viaje de “intronáutica”, realizando un “movimiento de reacción a retropropulsión”, es decir, “retrocediendo en la temporalidad humana” y siendo ayudados por los experimentados en la búsqueda de las huellas de la verdad.

La formula bernardiana define una posición que fusiona en un solo gesto “la fidelidad a la tradición y la apertura al progreso” (Cfr. Sacrosanctum Concilium 23) declarando que la conditio sine qua non para que “veamos mejor y más lejos”, no es sólo la confianza en nuestras propias fuerzas, sino, que otros nos eleven en el aire y nos levanten sobre su gigantesca altura.
Ahora bien, si nos cerramos a la idea de ver mejor y más lejos que los antiguos, y los consideramos como modelos acabados e insuperables, seremos “retrógrados”, “reaccionarios”, “conservadores”, “tradicionalistas” y “cerrados”, en la significación prejuiciosa de estas palabras que poco y nada tiene que ver con la verdad, porque ya no iríamos tras las pisadas de la verdad. Es como si dijéramos con Nicola de Marimondo, el maestro vidriero de “El Nombre de la Rosa”: “Es inútil, ya no tenemos la sabiduría de los antiguos, ¡se acabó la época de los gigantes…¡Dime en qué los superamos!” [37] .
Pero, si nos negamos a subir sobre sus espaldas tampoco podremos ser verdaderos “vanguardistas”, “progresistas, “liberales”, “de avanzada” y “abiertos”, porque diríamos con un humanista moderno: “ni somos enanos, ni fueron ellos gigantes, sino que todos tenemos la misma estatura” [38] , dándole ahora la razón a Guillermo de Baskerville: “muchas veces los sabios de estos nuevos tiempos sólo son enanos subidos sobre los hombros de otros enanos” [39] . En el fondo verificamos lo que denunciaba Etienne Gilson:

“Hemos perdido esa noble modestia. Muchos contemporáneos nuestros quieren permanecer en el suelo; poniendo su gloria en no ver nada más, a menos que sea por ellos mismos, se consuelan de su estatura convenciéndose que son viejos. Triste vejez aquella que pierde la memoria” [40] .

Sigamos buscando y caminando tras las huellas de la verdad, avancemos retrocediendo, ayudados por los gigantes antiguos y siempre confiando en que el Espíritu de la Verdad nos guiará hasta la verdad completa (cfr. Jn 16, 13).



[1]  In Aristotelem lib. de caelo et mundo. L. I, lect. 22.


[2]  16 de febrero de 2000, Palacio de Congresos y Exposiciones de Madrid, Primer Congreso Teológico Internacional organizado por la Facultad de Teología “San Dámaso”.


[3]  Joseph Ratzinger, “Fe, verdad y cultura”, e-aquinas 2 (2004), p. 3.


[4]  Cfr. Cleve Staples Lewis, Cartas del diablo a su sobrino, Santiago de Chile, Andrés Bello, 1999, p. 25.


[5]  Idem. , p. 130.


[6]  Idem. pp. 130-131.


[7]  Joseph Ratzinger, “Fe, verdad y cultura”, op. cit., p. 3


[8]  Idem. p. 4.


[9]  Cleve Staples Lewis, Cartas del diablo a su sobrino, op. cit., p. 131.


[10]  Joseph Ratzinger, op. cit., p. 4.


[11]  Ibidem.


[12]  Romano Guardini, El espíritu de la liturgia, Barcelona, CPL, 1999, p. 94 (Cuadernos Phase 100).


[13]  José Ramón Pérez, Amor y verdad I, Córdoba, UCC, 1970, p. 10.


[14] Joseph Ratzinger, op. cit., p. 4.


[15]  Ibidem.


[16]  Idem, p. 5. Cfr. Blanca del Valle Avellaneda. Meditación cristiano-metafísica, Córdoba, Del Copista, 2006, pp. 70-76.


[17]  Cleve Staples Lewis, Cartas del diablo a su sobrino, op. cit., p. 131.


[18]  Joseph Ratzinger, Mi vida. Recuerdos (1927-1977), Encuentro, Madrid, 1997, p. 130.


[19]  Joseph Ratzinger, “Fe, verdad y cultura”, op. cit., p. 6.


[20]  Citado por Franco Recoveri, Fe y Cultura, Una aproximación histórica al problema, La Plata, UCALP, 2004, p. 7.


[21]  Leopoldo Marechal, Cuaderno de Navegación, Autopsia de Creso, Sudamericana, Bs. As., 1975, p. 90.


[22]  Henri de Lubac, Paradojas seguido de Nuevas paradojas, Madrid, PPC, 1997, p. 8.


[23]  Leopoldo Marechal, Cuaderno de Navegación, Claves de «Adán Buenosaires», op.cit., p. 140.


[24]  Leopoldo Marechal, Heptamerón, La poética,  Bs. As., Sudamericana, 1974, p. 135.


[25]  Jorge Torres Roggero, “Los valores simbólicos de la obra de Leopoldo Marechal”, en Leopoldo Marechal entre símbolo y sentido, Córdoba, Del Copista, 2004, p. 40.


[26]  Leopoldo Marechal, Claves de «Adán Buenosaires», op. cit., p. 141.


[27]  Leopoldo Marechal, El Banquete de Severo Arcángelo, Bs. As., Sudamericana, 1985, pp. 259 y s.


[28]  Leopoldo Marechal, Cuaderno de Navegación, Claves de «Adán Buenosaires», op. cit., p. 141.


[29]  Pedro de Blois, citado por Alejandro Rodríguez de la Peña, “Los orígenes de la Universidad: las piedras y las almas de las universidades medievales”, Arbil 85 (www.arbil.org.).


[30]  Juan de Salisbury, Metalogicon, III, 4; cfr. Edouard Jeauneau, Nani sulle Spalle di Giganti, Napoli, Guida, 1969.


[31]  Cfr. Robert K. Merton, On the shoulders of giants, 1993.


[32]  En el siglo I había escrito en su Bellum Civile que “los pigmeos que pueden erguirse sobre la espalda de los gigantes, alcanzan a ver más lejos que ellos”.


[33]  De naturis rerum, c. 78; ed. Wright, Rer. Brit. Scrip., 34, 1863, p. 123.


[34]  Epist., 92, PL 207,290.


[35]  Cleve Staples Lewis, Cartas del diablo a su sobrino, op. cit., p. 25.


[36]  “Estos precedieron, prepararon y llevaron a aquellos. Pero entre uno y otro grupo hay algo más que anterioridad cronológica, más que una complementariedad doctrinal. Hay una cesura entre los dos Testamentos. Con la Encarnación, la humanidad ha accedido a un nivel de vida superior. Lo que se ha desvelado a los ojos de los discípulos de Cristo era inaccesible a la larga sucesión de sus predecesores. Sin embargo, todos son solidarios, dentro de una misma historia salvífica en la que cada uno desempeña un papel irremplazable” (Gérard de Champeaux y Dom Sébastien Sterckx, Introducción a los símbolos, Madrid, Encuentro, 1992, p. 418).


[37]  Umberto Eco, El nombre de la rosa, Bs. As., Lumen-De la flor, 1992, p. 109.


[38]  Juan Luis Vives, Opera Omnia, ed. G. Mayans, Valencia, Benedicto Monfort, 1782-1790, vol. VI, p. 39.


[39]  Umberto Eco, op. cit., p. 113.


[40]  Etienne Gilson, El espíritu de la Filosofía Medieval, Madrid, Rialp, 1981, p. 386.


La formula bernardiana define una posición que fusiona en un solo gesto “la fidelidad a la tradición y la apertura al progreso” (Cfr. Sacrosanctum Concilium 23) declarando que la conditio sine qua non para que “veamos mejor y más lejos”, no es sólo la confianza en nuestras propias fuerzas, sino, que otros nos eleven en el aire y nos levanten sobre su gigantesca altura.


El demonio con el “Punto de Vista Histórico” borra las huellas de la verdad
“Quia studium philosophiae
non est ad hoc sciatur quid homines senserint
sed qualiter se habeat veritas rerum”
Tomás de Aquino [1]
El entonces cardenal Joseph Ratzinger en una conferencia titulada “Fe, verdad y cultura. Reflexiones a propósito de la encíclica «Fides et Ratio»” [2]  afirmaba: “Hasta qué punto no es moderno preguntar por la verdad, lo ha representado magníficamente el escritor y filósofo C. S. Lewis en un libro de éxito aparecido en los años cuarenta, Cartas del diablo a su sobrino” [3] .
Esta obra del pensador irlandés esta compuesta por las cartas que el repulsivo Escrutopo, “demonio tentador con rango de secretario” en la “bajojerarquía”, dirige a su “querido” sobrino Orugario, un principiante en el arte de seducir y confundir al hombre. Este había expresado ante sus superiores la preocupación de que los hombres inteligentes [4] , como era el caso del joven “paciente” que le habían encomendado, leyeran los libros de los sabios antiguos y pudieran de este modo descubrir y seguir las huellas de la verdad.
En la conclusión de la carta XXVII su tío lo tranquiliza diciéndole:
“Sólo los eruditos leen libros antiguos, y nos hemos ocupado ya de los eruditos para que sean, de todos los hombres, los que tienen menos posibilidades de adquirir sabiduría leyéndolos. Hemos conseguido esto inculcándoles el Punto de Vista Histórico” [5] .
Y pasa luego a describir esta sutil y, por eso, muy difundida estrategia para evitar paradójicamente la adquisición de la verdad en nombre de la ciencia.
“El Punto de Vista Histórico significa, en pocas palabras, que cuando a un erudito se le presenta una afirmación de un autor antiguo, la única cuestión que nunca se plantea es si es verdad. Se pregunta quién influyó en el antiguo escritor, hasta qué punto su afirmación es consistente con lo que dijo en otros libros, y qué etapa de la evolución del autor, o de la historia general del pensamiento, ilustra, y cómo afectó a escritores posteriores, y con qué frecuencia ha sido mal interpretado (en especial por los propios colegas del erudito) y cuál ha sido la marcha general de la crítica durante los últimos diez años, y cuál es el «estado actual de la cuestión»…” [6] .
La ciencia es un conocimiento válido en su orden, la explicación y comprensión, siempre hipotética y conjetural, de la multiplicidad de los fenómenos, pero que no implica ningún conocimiento verdadero de la realidad. Por eso hacer de la ciencia el único conocimiento posible es una forma “inteligente” de ir borrando las huellas de la verdad.
El cardenal alemán recuerda que el filósofo Josef Pieper, que también reproduce este pasaje de Lewis en su tratado sobre la interpretación, señalaba que las ediciones de los pensadores clásicos, por ejemplo Platón o Dante, realizadas en los países comunistas anteponían siempre una introducción que buscaba “proporcionar al lector una comprensión histórica y así excluir la cuestión de la verdad” [7] . Lo mismo ocurre en otras corrientes de pensamiento contemporáneo:
“Lo que en Lewis aparece en forma de ironía, lo podemos encontrar hoy presentado científicamente en la crítica literaria. En ella se descarta abiertamente la cuestión de la verdad como no científica. El exégeta alemán Mario Reiser ha llamado la atención sobre un pasaje de Umberto Eco en su novela de éxito «El nombre de la rosa», donde dice: «La única verdad consiste en aprender a liberarse de la pasión enfermiza por la verdad»” [8] .
Con el “Punto de Vista Histórico” se ha logrado negar toda posibilidad de que un escritor antiguo sea considerado por su lector contemporáneo “como una posible fuente de conocimiento” verdadero, tanto es así que “…presumir que lo que dijo podría tal vez modificar los pensamientos o el comportamiento… sería rechazado como algo indeciblemente ingenuo” [9] . Y hoy somos todos adultos y críticos. Respecto a este punto el Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la fe subrayaba con preocupación:
“Una cientificidad ejercida de este modo inmuniza frente a la verdad. La cuestión de si lo dicho por el autor es o no, y en qué medida, verdadero, sería una cuestión no científica; nos sacaría del campo de lo demostrable y verificable, nos haría recaer en la ingenuidad del mundo precrítico. De este modo, se neutraliza también la lectura de la Biblia: podemos explicar cuándo y bajo qué circunstancias ha surgido un texto, y, de este modo, lo tenemos clasificado dentro de lo histórico («Historisch»), que a la postre no nos afecta” [10] .
Detrás de este modelo, que no es el único posible, se oculta algo más.
“En el trasfondo –afirma Ratzinger- de este modo de interpretación histórica hay una filosofía, una actitud apriórica ante la realidad que nos dice: no tiene sentido preguntar sobre lo que es; sólo podemos preguntar sobre lo que podemos hacer con las cosas. La cuestión no es la verdad, sino la praxis, el dominio de las cosas para nuestro provecho” [11] .
Queda claro que el “Punto de Vista Histórico” responde al primado de la praxis sobre la theoría. Lo afirmaba Romano Guardini al decir: “La voluntad de acción lo absorbe y domina todo. El ethos adquiere la primacía absoluta e indiscutida sobre el logos; la vida actuante y febril, sobre la vida contemplativa y mística” [12] . Sin ocio contemplativo no hay posibilidad de reconocer los vestigios de la verdad.
Cuando se “ha establecido como principio la acción sobre la contemplación; el principio de la revolución sobre el de la autoridad; el principio de la violencia sobre el amor; el principio del yo sobre el orden; el principio de la autenticidad sobre la verdad” [13] , entonces domina la voluntad sobre la inteligencia, la ciencia sobre la filosofía, la técnica sobre la moral, el pensamiento sobre el ser y el lenguaje sobre el pensamiento. En palabras de Ratzinger: “El fundamento para esta renuncia inequívoca a la verdad estriba en lo que hoy se denomina el «giro lingüístico»: no se puede remontar más allá del lenguaje y sus representaciones, la razón está condicionada por el lenguaje y ligada al lenguaje” [14] . Y como el quehacer teológico asume esta filosofía no debe asombrarnos que:
“El relevante exégeta protestante U. Luz afirme -totalmente en consonancia con lo que hemos oído de Escrutopo al principio- que la crítica histórica ha abdicado en la Edad Moderna de la cuestión de la verdad. Él se cree obligado a aceptar y reconocer como correcta esta capitulación: que ahora ya no hay una verdad a buscar más allá del texto, sino posiciones sobre la verdad que concurren entre ellas, ofertas de verdad que hay que defender ahora con discurso público en el mercado de las visiones del mundo” [15] .
Pero como el astuto Escrutopo sabe que “el hombre no está aprisionado en el cuarto de espejos de las interpretaciones; (y) puede… buscar el acceso a lo real, que está tras las palabras y se le muestra en las palabras y a través de ellas” [16]  propone una dosis de refuerzo al “Punto de Vista Histórico”:
“… puesto que no podemos engañar continuamente a toda la raza humana, resulta de la máxima importancia aislar así a cada generación de las demás; porque cuando el conocimiento circula libremente entre unas épocas y otras, existe siempre el peligro de que los errores característicos de una puedan ser corregidos por las verdades características de otra. Pero gracias a Nuestro Padre [«padre de las profundidades»] y al Punto de Vista Histórico, los grandes sabios están ahora tan poco nutridos por el pasado como el más ignorante mecánico que mantiene que «la historia es un absurdo»…” [17] .
¿Cómo escapar a estos engaños metodológicos que ocultan las huellas de la verdad? El cardenal, cuyo lema episcopal como arzobispo de Munich-Frisinga era “colaborador de la verdad”, ya que “se trata siempre de lo mismo: seguir la verdad y ponerse a su servicio” [18] , nos invita:
“Naturalmente es difícil volver a dar carta de ciudadanía a la cuestión de la verdad en el debate público, debido al canon metodológico que se ha impuesto hoy como sello acreditativo de la cientificidad. Por eso, es necesario un debate fundamental sobre la esencia de la ciencia, sobre la verdad y el método, sobre el cometido de la filosofía y sus posibles caminos” [19] .
El “intronauta” a “retropropulsión” sigue las huellas de la verdad
“No se puede crear una «cultura nueva»
por destrucción de la antigua,
como no se puede producir flores sin ramas ni raíces.
Hay que regar las raíces y la flor viene sola,
por obra de Dios, el sol y el viento…”
P. Leonardo Castellani [20]
El escritor y filósofo argentino Leopoldo Marechal propone, como uno de los posibles caminos, “un movimiento de reacción a «retropropulsión»…a operarse, no en el espacio físico, sino en el tiempo histórico, (que) nos llevaría de nuevo al equilibrio y por consiguiente al orden” [21] . Igualmente afirma Henri de Lubac: “Para escapar de las antiguallas que se hacen pasar por la tradición, es necesario remontarse al más lejano pasado, que se revelará como el más próximo presente” [22] . Se trata de un movimiento “…retrógrado, no en el sentido habitual e insultante de la palabra, sino en la significación «mejorativa»…” [23] , según la canta en su Biografía del Poeta: “El surubí le dijo al camalote: «No me dejo llevar por la inercia del agua, yo remonto el furor de la corriente, para encontrar la infancia de mi río»…” [24] , buscando las huellas de las verdad “…es decir, de un centro primordial, de una fuente de agua viva, de un lugar de alegría: la palabra primera” [25] , el ser, unidad, verdad, bondad y belleza. Es lo mismo que confiesa en Claves de «Adán Buenosaires»:
“Naturalmente, como la inmovilidad es imposible a toda criatura forzada por la «condición temporal» y sometida, por ende al movimiento, sólo me quedaban dos recursos: o morir (abandonar la corriente del siglo en un gesto suicida), o nadar contra la corriente, vale decir, iniciar un «retroceso» en relación con la marcha del río. Para lograrlo es indispensable oponer una fuerza de «reacción» a la fuerza descendente que nos arrastra, tal como lo están haciendo, en el campo de la física, los productores de cohetes y de aviones a retropropulsión [26] .
Y por si a alguien le quedaba alguna duda en El Banquete de Severo Arcángelo cuenta:
“¿Qué hace un astronauta cuando necesita despegar de nuestro globo para llegar a la luna? Vencer primero la fuerza de gravitación terrestre con otra fuerza de sentido contrario, vale decir a retropropulsión. En ese momento el astronauta es un «retrógrado», con relación al mundo que abandona. Libre ya en el espacio cósmico, el astronauta se dirige a la órbita de la luna y se hace atraer por su fuerza de gravitación. En aquel momento el astronauta es un «vanguardista»…yo soy el Retrógrado y el Vanguardista... lo que soy de verdad es un Retrógrado en el «tiempo» y un Vanguardista en el «no-tiempo»… ¡retroceder en la temporalidad humana!... Sí, un viaje de «intronáutica». ¡Volver sobre los pasos del hombre y recobrar todo lo perdido en su fuga o descenso! ¡Recobrar los horizontes dejados atrás, los éxtasis abolidos, los templos ocultos en la maraña invasora y los alegres jardines clausurados!” [27] .
Para este “intronauta”, cristiano y platónico, “hay analogía entre las leyes del mundo físico, del mundo psíquico y del mundo espiritual”, por lo que concluye: “En tal manejo de fuerzas estoy ahora: soy un retrógrado, pero no un «oscurantista», ya que voy, precisamente, de la oscuridad hacia la luz” [28] . Ya lo decía a su modo un medieval del siglo XII:
“No se pasa de las tinieblas de la ignorancia a la luz de la ciencia si no se releen con amor cada vez más vivo las obras de los antiguos. ¡Que ladren los perros y que gruñan los cerdos! No por eso dejaré de dedicar todos mis cuidados a los antiguos y cada día el amanecer me encontrará estudiándolos” [29] .
“Enanos montados sobre las espaladas de los gigantes” para ver las huellas de la verdad
Leyendo el Metalogicon del obispo Juan de Salisbury, obra aparecida en 1159, encontramos una frase atribuida a su maestro Bernardo Silvestre o de Chartres:
“Somos como enanos montados sobre las espaldas de gigantes; nosotros vemos mejor y más lejos que ellos, no porque nuestra vista sea más aguda o nuestra talla más alta, sino porque ellos nos elevan en el aire y nos levantan sobre su gigantesca altura” [30] .
Si siguiéramos “el Punto de Vista Histórico”, como lo sugieren el “padre de la mentira” (cfr. Jn 8, 44) y sus secuaces, nos preocuparíamos y desvelaríamos por discernir: la autoría de la frase [31] ; posible dependencia del poeta latino Lucano [32] ; adaptación al platonismo “chartriano”; coherencia con el llamado renacimiento o humanismo del siglo XII; conciliación con la corriente de los “moderni” o con la de los “antiqui”; identidad de los gigantes: ¿son los filósofos y escritores paganos o los Padres de la Iglesia?; relaciones con las formulaciones de sus contemporáneos Alejandro Neckham [33]  y Pedro de Blois [34] ; recepción en san Buenaventura, Isaac Newton y hasta en Stephen Hawking, etc…; y no descubriríamos las huellas de una de esas “verdades características” de otra época, que pueden ayudarnos a corregir “algunos errores característicos” de la nuestra. Porque como dice Escrutopo en su primera carta a Orugario:
… en aquella época, los hombres todavía sabían bastante bien cuándo estaba probada una cosa y cuándo no lo estaba; y una vez demostrada, la creían de verdad; todavía unían el pensamiento a la acción, y estaban dispuestos a cambiar su modo de vida como consecuencia de una cadena de razonamientos. Pero ahora… hemos cambiado mucho todo eso. Tu hombre… ahora no piensa, ante todo, si las doctrinas son «ciertas» («verdaderas») o «falsas», sino «académicas» o «prácticas», «superadas» o «actuales»…” [35] .
Pocos años después de escrita la celebre frase alguien la tradujo artísticamente. En las vidrieras que se encuentran en el lado sur de la Catedral de Chartres encontramos en el centro del rosetón a la figura de Cristo, rodeándolo circularmente aparecen figuras del Apocalipsis, debajo la Reina del Cielo, que sostiene al Niño Jesús que imparte su bendición, y a los costados cuatro enanos montados sobre las espaldas de gigantes, con la mirada atisbando hacia delante.
Literalmente los enanos son los evangelistas que descansan en los hombros de los profetas: Mateo sobre Isaías, Juan sobre Ezequiel, Marcos sobre Daniel, Lucas sobre Jeremías; los gigantes son los profetas elevando sobre sus espaldas a los evangelistas, que ven lo que ellos deseaban ver y no pudieron (cfr. Lc 10, 23-24) [36] . Alegóricamente son el símbolo de cómo se puede ser “…un Retrógrado en el «tiempo» y un Vanguardista en el «no-tiempo»…”, de cómo hacer un viaje de “intronáutica”, realizando un “movimiento de reacción a retropropulsión”, es decir, “retrocediendo en la temporalidad humana” y siendo ayudados por los experimentados en la búsqueda de las huellas de la verdad.
La formula bernardiana define una posición que fusiona en un solo gesto “la fidelidad a la tradición y la apertura al progreso” (Cfr. Sacrosanctum Concilium 23) declarando que la conditio sine qua non para que “veamos mejor y más lejos”, no es sólo la confianza en nuestras propias fuerzas, sino, que otros nos eleven en el aire y nos levanten sobre su gigantesca altura.
Ahora bien, si nos cerramos a la idea de ver mejor y más lejos que los antiguos, y los consideramos como modelos acabados e insuperables, seremos “retrógrados”, “reaccionarios”, “conservadores”, “tradicionalistas” y “cerrados”, en la significación prejuiciosa de estas palabras que poco y nada tiene que ver con la verdad, porque ya no iríamos tras las pisadas de la verdad. Es como si dijéramos con Nicola de Marimondo, el maestro vidriero de “El Nombre de la Rosa”: “Es inútil, ya no tenemos la sabiduría de los antiguos, ¡se acabó la época de los gigantes…¡Dime en qué los superamos!” [37] .
Pero, si nos negamos a subir sobre sus espaldas tampoco podremos ser verdaderos “vanguardistas”, “progresistas, “liberales”, “de avanzada” y “abiertos”, porque diríamos con un humanista moderno: “ni somos enanos, ni fueron ellos gigantes, sino que todos tenemos la misma estatura” [38] , dándole ahora la razón a Guillermo de Baskerville: “muchas veces los sabios de estos nuevos tiempos sólo son enanos subidos sobre los hombros de otros enanos” [39] . En el fondo verificamos lo que denunciaba Etienne Gilson:
“Hemos perdido esa noble modestia. Muchos contemporáneos nuestros quieren permanecer en el suelo; poniendo su gloria en no ver nada más, a menos que sea por ellos mismos, se consuelan de su estatura convenciéndose que son viejos. Triste vejez aquella que pierde la memoria” [40] .
Sigamos buscando y caminando tras las huellas de la verdad, avancemos retrocediendo, ayudados por los gigantes antiguos y siempre confiando en que el Espíritu de la Verdad nos guiará hasta la verdad completa (cfr. Jn 16, 13).
·- ·-· -······-·
Pedro Edmundo Gómez, osb.





[1]  In Aristotelem lib. de caelo et mundo. L. I, lect. 22.


[2]  16 de febrero de 2000, Palacio de Congresos y Exposiciones de Madrid, Primer Congreso Teológico Internacional organizado por la Facultad de Teología “San Dámaso”.


[3]  Joseph Ratzinger, “Fe, verdad y cultura”, e-aquinas 2 (2004), p. 3.


[4]  Cfr. Cleve Staples Lewis, Cartas del diablo a su sobrino, Santiago de Chile, Andrés Bello, 1999, p. 25.


[5]  Idem. , p. 130.


[6]  Idem. pp. 130-131.


[7]  Joseph Ratzinger, “Fe, verdad y cultura”, op. cit., p. 3


[8]  Idem. p. 4.


[9]  Cleve Staples Lewis, Cartas del diablo a su sobrino, op. cit., p. 131.


[10]  Joseph Ratzinger, op. cit., p. 4.


[11]  Ibidem.


[12]  Romano Guardini, El espíritu de la liturgia, Barcelona, CPL, 1999, p. 94 (Cuadernos Phase 100).


[13]  José Ramón Pérez, Amor y verdad I, Córdoba, UCC, 1970, p. 10.


[14] Joseph Ratzinger, op. cit., p. 4.


[15]  Ibidem.


[16]  Idem, p. 5. Cfr. Blanca del Valle Avellaneda. Meditación cristiano-metafísica, Córdoba, Del Copista, 2006, pp. 70-76.


[17]  Cleve Staples Lewis, Cartas del diablo a su sobrino, op. cit., p. 131.


[18]  Joseph Ratzinger, Mi vida. Recuerdos (1927-1977), Encuentro, Madrid, 1997, p. 130.


[19]  Joseph Ratzinger, “Fe, verdad y cultura”, op. cit., p. 6.


[20]  Citado por Franco Recoveri, Fe y Cultura, Una aproximación histórica al problema, La Plata, UCALP, 2004, p. 7.


[21]  Leopoldo Marechal, Cuaderno de Navegación, Autopsia de Creso, Sudamericana, Bs. As., 1975, p. 90.


[22]  Henri de Lubac, Paradojas seguido de Nuevas paradojas, Madrid, PPC, 1997, p. 8.


[23]  Leopoldo Marechal, Cuaderno de Navegación, Claves de «Adán Buenosaires», op.cit., p. 140.


[24]  Leopoldo Marechal, Heptamerón, La poética,  Bs. As., Sudamericana, 1974, p. 135.


[25]  Jorge Torres Roggero, “Los valores simbólicos de la obra de Leopoldo Marechal”, en Leopoldo Marechal entre símbolo y sentido, Córdoba, Del Copista, 2004, p. 40.


[26]  Leopoldo Marechal, Claves de «Adán Buenosaires», op. cit., p. 141.


[27]  Leopoldo Marechal, El Banquete de Severo Arcángelo, Bs. As., Sudamericana, 1985, pp. 259 y s.


[28]  Leopoldo Marechal, Cuaderno de Navegación, Claves de «Adán Buenosaires», op. cit., p. 141.


[29]  Pedro de Blois, citado por Alejandro Rodríguez de la Peña, “Los orígenes de la Universidad: las piedras y las almas de las universidades medievales”, Arbil 85 (www.arbil.org.).


[30]  Juan de Salisbury, Metalogicon, III, 4; cfr. Edouard Jeauneau, Nani sulle Spalle di Giganti, Napoli, Guida, 1969.


[31]  Cfr. Robert K. Merton, On the shoulders of giants, 1993.


[32]  En el siglo I había escrito en su Bellum Civile que “los pigmeos que pueden erguirse sobre la espalda de los gigantes, alcanzan a ver más lejos que ellos”.


[33]  De naturis rerum, c. 78; ed. Wright, Rer. Brit. Scrip., 34, 1863, p. 123.


[34]  Epist., 92, PL 207,290.


[35]  Cleve Staples Lewis, Cartas del diablo a su sobrino, op. cit., p. 25.


[36]  “Estos precedieron, prepararon y llevaron a aquellos. Pero entre uno y otro grupo hay algo más que anterioridad cronológica, más que una complementariedad doctrinal. Hay una cesura entre los dos Testamentos. Con la Encarnación, la humanidad ha accedido a un nivel de vida superior. Lo que se ha desvelado a los ojos de los discípulos de Cristo era inaccesible a la larga sucesión de sus predecesores. Sin embargo, todos son solidarios, dentro de una misma historia salvífica en la que cada uno desempeña un papel irremplazable” (Gérard de Champeaux y Dom Sébastien Sterckx, Introducción a los símbolos, Madrid, Encuentro, 1992, p. 418).


[37]  Umberto Eco, El nombre de la rosa, Bs. As., Lumen-De la flor, 1992, p. 109.


[38]  Juan Luis Vives, Opera Omnia, ed. G. Mayans, Valencia, Benedicto Monfort, 1782-1790, vol. VI, p. 39.


[39]  Umberto Eco, op. cit., p. 113.


[40]  Etienne Gilson, El espíritu de la Filosofía Medieval, Madrid, Rialp, 1981, p. 386.



La formula bernardiana define una posición que fusiona en un solo gesto “la fidelidad a la tradición y la apertura al progreso” (Cfr. Sacrosanctum Concilium 23) declarando que la conditio sine qua non para que “veamos mejor y más lejos”, no es sólo la confianza en nuestras propias fuerzas, sino, que otros nos eleven en el aire y nos levanten sobre su gigantesca altura.


El demonio con el “Punto de Vista Histórico” borra las huellas de la verdad
“Quia studium philosophiae
non est ad hoc sciatur quid homines senserint
sed qualiter se habeat veritas rerum”
Tomás de Aquino [1]
El entonces cardenal Joseph Ratzinger en una conferencia titulada “Fe, verdad y cultura. Reflexiones a propósito de la encíclica «Fides et Ratio»” [2]  afirmaba: “Hasta qué punto no es moderno preguntar por la verdad, lo ha representado magníficamente el escritor y filósofo C. S. Lewis en un libro de éxito aparecido en los años cuarenta, Cartas del diablo a su sobrino” [3] .
Esta obra del pensador irlandés esta compuesta por las cartas que el repulsivo Escrutopo, “demonio tentador con rango de secretario” en la “bajojerarquía”, dirige a su “querido” sobrino Orugario, un principiante en el arte de seducir y confundir al hombre. Este había expresado ante sus superiores la preocupación de que los hombres inteligentes [4] , como era el caso del joven “paciente” que le habían encomendado, leyeran los libros de los sabios antiguos y pudieran de este modo descubrir y seguir las huellas de la verdad.
En la conclusión de la carta XXVII su tío lo tranquiliza diciéndole:
“Sólo los eruditos leen libros antiguos, y nos hemos ocupado ya de los eruditos para que sean, de todos los hombres, los que tienen menos posibilidades de adquirir sabiduría leyéndolos. Hemos conseguido esto inculcándoles el Punto de Vista Histórico” [5] .
Y pasa luego a describir esta sutil y, por eso, muy difundida estrategia para evitar paradójicamente la adquisición de la verdad en nombre de la ciencia.
“El Punto de Vista Histórico significa, en pocas palabras, que cuando a un erudito se le presenta una afirmación de un autor antiguo, la única cuestión que nunca se plantea es si es verdad. Se pregunta quién influyó en el antiguo escritor, hasta qué punto su afirmación es consistente con lo que dijo en otros libros, y qué etapa de la evolución del autor, o de la historia general del pensamiento, ilustra, y cómo afectó a escritores posteriores, y con qué frecuencia ha sido mal interpretado (en especial por los propios colegas del erudito) y cuál ha sido la marcha general de la crítica durante los últimos diez años, y cuál es el «estado actual de la cuestión»…” [6] .
La ciencia es un conocimiento válido en su orden, la explicación y comprensión, siempre hipotética y conjetural, de la multiplicidad de los fenómenos, pero que no implica ningún conocimiento verdadero de la realidad. Por eso hacer de la ciencia el único conocimiento posible es una forma “inteligente” de ir borrando las huellas de la verdad.
El cardenal alemán recuerda que el filósofo Josef Pieper, que también reproduce este pasaje de Lewis en su tratado sobre la interpretación, señalaba que las ediciones de los pensadores clásicos, por ejemplo Platón o Dante, realizadas en los países comunistas anteponían siempre una introducción que buscaba “proporcionar al lector una comprensión histórica y así excluir la cuestión de la verdad” [7] . Lo mismo ocurre en otras corrientes de pensamiento contemporáneo:
“Lo que en Lewis aparece en forma de ironía, lo podemos encontrar hoy presentado científicamente en la crítica literaria. En ella se descarta abiertamente la cuestión de la verdad como no científica. El exégeta alemán Mario Reiser ha llamado la atención sobre un pasaje de Umberto Eco en su novela de éxito «El nombre de la rosa», donde dice: «La única verdad consiste en aprender a liberarse de la pasión enfermiza por la verdad»” [8] .
Con el “Punto de Vista Histórico” se ha logrado negar toda posibilidad de que un escritor antiguo sea considerado por su lector contemporáneo “como una posible fuente de conocimiento” verdadero, tanto es así que “…presumir que lo que dijo podría tal vez modificar los pensamientos o el comportamiento… sería rechazado como algo indeciblemente ingenuo” [9] . Y hoy somos todos adultos y críticos. Respecto a este punto el Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la fe subrayaba con preocupación:
“Una cientificidad ejercida de este modo inmuniza frente a la verdad. La cuestión de si lo dicho por el autor es o no, y en qué medida, verdadero, sería una cuestión no científica; nos sacaría del campo de lo demostrable y verificable, nos haría recaer en la ingenuidad del mundo precrítico. De este modo, se neutraliza también la lectura de la Biblia: podemos explicar cuándo y bajo qué circunstancias ha surgido un texto, y, de este modo, lo tenemos clasificado dentro de lo histórico («Historisch»), que a la postre no nos afecta” [10] .
Detrás de este modelo, que no es el único posible, se oculta algo más.
“En el trasfondo –afirma Ratzinger- de este modo de interpretación histórica hay una filosofía, una actitud apriórica ante la realidad que nos dice: no tiene sentido preguntar sobre lo que es; sólo podemos preguntar sobre lo que podemos hacer con las cosas. La cuestión no es la verdad, sino la praxis, el dominio de las cosas para nuestro provecho” [11] .
Queda claro que el “Punto de Vista Histórico” responde al primado de la praxis sobre la theoría. Lo afirmaba Romano Guardini al decir: “La voluntad de acción lo absorbe y domina todo. El ethos adquiere la primacía absoluta e indiscutida sobre el logos; la vida actuante y febril, sobre la vida contemplativa y mística” [12] . Sin ocio contemplativo no hay posibilidad de reconocer los vestigios de la verdad.
Cuando se “ha establecido como principio la acción sobre la contemplación; el principio de la revolución sobre el de la autoridad; el principio de la violencia sobre el amor; el principio del yo sobre el orden; el principio de la autenticidad sobre la verdad” [13] , entonces domina la voluntad sobre la inteligencia, la ciencia sobre la filosofía, la técnica sobre la moral, el pensamiento sobre el ser y el lenguaje sobre el pensamiento. En palabras de Ratzinger: “El fundamento para esta renuncia inequívoca a la verdad estriba en lo que hoy se denomina el «giro lingüístico»: no se puede remontar más allá del lenguaje y sus representaciones, la razón está condicionada por el lenguaje y ligada al lenguaje” [14] . Y como el quehacer teológico asume esta filosofía no debe asombrarnos que:
“El relevante exégeta protestante U. Luz afirme -totalmente en consonancia con lo que hemos oído de Escrutopo al principio- que la crítica histórica ha abdicado en la Edad Moderna de la cuestión de la verdad. Él se cree obligado a aceptar y reconocer como correcta esta capitulación: que ahora ya no hay una verdad a buscar más allá del texto, sino posiciones sobre la verdad que concurren entre ellas, ofertas de verdad que hay que defender ahora con discurso público en el mercado de las visiones del mundo” [15] .
Pero como el astuto Escrutopo sabe que “el hombre no está aprisionado en el cuarto de espejos de las interpretaciones; (y) puede… buscar el acceso a lo real, que está tras las palabras y se le muestra en las palabras y a través de ellas” [16]  propone una dosis de refuerzo al “Punto de Vista Histórico”:
“… puesto que no podemos engañar continuamente a toda la raza humana, resulta de la máxima importancia aislar así a cada generación de las demás; porque cuando el conocimiento circula libremente entre unas épocas y otras, existe siempre el peligro de que los errores característicos de una puedan ser corregidos por las verdades características de otra. Pero gracias a Nuestro Padre [«padre de las profundidades»] y al Punto de Vista Histórico, los grandes sabios están ahora tan poco nutridos por el pasado como el más ignorante mecánico que mantiene que «la historia es un absurdo»…” [17] .
¿Cómo escapar a estos engaños metodológicos que ocultan las huellas de la verdad? El cardenal, cuyo lema episcopal como arzobispo de Munich-Frisinga era “colaborador de la verdad”, ya que “se trata siempre de lo mismo: seguir la verdad y ponerse a su servicio” [18] , nos invita:
“Naturalmente es difícil volver a dar carta de ciudadanía a la cuestión de la verdad en el debate público, debido al canon metodológico que se ha impuesto hoy como sello acreditativo de la cientificidad. Por eso, es necesario un debate fundamental sobre la esencia de la ciencia, sobre la verdad y el método, sobre el cometido de la filosofía y sus posibles caminos” [19] .
El “intronauta” a “retropropulsión” sigue las huellas de la verdad
“No se puede crear una «cultura nueva»
por destrucción de la antigua,
como no se puede producir flores sin ramas ni raíces.
Hay que regar las raíces y la flor viene sola,
por obra de Dios, el sol y el viento…”
P. Leonardo Castellani [20]
El escritor y filósofo argentino Leopoldo Marechal propone, como uno de los posibles caminos, “un movimiento de reacción a «retropropulsión»…a operarse, no en el espacio físico, sino en el tiempo histórico, (que) nos llevaría de nuevo al equilibrio y por consiguiente al orden” [21] . Igualmente afirma Henri de Lubac: “Para escapar de las antiguallas que se hacen pasar por la tradición, es necesario remontarse al más lejano pasado, que se revelará como el más próximo presente” [22] . Se trata de un movimiento “…retrógrado, no en el sentido habitual e insultante de la palabra, sino en la significación «mejorativa»…” [23] , según la canta en su Biografía del Poeta: “El surubí le dijo al camalote: «No me dejo llevar por la inercia del agua, yo remonto el furor de la corriente, para encontrar la infancia de mi río»…” [24] , buscando las huellas de las verdad “…es decir, de un centro primordial, de una fuente de agua viva, de un lugar de alegría: la palabra primera” [25] , el ser, unidad, verdad, bondad y belleza. Es lo mismo que confiesa en Claves de «Adán Buenosaires»:
“Naturalmente, como la inmovilidad es imposible a toda criatura forzada por la «condición temporal» y sometida, por ende al movimiento, sólo me quedaban dos recursos: o morir (abandonar la corriente del siglo en un gesto suicida), o nadar contra la corriente, vale decir, iniciar un «retroceso» en relación con la marcha del río. Para lograrlo es indispensable oponer una fuerza de «reacción» a la fuerza descendente que nos arrastra, tal como lo están haciendo, en el campo de la física, los productores de cohetes y de aviones a retropropulsión [26] .
Y por si a alguien le quedaba alguna duda en El Banquete de Severo Arcángelo cuenta:
“¿Qué hace un astronauta cuando necesita despegar de nuestro globo para llegar a la luna? Vencer primero la fuerza de gravitación terrestre con otra fuerza de sentido contrario, vale decir a retropropulsión. En ese momento el astronauta es un «retrógrado», con relación al mundo que abandona. Libre ya en el espacio cósmico, el astronauta se dirige a la órbita de la luna y se hace atraer por su fuerza de gravitación. En aquel momento el astronauta es un «vanguardista»…yo soy el Retrógrado y el Vanguardista... lo que soy de verdad es un Retrógrado en el «tiempo» y un Vanguardista en el «no-tiempo»… ¡retroceder en la temporalidad humana!... Sí, un viaje de «intronáutica». ¡Volver sobre los pasos del hombre y recobrar todo lo perdido en su fuga o descenso! ¡Recobrar los horizontes dejados atrás, los éxtasis abolidos, los templos ocultos en la maraña invasora y los alegres jardines clausurados!” [27] .
Para este “intronauta”, cristiano y platónico, “hay analogía entre las leyes del mundo físico, del mundo psíquico y del mundo espiritual”, por lo que concluye: “En tal manejo de fuerzas estoy ahora: soy un retrógrado, pero no un «oscurantista», ya que voy, precisamente, de la oscuridad hacia la luz” [28] . Ya lo decía a su modo un medieval del siglo XII:
“No se pasa de las tinieblas de la ignorancia a la luz de la ciencia si no se releen con amor cada vez más vivo las obras de los antiguos. ¡Que ladren los perros y que gruñan los cerdos! No por eso dejaré de dedicar todos mis cuidados a los antiguos y cada día el amanecer me encontrará estudiándolos” [29] .
“Enanos montados sobre las espaladas de los gigantes” para ver las huellas de la verdad
Leyendo el Metalogicon del obispo Juan de Salisbury, obra aparecida en 1159, encontramos una frase atribuida a su maestro Bernardo Silvestre o de Chartres:
“Somos como enanos montados sobre las espaldas de gigantes; nosotros vemos mejor y más lejos que ellos, no porque nuestra vista sea más aguda o nuestra talla más alta, sino porque ellos nos elevan en el aire y nos levantan sobre su gigantesca altura” [30] .
Si siguiéramos “el Punto de Vista Histórico”, como lo sugieren el “padre de la mentira” (cfr. Jn 8, 44) y sus secuaces, nos preocuparíamos y desvelaríamos por discernir: la autoría de la frase [31] ; posible dependencia del poeta latino Lucano [32] ; adaptación al platonismo “chartriano”; coherencia con el llamado renacimiento o humanismo del siglo XII; conciliación con la corriente de los “moderni” o con la de los “antiqui”; identidad de los gigantes: ¿son los filósofos y escritores paganos o los Padres de la Iglesia?; relaciones con las formulaciones de sus contemporáneos Alejandro Neckham [33]  y Pedro de Blois [34] ; recepción en san Buenaventura, Isaac Newton y hasta en Stephen Hawking, etc…; y no descubriríamos las huellas de una de esas “verdades características” de otra época, que pueden ayudarnos a corregir “algunos errores característicos” de la nuestra. Porque como dice Escrutopo en su primera carta a Orugario:
… en aquella época, los hombres todavía sabían bastante bien cuándo estaba probada una cosa y cuándo no lo estaba; y una vez demostrada, la creían de verdad; todavía unían el pensamiento a la acción, y estaban dispuestos a cambiar su modo de vida como consecuencia de una cadena de razonamientos. Pero ahora… hemos cambiado mucho todo eso. Tu hombre… ahora no piensa, ante todo, si las doctrinas son «ciertas» («verdaderas») o «falsas», sino «académicas» o «prácticas», «superadas» o «actuales»…” [35] .
Pocos años después de escrita la celebre frase alguien la tradujo artísticamente. En las vidrieras que se encuentran en el lado sur de la Catedral de Chartres encontramos en el centro del rosetón a la figura de Cristo, rodeándolo circularmente aparecen figuras del Apocalipsis, debajo la Reina del Cielo, que sostiene al Niño Jesús que imparte su bendición, y a los costados cuatro enanos montados sobre las espaldas de gigantes, con la mirada atisbando hacia delante.
Literalmente los enanos son los evangelistas que descansan en los hombros de los profetas: Mateo sobre Isaías, Juan sobre Ezequiel, Marcos sobre Daniel, Lucas sobre Jeremías; los gigantes son los profetas elevando sobre sus espaldas a los evangelistas, que ven lo que ellos deseaban ver y no pudieron (cfr. Lc 10, 23-24) [36] . Alegóricamente son el símbolo de cómo se puede ser “…un Retrógrado en el «tiempo» y un Vanguardista en el «no-tiempo»…”, de cómo hacer un viaje de “intronáutica”, realizando un “movimiento de reacción a retropropulsión”, es decir, “retrocediendo en la temporalidad humana” y siendo ayudados por los experimentados en la búsqueda de las huellas de la verdad.
La formula bernardiana define una posición que fusiona en un solo gesto “la fidelidad a la tradición y la apertura al progreso” (Cfr. Sacrosanctum Concilium 23) declarando que la conditio sine qua non para que “veamos mejor y más lejos”, no es sólo la confianza en nuestras propias fuerzas, sino, que otros nos eleven en el aire y nos levanten sobre su gigantesca altura.
Ahora bien, si nos cerramos a la idea de ver mejor y más lejos que los antiguos, y los consideramos como modelos acabados e insuperables, seremos “retrógrados”, “reaccionarios”, “conservadores”, “tradicionalistas” y “cerrados”, en la significación prejuiciosa de estas palabras que poco y nada tiene que ver con la verdad, porque ya no iríamos tras las pisadas de la verdad. Es como si dijéramos con Nicola de Marimondo, el maestro vidriero de “El Nombre de la Rosa”: “Es inútil, ya no tenemos la sabiduría de los antiguos, ¡se acabó la época de los gigantes…¡Dime en qué los superamos!” [37] .
Pero, si nos negamos a subir sobre sus espaldas tampoco podremos ser verdaderos “vanguardistas”, “progresistas, “liberales”, “de avanzada” y “abiertos”, porque diríamos con un humanista moderno: “ni somos enanos, ni fueron ellos gigantes, sino que todos tenemos la misma estatura” [38] , dándole ahora la razón a Guillermo de Baskerville: “muchas veces los sabios de estos nuevos tiempos sólo son enanos subidos sobre los hombros de otros enanos” [39] . En el fondo verificamos lo que denunciaba Etienne Gilson:
“Hemos perdido esa noble modestia. Muchos contemporáneos nuestros quieren permanecer en el suelo; poniendo su gloria en no ver nada más, a menos que sea por ellos mismos, se consuelan de su estatura convenciéndose que son viejos. Triste vejez aquella que pierde la memoria” [40] .
Sigamos buscando y caminando tras las huellas de la verdad, avancemos retrocediendo, ayudados por los gigantes antiguos y siempre confiando en que el Espíritu de la Verdad nos guiará hasta la verdad completa (cfr. Jn 16, 13).
·- ·-· -······-·
Pedro Edmundo Gómez, osb.





[1]  In Aristotelem lib. de caelo et mundo. L. I, lect. 22.


[2]  16 de febrero de 2000, Palacio de Congresos y Exposiciones de Madrid, Primer Congreso Teológico Internacional organizado por la Facultad de Teología “San Dámaso”.


[3]  Joseph Ratzinger, “Fe, verdad y cultura”, e-aquinas 2 (2004), p. 3.


[4]  Cfr. Cleve Staples Lewis, Cartas del diablo a su sobrino, Santiago de Chile, Andrés Bello, 1999, p. 25.


[5]  Idem. , p. 130.


[6]  Idem. pp. 130-131.


[7]  Joseph Ratzinger, “Fe, verdad y cultura”, op. cit., p. 3


[8]  Idem. p. 4.


[9]  Cleve Staples Lewis, Cartas del diablo a su sobrino, op. cit., p. 131.


[10]  Joseph Ratzinger, op. cit., p. 4.


[11]  Ibidem.


[12]  Romano Guardini, El espíritu de la liturgia, Barcelona, CPL, 1999, p. 94 (Cuadernos Phase 100).


[13]  José Ramón Pérez, Amor y verdad I, Córdoba, UCC, 1970, p. 10.


[14] Joseph Ratzinger, op. cit., p. 4.


[15]  Ibidem.


[16]  Idem, p. 5. Cfr. Blanca del Valle Avellaneda. Meditación cristiano-metafísica, Córdoba, Del Copista, 2006, pp. 70-76.


[17]  Cleve Staples Lewis, Cartas del diablo a su sobrino, op. cit., p. 131.


[18]  Joseph Ratzinger, Mi vida. Recuerdos (1927-1977), Encuentro, Madrid, 1997, p. 130.


[19]  Joseph Ratzinger, “Fe, verdad y cultura”, op. cit., p. 6.


[20]  Citado por Franco Recoveri, Fe y Cultura, Una aproximación histórica al problema, La Plata, UCALP, 2004, p. 7.


[21]  Leopoldo Marechal, Cuaderno de Navegación, Autopsia de Creso, Sudamericana, Bs. As., 1975, p. 90.


[22]  Henri de Lubac, Paradojas seguido de Nuevas paradojas, Madrid, PPC, 1997, p. 8.


[23]  Leopoldo Marechal, Cuaderno de Navegación, Claves de «Adán Buenosaires», op.cit., p. 140.


[24]  Leopoldo Marechal, Heptamerón, La poética,  Bs. As., Sudamericana, 1974, p. 135.


[25]  Jorge Torres Roggero, “Los valores simbólicos de la obra de Leopoldo Marechal”, en Leopoldo Marechal entre símbolo y sentido, Córdoba, Del Copista, 2004, p. 40.


[26]  Leopoldo Marechal, Claves de «Adán Buenosaires», op. cit., p. 141.


[27]  Leopoldo Marechal, El Banquete de Severo Arcángelo, Bs. As., Sudamericana, 1985, pp. 259 y s.


[28]  Leopoldo Marechal, Cuaderno de Navegación, Claves de «Adán Buenosaires», op. cit., p. 141.


[29]  Pedro de Blois, citado por Alejandro Rodríguez de la Peña, “Los orígenes de la Universidad: las piedras y las almas de las universidades medievales”, Arbil 85 (www.arbil.org.).


[30]  Juan de Salisbury, Metalogicon, III, 4; cfr. Edouard Jeauneau, Nani sulle Spalle di Giganti, Napoli, Guida, 1969.


[31]  Cfr. Robert K. Merton, On the shoulders of giants, 1993.


[32]  En el siglo I había escrito en su Bellum Civile que “los pigmeos que pueden erguirse sobre la espalda de los gigantes, alcanzan a ver más lejos que ellos”.


[33]  De naturis rerum, c. 78; ed. Wright, Rer. Brit. Scrip., 34, 1863, p. 123.


[34]  Epist., 92, PL 207,290.


[35]  Cleve Staples Lewis, Cartas del diablo a su sobrino, op. cit., p. 25.


[36]  “Estos precedieron, prepararon y llevaron a aquellos. Pero entre uno y otro grupo hay algo más que anterioridad cronológica, más que una complementariedad doctrinal. Hay una cesura entre los dos Testamentos. Con la Encarnación, la humanidad ha accedido a un nivel de vida superior. Lo que se ha desvelado a los ojos de los discípulos de Cristo era inaccesible a la larga sucesión de sus predecesores. Sin embargo, todos son solidarios, dentro de una misma historia salvífica en la que cada uno desempeña un papel irremplazable” (Gérard de Champeaux y Dom Sébastien Sterckx, Introducción a los símbolos, Madrid, Encuentro, 1992, p. 418).


[37]  Umberto Eco, El nombre de la rosa, Bs. As., Lumen-De la flor, 1992, p. 109.


[38]  Juan Luis Vives, Opera Omnia, ed. G. Mayans, Valencia, Benedicto Monfort, 1782-1790, vol. VI, p. 39.


[39]  Umberto Eco, op. cit., p. 113.


[40]  Etienne Gilson, El espíritu de la Filosofía Medieval, Madrid, Rialp, 1981, p. 386.

 
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